CAPÍTULO 15El hombre que no sabe perder
El hombre que no sabe perder
Arabella
Hay planes que fracasan porque están mal pensados y planes que triunfan de una forma tan desastrosa que una desearía haberlos visto fracasar.
El mío pertenece a la segunda clase.
Dos días después de la excursión, Edmund Bale sigue necesitando dinero. Yo sigo teniendo la copia de su deuda en la cabeza. Lucian sigue acercándose a mí con una cautela que no engaña a nadie salvo a él mismo. Y el acuerdo comercial avanza.
Eso último es lo único que debería importarme.
Por supuesto, ya no es así.
Debería reconocer que mi propósito de reposo tiene un origen menos noble que la virtud. La nota llegó con el desayuno.
Elsie la dejó junto a la tostadera, doblada en tres y sin sello. La abrí pensando que sería otra de las invitaciones de Agatha. Cuatro líneas de tinta negra, ninguna firma:
«Los libros viejos descansan mejor cerrados. Las cuentas de los muertos no pagan a los vivos, y las preguntas de una señorita suelen salir caras a las personas que la acompañan».
No necesita firma. Reconozco la letra. Pasé una hora, en la biblioteca, estudiando las cifras tachadas de un libro de 1808, y quien las corrigió hacía la «q» con un rizo que se enrosca sobre sí mismo. Esa «q» no se parece a ninguna otra.
Guardé el papel en el corpiño antes de que Lucian bajara.
Las personas que me acompañan son Martha, que vive en un tercer piso con una cerradura de adorno, y un hombre que manda subir mermelada de naranja porque sabe cuál prefiero.
Ninguno de los dos merece que lo use de escudo, y he descubierto que detesto tener miedo por otros.
Lo que llamo prudencia es, en realidad, una tregua con el miedo.
La mañana empieza con una visita de sir George Mellor, uno de los hombres que cenó en Whitmore House.
Yo llevo desde el desayuno diciéndome que no haré nada.
Nada. Dejaré que Lucian revise sus cuentas, que Bale se ahogue solo en sus prisas y que mi brillante talento para empeorar situaciones descanse al menos veinticuatro horas.
El propósito dura hasta que Wilkins anuncia a sir George.
No es que mi fuerza de voluntad sea débil. Es que las oportunidades poseen un sentido del tiempo ofensivo.
Sir George viene a hablar con Lucian sobre la participación en unos almacenes y espera en el salón mientras el mayordomo avisa de su llegada.
Yo entro por casualidad.
Al menos eso me digo.
—Señorita Hart —saluda sir George—. Qué agradable sorpresa.
—Sir George.
Hablamos del tiempo, de la cena y de lo bien que Agatha organiza cualquier reunión. Él menciona que Bale lo ha visitado la víspera para hablar de la operación.
Ahí aparece la oportunidad.
Podría dejarla pasar.
No lo hago.
—Debe de estar deseando que todo se cierre cuanto antes —comento, como quien no concede importancia a la frase.
Sir George sonríe.
—Todos los comerciantes desean cerrar pronto.
—Claro. Aunque me pareció entender que en su caso había ciertos pagos pendientes antes de fin de mes.
La sonrisa desaparece un poco.
—¿Bale le dijo eso?
—No exactamente.
Error.
Lo noto en cuanto lo digo.
—Entonces quizá no debería haberlo mencionado —añado, intentando retroceder.
Sir George ya está pensando.
—¿Whitmore lo sabe?
—Lucian revisa todo. Estoy segura de que sabe mucho más que yo.
Eso es verdad. También es una salida demasiado tarde.
Lucian entra en ese momento.
—Sir George. Lamento hacerlo esperar.
—No ha sido nada. Su prometida me estaba entreteniendo.
La palabra «entreteniendo» debería tranquilizarme. No lo hace.
Sir George no vuelve a mencionar la deuda delante de mí. Se encierra con Lucian en el despacho durante casi una hora. Yo doy tres vueltas al salón, intento leer y termino rompiendo el hilo de un bordado de Agatha.
—Si vas a destruirlo, al menos elige uno que no me guste —dice Agatha sin levantar la vista de una carta.
—Lo siento.
Me quita el bastidor.
—¿Qué has hecho?
La miro.
Agatha tiene una capacidad irritante para preguntar exactamente lo que una no quiere responder.
—Nada.
—Esa palabra se ha vuelto contagiosa en esta casa.
—He hablado con sir George.
—Eso suele ocurrir cuando dos personas coinciden en una habitación.
—Le he dicho algo que quizá no debía.
Agatha deja la carta.
—¿Sobre Lucian?
—Sobre Bale.
No sé cuánto contarle. Todavía no hemos resuelto el problema de qué sabe Agatha y cuánto sospecha. Pero sí sé que me aprecia y que aprecia a Lucian. Esa combinación me hace sentir peor.
—¿Era verdad? —pregunta.
—Sí.
—¿Era tu verdad para contarla?
No respondo.
Agatha suspira.
—Entonces espero que hayas elegido bien.
No lo he hecho.
La espera es peor que cualquier huida que haya vivido.
Cuando robas y todo sale mal, al menos el cuerpo sabe qué hacer: corres.
Aquí no hay adónde correr sin convertir una frase imprudente en confesión.
Me quedo cerca del salón, escuchando cada vez que se abre una puerta y odiando el modo en que el silencio de la casa puede parecer una acusación.
Lo descubro antes del almuerzo.
Sir George se marcha con una expresión grave. Lucian no aparece. Una hora después llega una nota. Después otra. Wilkins cruza el vestíbulo dos veces con el paso rápido de un hombre demasiado bien educado para correr.
A media tarde, Oliver entra sin anunciarse.
—¿Dónde está Lucian?
—En el despacho.
—Lo sé. Me ha mandado llamar.
—¿Ha ocurrido algo?
Oliver me mira. Durante un segundo pienso que lo sabe.
—Uno de los posibles inversores se ha retirado y otro ha pedido esperar. Sir George ha empezado a hacer preguntas sobre la liquidez de Bale.
Se me enfrían las manos.
—¿Y eso qué significa?
—Que el acuerdo se complica. Y que un arrendamiento que Lucian quería asegurar puede acabar en manos de otro grupo si no presenta garantías esta semana.
No era eso.
Yo quería retrasar a Bale. Quería que Lucian desconfiara. Quería ganar tiempo para averiguar qué ocurrió con mi padre.
No quería hacerle perder algo suyo.
—¿Lucian está enfadado?
Oliver me observa.
—Mucho.
—¿Con Bale?
—Con la situación.
No pregunta si tengo algo que ver. Eso es peor.
Sube al despacho. Yo me quedo en el salón, incapaz de sentarme.
Podría subir y confesar.
Debería.
No lo hago.
Pasa una hora. Después otra. Agatha se retira antes de cenar alegando dolor de cabeza, aunque sospecho que lo hace porque ha decidido dejarnos solos. Oliver se marcha poco antes de las ocho.
Lucian no baja.
Finalmente llevo una bandeja al despacho.
Esta vez no es una excusa.
Llamo antes de entrar.
—Adelante.
Lucian está detrás del escritorio. Se ha quitado la chaqueta y tiene las mangas de la camisa remangadas. Hay papeles por todas partes. No parece furioso. Ojalá lo pareciera. La rabia es más fácil de soportar que el cansancio.
—Le he traído comida —digo.
—No tengo hambre.
—Eso es absurdo. Hasta los hombres arruinados comen.
Alza la vista.
—No estoy arruinado.
—Era una exageración para animarte.
—Debe practicar esa habilidad.
Dejo la bandeja.
—Oliver me ha dicho que uno de los inversores se ha retirado.
—Sir George no se ha retirado. Ha suspendido su decisión. Bexley sí ha decidido no participar hasta que Bale aclare ciertas obligaciones.
—¿Y el almacén?
Lucian se reclina en la silla.
—La opción de arrendamiento vence en cuatro días. Si no podemos demostrar que el capital estará disponible, el propietario aceptará otra oferta.
—¿Es muy importante?
Me mira extrañado por la pregunta.
—Llevo ocho meses trabajando en esta operación.
Ocho meses.
Yo llevo menos de un mes en su casa y he conseguido meter una piedra en el mecanismo.
—No lo sabía.
—No tenía por qué saberlo.
—Podías habérmelo contado.
—¿Cuándo? ¿Entre una lección de baile y una acusación contra mis pavos reales?
—No son tuyos.
—Gracias a Dios.
Sonríe apenas. Eso hace que la culpa empeore.
Lucian toma un papel y lo deja otra vez.
—No es solo el almacén. He intentado que las propiedades dependan menos de las rentas agrícolas. Un mal año puede afectar a decenas de familias. El transporte y el almacenamiento son una forma de diversificar ingresos. Si funciona, podré mantener mejoras que de otro modo tendría que posponer.
Pienso en el cochero enfermo. En el médico pagado por la casa. En la facilidad con que él convirtió una cifra en ayuda para alguien.
—¿Y Bale?
—Bale conoce el negocio. Sus contactos son útiles. Pero la prisa de hoy no me gusta.
—¿Desconfías de él?
—Desconfío de cualquier hombre que necesite demasiado que yo tome una decisión rápida.
Eso debería tranquilizarme. En cambio, me hace sentir miserable.
—Lucian...
Él me mira.
Aquí está el momento.
Podría decirlo. Sir George sabe lo de la deuda porque yo se lo insinué. Sé más de Bale de lo que he contado. Mi padre aparece en las cuentas. He leído cartas antiguas. Todo.
—¿Sí?
Abro la boca.
—Deberías comer.
Cobarde.
Lucian baja la vista a la bandeja.
—Eso ha sonado mucho menos importante de lo que esperaba.
—La comida es importante.
—Arabella.
—¿Qué?
—Lleva días a punto de decirme algo.
Mi corazón da un golpe.
—No sé a qué te refieres.
—Sí lo sabe.
—Y tú sigues siendo insoportable cuando crees tener razón.
—No es una respuesta.
—Últimamente te gustan demasiado las respuestas.
—Y a usted ocultarlas.
El tono no es duro, pero la frase encuentra exactamente el lugar donde duele.
Me vuelvo hacia la ventana.
—Quizá no todas me pertenecen.
—Eso sí lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué parece enfadada conmigo por cosas que no me explica.
Porque tu padre pudo destruir al mío.
Porque me has besado dos veces y cada beso vuelve más difícil recordar que vine aquí por dinero.
Porque estoy intentando protegerte de Bale mientras te hago daño para conseguirlo.
Porque si te cuento la verdad y eliges a tu familia, perderé algo que hace un mes ni siquiera sabía que quería.
No digo nada de eso.
—No estoy enfadada contigo.
—Entonces estamos progresando.
Me vuelvo. Lucian parece agotado, pero no derrotado. Hay algo obstinado en él que reconozco. Yo también he vivido de negarme a perder.
—¿Qué vas a hacer?
—Revisar otra vez las cuentas de Bale. Hablar con Bexley mañana. Buscar otro inversor si hace falta. Y si perdemos ese almacén, encontraremos otro.
—¿Así de fácil?
—No será fácil.
—Pero lo dices como si lo fuera.
—Decir que algo es difícil no lo vuelve más sencillo.
Me acerco al escritorio.
—Eres un hombre que no sabe perder.
—Sé perder.
—No parece.
—Sé perder cuando he hecho todo lo posible. Lo que no sé es rendirme antes.
La frase me atraviesa.
Yo llevo años confundiendo supervivencia con victoria. Robar una cartera, pagar una semana, encontrar una cama. Ganar siempre significaba llegar al día siguiente.
Lucian está intentando construir algo que dure.
Y yo acabo de empujarlo hacia atrás por una información que ni siquiera demuestra todavía que Bale sea culpable.
—Lo siento —digo.
Frunce el ceño.
—¿Por qué?
Por todo.
—Por lo del almacén.
—No es culpa suya.
Casi me río. Si lo hiciera, creo que terminaría llorando.
Lucian se levanta y rodea el escritorio. Se detiene frente a mí.
—No ponga esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pone cuando una conversación deja de ser divertida.
La misma frase del pabellón.
—No tengo esa cara.
—La tiene.
Me toca la mejilla con los dedos. Un gesto pequeño. Cuidadoso. Yo debería apartarme.
No lo hago.
—Mañana estará mejor —dice.
—¿El negocio?
—No lo sé. Usted.
Tengo que mirar hacia otro lado.
—Lucian.
—¿Sí?
Otra oportunidad.
Otra vez podría contárselo.
—Come antes de que se enfríe.
Él suspira.
—Es usted una mujer imposible.
—Eso ya lo sabías cuando me contrataste.
—Temo que entonces no comprendía la magnitud del problema.
Me obligo a sonreír y salgo del despacho.
Solo cuando cierro la puerta apoyo la espalda contra la pared.
Mi plan ha funcionado.
Bale tiene problemas. Los inversores dudan. El acuerdo se ha frenado.
Debería sentirme satisfecha.
En lugar de eso, pienso en ocho meses de trabajo, en un almacén que puede perderse y en un hombre que acaba de decirme que no es culpa mía.
Y descubro algo mucho peor que ser atrapada robando.
Ser culpable sin que la persona perjudicada lo sepa.