Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 14Una prometida imposible
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CAPÍTULO 14Una prometida imposible

Una prometida imposible

Lucian

Mi tía considera que un día en el campo resuelve cualquier tensión que no pueda arreglarse con té.

No sé de dónde ha extraído esa teoría. Después de una hora en un carruaje con Oliver, Arabella y dos cestas de comida, creo que Agatha utiliza las excursiones como instrumento de tortura.

Casi cuatro semanas de compromiso fingido han dejado en mi casa costumbres que no recuerdo haber autorizado: Arabella al otro lado de la mesa en el desayuno, la mermelada de naranja que ya nadie pide porque aparece sola, un libro de poesía fuera de su sitio en cada habitación.

—No entiendo por qué hemos traído tres mantas —dice Arabella.

—Porque el suelo está húmedo —responde Agatha.

—Entonces podríamos haber traído una silla.

—Hemos traído seis.

Arabella mira por la ventanilla.

—Los ricos complicáis muchísimo el acto de comer al aire libre.

—Es una tradición —explica Oliver.

—Eso tampoco la mejora.

Sonrío antes de poder evitarlo.

Arabella lo ve.

—Ha sonreído —anuncia.

—No.

—Sí.

—Debe de haber sido un bache.

—Voy a anotarlo. Segundo milagro del mes.

La propiedad que visitamos pertenece a unos amigos de Agatha y se encuentra a poco más de una hora de Londres. No es un verdadero viaje al campo, según Oliver, porque todavía pueden verse otros carruajes en el camino. Para Arabella, en cambio, parece otro mundo.

Durante el trayecto ha preguntado por cada pueblo, por el precio de un caballo, por qué algunas fincas tienen muros y otras setos y si los faisanes pertenecen legalmente a alguien o simplemente tienen la mala suerte de vivir cerca de aristócratas armados.

Agatha ha respondido a casi todo. Oliver ha inventado el resto.

Yo he tenido que desmentir dos leyes inexistentes y una historia sobre un duque que, según él, perdió una finca por apostar contra un ganso.

—Era un ganso muy convincente —ha defendido Oliver.

Arabella se ha reído tanto que Agatha, sentada frente a nosotros, ha preguntado si se encontraba bien.

No sé cuándo he empezado a medir los trayectos por las veces que se ríe. Cuando descendemos, permanece un instante mirando los prados, los árboles y la casa de piedra al fondo.

—¿Qué? —pregunto.

—Hay demasiado espacio.

—¿Eso es malo?

—No. Solo sospechoso.

Agatha y la anfitriona se adelantan. Oliver desaparece detrás de dos primas jóvenes que han salido a recibirnos. Arabella se queda conmigo.

—Mi amigo la ha abandonado —digo.

—Tu amigo tiene prioridades muy claras.

—Eso es lo que me preocupa.

Caminamos hacia los jardines. Arabella se detiene ante un estanque, pregunta el nombre de tres flores y finge no escuchar cuando le digo que dos de ellas son la misma.

Desde que llegó a mi casa he pensado en ella como una criatura de ciudad: rápida, alerta, hecha para callejones y multitudes.

Aquí se mueve con una curiosidad distinta. No busca salidas. Busca detalles.

El almuerzo se extiende bajo unos árboles, con manteles, platos de porcelana y más cubiertos de los que Arabella considera moralmente aceptables para comer pollo frío.

Nuestra anfitriona le pregunta si está acostumbrada a las excursiones.

Arabella responde que ha comido al aire libre muchas veces, aunque casi nunca porque alguien lo hubiera planeado.

La respuesta pasa por una ocurrencia para todos menos para mí.

Observo cómo aparta con naturalidad una porción de pastel hacia una niña de servicio que lleva demasiado rato mirando la mesa.

Lo hace sin llamar la atención, como si compartir comida fuera un reflejo.

La muchacha le da las gracias en voz baja.

Arabella sigue hablando con Agatha sin esperar reconocimiento.

Otra cosa que no debería notar. Otra que noto.

Después del almuerzo, Agatha propone un paseo. El cielo lleva una hora acumulando nubes, pero nadie parece preocupado salvo yo.

—Va a llover —digo.

—No seas pesimista —responde mi tía.

—Estoy mirando las nubes.

—Eso es exactamente lo que hace un pesimista.

Arabella se ríe y echa a andar junto a mí.

No llegamos lejos.

La lluvia cae con la decisión de quien ha esperado toda la tarde para demostrar que tenía razón.

Agatha y nuestros anfitriones regresan hacia la casa.

Oliver corre detrás de las primas. Arabella y yo quedamos más alejados y nos refugiamos en un pequeño pabellón abierto al jardín, suficientemente cerca de la casa para resultar respetable y suficientemente lejos para que nadie pueda oírnos sin mojarse.

Arabella entra riendo. Tiene el borde de la falda salpicado de barro y varios rizos pelirrojos pegados a las sienes.

—No digas nada.

—¿Sobre qué?

—Sobre que tenías razón.

—No pensaba hacerlo.

—Mentiroso.

—Usted me tutea y además me insulta. Nuestra relación social avanza a una velocidad alarmante.

—Y tú sigues tratándome de usted después de besarme. Eso sí es alarmante.

La frase cae entre nosotros con más fuerza que la lluvia.

Arabella parpadea; no esperaba decirla.

—No sabía que le molestara.

—No he dicho que me moleste.

—Entonces no entiendo el problema.

—Ese es el problema.

Me apoyo en una columna y miro el jardín. La lluvia forma una cortina brillante delante de nosotros.

—No sabía si debía mencionarlo —admito.

—Podías haber empezado por «buenos días, Arabella, anoche la besé sin que nadie estuviera mirando y llevo desde entonces fingiendo que no ocurrió».

—No parece una frase de desayuno apropiada.

—Agatha habría disfrutado muchísimo.

Eso me hace reír. Arabella también. La tensión se afloja un poco.

—No me arrepiento —digo.

Ella deja de reír.

—Ah.

—No ponga esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pone cuando una conversación deja de ser divertida.

—No tengo esa cara.

—La tiene.

Por un momento solo se oye la lluvia.

—Yo tampoco —dice al fin.

—¿Tampoco qué?

—Me arrepiento.

No debería sentir alivio. Lo siento.

Arabella se sienta en el banco de piedra que recorre la pared del pabellón. Yo permanezco de pie, porque sentarme a su lado me parece una mala idea y, últimamente, las malas ideas relacionadas con ella poseen una facilidad inquietante para convertirse en actos.

—¿Siempre viviste en Londres? —pregunto.

Ella me mira con recelo.

—¿Por qué?

—Porque llevo semanas escuchando historias de mercados, teatros, tejados y carniceros. Empiezo a pensar que nació en Covent Garden con una cartera en la mano.

—No exactamente.

Se entretiene con una cinta de su vestido.

—Viví con mis padres hasta los diez años. Después con Martha.

—¿Murieron los dos?

Asiente.

—Mi padre antes. Mi madre unos meses después.

No añade nada más. Podría preguntarle. No lo hago.

—Lo siento.

—Yo también. Aunque no recuerdo todo. A veces pienso que eso es una suerte y otras que es lo peor.

Se queda mirando la lluvia.

—Cuando eres pobre, los adultos creen que los niños no entienden lo que ocurre.

Pero entiendes que hay menos comida. Que una habitación sustituye a una casa.

Que tu madre dice que no tiene hambre cuando en realidad te está dejando la última patata.

No sabes por qué pasa, pero sabes que algo ha cambiado.

La frase me produce una incomodidad distinta a la culpa.

No porque yo haya causado aquello, sino porque he pasado años considerando ciertas pérdidas como problemas de administración: una cosecha mala, una renta retrasada, un gasto inesperado.

Para Arabella, una cifra menor en un libro pudo significar una cena que desaparece de la mesa.

—Agatha dice que Martha la crió.

—Martha me recogió. Yo prefería morder a la gente.

—Eso no ha cambiado demasiado.

Me lanza una mirada.

—Y tú, ¿qué tragedia aristocrática te convirtió en esto?

—¿En qué?

—En un hombre que planifica hasta el clima.

—Mi padre murió cuando yo tenía veinte años. De pronto todo lo que él revisaba pasó a mi mesa. Propiedades, arrendamientos, salarios, deudas, personas que esperaban que yo supiera qué hacer porque tenía el título correcto.

—¿Y lo sabías?

—No.

Arabella parece sorprendida.

—Eso ha debido de doler.

—¿Qué cosa?

—Admitirlo.

—Mucho.

Sonríe.

—Sigue.

—Aprendí. Me equivoqué. Volví a aprender. Y descubrí que, si revisaba todo dos veces, cometía menos errores.

—Así que no naciste aburrido. Te entrenaste.

—Con disciplina.

La lluvia se vuelve más suave. Desde la casa podemos distinguir figuras en las ventanas. Estamos a la vista. Somos perfectamente respetables.

Nada en lo que estoy pensando lo es.

Arabella se levanta. Hay una mancha de barro en la parte baja de su falda.

—Tu madre debe de estar orgullosa.

—Mi madre estaría más orgullosa si me casara.

—Entonces soy una inversión excelente.

—Eso creía.

—¿Y ahora?

La pregunta no lleva sonrisa.

—Ahora empiezo a pensar que es usted una inversión imposible de calcular.

—Qué declaración tan apasionada.

—Es lo mejor que obtendrá de un hombre que planifica el clima.

Ella se acerca un paso.

—Podría obtener algo mejor.

Miro su boca.

—Arabella.

—Lucian.

—La última vez dijo que tendría que facturarlo.

—He revisado mis tarifas.

No debería besarla.

La beso.

Esta vez no hay sorpresa. Arabella me recibe con las manos en mi chaqueta y yo la acerco por la cintura, consciente de la casa, de las ventanas, de la lluvia que empieza a parar y, al mismo tiempo, incapaz de preocuparme por ninguna de esas cosas.

El beso es más lento que el primero. Más peligroso precisamente por eso.

Ya no puedo fingir que ha sido un impulso provocado por una noche de baile.

Cuando nos separamos, ella no se aparta.

—Esto tampoco lo ha visto nadie —murmura.

—La casa entera puede ver el pabellón.

—Entonces espero que tengan mala vista.

Sonrío.

Arabella toca la solapa de mi chaqueta, justo donde la sujetó la primera vez.

—¿Seguimos fingiendo?

La pregunta es suave.

Podría responder que sí. Sería lo prudente. El acuerdo termina en unas semanas. Ella tiene una vida fuera de mi mundo. Yo tengo responsabilidades que no desaparecen por dos besos bajo la lluvia.

—Delante de los demás —digo.

Sus ojos verdes se alzan hacia mí.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Lo sé.

La lluvia cesa antes de que pueda decir algo más. Voces se acercan por el sendero. Arabella retrocede y alisa su falda.

Oliver aparece bajo un paraguas.

Nos mira a los dos. Después observa la distancia demasiado corta entre nosotros.

—Vengo a rescataros —dice—. Aunque sospecho que he llegado tarde.

—No sé a qué se refiere —respondo.

—Por supuesto que no.

Arabella pasa junto a él.

—Tu amigo es insoportable.

—Eso intento explicarle desde hace años.

Oliver espera a que ella se aleje unos pasos.

—Solo una pregunta.

—No.

—Empieza a ser una tradición.

—Y mi respuesta también.

Lo dejo atrás y alcanzo a Arabella.

Ella no me mira hasta que estamos cerca de la casa.

—Lucian.

—¿Sí?

—La próxima vez podrías intentar tutearme mientras me besas.

Casi tropiezo con el escalón.

Arabella entra en la casa sonriendo.

Yo me quedo un segundo bajo el alero, comprendiendo con absoluta claridad que mi falsa prometida acaba de convertirse en el problema más real de mi vida.