CAPÍTULO 13Cómo desesperar a un conde
Cómo desesperar a un conde
Arabella
Descubro que robar una carta es mucho más difícil cuando una empieza a preocuparse por decepcionar al hombre en cuya casa piensa robarla.
Es un inconveniente profesional que jamás había previsto.
Han pasado casi tres semanas desde la tarde de la confitería. Hace tiempo que no cuento las semanas como una mujer que cobra por ellas.
La recepción tiene lugar en casa de los Bexley, tres noches después de mi hallazgo en la biblioteca. Bale está invitado. Lucian también. Yo, por supuesto, voy del brazo de mi falso prometido, con una sonrisa impecable y el papel donde copié las notas antiguas escondido en un cajón de mi habitación.
No le he contado nada.
Cada día me resulta un poco más difícil justificarlo.
—Está usted demasiado callada —dice Lucian mientras esperamos que anuncien nuestros nombres.
—Estoy practicando.
—¿Qué cosa?
—El misterio. A los hombres les encanta.
—A algunos hombres les preocupa.
—Eso lo hace aún más entretenido.
Me ofrece el brazo. Lo tomo.
Desde el beso, ninguno ha mencionado el beso.
Esta es una decisión mutua que no hemos acordado y que, por alguna razón, resulta mucho más íntima que hablar de él.
Lucian sigue tratándome con el mismo «usted» impecable, como si la cortesía pudiera levantar una verja alrededor de lo que ocurrió.
Yo sigo tuteándolo porque cambiar ahora sería reconocer que algo ha cambiado.
Y algo ha cambiado.
Eso también me fastidia.
Bale llega media hora más tarde. Lo veo antes de que él me vea. Habla con un hombre ancho de hombros y patillas grises y sostiene una carta doblada entre los dedos. El hombre señala el papel. Bale responde con una frase breve y su expresión se endurece.
Mi atención se fija en la carta.
No porque sea ladrona.
Bueno, no solo porque sea ladrona.
Desde la cena con los inversores sé que Bale tiene pagos comprometidos y necesita capital. Si esa carta tiene relación con sus deudas, podría explicar por qué presiona a Lucian para cerrar el acuerdo.
Bale guarda el papel en el bolsillo interior de su levita.
Eso complica las cosas.
Los bolsillos interiores exigen proximidad.
Miro a Lucian. Está hablando con sir George a unos pasos. Oliver se encuentra junto a una columna, escuchando a una viuda contar algo que, por su cara, debe de involucrar una enfermedad o una herencia.
Yo podría dejarlo.
Podría comportarme como una persona razonable.
Cinco minutos después estoy junto a Bale.
—Señor Bale.
—Señorita Hart.
—Me alegra verlo.
—Empiezo a pensar que nuestras reuniones son inevitables.
—Yo prefiero llamarlo destino. Suena menos amenazador.
Le sonrío. Él no me devuelve la sonrisa con la misma facilidad que antes.
—¿Disfruta de la velada?
—Mucho. Aunque reconozco que las recepciones me abruman. Tanta gente, tantas conversaciones, tantas cosas que una puede perder.
—Espero que no haya perdido nada.
—Todavía no.
Alguien pasa detrás de mí y aprovecho el movimiento para acercarme un poco. Bale se aparta con educación. Necesito otra oportunidad.
—Lucian me ha dicho que el acuerdo avanza —comento.
Eso sí despierta su atención.
—Lord Whitmore es prudente.
—Una palabra encantadora para «lento».
—La prudencia evita errores costosos.
—También puede hacer perder oportunidades.
Sus ojos se estrechan.
—Parece interesarse cada vez más por los negocios de su prometido.
—Me interesa todo lo que ocupa su tiempo.
La frase es cierta y me molesta que lo sea.
Un criado aparece con una bandeja. Tomo una copa y hago un gesto torpe al volverme. El borde roza la manga de Bale. No derramo nada, pero él reacciona por instinto, sujetándome el codo.
—Perdone.
—No ha sido nada.
Mi mano libre ya está dentro de su levita.
La carta sale sin resistencia.
—Qué alivio —digo.
Bale me suelta. La carta desaparece en el pliegue de mi abanico.
Perfecto.
Bale se aparta para saludar a un conocido y yo aprovecho para cruzar hacia una mesa con flores, fingiendo interés por un jarrón que no sabría distinguir de otros veinte.
El corazón me late deprisa. No por miedo a que me atrapen.
Esa sensación la conozco. Esto es diferente: tengo la carta de un hombre en la mano y sé que, si Lucian descubre lo que estoy haciendo, no pensará en la ladrona que conoció en Bond Street.
Pensará en la mujer a la que ha permitido entrar en su casa.
La distinción es insoportablemente importante.
—Arabella.
La voz de Oliver llega desde mi izquierda.
No miro hacia él.
—Lord Pembroke.
—Whitmore la busca.
—Qué casualidad. Yo también lo busco siempre que hay que pagar algo.
Me despido de Bale y camino hacia el corredor lateral. Oliver me sigue.
—Eso ha sido extraordinario.
Sigo andando.
—No sé de qué hablas.
—He visto prestidigitadores en Drury Lane con menos habilidad.
Me detengo junto a una ventana.
—Baja la voz.
Oliver deja de sonreír.
—¿Qué ha cogido?
—Nada.
—He visto su mano.
—Entonces quizá deberías mirar menos las manos de las prometidas ajenas.
—Arabella.
No utiliza mi nombre con humor esta vez.
Suspiro y saco la carta lo justo para que vea el borde.
—Solo voy a leerla.
—¿Solo?
—Después la devolveré.
—Eso no mejora demasiado la situación.
—Para un ladrón, devolver lo robado es prácticamente filantropía.
Oliver mira hacia el salón. Después a mí.
—¿Tiene esto que ver con Bale?
No respondo.
Oliver me conduce un poco más lejos del salón, hasta un rincón desde el que seguimos viendo a los invitados. No intenta quitarme la carta. Eso me desconcierta más que si lo hiciera.
—Podría llamar a Lucian ahora mismo —dice.
—Podrías.
—Y usted podría salir por esa puerta antes de que él llegara.
—También.
—Entonces los dos sabemos que no serviría de nada.
—Qué conversación tan productiva.
—Lucian confía en usted —dice.
La frase me toca donde no debería.
—Lucian desconfía hasta de la leche si no sabe qué vaca la produjo.
—No hablo de sus modales. Hablo de usted.
Aprieto el abanico.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sé que hace una semana habría mandado cerrar con llave todas las habitaciones después de verla cerca de un cajón. Ahora deja documentos sobre su mesa cuando usted está en casa. Para él eso es confianza.
Quiero bromear. No puedo.
—No pretendo hacerle daño.
Oliver me observa unos segundos.
—Entonces tenga cuidado de no hacerlo mientras intenta herir a otro.
Se marcha antes de que pueda contestar.
Odio a los hombres cuando dicen cosas sensatas. Es una costumbre que debería prohibirse.
Me encierro en un pequeño salón vacío. La carta está sellada, pero no cerrada con lacre; solo doblada y sujeta con una tira de papel. Bale debía de haberla leído hacía poco.
La abro.
No es larga.
Un tal señor Carrow exige el pago de una suma pendiente antes del día veinte.
Menciona una deuda anterior, un pagaré y la posibilidad de reclamar determinadas mercancías dadas como garantía si no recibe el dinero.
No entiendo todos los términos, pero sí una frase: «No aceptaré otro aplazamiento basado en la entrada de capital de Whitmore».
Me quedo quieta.
Bale ha utilizado el acuerdo con Lucian para conseguir tiempo.
Eso no demuestra que quiera estafarlo. Los comerciantes tienen deudas. Los hombres ricos también. Pero confirma que necesita el dinero mucho más de lo que admite.
Copio deprisa dos nombres y la fecha en la parte interior de mi guante con un lápiz diminuto que llevo en el bolso. Martha me enseñó a estar preparada.
Después doblo la carta exactamente como estaba.
Devolverla es más difícil.
Bale ya no está solo. Conversa con Lucian y otro caballero. No puedo acercarme de frente sin despertar sospechas. Espero. Hablo con una dama. Sonrío a otra. Acepto bailar una contradanza con un hombre que me pisa una vez y pide disculpas cinco.
Por fin Bale se dirige hacia una mesa de cartas.
Paso junto a él.
Un roce.
Una mano sobre su manga.
—Perdón.
La carta vuelve al bolsillo.
Nadie reacciona.
Excepto Oliver, que está al otro lado del salón y alza una ceja.
Le hago una reverencia mínima.
—¿Qué acaba de hacer? —pregunta Lucian detrás de mí.
Me vuelvo tan deprisa que casi choco con él.
—Bailar.
—Parecía estar saludando a Oliver desde media habitación.
—Tu amigo necesita estímulos constantes.
—Eso es cierto.
Lucian me ofrece una copa de limonada.
—Está usted pálida.
—Es el vestido.
—El vestido es verde oscuro.
—Entonces será la iluminación.
Me estudia. Otra vez esa sensación de que ve demasiado.
—¿Quiere marcharse?
La pregunta me sorprende.
—¿Tú quieres?
—No especialmente. Pero si está cansada, podemos hacerlo.
Podemos.
No «puede usted». No «que Agatha la acompañe». Podemos.
Recuerdo la carta de Bale y la advertencia de Oliver.
—No. Estoy bien.
Lucian asiente, pero antes de apartarse me toca con dos dedos el dorso de la mano. Es un gesto breve, escondido entre nuestros cuerpos, invisible para casi todos.
—Dígamelo si cambia de opinión.
Asiento.
Más tarde, cuando la recepción termina, Oliver espera junto a los carruajes. Lucian ayuda a Agatha a subir. Yo me retraso un poco y Oliver aprovecha.
—¿La devolvió?
—Sí.
—¿Encontró lo que buscaba?
—Algo.
—Entonces escúcheme usted a mí.
Su tono me obliga a mirarlo.
—Lucian puede ser insoportable. Cree que un horario resuelve una crisis y que una lista convierte el caos en obediencia. Pero es un hombre decente. Si está investigando a Bale, investigue a Bale. No convierta a mi amigo en daño colateral.
—No quiero hacerle daño.
—Eso ya lo dijo.
La portezuela se abre y Lucian asoma la cabeza.
—¿Piensan pasar la noche en la calle?
—Estábamos hablando de ti —respondo.
—Eso explica la expresión de Oliver.
Subo al carruaje.
Durante el trayecto, la deuda de Bale ocupa una parte de mi cabeza.
La otra está ocupada por una frase mucho peor.
No convierta a mi amigo en daño colateral.
Miro a Lucian frente a mí. Está escuchando a Agatha hablar sobre una visita, pero se da cuenta de que lo observo.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Su ceja se levanta.
—Cada vez peor.
Aparto la vista hacia la ventanilla.
No pienso hacerle daño.
El problema es que empiezo a sospechar que ya no puedo prometerlo.