CAPÍTULO 12Lo que no debería importar
Lo que no debería importar
Arabella
Hay cosas que una mujer sensata hace después de besar a un conde.
Dormir, por ejemplo.
Yo paso la mitad de la noche mirando el dosel de la cama y la otra mitad decidiendo que el beso no significa nada.
No obtengo grandes resultados en ninguna de las dos actividades.
A la mañana siguiente bajo tarde a desayunar. No porque haya intentado evitar a Lucian, sino porque he tardado mucho en decidir qué vestido demuestra con mayor claridad que una no ha pasado la noche pensando en la boca de un hombre.
Finalmente elijo uno azul.
No transmite nada. Es una decepción.
Agatha está leyendo una carta cuando entro. Lucian se encuentra al otro extremo de la mesa con varios papeles junto al plato. Levanta la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Y ya está.
Ni una alusión. Ni una sonrisa especial. Ni el menor indicio de que anoche me besó en una galería vacía después de asegurar durante una semana que nuestros afectos debían parecer convincentes sin necesidad de semejantes excesos.
Me sirvo té con una calma admirable.
—¿Ha descansado? —pregunta.
—Perfectamente.
—Me alegro.
Mentimos los dos con tanta educación que Agatha baja la carta y nos observa.
—Qué ambiente tan agradable —comenta—. Casi parece que habéis discutido.
—No hemos discutido —respondo.
—Entonces es peor.
Lucian carraspea y vuelve a sus papeles. Yo unto una tostada con demasiada mantequilla.
Diez minutos después descubre que no queda mermelada de naranja y llama a un criado para pedir que traigan más porque, según él, «la señorita Hart la prefiere a la de fresa».
No recuerdo habérselo dicho.
Eso me molesta.
Al mediodía manda colocar un cojín distinto en el carruaje porque el que suelo usar tiene una costura rota. También me molesta.
Por la tarde aparece un pequeño volumen de poemas sobre la mesa de mi habitación. No es Wordsworth. Es una colección de canciones populares que mencioné una vez, de pasada, porque Martha las cantaba cuando yo era niña.
Eso me molesta muchísimo.
Los hombres deberían aprender que los grandes gestos son más fáciles de rechazar. Una puede burlarse de flores, joyas y declaraciones. Lo difícil es defenderse de alguien que recuerda qué mermelada prefiere.
Por suerte, tengo un problema mucho más importante que resolver.
Edmund Bale necesita dinero. Mi padre aparece en las cuentas antiguas de los Whitmore junto a una diferencia que nadie justificó. Y yo sigo sin saber qué papel tuvo cada uno.
Decido visitar a Martha.
No la veo desde antes de la cena de los inversores y empiezo a necesitar una voz que no pertenezca a esta casa.
Agatha acepta acompañarme hasta una tienda cercana y dejarme después en nuestra calle con el carruaje.
No pregunta por qué quiero ir sola. Solo me informa de que mandará recogerme antes de que anochezca.
—No soy una niña —protesto.
—No. Los niños suelen obedecer más.
La abrazo antes de bajar. Ella finge que no se sorprende.
Martha abre la puerta y tarda tres segundos en observar mi vestido, mis guantes y mi expresión.
—¿Qué ha hecho el conde?
—¿Por qué das por hecho que ha hecho algo?
—Porque cuando te metías en problemas de pequeña entrabas hablando. Cuando los problemas eran sentimentales, entrabas preguntando.
—Nunca he tenido problemas sentimentales.
—Precisamente por eso estás tan mal preparada.
Entro y cierro la puerta.
La habitación parece más pequeña de lo que recuerdo. También más querida. Sobre la mesa hay una taza, una cesta de costura y el mismo mantel gastado que hemos usado durante años. Me quito los guantes y me siento.
—Me besó.
Martha deja la aguja.
—¿Quién?
—El conde.
—Tenemos tantos en nuestra vida que necesitaba la aclaración.
—No seas cruel.
—No lo soy. Estoy disfrutando.
Le cuento lo ocurrido. Cecily, el baile, la galería, el beso y la estúpida frase de la factura que me permitió escapar sin admitir que me temblaban las rodillas.
Martha escucha sin interrumpir. Eso es peor que cualquier comentario.
—Di algo.
—¿Te gustó?
—No es relevante.
—Entonces te gustó.
—Martha.
—Bella.
Me dejo caer contra el respaldo.
—Sí.
La sonrisa que aparece en su rostro es tierna y preocupada a la vez.
—Eso complica el trabajo.
—No tiene por qué.
—Estás fingiendo ser la prometida de un hombre del que puedes enamorarte. Diría que cumple la definición de complicación.
—No voy a enamorarme.
—Naturalmente.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que pone Agatha cuando cree que sabe algo antes que yo.
Martha se ríe.
—¿Y él?
—Él nada.
—¿Nada?
—Esta mañana ha hablado del tiempo, de mermelada y de una cena. Ha decidido comportarse como si besarme hubiera sido una extensión normal de la conversación.
—¿Y eso te molesta?
—No.
Martha vuelve a sonreír.
—Voy a marcharme.
—Acabas de llegar.
—Precisamente.
Me levanto, pero ella me sujeta la mano.
—Bella, escucha. Un hombre puede ser bueno y aun así no poder darte la vida que necesitas. Y tú puedes quererlo sin convertirte en otra persona. No confundas una cosa con la otra.
La miro. Martha rara vez habla de amor. Cuando lo hace, pesa más.
—No estoy enamorada.
—No he dicho que lo estés.
—Lo estabas pensando.
—Soy actriz. Pienso muchas cosas y solo algunas llegan al escenario.
Me quedo un rato más. Le cuento casi todo sobre Bale, salvo la parte en la que he empezado a sabotear el acuerdo. Le hablo de las cuentas de mi padre, del nombre, de la nota en los libros. Martha se pone seria.
—Tu madre odiaba a ese hombre —dice.
—¿Lo recuerdas?
—La conocí poco. Pero sí. Una vez pronunció su apellido delante de mí y después pidió disculpas por las palabras que utilizó.
—¿Nunca te contó qué ocurrió?
—No con detalle. Estaba demasiado orgullosa. Y demasiado cansada.
—Necesito saberlo.
—Lo sé. Pero procura no decidir la respuesta antes de encontrarla.
Es exactamente el consejo que no quería escuchar.
Regreso a Whitmore House antes del anochecer.
Durante el trayecto no puedo evitar comparar la calle de Martha con las avenidas por las que avanza el carruaje.
En una, las ventanas están tan cerca que una puede oír discutir a los vecinos; en las otras, las casas parecen necesitar medio acre solo para respirar.
Yo pertenezco a la primera y, sin embargo, regreso a la segunda como si fuera normal que un cochero me abra la portezuela.
La sensación no me gusta porque empieza a gustarme demasiado.
Lucian no está. Wilkins dice que ha salido con su administrador. Agatha se ha encerrado a escribir cartas. Tengo una hora sin vigilancia.
No la desperdicio.
La biblioteca me recibe con ese olor a cuero y polvo que empieza a resultarme familiar.
Los libros de cuentas siguen en la mesa, pero hoy busco otra cosa.
En uno de los índices he visto referencias a correspondencia comercial.
Si Thomas fue acusado por diferencias en los pagos de los muelles, alguien debió escribir sobre ello.
Tardo tanto en encontrar la caja adecuada que empiezo a odiar a todos los hombres que han decidido guardar papeles por año en lugar de por grado de utilidad futura para sus hijas.
Al fin encuentro un legajo de 1808.
La mayoría son cartas aburridísimas. Fechas de entrega. Quejas por barriles. Facturas. Un señor protesta porque una partida de telas llegó mojada. Otro considera escandaloso el precio del alquiler de un almacén.
Entonces veo el nombre de Bale.
Es una nota breve, copiada en el libro de correspondencia de la casa. No está firmada por él, sino por un empleado del administrador del anterior conde.
«El señor Bale ha asumido la supervisión temporal de las facturas de los muelles mientras se revisan las diferencias detectadas por T. Hart. Se solicita que cualquier pago pendiente pase por su oficina hasta nueva orden».
Leo la frase tres veces.
La fecha es anterior a la anotación que responsabiliza a mi padre de la cantidad desaparecida.
Bale ya supervisaba los pagos.
Sigo buscando. Dos semanas después aparece otra nota: «Persisten discrepancias entre los recibos presentados y las sumas asentadas. El señor Hart niega haber autorizado los cambios y solicita revisión de originales».
Se me seca la boca.
No es una prueba.
No dice quién cambió nada. No demuestra que Bale robara. Tampoco demuestra que los Blackwell supieran que mi padre decía la verdad. Pero coloca a Bale en el centro del problema antes de que Thomas fuera señalado.
Copio las frases y las fechas. Esta vez mis manos no tiemblan.
Después encuentro algo peor.
Al margen de la segunda nota hay una instrucción: «El conde ha sido informado. Resolver sin escándalo».
El padre de Lucian.
Me quedo quieta.
Puede significar cualquier cosa. Resolver las cuentas. Evitar perjudicar a empleados. Proteger la reputación comercial. Pero también puede significar que el conde sabía que existía una disputa y eligió cerrarla sin investigar lo suficiente.
O peor: que sabía más.
La puerta se abre.
Cierro el legajo y vuelvo la cabeza.
Lucian entra con una carpeta bajo el brazo. Al verme, se detiene.
—Creí que estaba con Martha.
—He vuelto hace un rato.
—¿Y ha decidido reconciliarse con la poesía?
—Estoy ampliando horizontes.
Se acerca. Mi corazón late demasiado deprisa, y no por el recuerdo del beso.
—Tiene tinta en el dedo —dice.
Miro mi mano. Una mancha oscura me traiciona junto al pulgar.
—He tomado notas.
—Eso suena alarmantemente estudioso.
Sonríe. Yo intento devolvérsela.
Entonces mete una mano en el bolsillo de la levita y saca un pequeño paquete envuelto en papel.
—Le he traído algo.
—¿Otro libro?
—Abra.
Es un pastelito de limón de la confitería donde negociamos nuestro acuerdo.
Lo miro.
—¿Por qué?
—Pasé por delante.
—Eso no es una razón.
—Usted se comió dos aquel día.
Me quedo sin respuesta. Otra vez esos gestos pequeños. Otra vez él recordando cosas que no debería recordar.
Y yo tengo escondido bajo la mano un documento que podría implicar a su padre en la ruina del mío.
—Gracias —digo.
Lucian inclina la cabeza.
—¿Ocurre algo?
—No.
Su expresión cambia apenas.
—Cada vez la utiliza peor.
Quiero contárselo.
De verdad quiero.
Pero miro el legajo cerrado, recuerdo la orden «resolver sin escándalo» y siento que una puerta acaba de abrirse bajo mis pies.
Si su padre sabía lo que ocurría, ¿qué sabe Lucian?
El hombre que me trae un pastel porque recuerda cuál me gusta puede ser inocente.
También puede llevar el apellido de la familia que decidió que la verdad de mi padre no merecía un escándalo.
Y de pronto el beso de anoche, la mermelada, las flores y los pequeños gestos que no deberían importar importan demasiado.