CAPÍTULO 11Un beso por exigencias del guion
Por exigencias del guion
Lucian
Hay decisiones que un hombre toma porque son sensatas y otras que toma porque Arabella Hart acaba de sonreírle a alguien al otro lado de un salón de baile.
La mía pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
—No sabía que lady Cecily estuviera invitada —murmura Oliver a mi lado.
—Yo tampoco.
—Entonces esa expresión tan acogedora de su rostro debe de ser natural.
—Mi expresión es perfectamente normal.
—Si dices eso una vez más, quizá hasta tú mismo llegues a creerlo.
Lo ignoro. Es una estrategia que rara vez funciona con Oliver, pero me permite concentrarme en el verdadero problema de la noche.
Lady Cecily Fairburn acaba de entrar en el salón del brazo de su madre.
Nos conocemos desde hace años. Nuestras familias han cenado juntas, cazado juntas y, durante un periodo especialmente desagradable de mi vida, decidido juntas que Cecily y yo formaríamos una pareja excelente.
Ella nunca llegó a aceptar aquella posibilidad con entusiasmo; yo tampoco.
Sin embargo, nuestras madres poseen la peligrosa habilidad de confundir tolerancia con destino.
Arabella no sabe nada de eso.
Arabella está a unos metros, conversando con Agatha y una joven casada a la que conocimos en la cena de hace dos noches.
Lleva un vestido marfil con pequeñas hojas bordadas y una cinta verde bajo el pecho.
Su cabello pelirrojo está recogido de una forma que deja libres varios rizos junto a las sienes.
Uno de ellos se mueve cada vez que se ríe.
No debería estar pendiente de sus rizos.
Tampoco debería saber que esa es la tercera vez que se ríe desde que hemos llegado.
—Va a perforar el suelo con los ojos —observa Oliver.
—¿No tiene a nadie más a quien molestar?
—A mucha gente. Pero ninguno reacciona con tanto agradecimiento.
Antes de que pueda responder, lady Cecily nos ha visto. Su madre sonríe de esa forma que siempre anuncia una conversación en la que alguien acabará sintiéndose culpable por no haberse casado a tiempo.
—Whitmore —saluda Cecily—. Había oído rumores, pero pensé que mi madre exageraba.
—Lady Cecily.
—No exagere nunca el poder de una madre aburrida —interviene Oliver—. Es capaz de descubrir un compromiso antes que los propios prometidos.
Cecily sonríe, aunque su atención ya ha saltado hacia Arabella.
—¿Es ella?
No me gusta el tono de la pregunta. No es desprecio, exactamente, pero sí curiosidad. Una curiosidad muy parecida a la que muestra la sociedad cuando descubre un animal desconocido en una colección privada.
—Es Arabella Hart —respondo—. Mi prometida.
—Entonces debes presentárnosla.
No me gusta tampoco el «debes».
Aun así, sería más extraño negarme. Me acerco a Arabella y ella detecta algo en mi expresión antes de que abra la boca.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Qué mala costumbre tiene con esa palabra.
—Hay alguien a quien debo presentarle.
Sus ojos verdes se deslizan por encima de mi hombro y encuentran a Cecily.
—Ah.
Ese «ah» contiene una cantidad de información que no logro descifrar.
—¿La conoce?
—No. Pero ella me está mirando como si acabaran de decirle que llevo un faisán debajo del vestido.
—Le aseguro que eso despertaría más interés.
Arabella me mira.
—¿Acaba de bromear?
—No se acostumbre.
Le ofrezco el brazo. Ella lo acepta y, antes de dar un paso, se inclina hacia mí.
—¿Antigua candidata?
Me detengo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lleva cinco minutos mirando mi mano izquierda y su madre está mirando su cara como si quisiera devolverlo a la tienda.
Me resulta irritante que tenga razón.
—Nuestras familias consideraron hace tiempo que un matrimonio podría ser conveniente.
—Qué romántico.
—No ocurrió nada.
—No he preguntado.
—Pero iba a hacerlo.
—Por supuesto.
Llegamos junto a Cecily y su madre. Las presentaciones transcurren con corrección. Arabella ejecuta una reverencia impecable, lo cual habría considerado imposible hace una semana. Agatha estaría orgullosa. Yo también lo estoy, aunque no tengo intención de decírselo.
Cecily empieza con preguntas inofensivas. Cuánto tiempo llevamos comprometidos. Dónde nos conocimos. Si hemos fijado fecha. Arabella responde con nuestra versión acordada y añade detalles que no estaban en ella, pero que, por milagro, no contradicen nada.
—Lucian se muestra reacio a hablar de la boda —dice Arabella con una sonrisa—. Temo que crea que, si ignora la fecha el tiempo suficiente, el matrimonio dejará de existir.
La madre de Cecily ríe. Cecily también, aunque tarda un segundo.
—Lucian siempre ha sido prudente —dice—. Demasiado, quizá.
—Lo he notado.
—Me sorprende que el compromiso haya ocurrido con tanta rapidez.
Ahí está.
Arabella no cambia de expresión.
—A mí también. Yo esperaba tener tiempo para reconsiderarlo.
Oliver, a mi espalda, emite un sonido sospechosamente parecido a una tos.
Cecily ladea la cabeza.
—Es solo que Whitmore lleva años rechazando cualquier intento de emparejarlo. Cuesta imaginar que, de pronto, haya perdido la cabeza.
Arabella me mira.
—¿La ha perdido?
—Cada día con más motivos.
La respuesta hace que la señora Fairburn vuelva a reír. Cecily no. Sus ojos pasan de Arabella a mí y regresan.
—Entonces supongo que no tendrá inconveniente en demostrar que los rumores son ciertos.
El salón parece volverse un poco más silencioso, aunque sé que es imposible. La música continúa. Las conversaciones siguen alrededor. Sin embargo, comprendo exactamente lo que insinúa.
Arabella también.
Se acerca un poco más a mí y apoya la mano en mi antebrazo.
—Lady Cecily —dice con dulzura—, si para creer en un compromiso necesita presenciar demostraciones públicas, temo que Londres va a decepcionarla mucho esta temporada.
La frase es perfecta. Ni desafiante ni sumisa. Cecily parpadea.
—No pretendía ofenderla.
—Entonces no lo ha hecho.
Me resulta difícil no sonreír.
La orquesta inicia un vals. Arabella gira la cabeza hacia la pista.
—¿Bailamos?
No sé si quiere escapar o ganar. Con ella suele ser ambas cosas.
—Por supuesto.
La conduzco hasta el centro del salón. Esta vez no mira los pies. Tampoco me pisa. Sus movimientos han perdido la rigidez de los primeros ensayos y su mano descansa en la mía con una naturalidad que me resulta peligrosa.
—¿Así que lady Cecily? —murmura.
—No empiece.
—No he empezado nada. Solo intento entender por qué no se casó con una mujer tan conveniente.
—Porque no quería casarme con ella.
—Qué exigente es.
—¿Le molesta?
Arabella alza las cejas.
—¿Qué cosa?
—Lady Cecily.
—No.
—Miente peor que yo.
—Imposible.
Giro con ella. El vestido se mueve alrededor de sus tobillos. Cuando regresa frente a mí hay un brillo en sus ojos que no estaba al comenzar.
—Además —añade—, se supone que soy yo quien debe parecer celosa. Forma parte de mi empleo.
—No recuerdo que eso apareciera en el acuerdo.
—Tampoco aparecía que usted compraría flores en Hyde Park y lo hizo.
La música termina antes de que encuentre una respuesta. Al apartarnos, veo a Cecily observándonos. Arabella también la ve.
Sin avisar, se pone de puntillas y coloca una mano sobre mi solapa.
—Tiene una arruga —dice.
—Mi ayuda de cámara se sentirá devastado.
—No en la levita.
—¿Entonces dónde?
—En la cara. Justo aquí.
Me roza con un dedo entre las cejas. El gesto es tan absurdo y tan íntimo que olvido durante un segundo que estamos rodeados de personas. Arabella sonríe y se aparta.
—Ya está.
Cecily deja de mirar.
—Eso ha sido innecesario —digo.
—Y efectivo.
—Usted disfruta demasiado de esto.
—Usted demasiado poco.
Agatha reclama a Arabella para presentarla a una dama. Yo me quedo con Oliver.
—No digas nada.
—¿Sobre el dedo entre tus cejas o sobre que casi dejas de respirar?
—Sobre nada.
—Temo que has elegido al amigo equivocado.
La velada continúa. Bailo una vez con Cecily por cortesía y paso todo el baile buscando, contra mi voluntad, el lugar donde se encuentra Arabella. Habla con Agatha, luego con una pareja mayor y más tarde con un caballero joven que parece demasiado satisfecho de tener su atención.
Cuando Cecily menciona que Arabella parece desenvolverse mejor de lo que esperaba, noto el filo escondido bajo el comentario.
No me agrada. Le respondo que Arabella se desenvuelve mejor que muchas personas que llevan toda la vida entrenándose para estos salones.
Cecily me observa con una sorpresa que no merece.
Quizá yo también me sorprenda un poco. Hace una semana estaba preocupado por que Arabella confundiera un tratamiento; esta noche estoy dispuesto a discutir con cualquiera que interprete su origen desconocido como defecto.
Al terminar el baile con Cecily, una de las madres que mi familia lleva años utilizando como avanzada matrimonial se acerca para felicitarme.
Me dice que Arabella es «encantadoramente singular».
La expresión me irrita más de lo razonable.
Pregunto qué significa. La mujer retrocede, asegura que era un elogio y huye hacia una mesa de ponche.
Oliver aparece en mi hombro como una conciencia muy mal elegida.
—Estás defendiendo a tu prometida con un entusiasmo precioso —dice.
—Estoy evitando que la insulten.
—Claro. Eso debe de ser.
Lo dejo hablando solo. No necesito que Oliver ponga nombre a cosas que todavía prefiero considerar accidentes.
Cuando termino, la encuentro en una pequeña galería que comunica el salón principal con la terraza. Las puertas están abiertas, pero ha empezado a refrescar y nadie parece interesado en abandonar la música.
Arabella está mirando un cuadro.
—¿Ha huido?
—Estoy ampliando mi educación artística.
Miro la pintura. Un hombre con peluca sostiene un perro diminuto.
—¿Y qué ha aprendido?
—Que los ricos llevan siglos pagando para que los pintores les mientan.
Me acerco. Ella vuelve la cabeza.
—Su antigua casi prometida es preciosa.
—Nunca fue mi casi prometida.
—Su madre no opinaría lo mismo.
—Mi madre ha planeado mi boda con tantas mujeres que, si todas tuvieran derecho a reclamarme, necesitaríamos un tribunal.
Arabella se ríe. Después baja la voz.
—No me ha caído mal.
—Eso me tranquiliza.
—Pero no me gusta que dude de nosotros.
La frase queda suspendida entre ambos. «Nosotros» debería referirse a la representación. Al trato. A seis semanas. Sin embargo, esta vez suena distinto.
—Ha hecho un trabajo excelente —digo.
Arabella hace una mueca.
—Qué forma tan horrible de describir una noche en la que he estado a punto de provocar una disputa por sus afectos.
—No ha habido ninguna disputa.
—Porque he ganado.
—¿Ha ganado qué?
—No estoy segura.
Su sonrisa desaparece poco a poco. Estamos demasiado cerca. Podría retroceder. Debería hacerlo.
—Arabella.
—Lucian.
—Lo que ha hecho antes, en el salón...
—Era parte del papel.
—Sí.
—Y muy convincente.
—Mucho.
Ninguno se mueve.
No hay nadie mirando. Cecily está dentro. Agatha está dentro. Oliver, por una vez en su vida, no está escondido detrás de una cortina. Si me inclinara hacia Arabella ahora, no serviría para convencer a nadie.
Ese pensamiento debería detenerme.
Hace exactamente lo contrario.
—Esto no —murmuro.
—¿Esto qué?
La beso.
Durante un instante Arabella permanece inmóvil. Después su mano se cierra sobre mi solapa y me devuelve el beso con una decisión que elimina cualquier posibilidad de fingir que ha sido un accidente. No es un beso largo. Tampoco prudente. Sabe a champán y a una mala idea que llevo días evitando.
Cuando me aparto, su rostro queda a pocos centímetros del mío. Sus ojos verdes están abiertos y, por primera vez desde que la conozco, no tiene preparada una respuesta.
Yo tampoco.
—No había nadie mirando —dice al fin.
—Lo sé.
—Entonces ha sido una interpretación muy poco eficiente.
—Terrible.
—Quizá debamos practicar más.
La miro.
Arabella sonríe, aunque sus mejillas se han coloreado.
—¿Eso era una broma?
—Eso espero.
—Qué decepción.
Retrocede un paso. Yo siento la ausencia de su cuerpo con una claridad irritante.
Desde el salón llega la voz de Agatha llamándola. Arabella vuelve a colocarse un rizo que se ha soltado junto a su mejilla.
—Será mejor que regresemos.
—Sí.
Da dos pasos y se detiene.
—Una cosa, Lucian.
—¿Qué?
—Ese beso no estaba en el acuerdo.
—No.
—Entonces tendré que facturarlo aparte.
Se marcha antes de que pueda responder.
Me quedo solo en la galería, mirando el cuadro del hombre con peluca y su perro ridículo.
Por primera vez desde que empezó este acuerdo, tengo muy claro cuál de los dos está perdiendo el control.