CAPÍTULO 10Una cena desastrosamente perfecta
Una cena desastrosamente perfecta
Arabella
Mi primer plan de sabotaje consta de tres pasos.
Uno: conseguir que los posibles inversores desconfíen de Edmund Bale.
Dos: hacerlo sin que Lucian sospeche que estoy intentando conseguirlo.
Tres: no provocar un incidente que termine con alguien llamando a un médico, a un alguacil o a lady Agatha.
El tercer punto lo añado por experiencia.
Mi plan original incluía cambiar dos tarjetas de sitio para sentarme cerca de Bale, pero Agatha me ha sorprendido con ambas en la mano y me ha preguntado si estaba reorganizando su mesa.
He respondido que solo admiraba la caligrafía.
Ella ha mirado las tarjetas, me ha mirado a mí y ha dicho: «Claro, querida».
No sé cuánto sabe esa mujer, pero algún día pienso interrogarla. Cuando haya acumulado valor suficiente.
La cena se celebra en Whitmore House. Lucian ha invitado a seis caballeros vinculados al comercio y a tres de sus esposas, porque Agatha ha decretado que una reunión con mujeres parece social y una reunión solo de hombres parece que van a fundar un banco o declarar una guerra.
Bale llegará antes del segundo plato. Yo llevo desde la mañana pensando cómo introducir dudas sobre él sin parecer una prometida que ha desarrollado una obsesión por los almacenes.
—No frunzas el ceño —dice Agatha mientras Elsie termina de colocarme un collar sencillo.
—Estoy pensando.
—Precisamente. Se te nota demasiado.
—¿Cómo piensa una dama sin que se le note?
—En silencio y haciendo creer a los hombres que la idea fue suya.
Me vuelvo hacia ella.
—Tía Agatha, a veces das miedo.
—Gracias, querida.
Antes de bajar, repaso mis preguntas frente al espejo. «¿Cuánto tiempo lleva usted trabajando con los Whitmore?» parece inocente. «¿Suele arruinar familias antes o después del postre?» quizá resulte demasiado directa. Decido reservarla para una emergencia.
Bajo al salón con un vestido verde oscuro que Lucian eligió sin saber que su opinión sería recordada durante días. Él está junto a la chimenea hablando con Oliver. Al verme, sus ojos se detienen un instante. Ya conozco esa pausa. Me gusta más de lo que debería.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Mientes fatal.
Oliver se ríe.
—Es una de sus pocas debilidades.
—Tú no estabas invitado a esta conversación —dice Lucian.
—Estoy invitado a la cena. Considero que incluye todos los entretenimientos previos.
Lucian se acerca antes de que lleguen los primeros invitados y me ofrece una pequeña copa de jerez.
—Una advertencia.
—Qué romántico.
—Esta noche no necesito que improvise.
—Nunca necesita que improvise hasta que alguien hace una pregunta que no había previsto.
—En ese caso improvise menos.
—Eso no es una cantidad que pueda medirse.
Me mira unos segundos y termina suspirando.
—Solo intente no iniciar una crisis diplomática.
—No hay diplomáticos invitados.
—Precisamente por eso me preocupa que encuentre alguno.
Choco mi copa con la suya.
—Confíe en mí.
—Cada vez que dice eso, temo por mis bienes.
—Esta noche solo pienso robar información.
La broma sale demasiado cerca de la verdad. Lucian entorna los ojos, pero en ese momento Wilkins anuncia a los Bexley y tengo que alejarme.
Los invitados empiezan a llegar. Durante el primer cuarto de hora me limito a interpretar mi papel.
Sonrío, escucho, acepto cumplidos y procuro no mirar los bolsillos de nadie.
Esto último requiere más disciplina de la esperada.
Un señor llamado Bexley lleva una cadena de reloj tan gruesa que parece una provocación personal.
Bale entra cuando ya estamos a punto de pasar al comedor.
Me saluda con la misma cortesía fría que mostró al marcharse de su reunión con Lucian.
—Señorita Hart.
—Señor Bale. Qué alegría volver a verlo.
—El placer es mío.
Los dos mentimos. Eso nos proporciona una clase particular de intimidad.
Durante la sopa, Bale habla poco. Lucian dirige la conversación hacia la situación de los muelles, pero sin entrar en cifras concretas.
Yo espero. Mi plan consiste en formular preguntas inocentes que obliguen a Bale a explicar demasiado.
Si los demás detectan contradicciones, mejor. Si no, al menos aprenderé algo.
La oportunidad llega con el pescado.
—Mi prometido dice que usted conoce el comercio de Londres mejor que nadie —comento.
Lucian me lanza una mirada. No recuerdo que haya dicho exactamente eso, pero está demasiado lejos para corregirme sin parecer descortés.
Bale sonríe.
—Lord Whitmore exagera.
—Eso sería una novedad —dice Oliver.
Varias personas se ríen.
—Yo apenas entiendo de negocios —continúo—, pero me fascina que puedan saber cuánto espacio necesitarán para mercancías que todavía no han llegado.
—La experiencia permite preverlo —explica Bale.
—¿Y si llega menos de lo previsto?
—Se ajustan los contratos.
—¿Y si llega más?
—Se alquila espacio adicional.
—¿Y si nadie quiere alquilarlo?
Lucian deja el tenedor.
—Arabella, quizá el señor Bale quiera terminar de cenar antes de resolver todos los problemas del comercio británico.
—Solo intento aprender.
Lady Bexley interviene.
—A mí me parece encantador que se interese por los asuntos de su futuro esposo. Mi Henry tardó diez años en explicarme de dónde salía nuestro dinero.
—Y todavía no estoy seguro de que lo hayas perdonado —dice su marido.
La mesa se ríe. El tema deriva hacia matrimonios y secretos domésticos.
Mi sabotaje acaba de convertirse en una conversación sobre qué esposos esconden cartas, deudas de juego o perros comprados sin permiso.
No me rindo.
Con el siguiente plato, pruebo otro camino.
—Señor Bale, ¿es cierto que trabaja con los Whitmore desde hace más de veinte años?
La conversación baja un punto de volumen.
—Así es.
—Debe de resultar tranquilizador hacer negocios con alguien tan conocido —digo, mirando a uno de los inversores—. Aunque supongo que hasta las relaciones antiguas necesitan revisar las cuentas.
—Siempre —responde Lucian.
El señor Bexley asiente.
—Whitmore tiene razón. La confianza ahorra tiempo; la comprobación ahorra dinero.
Perfecto. Exactamente la frase que necesitaba.
Entonces Bale sonríe.
—Y por eso hemos proporcionado a lord Whitmore acceso completo a nuestros libros recientes.
Maldito sea.
—Qué transparencia tan admirable —dice lady Bexley.
—Fundamental —añade otro invitado.
Mi intento de sembrar dudas acaba de servir para que Bale parezca honrado.
Bebo vino.
Lucian me observa por encima de su copa. No sé si sospecha algo o si simplemente disfruta viendo cómo mi plan se estrella contra la vajilla.
Decido cambiar de estrategia y dejar de hablar de Bale durante un rato. Resulta ser mi mejor decisión de la noche.
A partir de ese momento hago lo que sé hacer mejor cuando no estoy robando: observo.
El señor Bexley corta la carne antes de responder preguntas incómodas.
Su esposa sabe exactamente cuánto dinero arriesga su marido aunque finja aburrirse con los negocios.
Otro invitado, sir George, mira a Bale cada vez que se menciona un plazo.
Lucian, en cambio, escucha a todos y no interrumpe hasta tener algo que añadir.
Lo he llamado estirado tantas veces que casi se me olvida que hay una diferencia entre ser rígido y ser cuidadoso.
También descubro que, cuando se ríe de verdad, se le forma una pequeña línea junto a la boca. El dato no tiene utilidad comercial y me fastidia recordarlo.
Uno de los caballeros menciona que su cochero se ha perdido dos veces intentando llegar a la nueva dirección de un almacén.
Cuento una historia de Martha y yo siguiendo durante una hora un carro equivocado porque creíamos que transportaba nuestras pertenencias.
No explico por qué no teníamos derecho sobre ninguna de aquellas pertenencias.
La historia provoca risas. Después lady Bexley cuenta otra.
Oliver exagera una anécdota de Lucian. Incluso Bale se relaja.
Sin proponérmelo, la cena deja de parecer una negociación y empieza a parecer una reunión agradable.
Lucian también cambia. Se ríe más. Discute una idea con Bexley sin ese tono rígido que utiliza cuando cree que cada palabra debe convertirse en cláusula.
Los hombres empiezan a hablar con mayor franqueza.
Uno reconoce que le preocupan los costes iniciales.
Otro dice que estaría dispuesto a participar si el riesgo se reparte de forma distinta.
Yo debería sentirme horrorizada.
Estoy ayudando.
—Su prometida es extraordinaria —le dice lady Bexley a Lucian cuando pasamos al salón para el café.
—Procuro recordárselo —respondo antes que él.
Lucian me mira.
—No recuerdo que ocurra con tanta frecuencia.
—Lo piensa muy alto.
—Eso explica muchas cosas.
La señora se aleja sonriendo.
—Está de buen humor —digo.
—La cena ha ido mejor de lo que esperaba.
—Qué extraño.
—Sí. Y empiezo a sospechar que tiene algo que ver con usted.
No sé si sentirme halagada o insultada.
—Puedo arreglarlo si quiere.
—No. Por favor. No arregle nada.
Oliver lo llama desde la otra punta del salón. Lucian se marcha, pero antes de hacerlo inclina la cabeza hacia mí.
—Gracias.
La palabra me golpea con más fuerza de la que debería.
No he hecho esto por él. O al menos no era mi intención.
Necesito recordarlo.
El éxito de la velada se vuelve evidente cuando dos de los invitados empiezan a hablar de una segunda reunión en lugar de buscar excusas para marcharse.
Debería sentir que he fracasado. En cierto modo, lo he hecho.
Mi objetivo era introducir inquietud y he conseguido que un grupo de hombres se sienta tan cómodo que empieza a compartir preocupaciones reales.
Tal vez el sabotaje no consista siempre en provocar un desastre. Tal vez baste con escuchar hasta encontrar el punto donde algo ya está roto.
Me aparto hacia una mesa donde sirven café. Bale está cerca, hablando con Bexley. No quiero acercarme demasiado, pero una pareja cruza entre nosotros y me obliga a detenerme junto a un biombo. Las voces llegan con claridad.
—No puedo esperar indefinidamente —dice Bale en tono bajo.
—Whitmore no firmará hasta estar seguro —responde Bexley.
—Lo sé. Pero tengo pagos comprometidos antes de final de mes. Si se retrasa la entrada de capital, tendré que buscar otra vía.
—Pensé que la operación estaba más saneada.
Hay un silencio.
—Es una cuestión de liquidez, nada más. El dinero está en mercancías y compromisos. Ya conoce cómo funciona esto.
—Lo conozco lo suficiente para no confundir mercancías comprometidas con dinero disponible.
Se oyen pasos. Me muevo antes de que puedan descubrirme escuchando.
Liquidez.
Bale necesita el dinero de Lucian pronto.
De repente la prisa de la reunión anterior tiene sentido. También su interés en cerrar antes de lo previsto.
No demuestra que sea un estafador. No demuestra nada sobre mi padre.
Pero es una debilidad.
Y las debilidades, como los bolsillos abiertos, existen para que alguien sepa encontrarlas.
Regreso al centro del salón. Lucian está contando algo a uno de los invitados y al verme me sonríe. No es la sonrisa breve y sorprendida de los primeros días. Es más fácil. Más cálida.
Me siento culpable durante un segundo.
Solo uno.
Después recuerdo el libro de cuentas, la voz de mi madre y el nombre de Thomas Hart escrito junto a una cantidad desaparecida.
Bale necesita que este acuerdo se cierre.
Antes de que pueda regresar con los demás, Lucian aparece a mi lado con dos tazas de café. Me ofrece una.
—Ha desaparecido.
—Estaba admirando el biombo.
Mira el biombo. Es una pieza espantosa pintada con pájaros amarillos.
—Comprendo. Resulta fascinante.
—Me gustan los pájaros.
—Ayer dijo que los pavos reales eran gallinas con problemas de vanidad.
—No todos los pájaros reciben el mismo trato.
Lucian sonríe, pero sigue estudiándome. Por un momento temo que haya oído la conversación. Si me pregunta, no sé qué voy a decirle. La idea de mentirle era sencilla cuando apenas lo conocía. Cada día se vuelve un poco menos sencilla.
—La cena ha sido un éxito —dice al fin—. Gracias por no arruinarla.
—Todavía queda noche.
—No me asuste.
Se marcha para despedir a un invitado. Yo miro el café que me ha dado y siento otra punzada de culpa.
El último en marcharse es Bale. Lo encuentro en el vestíbulo con el abrigo ya puesto, mientras Wilkins le ofrece el sombrero con una inclinación que no reserva para nadie más. No sé por qué salgo a despedirlo. Supongo que una prometida falsa debe cuidar, al menos, la puntualidad de sus cortesías.
—Una velada deliciosa, señorita Hart. Pocas casas conservan el arte de hacer hablar a los invitados.
—Es mérito de lady Agatha.
—Y de usted, según me han dicho. —Se ajusta un guante con calma—. Hart. Llevo toda la noche intentando recordar dónde he oído ese apellido. Hay un Hart en Kent, otro en Bristol y media docena en Londres. ¿De cuáles es usted?
Tengo la sonrisa puesta antes de que el estómago termine de encogerse. Es una de las pocas ventajas de mi oficio.
—De ninguno que merezca la pena mencionar.
—Todos los apellidos valen algo, ya sabe. Algunos mucho más de lo que sus portadores creen. —Toma el sombrero—. Los muelles son una zona muy larga, señorita. Quien camina por ellos preguntando por gente que ya no está suele acabar con los zapatos mojados.
—Tengo botas.
—Qué previsión.
Se inclina y sale a la noche sin prisa. Wilkins cierra la puerta. Yo me quedo en el vestíbulo, con la mano en la barandilla, contando los latidos hasta que dejan de estorbarme.
Hay hombres que amenazan a gritos y hombres que lo hacen preguntando por un apellido. Los segundos me han dado siempre más trabajo.
Bale necesita que este acuerdo se cierre.
Yo necesito que no ocurra.
La cena que pretendía arruinar ha sido un éxito.
Tendré que esforzarme mucho más la próxima vez.