EPÍLOGODiez lecciones para arruinar a un lord
EPÍLOGO
Diez lecciones para arruinar a un lord
Oliver
La primera señal de que el matrimonio ha perjudicado seriamente a Lucian Blackwell es que hay tres bolsos de mujer encima de su escritorio y él no parece preocupado.
La segunda es que uno de esos bolsos está abierto.
—Antes habrías considerado esto una invasión —le digo.
Lucian ni siquiera levanta la vista del documento que está leyendo.
—Antes vivía solo.
—También sonreías menos.
—Eso no es cierto.
—Sonreías aproximadamente dos veces al año. Una en Navidad y otra cuando cerraban el Parlamento.
—No recuerdo haberte invitado a llevar un registro.
—Alguien debía hacerlo.
Han pasado cuatro meses desde la boda y Whitmore House ya no se parece del todo a Whitmore House.
Sigue siendo elegante, ordenada y demasiado grande para cualquier familia que no pretenda fundar su propia nación, pero ahora aparecen cintas en lugares inesperados, una cesta de costura ocupa permanentemente un sillón de la biblioteca y el mayordomo ha aprendido a no preguntar por qué ciertas damas entran por la puerta principal con vestidos que salen por la trasera convertidos en otra cosa.
Lucian también ha conseguido poner en marcha la operación que casi perdió por culpa de Bale.
No recuperó el primer almacén. Encontraron dos más pequeños y, según él, eso ha resultado mejor: menos capital concentrado en un solo lugar, dos administradores que se revisan mutuamente y unas cuentas que Wetherby considera «aburridamente limpias».
Bexley y sir George participan con él. Cada vez que Oliver pregunta si el negocio funciona, Lucian responde con cifras. Arabella responde que sí.
Sospecho que ambos disfrutan teniendo razón de formas distintas.
Arabella y Martha llaman a su pequeño negocio Hart & Finch.
Agatha quiso añadir «proveedoras de accesorios de confianza para damas inteligentes» debajo del nombre.
Arabella le dijo que cabía peor en una tarjeta que un bolso dentro de un bolsillo.
El negocio todavía funciona desde dos habitaciones alquiladas cerca de la casa de Martha, aunque sospecho que eso cambiará pronto.
Tienen encargos de bolsos, arreglos, cintas y unos bolsillos interiores que se han vuelto sorprendentemente populares entre mujeres que ahora hablan de «seguridad personal» con una seriedad que habría divertido muchísimo a la antigua Arabella.
La actual Arabella se limita a cobrarles. Entra en el despacho mientras pienso en ello. Lleva un vestido azul sencillo, el cabello pelirrojo recogido deprisa y una cinta entre los dientes. Detrás aparece Agatha con un cuaderno.
—No —dice Arabella alrededor de la cinta.
—Ni siquiera he terminado de explicarlo.
—Porque ya sé qué vas a decir.
—Necesitáis un local mejor.
Arabella se quita la cinta de la boca.
—Necesitamos vender más antes de pagar un local mejor.
—Yo podría adelantar el dinero.
—Eso se llama inversión.
—Exacto.
—Y una inversión espera beneficio.
Agatha se indigna.
—Yo espero satisfacción.
—Peor todavía.
Lucian deja el documento.
—¿Quieres que revise las cifras antes de decidir?
Arabella gira la cabeza hacia su marido.
—¿Te lo he pedido?
—No.
—Entonces no.
—Muy bien.
Observo a Lucian.
—Eso ha sido impresionante.
—Cállate, Oliver.
—Cuatro meses y ya sabe obedecer.
Arabella sonríe.
—No exageres. Ayer reorganizó mis facturas porque «estaban en un orden ofensivo».
—Solo las que dejó en mi despacho.
—Las dejé allí para ver si eras capaz de resistirte.
—Eso es provocar un delito y después juzgar al acusado.
—Aprendí de Bale que los sistemas de control son importantes.
Agatha rompe a reír. Lucian intenta ofenderse y no lo consigue.
Contemplo a mi amigo y decido que enamorarse debe de causar algún daño específico en el cerebro.
No encuentro otra explicación para que un hombre que hace medio año habría echado a cualquiera de su despacho por mover un tintero permita ahora que su esposa utilice el mismo escritorio para comprobar cierres de bolsos.
—Espero que estéis satisfechos —digo.
Arabella se sienta en el borde de la mesa.
—¿Con qué?
—Habéis convertido una casa respetable en un taller.
—Era demasiado silenciosa.
—Y has destruido a Lucian.
—Eso ya venía empezado.
—Gracias —dice él.
—De nada, querido.
Hay una familiaridad entre los dos que resulta indecente.
No por los gestos, que son discretos, sino por la facilidad con que se buscan dentro de una habitación.
Arabella habla con Agatha y, aun así, deja una mano apoyada un segundo sobre el hombro de Lucian al pasar.
Él sigue leyendo, pero sus dedos tocan los de ella antes de que se aparte.
Ninguno parece consciente de hacerlo. Espantoso.
—No pienso casarme nunca —declaro.
Nadie responde.
—He dicho que no pienso casarme nunca.
Arabella me mira.
—Te hemos oído.
—Esperaba alguna reacción.
—¿Por qué? Los hombres que dicen eso suelen necesitar muy poca ayuda para contradecirse solos.
—No soy Lucian.
—Gracias a Dios —murmura él.
—Yo disfruto de mi vida —continúo—. Tengo libertad, excelentes amigos, una casa en la que nadie deja cintas sobre mis documentos y ninguna tía que intente financiarme un negocio.
Agatha alza el cuaderno.
—Todavía.
—No le dé ideas.
Arabella cruza las manos sobre el regazo.
—¿Y qué harás cuando aparezca una mujer que no se impresione con tu encanto?
—Buscar otra.
—¿Y si no te deja escapar?
—Correré.
Lucian me observa por encima del documento.
—Tienes poca experiencia corriendo.
—Por eso utilizo carruajes.
Wilkins aparece en la puerta.
—Lord Pembroke, hay una joven que desea verlo.
Las cuatro personas de la habitación guardamos silencio. Yo soy el primero en recuperarme.
—¿A mí?
—Sí, milord.
—¿Aquí?
—Eso parece.
—¿Ha dado su nombre?
Wilkins hace una pausa que no me gusta.
—Ha dicho que prefiere dárselo personalmente.
Arabella se lleva una mano a la boca. No consigue ocultar la sonrisa.
—Ni una palabra —le advierto.
—No he dicho nada.
—Lo está pensando muy fuerte.
Lucian dobla el documento.
—¿Desea que diga que no está, milord? —pregunta Wilkins.
Lo considero. Sería sensato. También cobarde. Y Oliver Pembroke podrá tener muchos defectos, pero jamás permitirá que Lucian lo acuse de cobardía durante los próximos veinte años.
—No. Hágala pasar.
Wilkins inclina la cabeza y desaparece.
—Qué emocionante —dice Agatha.
—No hay nada emocionante. Alguna conocida necesita un favor.
—Por supuesto —responde Arabella—. Las mujeres misteriosas recorren Londres buscando vizcondes por motivos administrativos todo el tiempo.
—Exacto.
La puerta vuelve a abrirse. La joven que entra no se parece a ninguna de las mujeres que suelen pedirme favores.
No está nerviosa. Tampoco impresionada. Lleva un vestido de paseo sencillo pero bien cortado, un sombrero que se ha quitado antes de entrar y una expresión de satisfacción que me preocupa de inmediato. Se detiene al verme.
—Lord Pembroke.
—Señorita...
—Precisamente el hombre al que estaba buscando.
Detrás de mí, Arabella emite un sonido sospechosamente parecido a una risa ahogada. Yo observo la puerta, calculo la distancia y comprendo, demasiado tarde, que quizá debería haber pedido a Wilkins que me anunciara como ausente.
¿Fin?