CAPÍTULO 8Una ladrona en la biblioteca
Una ladrona en la biblioteca
Arabella
La mejor forma de ocultar que una planea cometer una indiscreción es anunciar que piensa hacer algo mucho más aburrido.
—Voy a leer —digo después del almuerzo.
Lucian levanta la vista.
—¿Poesía?
—No exageremos.
Agatha sonríe detrás de su taza. Desde hace dos días parece disfrutar cada vez que Lucian y yo intercambiamos una frase, como si hubiese pagado una entrada para ver una comedia. Debería cobrarle. Yo, al menos, sí estoy trabajando.
Espero media hora antes de bajar a la biblioteca. Esta vez entro por la puerta correcta. No me acerco al despacho. He comprendido que Lucian posee una capacidad casi sobrenatural para aparecer en el instante en que mis manos están donde no deben.
La biblioteca es suficientemente grande para que una persona pueda perderse en ella sin salir de casa. Hay estanterías hasta el techo y una escalera móvil que me tienta más de lo razonable. No he venido por libros de poesía. He venido por los documentos que vi esta mañana.
Las cajas ya no están en el despacho.
Están sobre una mesa al fondo de la biblioteca.
Eso me obliga a preguntarme si Lucian las ha trasladado por casualidad o porque sospecha que volveré a buscarlas. Si es lo segundo, no sé si pretende apartarlas de mí o ponerme una trampa. Conociéndolo, probablemente ambas cosas.
Me acerco y leo las etiquetas. Son cuentas antiguas de la familia: propiedades, gastos domésticos, negocios vinculados a almacenes y transportes.
No necesito comprender cada cifra. Sé leer y sé sumar mejor de lo que la mayoría supone.
Martha se aseguró de ello porque, según ella, una actriz que no sabe contar su salario termina actuando gratis y una ladrona que no sabe contar termina trabajando para otra persona.
Busco 1807 y 1808.
Tardo más de lo que esperaba. Los libros no están organizados para satisfacer a una hija impaciente: hay entradas de pagos, notas marginales, nombres abreviados y referencias a otros volúmenes que no encuentro.
En una ocasión creo haber dado con una T.
Hart y descubro, después de varios minutos, que se trata de un tal Tobias Hartridge.
Le deseo una vida larga y aburrida y sigo buscando.
El polvo me hace estornudar dos veces. Cada ruido del pasillo me obliga a cerrar el libro y fingir interés por una enciclopedia. A la tercera interrupción empiezo a comprender por qué los estudiosos envejecen tan mal. Investigar requiere una paciencia incompatible con mi carácter.
Encuentro el nombre de mi padre en el segundo libro.
Thomas Hart aparece varias veces durante los primeros meses. «Revisión de cuentas». «Pagos de muelles». «Recibos pendientes». Su letra no está allí; son anotaciones de otro hombre. Paso páginas despacio, con el corazón golpeándome las costillas.
Luego leo una frase que me obliga a sentarme.
«Diferencia no justificada. Responsabilidad de T. Hart hasta aclaración».
Debajo hay una cantidad.
No es enorme para un conde. Para mi familia debió de ser una condena.
Sigo leyendo. En las páginas posteriores, el nombre de mi padre desaparece y el de Edmund Bale empieza a repetirse en autorizaciones y entregas relacionadas con los mismos almacenes.
No hay una confesión. No hay una línea que diga BALE ROBÓ Y THOMAS ERA INOCENTE.
Solo números, nombres y una ausencia. También hay algo más inquietante: varias entradas anteriores a la anotación sobre mi padre llevan pequeñas iniciales junto al margen.
E. V. en dos de ellas. Pueden significar Edmund Bale o «entrega verificada» o cualquier otra cosa que mi deseo de encontrar culpables convierta en evidencia. Me obligo a no decidirlo todavía.
Paso la yema del dedo por una cifra tachada. Quien corrigió la página utilizó una tinta diferente. No entiendo qué significa, pero lo copio también. Si algo he aprendido robando es que los detalles que parecen inútiles son los que después abren una puerta.
Pero mi madre vuelve a hablar dentro de mi cabeza.
«Lo llamaron ladrón».
Esta vez el recuerdo llega completo.
Estoy bajo una mesa. Mis padres creen que duermo. Mi madre llora, no de forma ruidosa, sino con ese llanto que parece doler más porque intenta no existir.
—¿Cómo pueden creerlo? —dice—. Thomas, tú les advertiste.
Mi padre responde algo que no recuerdo.
—Bale sabía que descubrirías las cuentas —insiste ella—. Lo sabía.
La habitación desaparece tan rápido como ha llegado.
Me quedo mirando el libro.
Bale.
No era un hombre cualquiera que mi madre detestaba. Estaba allí. Trabajaba con mi padre. Y ahora trabaja con Lucian.
Oigo pasos y cierro el libro de golpe.
No es Lucian. Es Elsie.
—Señorita Hart, milady pregunta si desea acompañarla a visitar a lady Pembroke esta tarde.
—Dile que me duele la cabeza.
Elsie me mira con preocupación.
—¿Quiere que llame al médico?
—No. Mi cabeza no merece semejante honor. Solo necesito descansar.
Cuando se marcha, vuelvo a abrir el libro.
Copio en un trozo de papel las fechas, la cantidad y las palabras exactas.
Mi letra tiembla al principio y me enfado conmigo misma hasta que vuelve a ser firme.
No quiero convertir a mi padre en una víctima perfecta porque era mi padre.
Puede haber cometido errores. Puede haber confiado en la persona equivocada.
Incluso podría haber sido culpable de algo que mi madre nunca quiso aceptar.
Pero una cosa sé: mi madre no pronunciaba el nombre de Bale con miedo, sino con furia.
Y la furia de mi madre era rara. Ella podía pasar hambre sin quejarse, coser de madrugada con los dedos agrietados y sonreírme al día siguiente.
Para que odiara a un hombre de aquel modo, debía de creer que había una razón.
No me llevo ninguna página. Robar información es una cosa; hacer desaparecer pruebas es otra, y por primera vez en mi vida me interesa más que algo permanezca en su sitio que quedármelo.
Devuelvo el volumen a la caja y subo a mi habitación. A mitad de la escalera cambio de idea y salgo al jardín por una puerta lateral. Necesito aire que no huela a papel viejo.
Lucian está junto a la terraza hablando con Wilkins.
No me ven. El mayordomo le entrega una carta y Lucian la lee con el ceño fruncido.
Espero una orden seca, alguna de esas frases que los hombres ricos pronuncian cuando creen que el dinero puede mover a las personas igual que mueve carruajes.
En cambio, pregunta por la esposa de un cochero enfermo.
Wilkins responde algo. Lucian saca una libreta, anota un nombre y le dice que carguen los gastos del médico a la casa hasta que el hombre pueda volver al trabajo.
No es una gran hazaña. No ha salvado a nadie de un incendio ni repartido su fortuna entre los pobres. Simplemente ha visto un problema y ha decidido que podía evitar que una familia se hundiera por una semana de enfermedad.
Me fastidia.
Resultaría mucho más sencillo descubrir que es un imbécil.
Retrocedo antes de que me vean y regreso arriba con la desagradable certeza de que mis sospechas sobre su familia no encajan con el hombre que tengo delante.
Paso una hora caminando entre la ventana y la chimenea.
Podría enfrentarme a Lucian. Podría enseñarle la anotación y preguntarle qué sabe.
Pero ¿qué espero que responda? Su padre dirigía la casa cuando ocurrió.
Lucian tenía dieciséis años. Tal vez no sepa nada.
Tal vez sepa más de lo que dice. Tal vez su familia eligió creer a Bale porque resultaba más cómodo culpar a un empleado sin título.
La parte sensata de mí dice que debo averiguar más antes de acusar a nadie.
La parte menos sensata recuerda que llevo toda la vida pagando las consecuencias de lo que aquella familia decidió creer.
A la hora de la cena, Lucian está de buen humor. Eso me irrita de una forma profundamente injusta.
—He recibido noticias favorables —dice mientras el criado sirve la sopa—. Si la revisión de las cuentas actuales no plantea problemas, podríamos avanzar con Bale antes de lo previsto.
La cuchara se detiene en mi mano.
—Qué bien.
—Esa voz dice lo contrario.
—Esta voz tiene hambre.
Agatha habla de una visita y la conversación cambia. Yo miro a Lucian. Está satisfecho, no codicioso. No parece un hombre que vaya a enriquecerse con una estafa; parece un hombre que cree estar haciendo algo responsable por su familia.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
Después de cenar doy dos vueltas por el corredor antes de decidirme a entrar en el salón.
La primera vez llego hasta la puerta y sigo caminando.
La segunda me insulto en silencio por comportarme como una debutante asustada.
He metido la mano en bolsillos de hombres armados, he escapado por ventanas y una vez convencí a un carnicero de que su propia cartera se había caído dentro de un barril. Puedo hacer una pregunta a un conde.
Lo encuentro solo en el salón, inclinado sobre una mesa con una carta. Podría contárselo. Estoy a tres pasos de él cuando alza la cabeza.
—¿Sigue doliéndole?
—¿Qué?
—La cabeza. Agatha dijo que no la acompañó esta tarde.
—Ah. Ya no.
Dobla la carta.
—Me alegro.
Hay una pausa. Lucian señala el sillón frente a él.
—¿Quiere sentarse?
Lo hago. Durante unos segundos ninguno habla. Es extraño. Con Lucian el silencio no suele resultar incómodo. Esta noche sí, porque está lleno de una verdad que tengo atravesada en la garganta.
—¿Su padre confiaba en Bale? —pregunto.
La pregunta le sorprende.
—Supongo que sí. Mantuvieron relaciones comerciales durante muchos años.
—¿Y usted confía en él?
—Lo suficiente para negociar. No lo suficiente para dejar de revisar lo que me presenta. No confío así ni en Oliver.
—Sabio.
—¿Por qué?
Miro sus manos. Están apoyadas sobre los brazos del sillón. Son las mismas manos que me sujetaron la muñeca sin hacerme daño, las que me enseñaron a bailar y las que esta mañana escogieron una tela verde porque recordaban cómo me quedaba aquel color.
—Nada —digo.
Sus ojos se entornan.
—Otra vez esa palabra.
—Es muy útil.
—Y rara vez cierta cuando la pronuncia usted.
Me pongo en pie antes de que el valor me falle de una forma más evidente.
—Buenas noches, Lucian.
—Buenas noches, Arabella.
Subo a mi habitación enfadada conmigo misma.
En el pasillo me cruzo con Agatha, que lleva un cesto de bordado y me pregunta si necesito algo.
Por un momento pienso en contárselo a ella.
Tiene la clase de inteligencia que convierte los silencios en preguntas y las preguntas en verdades.
Pero también es una Blackwell. No sé qué recuerda de aquellos años ni de qué lado estaría si tuviera que elegir entre el nombre de su familia y el de un antiguo empleado.
—Solo dormir —respondo.
—Eso suele ayudar menos de lo que prometen los médicos, pero inténtelo.
Me acaricia el brazo al pasar. El gesto afectuoso vuelve a complicarlo todo.
En esta casa nadie se comporta como esperaba que se comportaran los culpables.
Sospecho que la vida tiene una afición particular por arruinar las venganzas sencillas.
No sé qué me inquieta más: no habérselo contado o haber querido hacerlo.
Saco el papel donde he copiado la anotación del libro de cuentas y lo extiendo sobre la cómoda.
Mi padre fue señalado por una diferencia de dinero. Bale aparece después en los mismos negocios. Mi madre estaba convencida de que él sabía la verdad. Y ahora Lucian está a punto de entregarle capital y prestigio para una operación nueva.
Quizá Lucian sea inocente. Quizá no tenga idea de lo que ocurrió. Pero puedo impedir que firme mientras averiguo qué sucedió.
No necesito destruirlo. Solo retrasarlo.
Seis semanas, pienso.
Ese es el tiempo que debo fingir ser su prometida.
También será el tiempo que tendré para evitar que haga negocios con Edmund Bale.
Guardo el papel bajo mi colchón.
La primera vez que intenté robar a Lucian, fracasé.
Esta vez no pienso dejar que sea él quien pierda algo sin darse cuenta.