CAPÍTULO 7El arte de arruinar una reunión
El arte de arruinar una reunión
Lucian
Edmund Bale tiene una costumbre que siempre me ha parecido útil en un hombre de negocios: llega cinco minutos antes. Arabella Hart, en cambio, posee la costumbre opuesta de aparecer exactamente cuando menos conviene.
A las doce en punto estoy sentado frente a Bale en mi despacho, revisando las condiciones de la nueva inversión.
Hemos avanzado con lentitud durante las últimas semanas porque me niego a comprometer una suma importante basándome únicamente en proyecciones optimistas.
Bale insiste en que los almacenes cercanos al río se encarecerán con la temporada de verano; yo insisto en que un precio que sube deprisa también puede bajar de la misma manera.
No discutimos. Bale rara vez discute. Presenta una cifra, escucha mi objeción y regresa con otra cifra mejor vestida.
Es una de las razones por las que lo considero competente y otra de las razones por las que reviso todo dos veces.
Un hombre demasiado hábil para persuadir merece, como mínimo, que uno se asegure de no estar disfrutando tanto de la conversación que olvide las cuentas.
A las doce y siete, Arabella entra sin llamar con una bandeja de té que nadie le ha pedido.
No sé cuál de las dos cosas me preocupa más: que lleve la bandeja con una seguridad impropia de alguien que jamás ha servido té en esta casa o que sonría como si hubiese planeado la escena desde el desayuno.
—Perdón por interrumpir —dice.
Miente con una serenidad admirable.
Bale se pone en pie. Antes de que pueda presentarlos, recuerdo que esta mañana Agatha me ha preguntado, con una inocencia que no le pertenece, si pienso invitar también a Arabella a la próxima reunión.
Le he respondido que no. Mi tía ha contestado que, en ese caso, quizá debería cerrar con llave las chimeneas.
Empiezo a comprender lo que quería decir. Arabella no necesita una puerta para entrar en un asunto que ha decidido considerar interesante.
Bale tiene poco más de cincuenta años, cabello gris en las sienes y la clase de cortesía que ha hecho fortuna en salones además de en despachos. Se inclina ante ella.
—No nos han presentado.
—Señor Bale, mi prometida, la señorita Arabella Hart. Arabella, Edmund Bale.
Ella lo mira un segundo más de lo necesario.
—Por fin.
Bale parpadea.
Yo también.
—Quiero decir —añade— que Lucian habla tanto de usted que tenía curiosidad.
Eso es falso. He procurado no hablar de Bale delante de ella desde que anoche empezó a interrogarme en el carruaje.
—Espero que lord Whitmore solo haya contado cosas favorables.
—Es muy reservado con sus elogios. Una característica encantadora en un futuro marido.
Deja la bandeja sobre una mesa lateral. No hay doncella detrás de ella. No hay Agatha. No hay motivo alguno para que esté aquí.
—Gracias, Arabella —digo—. Podemos servirnos nosotros mismos.
—Por supuesto. No quisiera molestar.
Se sienta.
Bale me dirige una mirada cortés. Yo cierro los ojos durante un instante.
—¿Necesitaba algo más?
—No. Continúen. Prometo no entender nada.
—Estábamos hablando de almacenes —explica Bale, divertido.
—Entonces mi promesa será fácil de cumplir.
Él sonríe. Arabella también. Yo conozco esa sonrisa. La llevaba cuando explicó a lady Ainsworth que su institutriz era experta en reconocer mentiras.
Retomo los documentos.
—Como decía, el principal punto pendiente es la participación en los costes de almacenamiento durante los primeros meses.
Bale asiente.
—La demanda será suficiente para compensarlos. Tenemos acuerdos estables con varios importadores y mi red en los muelles funciona desde hace más de veinte años.
—¿Veinte? —pregunta Arabella.
Hago una pausa.
—Aproximadamente —responde Bale.
—Entonces debió de conocer al padre de Lucian.
—Arabella.
—¿Qué? Estoy intentando interesarme por la familia.
Bale mantiene la sonrisa, aunque algo cambia alrededor de sus ojos.
—Conocí al anterior conde, sí. Fue uno de mis primeros clientes importantes.
—¿Y trabajaba usted aquí? Quiero decir, ¿con las cuentas de esta casa?
—Mi empresa gestionaba ciertos servicios comerciales.
—Debe de conocer a muchísima gente que trabajaba para los Whitmore.
Bale tarda una fracción de segundo en responder.
—Han pasado muchos años, señorita Hart.
—Claro. Los nombres se olvidan.
No sé qué busca Arabella, pero sí sé reconocer un interrogatorio cuando se celebra delante de mí.
—¿No tenía usted una prueba de vestido con mi tía? —pregunto.
—Dentro de una hora.
—Estoy seguro de que necesita prepararse.
—Tengo un cuerpo bastante sencillo de vestir.
Bale tose para ocultar una risa. Yo decido que, si sobrevivo a estas seis semanas, pasaré un año entero sin invitar a una sola persona a mi casa.
—Arabella.
Hay una advertencia en mi tono. Ella la oye. Se levanta con gracia y se acerca a Bale para despedirse.
—Ha sido un placer conocerlo, señor Bale. Espero que volvamos a vernos.
—Sin duda.
—Me gustaría mucho escuchar historias de los tiempos en que trabajaba con el padre de Lucian. Siempre me interesan las personas que conocen una familia desde antes de que una llegue a ella.
La sonrisa de Bale se enfría por primera vez.
—Me temo que fueron años muy ocupados. No conservo demasiados recuerdos personales.
—Qué pena.
Arabella sale por fin. Espero hasta que la puerta se cierra.
—Mi prometida siente curiosidad por todo —digo.
—Una cualidad que puede ser útil —responde Bale—. Sobre todo en una futura condesa.
La palabra me produce una reacción inesperada.
Futura condesa. Durante días he utilizado «prometida» como si fuera un disfraz que Arabella se pone al bajar la escalera y se quita al entrar en su habitación.
Oír a otro hombre describir la consecuencia lógica de ese compromiso ficticio hace que, por un instante, la imagine ocupando ese lugar de verdad.
La imagen dura demasiado. Arabella discutiendo con mi administrador, cambiando la distribución de los asientos porque la caligrafía no le gusta, enseñando a mis hijos a vaciar bolsillos...
Aparto la idea con la misma rapidez con que ha aparecido.
—Esperemos que limite esa curiosidad a los asuntos que le conciernen —respondo.
—Es una cualidad atractiva en una joven.
Bale toma su taza, pero ya no está tan relajado como diez minutos antes. Tal vez me lo imagine. Tal vez Arabella haya logrado contagiarme su tendencia a buscar significados donde solo hay incomodidad social.
Volvemos a las cifras. Me cuesta unos minutos recuperar el hilo.
No porque las preguntas de Arabella hayan sido extraordinarias, sino porque la reacción de Bale ha sido más visible de lo que esperaba en un hombre que acostumbra a controlar cada gesto.
Cuando he mencionado empleados antiguos, ha llevado dos dedos al borde de su taza y los ha mantenido allí, inmóviles.
Es un detalle mínimo. Podría no significar nada.
Bale propone adelantar parte del capital para asegurar determinados espacios de almacenamiento antes del verano.
No me gusta la prisa. Se lo digo. Él explica que otros comerciantes están interesados y que las condiciones del puerto cambian con rapidez.
Es una explicación razonable, pero decido pedir a Wetherby, mi administrador, que revise otra vez los compromisos existentes antes de aceptar.
La reunión termina veinte minutos antes de lo previsto porque Bale recuerda de pronto otra cita al otro lado de la ciudad.
Lo acompaño al vestíbulo. Arabella no aparece, lo cual demuestra que incluso ella posee instinto de conservación.
Cuando regreso al despacho encuentro la bandeja de té y, debajo de una taza, un papel doblado. Lo abro.
«¿Ve? No he robado nada».
Debajo ha dibujado un reloj.
No puedo evitar sonreír.
Después recuerdo el día anterior.
El nombre de Bale en la recepción. Sus preguntas en el carruaje. Arabella en mi despacho esta mañana alegando una pasión repentina por Wordsworth. Ahora esta interrupción y el modo en que ha insistido en los años en que Bale trabajó con mi padre.
Hay un patrón.
No sé cuál es, pero existe.
Encuentro a Arabella en el salón pequeño con Agatha, rodeada de muestras de tela. Mi tía sostiene un satén color lavanda. Arabella lo observa con la repugnancia que merece un animal muerto.
—No —dice al verme—. Dígale que no.
—¿Qué ocurre?
—Su tía quiere convertirme en una cortina.
—Es un color muy elegante —protesta Agatha.
—También el mármol de las tumbas y no por eso me visto de lápida.
Agatha se ríe y deja la tela.
—Os dejo discutir. Tengo que escribir tres notas antes del almuerzo.
Me espera, por supuesto. Agatha jamás abandona una habitación sin saber que está dejando un incendio encendido.
Cuando quedamos solos, Arabella examina otra muestra con extraordinaria concentración. La tela es azul cielo y la sostiene al revés.
—Si sigue mirándola así, terminará confesando.
—Las telas son más fáciles de intimidar que los comerciantes.
—Entonces admita que estaba intimidando a Bale.
—Admito que estaba conversando. Si él se siente intimidado por una mujer que pregunta por gente muerta o jubilada, quizá debería dedicarse a vender flores.
Me apoyo en el respaldo de una silla. Ella bromea, pero no está relajada. La conozco desde hace menos de una semana y, aun así, empiezo a distinguir cuándo su insolencia es diversión y cuándo es armadura. Hoy es lo segundo.
—¿Por qué preguntaba a Bale por los empleados de mi padre?
—Conversación.
—No.
—Curiosidad.
—Tampoco.
—Qué difícil es de complacer.
Me acerco. Ella deja la tela.
—¿Le ha molestado?
—Me ha sorprendido. Y ha conseguido que un hombre que suele disfrutar hablando de sí mismo encuentre de pronto una cita urgente.
—Quizá no le caigo bien.
—A la mayoría de los hombres les cae bien cuando quiere.
La frase sale antes de que pueda detenerla. Arabella ladea la cabeza.
—¿Eso era un cumplido?
—Una observación.
—Me lo guardaré. Podría no repetirse.
Intento volver al asunto.
—Ayer no sabía quién era Bale. Hoy ha entrado en mi despacho y le ha preguntado por veinte años de negocios con mi familia. Quiero saber por qué.
Durante un instante su expresión cambia. No sé nombrar lo que aparece en ella. Miedo no. Arabella no parece una mujer que tema con facilidad. Es algo más cercano a la cautela de un animal que descubre una salida bloqueada.
—Si tuviera algo que decirle, se lo diría.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
No me gusta. Tampoco me gusta la tentación de insistir hasta arrancarle la verdad, porque una parte de mí sabe que no tengo derecho. Nuestro acuerdo no me convierte en dueño de sus secretos.
—Bien —digo al fin—. Pero no vuelva a interrumpir una reunión de negocios sin avisar.
—¿Y si traigo pasteles?
—No.
—¿Una emergencia?
—Depende de la emergencia.
—¿Un incendio?
—Sí.
—¿Uno pequeño?
—Arabella.
Sonríe. Yo debería marcharme. En lugar de hacerlo, observo las telas esparcidas sobre la mesa.
—El verde —digo.
—¿Qué?
—El verde oscuro. Le favorece.
Sus dedos se detienen sobre una muestra esmeralda. Sus ojos, también verdes, se alzan hacia mí.
—Dos cumplidos en un día. Voy a anotarlo en el calendario.
—No era un cumplido.
—Por supuesto que no.
Me marcho antes de ofrecerle un tercero.
Al llegar al despacho, encuentro sobre la mesa el volumen de Wordsworth que le presté. Dentro hay un pétalo seco de una de las flores del jardín y una nota.
«La poesía sigue siendo menos interesante que tus cajones».
Resoplo, pero la guardo en lugar de tirarla.
Eso me preocupa casi tanto como sus preguntas sobre Edmund Bale.