Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 6Un nombre del pasado
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CAPÍTULO 6Un nombre del pasado

Un nombre del pasado

Arabella

Hay nombres que se olvidan porque no significaron nada y otros que permanecen escondidos durante años, esperando que alguien los pronuncie para regresar con todos sus dientes.

Edmund Bale pertenece a la segunda clase.

No digo una palabra durante el resto de la velada de lady Norbury.

Sonrío cuando corresponde, acepto otra copa de limonada que no pruebo y bailo una contradanza con un caballero que habla durante diez minutos de caballos sin advertir que podría haberme sustituido por una maceta.

Por fuera sigo siendo la señorita Hart, prometida del conde de Whitmore, razonablemente bien educada y lo bastante enamorada para mirar a Lucian de vez en cuando.

Por dentro tengo diez años otra vez y estoy sentada en el suelo de una habitación tan fría que mi madre duerme con el abrigo puesto.

Bale.

Recuerdo su voz al decirlo. No las palabras exactas, no toda la conversación. Solo aquel apellido y la amargura con que salió de su boca.

«Ese hombre nos ha quitado bastante».

O quizá dijo «nos ha quitado todo». Los recuerdos de infancia son criaturas poco fiables: conservan un olor, una sombra, el ruido de una puerta al cerrarse y se permiten perder precisamente aquello que una necesita años después.

—Va a romper la copa.

La voz de Lucian me devuelve al salón. Bajo la vista. Tengo los dedos cerrados alrededor del cristal con tanta fuerza que los nudillos se me han quedado blancos.

—Es una copa muy débil.

—Es cristal de Bohemia.

—Entonces es cristal de Bohemia muy débil.

Me la quita antes de que pueda demostrar mi teoría y la deja sobre una bandeja que pasa junto a nosotros. Lleva toda la noche vigilándome sin que parezca hacerlo. Es una habilidad molesta en un hombre al que pienso ocultarle cosas.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Hace media hora que apenas habla.

—Tal vez estoy aprendiendo a comportarme como una dama.

—Eso me preocuparía todavía más.

Le dedico una sonrisa. Él no se la cree, pero lady Agatha aparece en ese instante anunciando que desea marcharse antes de que Oliver convenza a la anfitriona para abrir otra botella de champán, y la conversación queda interrumpida.

En el carruaje, Agatha comenta quién ha bailado con quién, quién llevaba un vestido dos estaciones anticuado y quién parece estar a punto de comprometerse con un hombre al que detesta. Oliver añade observaciones inútiles y divertidas. Yo espero hasta que una pausa me ofrece la oportunidad.

Antes de formularla, miro por la ventanilla.

Las calles han quedado casi vacías y las lámparas dibujan manchas amarillas sobre los adoquines mojados.

Me gustaría estar sentada junto al fuego de Martha, contándole todo esto hasta que me dijera que he perdido el juicio.

En los primeros días del acuerdo apenas he tenido ocasión de verla, y aunque ya sabe que he aceptado interpretar a la prometida de un conde, sospecho que todavía espera despertarse y descubrir que se lo inventó por culpa de una fiebre. Yo también lo espero algunas mañanas.

Pero el nombre de Bale no pertenece a ninguna fantasía. Me acompaña desde el salón hasta el carruaje como una piedrecita dentro del zapato: pequeña, imposible de ignorar.

—¿Quién es Edmund Bale?

Lucian, sentado frente a mí, levanta los ojos.

—Un comerciante.

—Eso ya lo sé. Los hombres que estaban detrás de mí hablaban de vuestro acuerdo.

—¿Escuchaba conversaciones ajenas?

—Estaban ocurriendo a mi espalda. Habría sido grosero taparme los oídos.

Oliver ahoga una risa. Agatha decide mirar por la ventanilla con un interés sospechoso.

—Edmund Bale ha trabajado con nuestra familia durante años —explica Lucian—. Su empresa gestiona parte del almacenamiento y el traslado de mercancías que llegan a los muelles. Estoy estudiando ampliar nuestra participación en la operación.

—¿Durante años cuánto es?

—No lo sé. Bastantes. Trabajó con mi padre antes que conmigo.

Ahí está. Una pequeña pieza encaja con un ruido que solo oigo yo.

—¿Y es honrado?

Lucian arquea una ceja.

—Es una pregunta extraña.

—Usted va a darle dinero. A mí me parece una pregunta excelente.

La pregunta me sale sin rodeos, quizá porque el miedo vuelve ridículas ciertas prudencias. Lucian lo nota; una de sus cejas se alza apenas. No me corrige.

—No pienso entregarle una bolsa y desearle suerte. Estamos revisando cuentas, contratos y condiciones.

—Qué romántico.

—Mucho. Por eso necesitaba una prometida: para equilibrar mi vida.

Oliver se echa a reír y la conversación deriva hacia otro asunto. Yo no vuelvo a preguntar. He aprendido en la calle que, cuando alguien nota demasiado interés, empieza a esconder lo que una busca.

Esa noche tardo horas en dormirme. Elsie ha dejado una bata sobre una silla y una jarra de agua caliente junto al lavabo; detalles de una vida cómoda a la que todavía no sé acostumbrarme.

Me quito los pendientes prestados de Agatha, deshago parte del peinado y contemplo mis rizos pelirrojos caer alrededor del rostro.

En el espejo sigo viendo a la misma muchacha que compartía una habitación con Martha, pero detrás de mí hay cortinas de seda, una alfombra gruesa y una cama que podría tragarse nuestra antigua casa.

Intento recordar a mi padre. No su muerte, ni los meses malos, sino antes.

Lo veo inclinado sobre una mesa con una pluma detrás de la oreja.

Me veo intentando sumar columnas que no comprendía mientras él fingía que mis resultados eran magníficos.

Recuerdo que una vez me dejó estampar un sello sobre una carta y mi madre dijo que, a aquel paso, acabaría trabajando con él. Después todo se vuelve borroso.

No recuerdo que nadie me explicara por qué dejó de trabajar. Los niños no reciben explicaciones; reciben mudanzas, cenas más pequeñas y adultos que dejan de hablar cuando entran en una habitación.

A la mañana siguiente desayuno con un libro abierto delante de mí y no leo una sola línea. Agatha cree que estudio los tratamientos nobiliarios. En realidad intento reconstruir una conversación ocurrida doce años atrás.

Mi padre se llamaba Thomas Hart. Eso sí lo recuerdo con claridad.

Recuerdo sus manos manchadas de tinta y que contaba monedas haciendo montoncitos sobre la mesa.

Recuerdo que mi madre decía que los números se le daban mejor que a ningún hombre que hubiera conocido.

Después recuerdo un día en que dejó de salir temprano a trabajar.

Durante semanas se levantaba, se vestía y regresaba una hora más tarde con una expresión que yo no comprendía.

Luego vino la habitación pequeña. Después la tos de mi madre. Más tarde, Martha.

De lo que ocurrió entre una cosa y otra tengo huecos.

—Está usted leyendo el libro al revés —observa Lucian al pasar junto a mi silla.

Miro la página.

—Así es más difícil. Me gusta ponerme a prueba.

—Por supuesto.

Se sirve café. Lleva una levita marrón oscura y el cabello moreno aún algo desordenado, como si hubiera decidido presentarse al desayuno antes de que su ayuda de cámara terminara de discutir con él.

Durante un instante me distraigo. Es irritante descubrir que un hombre puede resultar atractivo incluso cuando una está intentando averiguar si su familia arruinó a la propia.

—¿Hoy va a ver a Bale?

Lucian deja la cafetera.

—A mediodía.

—¿Aquí?

—Sí.

—Qué casualidad.

—Arabella.

—Lucian.

—¿Por qué le interesa tanto?

Cojo una tostada y la unto de mantequilla con esmero.

—Porque anoche todo el mundo hablaba del asunto y yo debo aprender a conversar sobre los temas que importan a mi prometido.

—Hace tres días dijo que mis negocios eran la forma más cara de aburrirse.

—Estoy creciendo como persona.

No parece convencido, pero Agatha le pregunta algo sobre una invitación y consigo escapar del interrogatorio.

Antes de abandonar el comedor pido papel y escribo una nota breve a Martha.

No puedo contarle lo de Bale por escrito; demasiadas manos transportan las cartas y Martha me ha enseñado a no confiar un secreto al papel si no estoy dispuesta a verlo leído en voz alta por un desconocido.

Me limito a decirle que estoy bien, que nadie me ha obligado a casarme de verdad y que la comida es tan abundante que sospecho que los nobles comen por deporte.

Termino con una promesa de visitarla en cuanto pueda.

Al doblar la hoja, me pregunto qué diría si supiera que he encontrado un hilo que conduce hasta mis padres. Probablemente me ordenaría no tirar de él hasta saber qué hay al otro extremo. Precisamente por eso no pienso decírselo todavía.

A las once y media ya he tomado una decisión que, desde luego, no incluye obedecer el consejo que Martha me ha dado durante años: cuando no sepas algo, no metas la nariz donde puedan cerrarte una puerta encima.

Whitmore House tiene demasiadas habitaciones, lo cual facilita desaparecer.

Le digo a Elsie que quiero buscar un libro para mejorar mi conversación.

Ella me indica la biblioteca, pero la biblioteca no me interesa tanto como el despacho contiguo de Lucian.

Lo he visto entrar allí con documentos. También he visto a Wilkins llevar cajas viejas desde una habitación del piso superior.

La puerta está entornada.

No es entrar si la puerta ya está abierta. Es una interpretación de las normas que me ha servido muy bien hasta ahora.

El despacho huele a cuero, cera y tinta. Hay mapas enrollados, libros encuadernados, una mesa de trabajo y dos cajas de documentos junto a la pared. No toco el escritorio. Me enorgullece poder decirlo durante casi veinte segundos.

Después abro un cajón.

Cartas. Recibos. Una caja de sellos. Nada que diga EDMUND BALE, HOMbrE AL QUE SU MADRE DEBERÍA HABER ARROJADO POR UNA VENTANA.

Cierro y pruebo otro. Está cerrado con llave.

Eso sí me parece ofensivo.

Me agacho para examinar la cerradura.

—¿Ha perdido algo?

Doy un salto tan brusco que me golpeo la cabeza con el borde de la mesa.

Lucian está en la puerta.

—La dignidad —respondo, llevándome una mano al cráneo—. Pero sospecho que ya la perdí hace años.

—¿Qué hace en mi despacho?

—Busco un libro.

Mira el cajón. Después me mira a mí.

—¿Dentro de mi escritorio?

—Tiene una forma muy peculiar de ordenar la biblioteca.

—La biblioteca está al otro lado de esa puerta.

—Eso explica por qué no encontraba poesía.

Durante un momento creo que va a enfadarse. En cambio, cruza la habitación, entra en la biblioteca y vuelve con un volumen estrecho de cubierta azul.

—Wordsworth —dice, ofreciéndomelo—. Poesía. Así la próxima vez tendrá una excusa mejor preparada.

Acepto el libro.

—Qué desconfiado es.

—La primera vez que nos vimos intentó robarme.

—No entiendo por qué insiste en convertir una anécdota romántica en un defecto de carácter.

Lucian apoya una cadera en el escritorio. Ya no parece divertido.

—Si necesita algo, puede pedírmelo.

La frase me desconcierta. No hay condescendencia en ella, solo una seriedad que me obliga a bajar un poco las defensas.

—Lo tendré en cuenta.

—Hágalo.

Se aparta y abre la puerta para que salga.

Paso junto a él con el libro pegado al pecho.

Cuando estoy a punto de cruzar el umbral, algo en una de las cajas atrae mi atención.

No es un documento suelto, sino un pequeño índice de cartón apoyado sobre la tapa.

Los papeles están ordenados por años y apellidos. La letra es antigua, apretada.

No debería detenerme.

Me detengo.

H.

Harcourt. Harris. Hart, Thomas.

El aire abandona mis pulmones.

Debajo del nombre hay una anotación: «Cuentas de muelles. 1807–1808. Incidencia. Archivo del anterior conde».

Lucian sigue a mi espalda.

—¿Arabella?

Aprieto el libro de poesía con más fuerza.

—Nada —digo, y esta vez la mentira me cuesta mucho más—. Solo estaba pensando que quizá Wordsworth resulte emocionante después de todo.

Salgo del despacho sin volver la cabeza.

Mi padre trabajó para los Whitmore.

Y, por primera vez desde que pronunciaron el nombre de Edmund Bale, sé que mi recuerdo no es una fantasía infantil.