Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 5La prometida del conde #2
23%

CAPÍTULO 5La prometida del conde #2

Pienso en la sonrisa de Lucian junto al pianoforte. En las notas absurdas. En cómo intenta no reír cuando lo provoco y fracasa un poco más cada día.

—Estoy trabajando en ello.

Lady Margaret asiente: ha revisado una cuenta y las cifras le parecen aceptables.

—Bien.

Lucian exhala.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

—No necesito su aprobación.

—Naturalmente que no. Por eso has pasado los últimos veinte minutos esperando a que la diera.

Oliver se atraganta con el té.

Me vuelvo hacia Lucian.

—Su familia es encantadora.

—No se acostumbre.

Lady Margaret se pone en pie.

—Tengo una cena a la que llegar y tres cartas que cancelar.

Lucian frunce el ceño.

—¿Qué cartas?

—Lady Fairburn, lady Casterley y la señora Morland. Las tres creen todavía que sus hijas tienen posibilidades contigo.

—Madre.

—Deberías darme las gracias.

—Por fin hace exactamente lo que llevo meses pidiéndole.

—No. Llevo meses ignorando a un soltero. Ahora respeto a un hombre comprometido. Es muy distinto.

Se acerca a mí y toma mis manos.

Por un instante temo otra pregunta.

En cambio baja la voz.

—No permita que la convierta en uno de sus proyectos.

Miro a Lucian por encima de su hombro.

—Haré todo lo posible.

—Y usted —dice lady Margaret, girándose hacia él—, no intente organizarle hasta la forma de respirar.

Agatha hace un gesto triunfal.

—Eso mismo llevo diciéndole.

—Nadie te ha pedido ayuda.

—Esa frase tampoco ha funcionado nunca con nosotras.

Lady Margaret besa la mejilla de su hijo, se despide de Agatha y permite que Oliver le ofrezca el brazo hasta el vestíbulo.

Cuando la puerta se cierra, se produce un silencio.

Miro a Lucian.

—Ahora comprendo por qué necesitaba una prometida.

—Le dije que la situación era grave.

—Creo que la palabra correcta era desesperada.

Agatha recoge su abanico.

—Y vuestra primera inspección familiar ha terminado sin heridos. Es un éxito.

—Todavía tenemos que llegar a la recepción —dice Lucian.

Le ofrezco el brazo.

—Entonces vamos, milord. Su madre acaba de cancelar tres futuras esposas por mi culpa. Sería descortés no hacer que el sacrificio merezca la pena.

Lucian mira mi mano.

Después a mí.

—Empiezo a sospechar que este acuerdo va a costarme mucho más de lo previsto.

—Se lo advertí en la confitería.

El trayecto hasta la casa de lady Norbury transcurre entre advertencias.

Agatha me recuerda los nombres de varias familias, Lucian insiste en que no improvise detalles de mi infancia y Oliver me aconseja sonreír a las señoras que parezcan más severas, porque suelen ser las que tienen más ganas de escuchar un escándalo.

—No la anime —gruñe Lucian.

—Estoy preparándola para sobrevivir —responde Oliver.

—Con vosotros dos, la supervivencia es una habilidad indispensable —intervengo.

La casa está iluminada de tal forma que parece haber decidido competir con las estrellas.

Los carruajes se detienen uno tras otro, los lacayos anuncian a los invitados y el sonido de la música llega hasta la entrada.

Siento un pequeño nudo en el estómago. No por miedo a la multitud; estoy acostumbrada a las multitudes.

Lo que me inquieta es que aquí cada persona parece llevar una lista invisible de reglas que yo desconozco.

Lucian me ofrece el brazo.

—Respire —murmura.

—Estoy respirando.

—Como si fuera a saltar desde un tejado.

—Desde un tejado sabría dónde poner los pies.

Me aprieta ligeramente la mano contra su brazo.

—No la dejaré sola.

Lo miro de reojo. Su expresión sigue siendo seria, pero hay una calidez en su voz que me ayuda a enderezar la espalda.

Nos anuncian. Varias cabezas se vuelven hacia nosotros.

Agatha avanza con seguridad y empieza a presentarme a personas cuyos nombres se mezclan en mi cabeza antes de que termine de escucharlos.

Una baronesa me habla de su jardín; un caballero quiere saber si disfruto de la música; una señora me pregunta qué opino de las modas francesas.

Respondo con prudencia, sonrisas y alguna que otra frase que Agatha me ha enseñado.

Durante media hora, todo va sorprendentemente bien.

Entonces aparece una mujer vestida de color malva, con una sonrisa tan fina que parece dibujada con una aguja.

—Señorita Hart —dice—. Qué curioso que nadie haya oído hablar de su familia. ¿De qué parte de Inglaterra procede?

Lucian se encuentra a pocos pasos, hablando con un caballero. Agatha ha ido a saludar a una conocida. Oliver está ocupado con dos damas que parecen disfrutar de su conversación.

Estoy sola ante el enemigo.

—De distintas partes —respondo.

—¿Distintas?

—Mi familia ha viajado mucho.

—Qué interesante. ¿Por placer?

—A veces por necesidad.

La mujer parpadea. Yo sonrío. He dicho la verdad, aunque no sea la verdad que ella espera.

—¿Y dónde se educó?

—En casa, principalmente.

—¿Con una institutriz?

Pienso en Martha enseñándome a leer con viejos programas de teatro y en las tardes en que practicábamos sumas con las monedas que conseguíamos reunir.

—Con una mujer extraordinaria —respondo—. Me enseñó todo lo que sé sobre el comportamiento humano.

—Debe de ser una dama muy instruida.

—Es capaz de detectar una mentira antes de que quien la pronuncia haya terminado de abrir la boca.

La señora malva no parece apreciar el comentario. Abre los labios para formular otra pregunta, pero Lucian aparece a mi lado.

—Lady Ainsworth —saluda—. Espero que esté disfrutando de la velada.

—Precisamente estaba conociendo mejor a su prometida.

—Entonces habrá descubierto que es una conversadora extraordinaria.

—Sin duda. Aunque parece muy reservada respecto a sus orígenes.

Lucian apoya una mano sobre la mía.

—Arabella prefiere hablar del presente. Una cualidad que admiro, sobre todo en una ciudad donde algunas personas dedican demasiado tiempo a investigar el pasado ajeno.

La dama se pone rígida. Yo tengo que apretar los labios para no reírme. Cuando se aleja, Lucian me mira.

—¿Qué le ha dicho?

—Que me educó una mujer extraordinaria. Es cierto.

—Eso no me preocupa. Me preocupa lo que le haya dicho después.

—Solo que sabía reconocer las mentiras.

—Ah.

—¿Cree que ha sido demasiado?

—Creo que lady Ainsworth pasará el resto de la noche preguntándose si la ha insultado.

—Entonces estará entretenida.

Lucian intenta mantener la seriedad, pero acaba sonriendo. Nos acercamos a la pista de baile. La música cambia y él me pregunta si deseo bailar. Recuerdo las horas de práctica, los zapatos pisoteados y la paciencia que le he hecho perder.

—¿Está seguro de que quiere arriesgar los pies?

—He venido preparado.

Me conduce entre las parejas. Al principio cuento los pasos en silencio, pero enseguida descubro que resulta más fácil seguir el movimiento de su cuerpo que recordar las instrucciones.

Lucian no aparta la atención de mí, y esa concentración me hace sentir que el salón entero se ha vuelto menos importante.

—Lo está haciendo muy bien —dice.

—Cuidado, milord. Si continúa elogiándome, podría acostumbrarme.

—No me arriesgaré.

—Qué lástima. Empezaba a pensar que tenía cualidades ocultas.

Cuando la música termina, varias personas nos felicitan.

Oliver asegura que formamos una pareja encantadora y Agatha parece a punto de llorar de felicidad.

Yo me siento absurdamente orgullosa. No he robado nada, no he roto ninguna norma importante y nadie me ha descubierto.

Para una primera noche, considero que el resultado merece celebrarse.

Lucian me acompaña hasta una mesa donde sirven limonada. Lo llaman para presentarle a un comerciante y me pregunta si estaré bien unos minutos.

—No voy a escapar por la ventana —le aseguro.

—No era eso lo que pensaba.

—Entonces quizá debería empezar a pensar cosas más interesantes.

Se marcha con una sonrisa resignada. Yo tomo una copa y me acerco a una columna desde donde puedo observar la sala sin llamar demasiado la atención. Es una vieja costumbre: cuando una desconoce el terreno, conviene estudiar primero las salidas y después a las personas.

Dos caballeros conversan a mi espalda. No presto atención hasta que uno pronuncia un nombre.

—Edmund Bale llegará antes de que termine la velada. Whitmore confía mucho en él, por lo visto.

La copa se detiene a medio camino de mis labios.

Edmund Bale.

Conozco ese nombre. Lo recuerdo de una habitación fría, de la voz de mi madre y de una noche en que la oí decir que aquel hombre nos había arrebatado todo.

Yo era pequeña. Durante años pensé que había inventado el recuerdo, que se trataba de uno de esos nombres que los niños escuchan sin comprender y guardan en algún rincón de la memoria.

Pero ahora lo oigo de nuevo, pronunciado con naturalidad en un salón lleno de luces.

—¿Edmund Bale? —pregunta el otro caballero—. ¿El que está negociando con lord Whitmore?

—El mismo. Dicen que cerrarán el acuerdo en unas semanas.

Aprieto la copa con demasiada fuerza. Miro hacia el otro extremo del salón. Lucian está conversando con un hombre de cabello gris, ajeno a lo que acaba de ocurrir.

Durante toda la noche he intentado recordar cómo debe comportarse una dama. He aprendido a sonreír cuando me hacen preguntas indiscretas, a bailar sin mirar los pies y a no expresar en voz alta todo lo que pienso.

Ahora solo puedo pensar en una cosa.

¿Por qué el nombre del hombre que mi madre detestaba está relacionado con el negocio de mi falso prometido?