CAPÍTULO 5La prometida del conde
La prometida del conde
Arabella
Nunca he llevado un vestido que necesite dos personas para ayudarme a ponérmelo. Esta noche descubro que las mujeres ricas no solo pagan por sus ropas: también pagan para que otras personas les expliquen cómo entrar en ellas.
Elsie ajusta los últimos pliegues de una falda de seda verde mientras lady Agatha me observa desde un sillón.
El vestido tiene un escote elegante, mangas cortas y una cintura alta que, según me han asegurado, es la última moda.
Yo solo sé que cuesta más de lo que he ganado en varios meses y que me da miedo respirar demasiado fuerte.
—Estás preciosa —declara Agatha.
Me miro en el espejo. Durante un instante no reconozco a la mujer que aparece reflejada.
El cabello pelirrojo, recogido con rizos alrededor del rostro, deja ver los pendientes que Agatha ha insistido en prestarme.
Mis ojos parecen más verdes y mis mejillas tienen un color que no debo a los cosméticos.
—Parezco otra persona —murmuro.
—No —responde Agatha—. Pareces tú con un vestido adecuado.
No sé por qué esas palabras me conmueven. Quizá porque nadie ha tenido nunca ocasión de decirme algo semejante. En mi mundo los vestidos sirven para protegerse del frío y, si una tiene suerte, para esconder un bolsillo adicional. No para hacer que una mujer se sienta hermosa.
Bajo la escalera procurando recordar que no debo levantar demasiado la falda. Lucian espera en el vestíbulo, hablando con Oliver. Al oír mis pasos, se vuelve.
Se queda callado.
Es una recompensa excelente por las horas que he pasado soportando alfileres.
—¿Ocurre algo, milord? —pregunto—. Parece que ha visto un fantasma.
—No —responde después de una pausa—. Está... muy bien.
Oliver deja escapar una tos sospechosa.
—Muy bien —repite—. Lucian, eres un poeta.
—No he pedido tu opinión.
—Y sin embargo la recibirás gratis.
Me acerco a Lucian y le ofrezco la mano. Él la toma para ayudarme a bajar el último escalón. Sus ojos recorren mi rostro y, por un momento, olvida que Oliver sigue junto a nosotros.
—El verde le favorece —dice en voz baja.
—Lo recordaré cuando tenga que elegir qué ponerme para arruinarle la reputación.
—Le agradecería que pospusiera ese proyecto.
—Solo porque lo ha pedido con tanta dulzura.
Wilkins aparece en el vestíbulo antes de que podamos salir.
No suele parecer sorprendido. Esta vez tarda una fracción de segundo más de lo normal en dirigirse a Lucian.
—Milord, la condesa viuda de Whitmore acaba de llegar.
Lucian se queda inmóvil.
Oliver sonríe.
Yo miro a uno y a otro.
—¿Su madre?
—La causa original de este desastre —murmura Oliver.
—Cállate.
Es la primera vez que veo a Lucian perder el color por algo que no sea una de mis decisiones.
—Pensaba que su madre estaba fuera de Londres —digo.
—Lo estaba.
—Qué tranquilizador.
—Arabella.
—Solo intento comprender cuánto tiempo tengo para huir.
—Ninguno —responde Agatha desde la escalera.
Baja los últimos peldaños con una serenidad que resulta sospechosa.
—Margaret jamás avisa cuando cree que alguien está ocultándole algo.
—Tú sí lo sabías —dice Lucian.
—Sabía que había recibido una carta de Cecily esta mañana. No sabía cuánto tardaría en subir a un carruaje.
—¿Cecily? —pregunto.
Oliver hace un ruido que podría ser una risa.
Lucian lo fulmina con los ojos.
La puerta se abre antes de que nadie pueda explicarme nada.
La madre de Lucian entra como si Whitmore House siguiera siendo suya y todos nosotros nos hubiéramos limitado a ocuparla durante su ausencia.
No es alta como Agatha, pero consigue llenar el vestíbulo de todos modos.
Lleva un vestido de paseo gris perla, un sombrero oscuro y el cabello, todavía muy negro salvo por algunas hebras plateadas, recogido con una precisión que explica muchas cosas sobre su hijo.
También tiene sus ojos.
Eso me preocupa.
—Lucian.
—Madre.
Ella lo abraza.
No una inclinación elegante. No un saludo contenido. Lo abraza de verdad y después le da un golpe con el abanico en el brazo.
—Podrías haberme escrito.
—Pensaba hacerlo.
—Te has comprometido.
—Lo sé.
—Eso suele ser información que una madre agradece recibir antes que una muchacha a la que intentó sentar a tu lado durante tres cenas.
Oliver se vuelve hacia mí.
—Lady Cecily.
—Gracias —dice Lucian—. No era necesario.
—Para mí sí.
La condesa viuda lo ignora y mira a Agatha.
—Y tú.
—Yo no me he comprometido con nadie —responde Agatha.
—Has permitido que mi hijo se comprometa sin avisarme.
—Tiene veintiocho años. Consideré arriesgado intentar impedírselo.
—Podrías haber enviado una nota.
—Podría haber hecho muchas cosas menos entretenidas.
Empiezo a comprender que Lucian no ha desarrollado su paciencia por casualidad.
Entonces la condesa viuda se vuelve hacia mí.
La inspección no es grosera. Eso sería más sencillo. Sus ojos recorren el vestido, el peinado, mis manos y por último mi cara con una atención tan directa que me siento otra vez en Bond Street, calculando salidas.
Hago una reverencia.
—Milady.
—Señorita Hart.
Su voz no contiene frialdad. Tampoco entusiasmo. Todavía.
Lucian se coloca a mi lado.
—Madre, Arabella Hart. Arabella, mi madre, lady Margaret, condesa viuda de Whitmore.
—Es un placer conocerla —digo.
—Eso está por decidir.
Oliver tose.
Agatha sonríe.
Lucian parece plantearse emigrar.
Lady Margaret me observa un segundo más.
—Así que usted es la joven que ha conseguido en unos días lo que yo no he logrado en tres temporadas.
—No sé si debería sentirme halagada o disculparme.
Una esquina de su boca se mueve.
—Buena respuesta.
—Madre.
—No la estoy interrogando.
—Todavía —dice Agatha.
Lady Margaret se quita los guantes.
—Quiero té.
Eso, al parecer, no es una petición.
Diez minutos después estamos todos en el salón azul. Oliver se ha quedado pese a que Lucian le ha sugerido dos veces que quizá tenga otros asuntos. Oliver ha respondido que ninguno comparable.
Yo estoy sentada frente a la mujer a la que se supone que este compromiso debía detener.
Empiezo a pensar que Lucian calculó mal.
—Cecily me escribió que te vio en Bond Street —dice lady Margaret a su hijo.
—Cecily escribe demasiado.
—Cecily tiene la cortesía de informar a una madre cuando su único hijo aparece comprometido con una desconocida pelirroja.
—Eso suena peor de lo que es —digo.
Lucian gira la cabeza hacia mí.
—No ayude.
—Estoy comprometida con el resultado.
Lady Margaret me mira de nuevo.
—¿Su familia está en Londres, señorita Hart?
La pregunta llega envuelta en porcelana fina y buenos modales.
Aun así, noto el filo.
—No. Me crié lejos de estos círculos. Mi familia nunca tuvo grandes relaciones sociales.
Es la versión que Lucian y yo acordamos. Respetable. Sencilla. Lo bastante vaga para no romperse con una pregunta.
—¿Y aprueban el compromiso?
—Las personas cuya opinión importa desean que tome mis propias decisiones.
No es exactamente una mentira.
Pienso en Martha y casi sonrío.
Lady Margaret inclina la cabeza.
—Eso es una libertad poco común.
—He descubierto que también da mucho trabajo.
Ahora sí sonríe.
Lucian lo ve.
Yo también.
—¿Dónde se conocieron? —pregunta.
Noto a Lucian tensarse.
—En Bond Street —respondemos los dos.
Oliver se lleva la taza a la boca.
Lady Margaret mira a su hijo.
—¿Bond Street?
—Fue casual.
—Muy casual —añado.
—Arabella.
—No voy a contar lo del objeto perdido.
Silencio.
Agatha baja la taza.
Oliver emite un sonido ahogado.
Lady Margaret me mira con verdadero interés.
—¿Qué objeto?
—Nada importante —dice Lucian.
—Un reloj —respondo.
Lucian cierra los ojos.
—Se había extraviado —añado—. Durante muy poco tiempo.
Lady Margaret tarda dos segundos.
Después se ríe.
No una risa educada. Una carcajada breve que le cambia la cara y hace que Lucian abra los ojos con expresión de traición.
—Margaret —protesta Agatha—, intenta comportarte.
—Tú sabías algo.
—Siempre sé algo.
—Esto es mucho mejor de lo que imaginaba.
Lucian se pone en pie.
—Nos esperan en casa de lady Norbury.
—Siéntate. La mujer con la que piensas casarte acaba de contarme más en diez minutos que tú en tres cartas.
—No pienso…
Se detiene.
Yo lo miro.
Lady Margaret también.
—¿No piensas qué? —pregunta ella.
—Nada.
—Esa palabra nunca significa nada en esta familia —dice Agatha.
Me muerdo la lengua.
Lady Margaret vuelve a mí.
—Mi hijo cree que yo deseo casarlo porque me divierte organizar cenas.
—¿No es así?
—A veces. Pero principalmente porque lleva años comportándose como si ser útil fuera lo mismo que tener una vida.
Lucian apoya una mano en el respaldo de mi silla.
—Madre.
—Heredó demasiado joven. Desde entonces todo son cuentas, arrendatarios, administradores y decisiones que, según él, no pueden esperar. Una madre termina preguntándose si algún día reservará una parte de su tiempo para algo que no figure en un libro mayor.
No sé qué responder.
He visto esa parte de Lucian. Los documentos revisados dos veces. La forma en que habla del negocio como si detrás de cada cifra hubiera personas.
Lady Margaret mira la mano de su hijo sobre mi silla.
Después me mira a mí.
—Y ahora aparece usted.
—De forma bastante accidental.
—Las mejores catástrofes suelen hacerlo.
—Madre.
—Eso era un cumplido.
—No lo parecía.
—Entonces ya sabes lo que se siente.
Oliver se ríe.
Esta vez incluso Lucian sonríe.
La tensión del salón cambia. No desaparece, pero deja de parecer una prueba que puedo suspender con una palabra equivocada.
Lady Margaret toma un sorbo de té.
—No voy a preguntarle por su dote.
Lucian se pone rígido.
Yo alzo las cejas.
—Excelente, porque la respuesta sería decepcionante.
—Tampoco voy a preguntarle si toca el pianoforte.
Agatha carraspea.
—Eso ya lo hemos resuelto.
—No quiero saberlo. Solo voy a preguntarle una cosa.
—Adelante.
—¿Mi hijo la hace reír?
La pregunta me sorprende.
Miro a Lucian.
Él parece igual de incómodo que yo.
—A veces —respondo.
—Miente —dice Oliver—. Se ríe mucho.
—Nadie le ha preguntado.
—Estoy ayudando.
—Está empeorándolo.
Lady Margaret no aparta los ojos de mí.
—¿Y usted a él?