CAPÍTULO 4Lecciones para una impostora
Lecciones para una impostora
Lucian
Hay hombres que se enfrentan a una batalla con menos inquietud de la que siento esta mañana al entrar en el salón de música.
Mi tía ha dispuesto una silla, varios libros de etiqueta y una bandeja de té.
Arabella se encuentra junto a la ventana, contemplando el jardín con el aire de quien planea una fuga.
—Buenos días —digo.
—Eso está por verse.
Agatha levanta la vista de un cuaderno.
—Excelente, ya estáis los dos. Empezaremos por las presentaciones, continuaremos con el baile y, si sobrevivimos, hablaremos de conversación social. No porque no sepas comportarte, querida, sino porque Londres tiene normas absurdas que nadie aprende viviendo en el campo.
Mi tía acierta. La historia que hemos acordado, una joven de familia modesta criada en el campo al cuidado de una pariente retirada del mundo, explica que Arabella no sepa bailar, que confunda los títulos y que haga una reverencia como quien se tropieza con un mueble.
Lo explica una vez. A una joven de campo se le perdona una torpeza; con una docena, Londres deja de perdonar y empieza a preguntar.
Seis semanas son pocas para aprender lo que otras aprenden en una temporada, así que las lecciones no son una cortesía: son parte del plan, y la parte más frágil.
—¿Qué ocurre con el pianoforte? —pregunto.
Arabella me lanza una mirada que promete represalias.
—He decidido posponerlo —responde mi tía—. Ayer descubrí que la señorita Hart tiene una voz preciosa cuando canta canciones populares. Sería una lástima obligarla a tocar un instrumento que no disfruta.
Miro a Arabella. Ella levanta la barbilla con triunfo. No sé qué ha hecho para convencer a Agatha, pero empiezo a sospechar que, si le concediéramos una semana, conseguiría que el Parlamento aprobara una ley a su favor.
La primera lección consiste en realizar una reverencia correcta. Arabella se inclina demasiado, después demasiado poco y finalmente ejecuta un movimiento tan exagerado que mi tía rompe a reír.
—No estás saludando a un monarca oriental, querida —le explica—. Basta con mostrar respeto.
—¿Y si no respeto a la persona?
—Entonces lo finges. Para eso sirve buena parte de la vida social.
Arabella asiente con una admiración que me preocupa.
—Empiezo a comprender las ventajas de la aristocracia.
Seguimos con los tratamientos. Confunde a un vizconde con un barón, llama «su excelencia» a un duque imaginario y pregunta si es obligatorio recordar los títulos de hombres que, según ella, podrían distinguirse por el color de la levita.
—Los títulos importan —le digo.
—A quienes los tienen, sin duda.
—A quienes no desean ofender a sus propietarios, también.
—Entonces debería aprenderlos usted. Yo procuro no ofender a nadie hasta después del almuerzo.
Agatha abandona la sala para resolver un asunto doméstico y me deja encargado de la lección de baile. No estoy seguro de que sea una muestra de confianza. Quizá solo desea comprobar cuánto tarda en perder la paciencia.
Despejo el espacio junto al pianoforte y le ofrezco la mano.
—Empezaremos con los pasos de un vals.
—¿No sería más sencillo contratar a alguien que baile en mi lugar? —protesta.
—No si ese alguien debe fingir estar comprometido conmigo.
—Podría comprometerse con una bailarina. Habría sido una elección más prudente.
—Lo voy comprendiendo.
Se coloca frente a mí. Le indico dónde apoyar la mano y tomo la suya. Su cintura es estrecha bajo la tela del vestido, y siento una incomodidad inesperada al comprobar que debo acercarla para marcar el giro.
—No mire los pies —le digo.
—Si no los miro, acabaré pisándolo.
—Confíe en mí.
—Eso dijo cuando me explicó que su tía sería fácil de convencer.
—Mi tía está encantada con usted.
—Porque tiene buen gusto.
Comenzamos. Arabella da dos pasos correctos y en el tercero me pisa con determinación. Suelta una exclamación, retrocede y casi tropieza con una silla. La sujeto antes de que caiga. Durante un segundo queda tan cerca que puedo distinguir unas pequeñas pecas sobre su nariz.
—Lo siento —dice, aunque su expresión no muestra demasiado arrepentimiento.
—Me conformaría con que dejara de atacar mis zapatos.
—Quizá sus zapatos se colocan donde no deben.
Volvemos a intentarlo. Esta vez sigue el ritmo con mayor facilidad. Hay algo instintivo en su forma de moverse, una seguridad física que no poseen muchas jóvenes educadas para permanecer quietas. Aprende deprisa cuando deja de discutir cada instrucción.
—Así —murmuro—. Ahora gire.
Lo hace. Su falda roza mi pierna. Cuando vuelve a quedar frente a mí, sonríe con una satisfacción que me obliga a apartar la mirada.
—¿Ve? Soy una alumna excelente.
—Es una alumna tolerable.
—Qué elogio tan apasionado. ¿Siempre corteja así a sus prometidas?
—No he tenido ninguna otra.
La respuesta la sorprende. Me sorprende también a mí haberla pronunciado con tanta facilidad.
—Entonces seré una experiencia inolvidable —declara.
—En eso estamos de acuerdo.
Antes de que pueda arrepentirme de mis palabras, se abre la puerta. Oliver Pembroke entra con la sonrisa de un hombre que acaba de descubrir un escándalo delicioso.
—¡Lucian! —exclama—. Tu mayordomo me ha dicho que estabas ocupado, pero no imaginaba que estuvieras tan ocupado.
Suelto a Arabella y doy un paso atrás.
—Oliver, no sabía que vendrías.
—Es evidente. De haberlo sabido, quizá habrías cerrado la puerta.
Arabella lo observa con curiosidad. Oliver le dedica una reverencia impecable, más profunda de lo necesario.
—Oliver Pembroke, a su servicio. ¿Y usted es...?
—Arabella Hart —responde ella—. La prometida de su amigo.
Oliver parpadea. Después me mira. Después vuelve a mirarla.
—¿La qué?
—Prometida —repite Arabella, disfrutando de cada sílaba—. Una palabra bastante corriente, según tengo entendido.
Oliver deja el sombrero sobre una mesa.
—Lucian, querido amigo, ¿desde cuándo escondes semejantes noticias?
—Desde hace poco.
—Qué respuesta tan precisa. Debes de estar profundamente enamorado.
Arabella se lleva una mano al pecho.
—Lo está. Aunque le cuesta demostrarlo. Es un hombre muy reservado.
—Lo conozco desde hace años —responde Oliver—. Si ha llegado a admitir que tiene sentimientos, debe de encontrarse en un estado gravísimo.
Ambos se ríen. Yo contemplo el techo y considero seriamente la posibilidad de huir a mis propiedades de Yorkshire.
Oliver insiste en conocer la historia de nuestro encuentro. Arabella empieza a relatar una versión en la que yo la salvé de un carruaje desbocado. Intervengo antes de que aparezcan caballos, niños abandonados o una recompensa ofrecida por el alcalde.
—Fue un encuentro casual —aclaro—. Preferimos reservar los detalles.
—Por supuesto —dice Oliver—. Los grandes amores necesitan misterio.
Mi tía regresa en ese momento y recibe a Oliver con entusiasmo.
En menos de cinco minutos los tres han acordado que Arabella debe asistir a una recepción de lady Norbury dentro de dos días.
Agatha asegura que será una presentación perfecta.
Oliver promete acompañarnos y evitar que los caballeros demasiado atrevidos se acerquen a mi prometida.
—No necesito protección —dice Arabella.
—Eso es precisamente lo que me preocupa —respondo.
Ella me dedica una sonrisa luminosa.
—No sea celoso, querido.
Oliver suelta una carcajada tan sonora que Agatha le pide que no espante a los pájaros del jardín.
Oliver se retrasa un instante cuando Agatha se dirige hacia la puerta. Me hace una seña para que me acerque y baja la voz.
—Dime que no has perdido por completo el juicio.
—Es un acuerdo. Seis semanas.
Sus cejas suben. Después mira a Arabella y vuelve a mirarme.
—Eso explica muchas cosas y ninguna de las importantes.
—No se lo cuentes a nadie.
—Por fin una petición sensata. Empiezo a preocuparme.
Cuando por fin se marchan, Arabella y yo quedamos solos junto al pianoforte. Ha recuperado el aliento después de reírse a mi costa y me observa con una curiosidad nueva.
—Su amigo es divertido.
—Mi amigo es una desgracia con título.
—Entonces se complementan. Usted tiene título y muy poca diversión.
Me acerco para recoger los libros de etiqueta. Ella coloca la mano sobre uno antes de que pueda tomarlo.
—Lucian, ¿de verdad cree que podré engañar a todas esas personas?
La pregunta carece de su habitual insolencia. Miro su rostro y descubro una inseguridad que no esperaba.
—No necesita engañarlas en todo —respondo—. Solo en lo relativo a nuestro compromiso.
—Y a mi familia, mis estudios, mis conocidos, mis vestidos y mi absoluta incapacidad para distinguir a un marqués de un señor que se ha puesto demasiadas medallas.
—Lo aprenderá.
—¿Tan seguro está?
Pienso en lo deprisa que ha aprendido a bailar y en la facilidad con que ha conquistado a mi tía y a Oliver. Pienso también en lo mucho que le gusta provocar y en lo poco que parece temer el ridículo.
—Sí —digo—. Aunque sospecho que Londres no está preparado para usted.
Arabella sonríe, pero esta vez no hay desafío en el gesto.
—Entonces será mejor que Londres se prepare.