CAPÍTULO 3Una dama en construcción
Una dama en construcción
Arabella
Antes de conocer Whitmore House, obligo al conde de Whitmore a detener su carruaje dos calles antes de la mía.
—Aquí —digo.
Lucian mira por la ventanilla. La calle no tiene nada de particular: fachadas estrechas, ropa tendida entre dos ventanas y un vendedor que discute con una mujer por el precio de unas cebollas. Aun así, su expresión cambia lo suficiente para que me irrite.
—Puedo acercarla hasta la puerta.
—Puede, pero no lo hará.
—Señorita Hart...
—Necesito recoger mis cosas y hablar con Martha. Si aparece un carruaje con escudo delante de nuestra casa, la casera subirá antes que yo y cobrará entrada a los vecinos.
Eso consigue que cierre la boca. Una pequeña victoria.
—Esperaré aquí —dice.
—No hace falta.
—No era una pregunta.
Lo miro.
—Vamos a tener problemas con eso.
—Empiezo a sospecharlo.
Subo la escalera de dos en dos. Martha sigue junto a la ventana, en la misma silla, pero ya no está remendando el guante. Está mirando el carruaje de Lucian.
—No robes a un aristócrata —dice en cuanto cierro la puerta.
—Técnicamente no lo he robado.
—Hay un conde esperando en la esquina.
—Eso no demuestra nada.
—Bella.
Suspiro y dejo el sombrero sobre la mesa. En esa misma habitación mi madre dejó años atrás dobladillos y mangas que había arreglado para el teatro donde trabajaba Martha. A veces pienso que, si los objetos pudieran recordar, esta mesa sabría demasiado de las mujeres de mi familia.
—Intenté quitarle el reloj —admito—. Fracasé.
Martha cierra los ojos.
—Naturalmente.
—Y ahora me ha contratado.
Los abre.
—Eso es peor.
Le cuento el acuerdo sin adornarlo demasiado: seis semanas, dinero, vestidos, una prometida inventada y una familia empeñada en casar a Lucian. También le cuento que renunció a denunciarme y que puedo marcharme cuando quiera. Martha escucha sin interrumpir hasta que termino.
—¿Y has dicho que sí?
—La casera quiere subir el alquiler.
—No te he preguntado por la casera.
—También hay comida.
—Arabella.
—Sí. He dicho que sí.
Martha me estudia con esa expresión que utilizaba desde que yo tenía diez años y pretendía convencerla de que una ventana rota se había roto sola.
—No me gusta.
—A mí tampoco me gustan muchas cosas que pagan bien.
—No hablo del dinero. Hablo de vivir seis semanas dentro de una mentira que otra gente decidirá creer. Tú eres buena interpretando porque sabes exactamente cuándo estás interpretando. No olvides dónde termina el papel.
La advertencia me incomoda más de lo que debería.
—Solo necesito dos vestidos y el cepillo.
—Tienes tres vestidos.
—Uno ya ha renunciado a la vida.
Martha resopla, pero se levanta. Entre las dos hacemos un hatillo pequeño: dos vestidos, ropa interior, el cepillo, una cinta, agujas y el dedal que utilizo para coser. Todo lo que poseo cabe sin dificultad en los brazos de una doncella imaginaria.
Antes de salir, Martha me sujeta por la muñeca.
—Ven a verme.
—Por supuesto.
—Y si ese hombre cambia las condiciones...
—Me marcho.
—Aunque te ofrezca más dinero.
—Aunque me ofrezca un carruaje.
Mira hacia la ventana.
—El suyo es bonito.
—Martha.
Por fin sonríe. La abrazo con más fuerza de la necesaria y bajo con el hatillo pegado al pecho.
Lucian sigue esperando exactamente donde lo dejé. No ha mandado a nadie a buscarme. No ha subido. Ni siquiera parece impaciente.
Cuando abro la portezuela, sus ojos bajan al equipaje.
—¿Eso es todo?
—No empiece.
—No he dicho nada.
—Lo ha pensado con acento aristocrático.
Me ayuda a subir sin responder. Mientras el carruaje se pone en marcha, miro por la ventanilla hasta que nuestra calle desaparece.
Solo entonces me permito pensar que quizá acabo de aceptar el trabajo más absurdo de mi vida.
Whitmore House tiene más ventanas de las que una persona necesita para vivir y una puerta tan grande que podría entrar por ella un caballo sin agachar la cabeza. No sugiero comprobarlo porque el lacayo que nos recibe parece sufrir ya bastante con mi presencia.
—¿Todo esto es suyo? —pregunto a Lucian cuando atravesamos el vestíbulo.
—De mi familia.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí, es mío.
Contemplo la escalera de mármol, los cuadros de antepasados que miran con expresión de haber olido algo desagradable y un jarrón que, si mis cálculos no fallan, pagaría el alquiler de Martha durante varios años.
—Qué suerte tienen algunos.
—No toque nada, por favor.
—No pensaba hacerlo.
Retiro la mano del borde del jarrón. Él me observa con paciencia. Decido que, si continúa mirándome así, terminaré por tocarlo todo únicamente para comprobar cuánto tarda en perder la compostura.
Un hombre de cabello canoso se aproxima con la solemnidad de un juez.
—Milord, lady Agatha está en el salón azul. Ha preguntado por usted tres veces.
—Gracias, Wilkins. ¿Podría disponer que preparen una habitación para la señorita Hart?
El mayordomo me examina de la cabeza a los pies. No es una mirada grosera. Es mucho peor: una mirada profesional que evalúa la calidad de una mercancía y encuentra defectos en el embalaje.
—Por supuesto, milord.
Lucian me ofrece el brazo. Lo acepto, aunque empiezo a sospechar que la parte más difícil de nuestro acuerdo no será fingir amor, sino evitar que los criados me descubran como una intrusa antes de la cena.
La mujer que nos espera en el salón azul no se parece en nada a la anciana temible que he imaginado.
Es alta, elegante, lleva el cabello gris recogido en un peinado impecable y sostiene un abanico cerrado como si fuera un instrumento de mando.
Sus ojos, del mismo color que los de Lucian, se iluminan al verme.
—¡Por fin! —exclama—. Llevo ocho años esperando que mi sobrino traiga a casa algo que no sea un libro de cuentas. ¿Y quién es esta joven?
—Tía Agatha, permíteme presentarte a Arabella.
Hago una reverencia. He visto muchas a lo largo de mi vida y confío en que mi imitación resulte aceptable. Me inclino demasiado, pierdo el equilibrio y tengo que apoyar dos dedos en el respaldo de una silla.
—Encantada, milady.
Agatha sonríe.
—Querida, si vas a casarte con mi sobrino, puedes llamarme tía Agatha.
Lucian carraspea.
—El compromiso es reciente y preferimos mantener cierta discreción.
—Arabella se ha criado en el campo, con una pariente de su madre —añade—. Su familia es respetable, pero ha llevado una vida retirada y apenas conoce los usos de Londres.
Agatha me observa con más atención. Una de sus cejas se eleva apenas. No sé si ha aceptado la explicación o si acaba de guardarla en el mismo cajón mental donde archiva las cosas que piensa investigar después.
—Entonces habrá que impedir que Londres te devore durante la primera semana —dictamina.
—Se lo agradezco. Suelo preferir ser yo quien muerde primero.
—Naturalmente. Por eso has aparecido con una joven desconocida en mi casa, sin enviar siquiera una nota. Una discreción admirable.
Me muerdo el interior de la mejilla. Agatha se da cuenta y su sonrisa se ensancha.
—Siéntate conmigo, Arabella. Quiero saberlo todo.
Lucian adopta la expresión de un hombre que acaba de descubrir que el puente por el que pensaba cruzar está ardiendo.
—Tía, quizá sería mejor dejar que descansara.
—Ha venido sentada en un carruaje, querido, no caminando desde Escocia.
Me siento. Agatha me sirve té y empieza a hacer preguntas. Dónde nos conocimos. Desde cuándo nos tratamos. Qué opina mi familia. Cómo ha logrado Lucian mantener en secreto una relación cuando es incapaz de ocultar que detesta el pescado hervido.
He sobrevivido a interrogatorios más desagradables, aunque ninguno se desarrolló sobre un sofá de terciopelo.
—Nos conocimos por casualidad —respondo—. Su sobrino tuvo la amabilidad de ayudarme en un pequeño incidente.
—¿Qué clase de incidente?
—Un objeto perdido.
Lucian deja la taza en el plato con un ruido seco.
—Una confusión sin importancia —interviene.
—¡Qué romántico! —dice Agatha—. A veces los mejores matrimonios empiezan por casualidad.
—Y otros por una imprudencia —murmura él.
Lo miro con una sonrisa.
—Lucian es muy modesto. No le gusta que hable de su generosidad.
—Una virtud que procuraré conservar —responde.
Agatha observa nuestro intercambio con evidente satisfacción. Entonces me pregunta por mis aficiones. Pienso en relojes, carteras, cerraduras y rutas de escape. Ninguna parece apropiada.
—Me gusta la costura —digo.
Es verdad, en cierto modo. Martha me ha enseñado a coser bolsillos interiores en las faldas.
—¡Excelente! Yo bordo cuando deseo recordar por qué no debo estrangular a determinados parientes. ¿Y la música?
—La disfruto mucho.
—¿Tocas el pianoforte?
—No con la frecuencia que merece.
Lucian me dirige una mirada asesina. No comprendo el motivo hasta que Agatha anuncia que espera escucharme tocar después de cenar.
—¡Oh, no querría privarla de una velada tranquila! —exclamo.
—Tonterías, querida. Una casa necesita música.
Me salva una doncella que entra para anunciar que mi habitación está preparada. Lucian se levanta con tanta rapidez que casi parece dispuesto a llevarme en brazos hasta ella.
—Arabella necesita instalarse —dice.
Agatha se acerca y me toma las manos.
—Estoy encantada de tenerte aquí. Mi sobrino lleva demasiado tiempo creyendo que el mundo es un conjunto de libros de cuentas. Le vendrá bien una persona que lo haga reír.
No sé qué contestar. Hay afecto sincero en su voz, y por un instante me siento una estafadora de la peor clase. Después recuerdo que Lucian me está pagando por ello y que Agatha parece disfrutar de nuestra presencia más que de cualquier otra cosa.
—Haré cuanto esté en mi mano, milady.
—Eso espero, querida.
Mi habitación tiene cortinas de seda, una chimenea encendida y una cama tan ancha que podría dormir en ella sin encontrarme jamás. Una doncella llamada Elsie me ayuda a deshacer mi pequeño hatillo. Cuando descubre que solo traigo dos vestidos, no dice nada, pero sus ojos se agrandan.
—El resto de mi equipaje llegará después —improviso.
—Por supuesto, señorita.
No sé si me cree. Los criados tienen la extraordinaria costumbre de entender mucho más de lo que sus señores imaginan.
Cuando se marcha, recorro la habitación despacio.
Paso los dedos por la colcha, observo mi reflejo en el espejo y abro un armario que podría albergar todas mis posesiones sin que llegaran a tocarse.
Pienso en Martha, en la humedad de nuestra habitación y en la facilidad con que una vida puede cambiar por culpa de un reloj de bolsillo.
Alguien llama a la puerta.
—Adelante.
Lucian entra sin avanzar más allá del umbral.
—Mi tía parece complacida.
—Su tía es encantadora.
—Mi tía es peligrosa cuando está encantada.
—Entonces nos llevaremos estupendamente.
Se frota el puente de la nariz.
—Debemos establecer una historia coherente. No puede improvisar cada vez que alguien le haga una pregunta.
—Hasta ahora me ha ido bastante bien.
—Le ha dicho que toca el pianoforte.
—No he dicho eso. Le he permitido llegar a una conclusión.
—Es una distinción que no nos servirá cuando se siente ante el instrumento.
Me cruzo de brazos.
—Podría fingir un desmayo.
—No.
—Una lesión en la mano.
—Tampoco.
—Qué poca imaginación tiene para ser un hombre tan rico.
Lucian mira la habitación y después a mí. Su expresión pierde por un momento la severidad.
—¿Se encuentra cómoda?
La pregunta me sorprende más que la amenaza de una actuación musical.
—Sí. Demasiado, quizá.
—Si necesita algo, dígaselo a Wilkins.
—¿Incluso si necesito que alguien me explique por qué hay tres almohadas pequeñas encima de las grandes?
—Especialmente entonces.
Cuando se dispone a marcharse, lo detengo.
—Lucian.
Se vuelve. Es la primera vez que pronuncio su nombre sin intención de provocarlo, y ambos parecemos advertirlo.
—Gracias —digo—. Por cumplir su palabra.
Él inclina ligeramente la cabeza.
—Procure no arrepentirse de haber aceptado.
—Eso depende de cuántas veces tenga que hacer una reverencia.
Por fin sonríe de verdad. Es una sonrisa breve, pero le transforma el rostro. Me quedo mirándolo un instante más de lo conveniente.
Cuando cierra la puerta, me acerco al espejo.
La muchacha que me devuelve la mirada sigue siendo Arabella Hart, la misma que esta mañana intentó robar un reloj.
Solo que ahora tiene una habitación digna de una reina, una tía prestada y un prometido falso que sonríe demasiado bien para mi tranquilidad.
Y mañana, según me han informado, empezarán a enseñarme a sobrevivir a la buena sociedad londinense.
Pobres de ellos.