CAPÍTULO 2Se necesita prometida
Se necesita prometida
Lucian
He cometido errores a lo largo de mis veintiocho años.
Una vez confié en que Oliver Pembroke guardaría un secreto.
Otra acepté cenar con mi madre después de que me asegurara que sería una velada íntima y descubrí a cuatro jóvenes casaderas sentadas a la mesa.
Sin embargo, nada de eso se compara con lo que estoy a punto de proponerle a una ladrona en plena Bond Street.
La señorita Hart me observa con la misma atención con la que un banquero examinaría una inversión dudosa.
Tiene unos ojos verdes que parecen reírse incluso cuando su boca permanece seria.
Es atractiva, lo reconozco sin entusiasmo.
También es insolente, peligrosa para los relojes y, por algún motivo incomprensible, la única mujer que he conocido en semanas que no muestra el menor interés por convertirse en mi esposa.
Al menos no todavía.
—Necesito que me acompañe —digo.
—¿A Bow Street?
—A un lugar donde podamos hablar sin que media calle escuche.
—Eso suena aún peor.
Miro hacia mi carruaje. La señorita Hart sigue la dirección de mis ojos y retrocede un paso.
—No voy a subir a un coche con un desconocido.
—Hace un momento intentaba vaciarme los bolsillos.
—Robar no implica perder el sentido común.
No encuentro una respuesta inmediata, cosa que me ocurre con una frecuencia alarmante desde que la conozco. Le señalo la confitería situada al otro lado de la calle.
—Entonces hablaremos allí. A la vista de todo el mundo. Y puede marcharse si mi propuesta no le interesa.
—¿Sin llamar a los alguaciles?
—Sin llamarlos.
Lo considera. Después se coloca el sombrero, se sacude la falda y me ofrece el brazo con una naturalidad desconcertante.
—En ese caso, lord Whitmore, creo que me debe un desayuno.
Quince minutos más tarde, la señorita Hart se ha comido dos pastelillos, medio bollo de mantequilla y una cantidad de mermelada que habría bastado para alimentar a una familia pequeña.
Yo apenas he probado el té. No porque carezca de apetito, sino porque estoy intentando encontrar una forma razonable de explicar una idea completamente insensata.
—Me están buscando esposa —empiezo.
—Qué desgracia. ¿La ha perdido?
—Mi familia insiste en que debo casarme.
—Ah. Es usted el desgraciado.
—Tengo asuntos comerciales que atender en Londres. Un acuerdo importante con un empresario llamado Edmund Bale. Necesito concentrarme en las negociaciones y evitar que cada invitación social se convierta en una entrevista matrimonial.
—Podría decir que no quiere casarse.
—Lo he hecho.
—¿Y?
—Mi madre lo interpreta como una invitación a esforzarse más.
La señorita Hart asiente con una gravedad inesperada.
—Conozco a esa clase de mujeres. Una vez vi a una convencer a su marido de que deseaba comprar un caballo cuando el pobre hombre solo había dicho que le gustaban los animales.
La señorita Hart toma otro sorbo de té y me observa por encima de la taza.
—Antes de aceptar nada, ¿qué clase de lord es usted exactamente?
—Lucian Blackwell, conde de Whitmore.
—Perfecto. Si voy a meterme en problemas, al menos serán problemas de calidad.
—Necesito que durante unas semanas crean que estoy comprometido.
Ella deja la cucharilla.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
La miro. Ella me mira. La comprensión aparece en su rostro poco a poco y termina convirtiéndose en una sonrisa tan amplia que temo haber perdido el juicio.
—No puede hablar en serio.
—Me temo que sí.
—¿Quiere que finja ser su prometida?
—Durante seis semanas. Después anunciaremos que el compromiso se ha roto de mutuo acuerdo.
La señorita Hart suelta una carcajada que atrae las miradas de dos clientes.
—¡Un conde que necesita contratar a una novia! Esto es mejor que el teatro.
—Le agradecería que bajara la voz.
—¿Y qué piensa contarle a su familia? ¿Que nos conocimos cuando intenté quitarle el reloj?
—Preferiría una historia distinta.
—Lástima. Es muy romántica.
Me paso una mano por la frente. Todavía puedo levantarme, pagar el desayuno y olvidarme de este asunto.
Pero recuerdo las cartas de mi madre, las visitas imprevistas, las invitaciones aceptadas en mi nombre y las horas que he perdido en conversaciones absurdas cuando debería estar revisando las condiciones de Bale.
Si el acuerdo sale adelante, podremos ampliar nuestra participación en el transporte de mercancías y asegurar ingresos para las propiedades familiares.
No pienso permitir que un baile arruine meses de trabajo.
—Recibirá una compensación generosa —digo.
Su expresión cambia. No desaparece la picardía, pero se vuelve más cautelosa.
—¿Cuánto considera generoso un conde?
Le digo una cantidad. Ella parpadea y, durante un instante, creo haberla dejado sin palabras. Luego recupera el aplomo.
—Por semana.
—Por todo el periodo.
—Entonces su generosidad tiene las piernas bastante cortas.
Negociamos. Es una experiencia agotadora.
Arabella Hart discute el dinero, el vestuario, la comida, los desplazamientos, los gastos imprevistos y la posibilidad de que mi tía decida vestirla con colores que no le favorezcan.
Sobre este último punto no entiendo por qué necesita una cláusula, pero ella insiste.
—¿Y dónde viviré? —pregunta.
—En mi residencia londinense, bajo la supervisión de mi tía Agatha. Es viuda y estará encantada de ejercer de acompañante.
—¿Encantada? ¿La ha consultado?
—Todavía no.
—Entonces no sea tan optimista.
Anoto mentalmente que tendré que darle a Agatha una versión suficiente para que Arabella pueda instalarse en casa sin que nadie levante una ceja.
No la verdad completa. Algo sencillo: una familia respetable con pocos recursos, una infancia en el campo al cuidado de una pariente excéntrica y casi ninguna experiencia en los círculos de Londres.
Agatha disfruta descubriendo secretos, así que sospecho que la explicación no la engañará para siempre, pero debería bastar para empezar.
—Necesitará aprender ciertos modales —advierto.
—Tengo unos modales excelentes. Le he dado las gracias por el desayuno.
—Me refiero a los de la buena sociedad.
—Ah, esos. ¿Consisten en decir cosas desagradables con una sonrisa?
—Entre otras habilidades.
Se inclina hacia delante.
—Quiero que quede algo claro, milord. No soy una criada a la que pueda ordenar que se siente, se levante y haga una reverencia cuando le apetezca. Si acepto, será un trato. Usted obtiene su prometida y yo obtengo lo acordado. Cuando termine, me marcho.
Hay una firmeza en su voz que me obliga a abandonar cualquier intento de tratarla como una criatura atolondrada. Por debajo de su humor existe una mujer que ha aprendido a defender cada pulgada de terreno.
—De acuerdo —respondo—. Y si desea marcharse antes, podrá hacerlo. No volveré a utilizar lo ocurrido con el reloj contra usted.
Me estudia en busca de una trampa.
—¿Lo promete?
—Tiene mi palabra.
—No sé cuánto vale la palabra de un conde.
—En mi caso, bastante.
—Tendré que comprobarlo.
Termina su té y extiende una mano sobre la mesa.
—Trato hecho, lord Whitmore.
Se la estrecho. Tiene los dedos cálidos, una pequeña cicatriz junto al pulgar y una presión sorprendentemente firme. La suelto antes de que advierta que he reparado en detalles que no vienen al caso.
Pido al camarero papel y tinta antes de que pueda aparecer una séptima condición.
Anoto seis semanas, la remuneración, el vestuario, los gastos y la libertad de romper el acuerdo antes de tiempo.
Arabella me quita la pluma para añadir, debajo, que nadie podrá obligarla a llevar un color que le siente mal.
—Esto es jurídicamente esencial —afirma.
Firmamos los dos. Doblo la hoja y la guardo en el bolsillo interior de la levita. El apretón de manos había bastado para cerrar el trato; el papel, sospecho, servirá para recordarme con quién lo he hecho.
—Hay una cuestión más —dice.
Contengo un suspiro.
—¿Cuál?
—¿Tendré que besarlo?
El té se me va por el camino equivocado. Toso mientras ella me contempla con aparente preocupación.
—¿Se encuentra bien? No sabía que la idea resultara tan desagradable.
—No será necesario —consigo responder—. Nos comportaremos con la corrección exigida a dos personas comprometidas.
—Qué alivio.
No parece aliviada en absoluto. Sonríe con aire de haber ganado una apuesta que yo desconocía.
Salimos de la confitería y la acompaño hasta el carruaje. Mi cochero me dedica una mirada interrogante. La señorita Hart sube con desenvoltura y se acomoda en el asiento, examinando el interior y calculando lo que valdría cada pieza.
—No robe nada —le advierto.
—Milord, si vamos a fingir que estamos enamorados, tendrá que aprender a confiar en mí.
—Eso será difícil.
—Entonces tendremos una relación muy convincente. Conozco matrimonios auténticos que funcionan exactamente así.
Cierro la portezuela y me siento frente a ella. Hace apenas una hora caminaba hacia una reunión pensando en cifras y contratos. Ahora viajo con una carterista que ha negociado su sueldo como un ministro y que probablemente está preguntándose si podría vender los botones de mi levita.
Lo peor es que, por primera vez desde mi llegada a Londres, no me aburro.