CAPÍTULO 1El caballero equivocado
El caballero equivocado
Arabella
La primera regla para robarle a un hombre consiste en no mirarlo como si una estuviera pensando en robarle. La segunda es no escoger a uno que parezca capaz de adivinarlo. Esta mañana olvido ambas.
Estoy junto a una tienda de guantes, observando a los transeúntes que pasean por Bond Street, cuando lo veo.
Es alto, de hombros rectos, cabello oscuro y una levita azul tan bien cortada que casi resulta ofensiva.
No lleva sombrero puesto; lo sostiene en una mano mientras escucha a un hombre mayor que habla sin descanso. En el chaleco brilla una cadena de oro.
La cadena es lo primero que me llama la atención. Después observo su dueño, y debo admitir que tampoco está mal. Tiene un rostro que podría inspirar suspiros a las señoritas de buena familia y una expresión de paciencia agotada que me resulta extrañamente divertida.
El hombre mayor le muestra una hoja de papel. Mi futuro benefactor la mira, responde algo y recibe otra explicación que parece prolongarse desde el principio de los tiempos. Cuando por fin logra despedirse, guarda el papel en el bolsillo y echa a andar con paso decidido.
Yo me adelanto hasta una esquina donde una vendedora ha colocado un cesto de flores.
Compro una ramita de violetas con una moneda que me duele gastar y espero.
Un muchacho pasa corriendo con una bandeja de pasteles; una señora se detiene a regañar a su doncella.
Londres proporciona siempre el desorden necesario si una sabe tener paciencia.
El caballero se aproxima. Le calculo la distancia, el ángulo del bolsillo y el momento preciso para tropezar.
—¡Ay!
Choco con su brazo, dejo caer las violetas y estiro la mano para sujetarme a su levita. Mis dedos encuentran la cadena. Apenas necesito un tirón suave para liberar el reloj.
Entonces una mano se cierra sobre mi muñeca.
No me hace daño. Ese es, de hecho, el primer detalle inquietante: la firmeza con la que me inmoviliza sin necesidad de apretar.
—Se le han caído las flores —dice una voz masculina.
Alzo la vista. Tiene los ojos grises y una expresión tan tranquila que me entran ganas de darle una patada.
—¡Qué torpeza la mía! —exclamo—. Mil perdones, señor. Si tiene la bondad de soltarme, podré recogerlas.
—Con mucho gusto. En cuanto me devuelva el reloj.
Parpadeo. No porque esté sorprendida, que lo estoy, sino porque a veces un pestañeo oportuno hace que los hombres olviden qué estaban preguntando.
—¿Qué reloj?
—El que tiene en la mano.
Miro mis dedos. La cadena cuelga de ellos con una falta de discreción lamentable.
—Ah. Ese reloj.
—Me alegra que lo hayamos identificado.
—Debe de haberse enganchado a mi manga.
—Una desgracia frecuente en esta calle, sin duda.
—No tiene por qué burlarse de mí.
—Todavía no he empezado.
Intento recuperar la mano. Él no se mueve.
Dos señoras pasan a nuestro lado, miran el espectáculo y cuchichean.
Yo me acerco un poco más al caballero para que parezca que compartimos una conversación privada.
Su perfume es discreto, con algo de jabón limpio y cuero.
Los ricos huelen mejor que los pobres; es una injusticia más que añadir a la lista.
—Podríamos resolver este malentendido sin llamar la atención —susurro.
—Me parece una excelente idea. Empiece por devolverme lo que me pertenece.
Deposito el reloj en su palma libre con toda la dignidad que permite la situación.
—Ahí lo tiene. Ni siquiera se ha estropeado.
Él lo examina y lo guarda.
—Es usted muy considerada.
—Mi madre siempre me enseñó a cuidar las cosas ajenas.
—Debió de omitir la parte relativa a no llevárselas.
Por primera vez me fijo en que está a punto de sonreír. No lo hace del todo, y eso me irrita. Me gusta provocar una reacción en la gente. Es más sencillo saber qué harán después.
—Si va a llamar a un alguacil, hágalo de una vez —digo, cansada de fingir inocencia—. Pero le advierto que gritaré.
—¿Qué piensa gritar?
—Todavía no lo he decidido. Dependerá de la imaginación del momento.
Su boca se curva un poco más.
—Tiene una habilidad extraordinaria para empeorar su situación.
—Y usted una habilidad aún mayor para prolongarla.
Me estudia con atención. No como hacen algunos caballeros, deteniéndose donde no deben, sino como si intentara resolver un problema cuya respuesta se le escapa. Me pregunto si estará pensando en llevarme ante un magistrado o en sermonearme. Preferiría lo primero. Los sermones suelen durar más.
—¿Cómo se llama? —pregunta.
—¿Por qué?
—Porque «señorita que intenta robarme el reloj» resulta excesivamente largo.
—Arabella Hart.
—¿Es su verdadero nombre?
—¿Es esa su verdadera cara de pocos amigos?
—Me temo que sí.
—Entonces estamos en paz.
El caballero baja la mirada hacia mi vestido.
No es elegante, pero está limpio. Martha y yo pasamos una tarde entera transformando las mangas para que pareciera nuevo.
Llevo los guantes remendados y un sombrerito de paja al que he añadido una cinta verde.
Nada en mi aspecto indica que sea una amenaza para las pertenencias de nadie. O eso pensaba.
—¿A qué se dedica, señorita Hart?
—A resolver dificultades ajenas.
—¿Mediante el robo?
—Solo cuando las dificultades son económicas.
De pronto se oye el ruido de un carruaje al detenerse. Un cochero saluda al caballero desde el pescante. Él vuelve la cabeza y aprovecho para intentar escapar. No llego ni a dar un paso.
—Le aconsejo que no lo haga —dice.
—¿Me aconseja también qué debo desayunar? Porque he salido sin tomar nada y empiezo a perder la paciencia.
—Eso explica muchas cosas.
—Explíqueme alguna. Me vendría bien distraerme.
El cochero se acerca, pero el caballero lo despide con un gesto. Luego mira hacia la calle, donde dos jóvenes bien vestidas se han detenido para saludarlo. Una de ellas agita la mano con entusiasmo. Él endurece la expresión de un modo casi imperceptible.
—Lord Whitmore —llama la muchacha—. ¡Qué sorpresa tan agradable!
Así que es un lord. Magnífico. Martha va a matarme antes de que lo hagan las autoridades.
El caballero responde con una inclinación de cabeza que no invita a prolongar la conversación. Las jóvenes, sin embargo, se aproximan. La mayor pregunta por su madre, por una próxima recepción y por la posibilidad de que él asista a un baile. Habla sin dejar espacio para una respuesta.
Yo contemplo a lord Whitmore con renovado interés. Su expresión se parece mucho a la que llevaba antes de que intentara robarle. Un hombre perseguido, pienso. Qué descubrimiento tan delicioso.
—Querido —digo de pronto, apoyando la mano libre sobre su brazo—, si no nos damos prisa, llegaremos tarde.
Las dos muchachas enmudecen.
Lord Whitmore también.
Sonrío a las jóvenes con una cordialidad que debería merecer una medalla.
—Discúlpenlo. Cuando se encuentra con conocidos olvida que habíamos quedado en ir a ver a mi tía.
—¿Su... tía? —pregunta una de ellas.
—Una mujer formidable. Aunque no conviene hacerla esperar.
El lord me observa como si acabara de transformarme en un animal exótico. No me suelta la muñeca, pero su mano afloja lo suficiente para que podamos parecer una pareja que pasea del brazo.
—Desde luego —dice al fin—. No querríamos contrariarla.
Las jóvenes se despiden con una frialdad que no había mostrado al llegar. Cuando se alejan, yo me vuelvo hacia él, satisfecha.
—Acabo de salvarlo de una conversación interminable. Creo que podemos considerar saldado el asunto del reloj.
Él sigue mirando el lugar por donde han desaparecido.
—¿Siempre inventa parientes cuando se encuentra en dificultades?
—Solo los que considero necesarios.
Lord Whitmore me suelta por fin. Estoy calculando cuánto tardaré en alcanzar la esquina cuando vuelve a hablar.
—Señorita Hart, ¿dispone de seis semanas libres?
Lo miro con desconfianza.
—Depende de para qué.
—Creo que tengo una propuesta que podría interesarle.
—Si incluye otra lección de moral, me niego.
—Incluye una remuneración.
Eso cambia las cosas. No todas, por supuesto. Pero bastantes.
—Entonces será mejor que empiece por ahí, milord.