Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1)
© inepub.com
PRÓLOGOLa primera regla de una ladrona
PRÓLOGO
La primera regla de una ladrona
Arabella
El viento de Londres tiene dos aficiones: levantar las faldas de las señoras y llevarse los sombreros de los caballeros que creen tener el mundo bajo control.
Esta mañana decide ocuparse de lo segundo, y yo, que no acostumbro a discutir con la providencia cuando se muestra generosa, aprovecho la ocasión.
—¡Mi sombrero! —exclama un hombre de mejillas coloradas, mientras su preciado bombín rueda entre las ruedas de un carro.
No es un bombín, me corrijo al verlo de cerca, sino un sombrero de copa demasiado bajo para resultar elegante y demasiado alto para pasar inadvertido.
En cualquier caso, el caballero lo considera una tragedia.
Yo considero una tragedia que lleve el bolsillo del chaleco tan abultado y nadie haya tenido todavía la delicadeza de aliviarlo.
—¡Cuidado, señor! —le advierto cuando se lanza tras él sin mirar.
Lo agarro por el codo justo antes de que un mozo de cuerda le pase por delante con un cajón. El hombre tropieza conmigo, se disculpa, se recompone y vuelve a estirar el brazo hacia el sombrero. Yo hago lo mismo hacia su bolsillo. Cada cual tiene sus prioridades.
El cuero de la cartera es suave, caro y está caliente por haber permanecido contra su cuerpo. La deslizo hasta mi manga mientras lo sostengo para que no pierda el equilibrio. El sombrero, entretanto, termina bajo las patas de un caballo que se muestra menos impresionado que su propietario.
—Permítame —digo, y me agacho para recogerlo antes de que reciba una segunda humillación.
Le entrego el sombrero con una sonrisa tan dulce que, si pudiera embotellarla, la vendería a los boticarios como remedio contra la tristeza.
—¡Qué muchacha tan amable! —declara el hombre, sacudiendo el ala con indignación—. Ya no queda gente dispuesta a ayudar a un desconocido.
No sé si eso es verdad. A mí me han ayudado bastantes desconocidos a lo largo de los años, aunque la mayoría ignoraba que estaba colaborando.
—Una siempre debe hacer lo correcto, señor.
Martha dice que algún día me partirá un rayo por pronunciar semejantes frases sin atragantarme. Pero Martha también dice que los rayos prefieren a las personas altas y yo no llego a una altura que merezca la atención del cielo.
El caballero se coloca el sombrero, me da las gracias otras dos veces y prosigue su camino.
Espero hasta verlo doblar la esquina antes de sacar la cartera.
No contiene una fortuna. Tres billetes, unas monedas, dos recibos y una tarjeta comercial de un proveedor de telas.
Con lo que hay podré pagar la habitación de la próxima semana, comprar carbón y llevarle a Martha algo más apetecible que el caldo con el que insiste en alimentarse.
Me guardo el dinero, dejo la cartera vacía en el bolsillo de un abrigo abandonado junto a un puesto y echo a andar.
No me enorgullezco de robar. Tampoco me avergüenzo tanto como para pasar hambre.
Son dos sentimientos que pueden convivir perfectamente cuando una ha aprendido a negociar con su conciencia.
Londres despierta a empujones. Los vendedores anuncian mercancías con voces que competirían con las trompetas del ejército, las ruedas de los carruajes chapotean en el barro y un muchacho corre detrás de una mujer que le reclama el precio de unas manzanas.
Yo me deslizo entre todos ellos sin detenerme.
Conozco las calles como otros conocen las habitaciones de su casa.
Sé dónde la gente mira el suelo para esquivar la suciedad y dónde alza la cabeza para admirar un escaparate.
Son los momentos en que los bolsillos quedan desatendidos.
Al llegar a nuestra calle, subo una escalera que cruje como si estuviera a punto de confesar un secreto. Martha está sentada junto a la ventana, remendando un guante que ha conocido tiempos mejores. Sobre sus rodillas descansa una manta y sobre la mesa, una taza de té que seguramente ya está fría.
—Has vuelto pronto —dice sin levantar la cabeza—. Eso nunca anuncia nada bueno.
—Podría haberme enamorado y estar deseando contártelo.
—En ese caso habrías vuelto más tarde y con peor aspecto.
Dejo las monedas sobre la mesa. Martha las contempla por encima de sus gafas, que siempre parecen estar a punto de caerle de la nariz.
—Arabella.
Solo utiliza mi nombre entero cuando está disgustada.
Para ella soy Bella desde que aparecí en la puerta trasera del teatro, flaca, furiosa y decidida a morder a cualquiera que intentara tocarme.
Tenía diez años y un vestido que olía a humo.
Martha conocía a mi madre: durante los meses malos, mamá había remendado vestidos para la compañía en la que ella actuaba.
Cuando llegué sola, Martha supo enseguida quién era.
No me interrogó. Esperó a que yo quisiera hablar.
Todavía hay cosas que no he sabido contarle.
—Antes de empezar, no le he hecho daño a nadie —aclaro—. De hecho, he evitado que un hombre muriera aplastado por su propio sombrero.
—Los sombreros no aplastan a nadie.
—Este tenía ambiciones.
Martha deja el guante.
—La casera ha venido. Quiere el alquiler completo y dice que el próximo mes subirá la renta.
Miro las monedas. De pronto parecen menos. También observo la leña que queda junto al hogar, el remiendo en el vestido de Martha y el pequeño temblor de sus dedos. La última semana ha tosido más de lo habitual. No me lo dice porque cree que, si no lo menciona, dejará de existir.
—Entonces conseguiré más —respondo.
—No quiero que acabes en Newgate por pagarme una habitación.
—Tampoco yo. He oído que el servicio deja mucho que desear.
—Bella.
Me siento a su lado y le quito el guante de las manos.
—No voy a hacer ninguna tontería.
Martha arquea una ceja. Es una mujer que ha pasado media vida sobre un escenario, y sabe reconocer una interpretación deficiente.
—Eso mismo dijiste antes de venderle al señor Phelps una peluca que no era tuya.
—La peluca estaba abandonada.
—Encima de la cabeza de su propietario.
—Un detalle sin importancia.
Ella intenta ocultar una sonrisa y fracasa. Aprovecho para besarle la mejilla, recoger el guante y devolverle la aguja.
—Necesitamos un cliente mejor —digo.
—No son clientes, muchacha.
—Eso depende del servicio que ofrezca.
Me asomo a la ventana. Al otro lado de la calle, un carruaje elegante avanza despacio, precedido por un lacayo de librea impecable. Dentro viaja una dama tan cubierta de cintas que parece haber perdido una batalla contra una mercería.
—Mira eso —murmuro—. Hay personas que llevan encima el precio de nuestro alquiler de un año y todavía encuentran motivos para quejarse.
—Los ricos también tienen problemas.
—Pues sería un gesto precioso permitirles compartir alguno conmigo.
Martha sigue la dirección de mi mirada y comprende demasiado deprisa.
—Ni se te ocurra acercarte a la nobleza. Los caballeros con título tienen amigos en los tribunales.
—También tienen relojes de oro.
—Arabella Hart, escúchame bien.
Me vuelvo y le dedico mi sonrisa más inocente. Es una sonrisa magnífica, de la que estoy muy orgullosa, aunque Martha nunca se deja engañar por ella.
—Te escucho, querida.
—No robes a un aristócrata.
Asiento con gravedad. Después vuelvo a mirar el carruaje que desaparece entre la multitud. Si he aprendido algo en mis veintidós años es que las oportunidades no suelen llamar a la puerta. A veces pasan por delante de una ventana, cubiertas de seda y con un escudo pintado en la portezuela.
Y si no puedo permitirme un carruaje, al menos podría permitirme el reloj de quien viaja dentro.