Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 33 Emilia
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33 Emilia

EMILIA

Dado que a Drew le había costado mucho mantener las manos en el volante mientras conducíamos hasta mi casa, me sorprendió que, al llegar, optara por ir directo al jardín trasero en lugar de lanzarse sobre mí nada más cruzar la puerta.

Me detuve en la entrada de la casa.

—¿A dónde vas?

—A ver a mi amigo y darle la noticia —dijo por encima del hombro, sin detenerse—. Hace mucho que no hablo con él. No tardo nada.

Él salió al jardín, mientras yo lo observaba divertida, sintiendo también una oleada de cariño, porque Winston se había ganado a otro admirador.

Sentí la tentación de seguirlo, pero pensé que podía dar a Drew unos minutos para hacer lo que tuviera que hacer.

Me quedé mirándolo por la ventana, porque estaba segura de que su reunión sería adorable, y lo fue.

Drew pasó por encima de la valla del recinto, sonriendo a Winston, y lo vi sacar del bolsillo un diente de león, con hojas y todo.

Se inclinó para ofrecérselo a Win, y me pregunté si le había dicho en algún momento que podía comer dientes de león.

No recordaba haber hablado con él de la dieta de Winston, y pensé que era probable que alguien le hubiera buscado la información.

Lo importante era que había tomado nota y se había asegurado de encontrar un diente de león en algún sitio.

Solo con imaginarlo arrancando flores de alguna parcela de césped se me derretía el corazón.

Ese hombre, que no se inclinaba ante nadie, se había dedicado a buscar malas hierbas para una tortuga.

Drew siguió hablando con Winston, con una enorme sonrisa en la cara. Pensé que no debería haber secretos entre los hombres de mi vida y yo, así que salí por fin a reunirme con ellos.

—¿De qué estáis cotilleando? —pregunté.

Winston estiró su largo cuello, pero me fijé en que no se apartaba de Drew para venir a saludarme, lo que me aseguró que ya eran buenos amigos.

—Le estaba preguntando si le parece bien que pase más tiempo contigo. También le he dicho que estoy pensando en hacerle un hábitat aún mejor en mi casa, para que pueda venir contigo cuando quiera y quedarse el tiempo que le apetezca.

—¿Mejor? —Me llevé una mano al pecho, un poco abrumada por su interés.

—Pues claro. Win y tú vais juntos, así que quiero hacerlo tan feliz como a ti.

Sé que la última vez tuvo un buen hábitat, pero ese era temporal.

Ahora será uno permanente, y para eso, he hablado con los cuidadores de tortugas del zoo de Monterrey, que vendrán a mi casa para montarle el mejor recinto del mundo.

—Hizo un gesto con la cabeza hacia donde Win seguía comiendo—.

Les he dicho que hoy no tenía tiempo de ir a una tienda de mascotas y me han dicho qué plantas podía recoger por ahí para él.

—¿Has ido a buscar plantas? —No me entraba en la cabeza.

—Bueno, no exactamente —rio él—. He mirado por el césped junto al aparcamiento de la residencia, y he tenido suerte. Al equipo de jardinería se le ha pasado ese diente de león.

Tomé nota mental para pedir a Bernie, el de seguridad, que me enseñara las imágenes de las cámaras exteriores.

—Pero… ¿cuándo lo has hecho? Solo hemos resuelto esto hace unas pocas horas.

El rey del mundo pareció avergonzarse durante un instante, y respondió con los ojos puestos en Winston, en lugar de en mí.

—Confiaba en que todo fuera bien. Por suerte, ha sido así.

Ya no pude resistirme más. Corrí hacia él y me lancé en sus brazos, para besarle el cuello.

—Sí, ha ido muy bien. Ya lo creo.

Él se echó a reír y su boca encontró la mía. Los dos fuimos conscientes de que ese beso solo era el preludio de lo que estaba por venir.

—Te he echado la hostia de menos —suspiró—. Notaba tu ausencia hasta en los huesos.

Empezó a llevarme a la casa, mientras establecíamos una especie de competición para ver quién lograba acariciar más piel del otro.

Di tirones al borde de su camiseta hasta que logré pegar mis manos a la piel de su espalda, mientras él deslizaba las suyas bajo mi blusa y, al momento, empezaba a manipular el cierre de mi sujetador.

Por supuesto, no había previsto ver a Drew esa noche, así que llevaba un sujetador blanco muy soso, y unas bragas de abuela que no tenía intención de dejarle ver.

—Espera un poco.

A desgana, aparté las manos de su gloriosa y ancha espalda y le empujé para apartarlo.

Mi jardín estaba rodeado por todos los lados por las cercas de bambú de mis vecinos, que habían crecido incluso por encima de mi valla, lo que me ofrecía una cierta cantidad de intimidad.

No era perfecto, pero en aquel momento, estaba dispuesta a considerarlo suficiente. Drew me miraba sorprendido.

—¿Estás bien? ¿Qué pasa?

—Nada en absoluto —respondí.

Cogí mi blusa por el borde inferior, me la quité por la cabeza y, en un instante, me desabroché el sujetador para quedarme sin nada. Drew lanzó una exhalación de asombro.

—Pero qué…

—Aún no he terminado.

Le guiñé un ojo y deslicé hacia abajo la falda y las bragas a la vez, para dejarlas en un montón sobre la hierba. Drew se había quedado boquiabierto por la sorpresa, mientras yo hacía poses seductoras y él miraba a su alrededor, convencido de que me había convertido en una exhibicionista.

—¡Allá voy! —reí, entrando en la casa a la carrera.

Su risa y sus pasos resonaron tras de mí. Me alcanzó tan pronto como puso un pie en la casa, y me sujetó por la cintura con las dos manos. Yo me di la vuelta para mirarlo, con la respiración entrecortada y sin dejar de reír.

—Y ahora, ¿qué? —pregunté, seductora.

Él me observó con detenimiento.

—Tú, debajo de mí. Encima de mí. Doblada delante de mí. Suplicándome que te dé más.

—¿Lo prometes? —bromeé.

—Te lo garantizo —gruñó él.

Me cogió y me puso sobre su hombro. La palmada que me dio en el culo desnudo resonó por la casa.

—¡Au! —reí.

—Te encanta —rebatió él, mientras frotaba la nalga que había golpeado—. ¿Ahora, dónde voy? Nunca he estado arriba.

Me besó la cadera.

—La primera puerta a la derecha cuando subas las escaleras.

Él subió los escalones de dos en dos, conmigo rebotando sobre su hombro, y abrió la puerta de una patada.

—Bonito dormitorio —comentó.

Me dejó sobre la cama y se me quedó mirando, como si estuviera muerto de hambre y yo fuera un banquete.

—Joder, eres perfecta.

La forma en que me estaba mirando me hizo enrojecer. Sus ojos descendieron desde mi cara a mis pechos, después a mi tripa, donde se detuvieron en mi cintura antes de bajar aún más, hasta que no pudo contenerse.

Drew se quitó la camiseta por la cabeza y se bajó de un tirón los pantalones y los calzoncillos, para mostrarme una erección que me pareció aún más grande de lo que recordaba. Hizo ademán de subirse a la cama, pero yo levanté una mano para detenerlo.

—Un momento —pedí—. Ahora me toca a mí mirarte.

Él inclinó la cabeza a un lado, contuvo una sonrisa y se enderezó para exhibirse en toda su gloria.

Yo admiré su atractiva cara y cada centímetro de su cuerpo, que me recordó todo lo que me hacía sentir: su amplio pecho, con solo un poco de pelo en los pectorales que me hacía cosquillas en la piel; sus abdominales, definidos pero no ridículos, que me encantaba dibujar con la lengua; esa polla increíble…

—Oh… —suspiré, sin darme cuenta de que lo había dicho en voz alta, hasta que su risa me sacó del ensimismamiento.

—Prepárate —dijo, y se acercó al borde de la cama.

Yo separé las piernas y lo miré, retándolo a hacer lo que quisiera.

Drew gruñó algo que no logré entender y se situó entre mis piernas para presionar sus labios y su lengua contra mí sin previo aviso.

Yo solté una exclamación de sorpresa y, enseguida, me dejé caer contra la cama, mientras su lengua me acariciaba con habilidad, alternando entre deslizarla en mi interior y concentrar su atención en mi clítoris.

Pero eso no me daba tanto de él como necesitaba.

Enredé mis dedos en su pelo y presioné los muslos contra su cabeza, mientras él lamía, mordisqueaba y me acercaba cada vez más al éxtasis con la lengua.

Empecé a notar cómo aumentaba la presión y el calor se extendía por mi cuerpo.

Drew deslizó las manos bajo mi culo y me sujetó con más fuerza.

—Joder, cuánto he echado de menos tu cuerpo —dijo.

Me habría gustado tener la capacidad de responder, pero él volvió a lo que estaba haciendo, rodeó mi clítoris con los labios y succionó, hasta que no supe si iba a echarme a llorar o a correrme.

—Drew —dije con respiración entrecortada—. No pares.

Sabía que no pararía, por supuesto. Nada le impediría continuar hasta que yo terminara.

Mi vista se nubló y me pareció que no me llegaba el aire a los pulmones.

Estaba gimiendo, pero no parecía que el sonido procediera de mí.

Entonces, mi cuerpo entero se contrajo y relajó en un instante, y caí al vacío.

Drew no dejó de hacerme el amor con la boca mientras yo gritaba.

Si acaso, aumentó el ritmo y la presión de su lengua, mientras una oleada tras otra recorrían mi cuerpo.

Mi orgasmo pareció no terminar nunca y, cuando por fin abrí los ojos, estaban llenos de lágrimas.

Él me miró, aún situado entre mis piernas.

—Ay no, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?

—Es que estoy muy feliz —sollocé, asintiendo.

—Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó, mientras extendía el brazo para limpiarme una lágrima de la mejilla.

Yo levanté un hombro.

—Todo esto me sobrepasa un poco. No era lo que tenía previsto hacer esta noche.

Drew cambió de posición y apoyó la cabeza en mi muslo.

—Pues será mejor que te acostumbres, porque pienso pasar el resto de mi vida haciéndote sentir así.

Sentí otra oleada de emociones. No podía creer que esta fuera a ser mi vida, pero también daba gracias de que lo fuera. Aunque ese no era el mejor momento para dar vueltas a las cosas.

—Oye, me puedes hacer feliz de otro modo —dije.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es? —preguntó, con una ceja levantada.

Le cogí una muñeca y tiré de él para acercarlo, lo que fue tan eficaz como intentar mover una montaña. Drew se situó encima de mí, despacio y sin romper el contacto visual. Se dejó caer sobre mi cuerpo poco a poco y, cuando nuestras pieles entraron en contacto, los dos suspiramos.

—Casi se me olvida que ahora puedo decirlo —musitó—, todas las veces que quiera, cuando quiera. —Se inclinó hacia mí y me besó la punta de la nariz, antes de susurrar como un secreto—. Te quiero.

Esa vez, la emoción se me escapó en forma de risa.

—Yo también te quiero. ¿Y sabes qué me encanta de ti?

Él negó con la cabeza y yo metí la mano entre nuestros cuerpos y cogí su polla.

—Esto.

Esa vez fue él quien rio, pero en seguida se transformó en un gruñido cuando empecé a acariciarlo.

—Ahórratelo —dijo Drew.

Sacó una mano por el lado de la cama y rebuscó en sus pantalones hasta sacar un condón.

—¿Llevas uno en el bolsillo por si hay suerte? —pregunté.

—Tenía grandes esperanzas —respondió, antes de abrir el paquete.

Drew se puso el condón y se giró de forma que yo quedara sobre él y nuestros pechos permanecieran pegados. Cuando se deslizó en mi interior, los dos volvimos a suspirar, y nos detuvimos para saborear la sensación. Durante unos instantes, nos quedamos quietos, simplemente respirando a la vez.

Después empezamos a movernos juntos, despacio. No había ninguna prisa, los dos sabíamos que solo era el principio de una noche muy larga.