Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 32 Emilia #2
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32 Emilia #2

Era una pregunta tonta, porque parecía que se había esforzado por convertir mis sueños en realidad, pero no podía permitirme creerlo hasta oír lo que tuviera que decir.

Drew dejó la hortensia sobre una roca y se acercó a mí, aunque se detuvo a unos cuantos pasos de distancia.

—Quería demostrarte que he escuchado todo lo que me has dicho. Aunque creas que estoy intentando impresionarte —continuó con un gesto hacia el jardín—, es mucho más que eso. Lo que quiero es demostrarte que te he escuchado, y que ahora lo entiendo. De verdad.

Intenté contener las lágrimas que amenazaban con brotar de mis ojos, y no dije nada porque no era capaz. Las palabras se me habían atascado en la garganta, así que Drew continuó hablando.

—Sé que no necesitabas grandes gestos. Me necesitabas a mí —continuó—. Me ha llevado un tiempo comprenderlo, pero ya lo he conseguido. Por eso estamos en un jardín, rodeados de tus flores favoritas.

—Pero ¿cómo lo sabías? —le pregunté, permitiéndome acercarme un paso a él—. ¿Lo de las hortensias?

Levantó una comisura de la boca.

—Te he prestado atención. Cuando estuvimos en Longwood, se lo dijiste a Kristen y Dorian lo incluyó en Un amor de cine.

Lo miré con el ceño fruncido.

—¿Lo dije? ¿Y él lo incluyó…? Un momento, ¿cuántas veces has visto el programa?

—Unas cuantas, la verdad.

—¿No te bastó con una vez? ¿Qué estabas buscando? —Supuse que lo había estado viendo para asegurarse de que no afectaba a la reputación del hotel.

—Una sola vez no fue suficiente, desde luego.

No podía dejar de mirarte. Eres la hostia de buena en tu trabajo, y ha sido increíble verte hacer todo lo posible por que Carter y Kristen tuvieran la boda de sus sueños.

La forma en que mantuviste a raya a las madres de Carter fue digna de un domador de dinosaurios.

—Drew soltó una risa leve—. Y además de todo eso, estabas preciosa.

Siempre has sido la mujer más hermosa, en cualquier situación.

Mi labio inferior empezó a temblar.

—Esa es también la razón por la que estás escuchando una banda sonora de Scarlet O’Hara. —Señaló los altavoces.

Su equivocación me hizo mucha gracia.

—Vale, abuelo. Es Scarlet Rush.

Él levantó las manos en señal de rendición.

—Lo siento. Sé que los fans la protegéis mucho.

—Pero ¿cómo sabías que me gustaba?

—¿No lo sabes? —Soltó una risa—. Cuando nos conocimos, intercambiamos los teléfonos, ¿te acuerdas? Esa canción era tu tono de llamada.

—Ah, sí —respondí.

Estaba alucinada por que aquel hombre, el mismo hombre al que había creído que no le importaba yo, ni mis necesidades, había estado prestando atención desde el principio.

Había salido algo bueno de nuestro encuentro, aunque solo fuera otro hermano Ashford que caía bajo el embrujo de Scarlet Rush.

Aún no quería creer que estuviera ocurriendo nada más.

No, hasta escuchar todo lo que tuviera que decir.

Drew señaló su cuerpo.

—Me sorprende que no hayas dicho nada sobre mi atuendo.

—Me he dado cuenta desde el principio —dije, con los ojos llenos de lágrimas—. Sería difícil no hacerlo, no es tu aspecto habitual de jefe inflexible.

Él se acercó un poco.

—Me lo he puesto porque me dijiste que era tu ropa favorita. Dijiste que te gustaba el tacto de la camiseta contra tu piel, cuando estábamos abrazados en el sofá.

Jamás lo hubiera creído capaz de dejarse ver con esa ropa fuera de casa, ni muerto, pero ahí estaba, mostrándose vulnerable por mí, y por la ropa cómoda.

—También dije que esos pantalones te hacen un culo espectacular —le recordé, intentando aligerar una conversación que podría definir nuestra vida.

Habría jurado que sus mejillas enrojecieron con el cumplido, pero no dejó de mirarme a los ojos.

—Te pido perdón por todas las cosas que he fastidiado, Emilia.

Es una lista bastante larga. Por ejemplo, te hice creer que no me importaba lo que era importante para ti.

Intenté «arreglar» tu vida, en lugar de darte el apoyo que necesitabas.

—Apretó los labios un momento, y luego continuó—.

Bloqueé mis emociones, pero mi peor ofensa fue dejarte marchar, en lugar de luchar por ti.

Mi corazón se llenaba un poco más con cada confesión, hasta estar a punto de estallar.

—No. Lo retiro. Te hice pensar que no me importabas tanto como me importas. Te dejé pensar que me importaba más la imagen que la realidad. Yo…

—Drew… —susurré, cuando las lágrimas empezaron a caer por fin.

Él se acercó a mí y me limpió una lágrima con el pulgar. Yo empecé a inclinarme hacia él, pero me obligué a dar un paso atrás. Levanté una mano, y él se detuvo al momento.

—Me has hecho mucho daño.

—Y pasaré el resto de mis días disculpándome, si es lo que hace falta para que estemos juntos.

—Me hiciste sentir como solo hubiéramos tenido un rollo.

—Estaba equivocado. Tú nunca serías un rollo. Tú eres mi final feliz, y estoy dispuesto a decírtelo cada día de mi vida.

Sollocé un poco más fuerte, preocupada por si empezaba a llorar a moco tendido.

—Quería una vida feliz contigo, pero tú me apartaste —susurré, demasiado asustada para decirlo más alto.

Él se pasó una mano por el pelo y me di cuenta de que su aspecto era tan malo como me sentía yo. Tenía círculos oscuros bajo los ojos, y una palidez enfermiza.

—¿En pasado?

—¿Qué? —No entendía lo que quería decir.

—Has dicho que querías una vida feliz conmigo, en pasado. ¿Y ahora?

Ah.

—Bueno, tal vez, no en pasado.

Me mordí un labio, esperando lo que fuera a decir. Como que había cámaras ocultas en algún sitio, grabándonos para una secuela. No sería capaz de superar otra ruptura con Drew.

—Entonces —susurró—, ¿hay esperanza?

Dio otro paso hacia mí, y yo no me aparté.

—Hay esperanza.

La sonrisa que me dedicó acabó con lo que quedaba de mis defensas, y las lágrimas cayeron con más rapidez.

—Emilia, me importas más que cualquier otra cosa del mundo. Lo único que quiero es hacerte feliz y compartir mi vida contigo. —Hizo una pausa y me observó—. Si me dejas.

Me mordí el labio y asentí en silencio porque no confiaba en mi voz.

—Oh, gracias a Dios —murmuró.

Todo el cuerpo de Drew se relajó de alivio, y me acercó a él para rodearme con sus brazos.

Me acurruqué contra su pecho y disfruté del tacto suave del algodón bajo mi mejilla.

Se había puesto esa camiseta por mí. Diablos, había hecho todo aquello por mí, para hacerme saber que me veía. Que le importaba. Que me quería.

Levanté la cabeza y lo miré a los ojos.

—Esto no puede volver a ocurrir. Si hay algún problema, lo hablaremos. Si algo va mal, averiguaremos qué hay que hacer para resolverlo.

—De acuerdo.

Drew me acarició la espalda mientras los dos contemplábamos nuestra nueva realidad. En ese momento, se me ocurrió que él había desnudado su alma ante mí, pero yo no había hecho lo propio.

—Gracias —dije—. Por todo esto.

Drew me miró con una leve sonrisa.

—Tú vales la pena. Eres más preciosa que cualquier flor de este jardín.

—No, no me refiero solo a eso. —Sacudí la cabeza—. Gracias por escucharme por fin. Por entender lo que necesito. Estoy…

—¿Feliz? —preguntó Drew.

Le sonreí y asentí, a pesar de mis ojos anegados.

—Sin ninguna duda.

Él se inclinó para presionar sus labios contra los míos. Tuve que luchar contra el impulso de dejarme llevar por el beso, puesto que estábamos en público. Pero, en cuanto estuviéramos solos, pensaba demostrar a Drew exactamente lo feliz que estaba.

—Bien. —Movió la cabeza para susurrarme al oído—. Pero tengo que decirte una cosa más.

Me quedé helada. ¿Sería ese el momento en el que todo se vendría abajo? Porque aquello parecía demasiado bonito para ser verdad. ¿Dónde estaban las cámaras? Sabía que no sería capaz de sobrevivir a eso.

Drew me miró a los ojos como si estuviera reuniendo el valor para seguir hablando.

—Estoy enamorado de ti a muerte, Emilia. Tú eres en lo único que pienso. Cuando duermo, solo sueño contigo. Mi corazón es tuyo —murmuró.

Mi nariz empezó a moquear de un modo muy poco atractivo, pero me dio igual. Acababa de decirme que me quería, así que supuse que no le importaría mucho que tuviera la cara llena de mocos.

—Dios mío, Drew. Yo también te quiero —sollocé.

Le rodeé con mis brazos y apreté tan fuerte, que él soltó una especie de ufff de sorpresa.

—Quiero hacerte feliz —susurró contra mi sien—. Cada maldito día, durante el resto de nuestras vidas.

—Puedo asegurarte que ya lo soy —respondí.

Era consciente de que, en algún momento, tendríamos que separarnos e ir a comer un poco de tarta con el abuelo y los otros residentes, pero no quería que terminara el momento mágico que Drew había creado para nosotros dos.

Durante un largo rato, nos quedamos en el jardín, bajo las luces centelleantes y la música suave, los dos solos, disfrutando del final feliz que acabábamos de crear.

Teníamos el resto de nuestras vidas. Podíamos tomarnos nuestro tiempo.