32 Emilia
EMILIA
Apesar de que mi abuelo me había asegurado una docena de veces que todo estaba bien, el que me hubiera pedido que fuera a verle un día en que no había visitas me había preocupado.
Y no sabía si eran imaginaciones mías, o si los empleados estaban siendo especialmente amables conmigo. Me saludaron de forma tan efusiva y con tantas sonrisas al entrar, que casi me sentí como una celebridad. Allí pasaba algo raro.
Llamé a la puerta y entré en la habitación del abuelo sin esperar, temiendo lo que fuera a encontrar dentro.
—Espero que estés visible —dije al abrir.
Mi abuelo ni se inmutó cuando me vio entrar. En lugar de encontrarlo sentado en su silla habitual, junto a la ventana, estaba de pie ante la encimera de su pequeña cocina, vestido con un pantalón bien planchado, un polo y una gorra.
—Ahí estás —sonrió—. Entrando como un vendaval, como siempre.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan arreglado?
—Porque tenemos una cita; pero antes, quiero enseñarte algo.
Se hizo a un lado y me fijé en que había estado ocultando una caja de Clementine’s que tenía sobre la encimera. El corazón se me encogió, y se me llenó de esperanza a la vez.
—Oh. Qué bien, una tarta enterita para ti solo. ¿De dónde la has sacado? —pregunté.
—Sabes muy bien de dónde —respondió con ojos brillantes—. No digas tonterías. Mira.
Mi abuelo sacó una mano que había tenido tras la espalda y me entregó un sobre.
Lo cogí a regañadientes y, al abrirlo, saqué una tarjeta de papel espeso, en la que vi por primera vez la letra de Drew.
Era compacta y desordenada, pero lo que más me llamó la atención fue que hubiera escrito algo en papel.
Claro, que no era de extrañar, dado su odio mortal a la tecnología.
Lo que sí me sorprendió fue que la idea me diera ganas de sonreír.
Debía tratarse de algún problema de los músculos de mi cara, porque sus peculiaridades habían dejado de hacerme sonreír.
—¿Qué pone? —preguntó el abuelo—. ¿O es demasiado subida de tono para un viejo como yo?
Resoplé e intenté mirarlo a él en lugar de las palabras escritas, porque mi visión se había vuelto borrosa en cuanto las había leído.
—Dice que las cosas bonitas ayudan a encontrar la alegría, aunque todo lo demás parezca sumido en la oscuridad. —Me temblaba la voz.
—Ah, sí —asintió mi abuelo en tono perspicaz—, sabias palabras. No hay nada más tranquilizador que algo rico cuando el mundo parece estar patas arriba. Tu abuela y yo teníamos un ritual con bizcocho de limón.
—¿En serio? No lo sabía.
—Puede que yo sea un libro abierto, pero hay varios capítulos que no te sabes, señorita.
—Me miró con una ceja levantada—. Cuando uno de los dos tenía un mal día, el otro iba a la cocina y preparaba un bizcocho de limón.
Siempre teníamos todos los ingredientes en casa.
Después de una vida entera de alegrías y disgustos, los dos éramos capaces de prepararlo con los ojos cerrados.
Su expresión se relajó un instante, mientras recordaba. Lo sentí por él, porque sabía que, incluso después de tantos años, aún echaba de menos a mi abuela como si acabara de perderla.
—Nos parecía que bastaba con el simple aroma del bizcocho en el horno para acabar hasta con los peores sentimientos.
Resultaba difícil seguir enfadado por un atasco, o por un jefe insoportable, cuando el aroma del bizcocho se extendía por la casa.
Con el tiempo, el olor a limón acabó por hacerme babear como al perro de Pavlov.
—Oye, si aún recuerdas la receta, podrías dármela y te lo haré yo.
Supuse que no sería difícil combinar unos cuantos ingredientes y meterlos en el horno. Además, ahora tenía un horno que funcionaba en mi reluciente cocina nueva.
—Bueno, no sé. Tal vez no te apetezca tanto como esta tarta de chocolate.
Negué con la cabeza, ansiosa por distanciarme de todo lo relacionado con Drew.
—No, la tarta es para ti.
—No exactamente. —Me guiñó un ojo—. Ven conmigo.
El abuelo se acercó a la puerta, y no tuve más opción que seguirle.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
—¿Quieres callarte y venir? ¡Lo vas a estropear todo!
Me condujo por el pasillo hasta la sala común, donde unos cuantos cocineros estaban cortando en porciones una docena de tartas.
—Un momento, ¿en serio? Son todas de… —No terminé la frase, porque la respuesta era evidente.
—¡Bienvenida al viernes de las tartas! —exclamó el abuelo—.
Ese amigo tuyo —continuó, pronunciando la palabra como si fuera una broma entre los dos—, va a enviarnos tartas todas las semanas a partir de ahora.
Y no solo la de chocolate, porque le he dicho que a mi amiga Edith no le gusta.
Así que también ha enviado una de coco y otra de vainilla, para que decida cuál le gusta más. ¡Qué hombre!
—Espera, ¿le has hablado de Edith? ¿Cuándo?
—No te preocupes. Yo tengo mi propia vida, y tengo derecho a hablar con mis amigos, ¿sabes?
—No es tu amigo —le reprendí.
Y tampoco era el mío. Ya no.
—Yo no estoy tan seguro de eso —respondió—. Ven conmigo, aún hay más.
Estaba acostumbrada a que me diera órdenes y obedecerlas sin hacer preguntas, pero en esa ocasión, creí que merecía saber lo que estaba pasando.
—Abuelo, venga. Deja de ser tan misterioso y dime qué está pasando. Estás enredando en mi vida.
Él no respondió hasta que llegamos a una sala de lectura silenciosa. De todas las residencias que habíamos visitado al principio, habíamos tenido suerte de poder entrar en Forrest Glenn, porque tenía algunos lugares increíbles como aquel, que parecía la biblioteca de un viejo castillo.
—Tú estate calladita y escúchame, ¿vale?
Lo dijo en su tono serio, así que no tuve más opción que asentir en silencio, o enfrentarme a las iras de mi abuelo, lo que se traduciría en miradas de profunda decepción que me harían sentir superincómoda.
—Espero que sepas lo orgulloso que estoy de ti —empezó.
Asentí sin decir nada.
—Y, sobre todo, estoy orgulloso de que hayas aprendido a defender tu opinión, y pedir lo que esperas en una relación.
—¿Cómo sabes todo eso? —pregunté, confusa, porque nunca hablábamos de mi vida amorosa.
—Tengo mis recursos. —Me miró con los ojos entornados—.
Como te decía, has aprendido a defender tus ideas y pedir lo que necesitas, y eso está muy bien.
Pero me preocupa que seas tan exigente que no puedas encontrar la felicidad.
Yo puedo decirte de primera mano que el amor es maravilloso, pero hay veces en las que apesta más que la basura de la semana pasada.
Eso no significa que el amor que sientes no sea perfecto, sino que tú y tu pareja sois humanos.
Vais a encontrar baches en la carretera, pero si crees en lo que has construido con él, lograréis resolver lo que sea. Eso es lo que hicimos tu abuela y yo.
—Pero… Vosotros nunca discutíais. No creo haberos oído levantar la voz jamás.
—Eso es porque, para cuando tú llegaste, habíamos tenido mucho tiempo para resolverlo todo —respondió con una risa—.
Pero créeme, tuvimos nuestras dificultades, como todo el mundo.
Sí, yo también metí la pata, y mucho, y jamás hablé mal de vuestra abuela, pero ella se irritaba con facilidad.
Hubo una época en la que solía tirarme sartenes a la cabeza cuando se enfadaba.
Sacudió la cabeza y miró al infinito, como si pudiera ver aquellas escenas en su mente.
—Pero nunca dejamos de trabajar en lo que teníamos. Y por muy enfadados que estuviéramos, nunca dejamos de querernos. No nos amenazamos con el divorcio ni nos insultamos. Jamás. Simplemente estábamos comprometidos a hacer frente juntos a lo que la vida nos deparase.
Empecé a sentir una especie de temblor a medida que hablaba, como si el suelo bajo mis pies no fuera muy estable.
Mi abuelo parecía conocer de primera mano lo ocurrido entre Drew y yo, pero no estaba dispuesta a sincerarme con él sobre nuestra historia.
Si lo hiciera, acabaría necesitando un psicólogo.
—Es bueno saberlo —respondí—. Tendré en cuenta tus consejos, si alguna vez tengo tiempo y ganas de salir con alguien otra vez. Por ahora, me voy a centrar en el trabajo, en ti y en Winston. Sois los únicos hombres que necesito en mi vida.
—Yo no estaría tan seguro de eso —dijo, en una voz menos ronca de lo habitual—. Echa un vistazo ahí fuera.
Señaló las puertas dobles que daban al jardín de la residencia.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo —resopló el abuelo—. Vamos, ¡sal ahí fuera!
Suspiré y me armé de valor para enfrentarme a la sorpresa inesperada que me aguardaba fuera, o a lo que hubiera al otro lado de la puerta. La abrí y, al salir, me detuve en seco.
Había hortensias por todas partes, en todos los colores. El jardín ya era muy bonito de por sí, pero alguien lo había convertido en un paraíso, con flores en cada rincón. Entonces, un millón de lucecitas se encendieron por todas partes, de modo que el lugar aún pareció más mágico.
—Pero…
Miré a mi alrededor y después me volví a la puerta, donde estaba mi abuelo, que no me había seguido. Intenté convencerme de que todo eso no significaba nada, aunque mi canción favorita de Scarlet Rush había empezado a sonar a través de unos altavoces ocultos.
No podía ser él. Drew no hacía cosas así.
No, sería algún jardinero de la residencia, que habría decidido exhibir sus habilidades.
O, tal vez, un centro local de jardinería había donado las flores.
O quizá había fallecido algún residente amante de las flores y había dejado fondos suficientes para decorar el jardín en su memoria.
Porque era imposible que fuera…
—Emilia.
Me di la vuelta y encontré a Drew detrás de mí, sujetando una maceta con una hortensia. Al ver la emoción dibujada en su cara, me quedé sin aliento. Podía leer con claridad todo lo que había escrito en ella: tensión, preocupación, esperanza.
Ese no era el Drew trajeado que podía con todo y con todos. Se había presentado allí con la camiseta increíblemente suave y los pantalones de algodón que se ponía para estar en casa.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.