31 Emilia #2
Atravesé aquel espacio, que me resultaba a la vez extraño y familiar.
Cada cambio parecía pensado con cariño, hasta los tiradores de los cajones de la cocina.
Yo había estado indecisa entre dos modelos, y era evidente que Drew había tomado la decisión final para poder terminar la cocina.
No me sorprendió que hubiera elegido el que me gustaba un poco más.
Atravesé todas las habitaciones andando con cuidado, intentando asimilar lo que veía.
La última vez que había estado en la casa, faltaba tanto por hacer que me había sentido sobrepasada y me había marchado antes de insistir a los obreros para que se comprometieran a terminar en una fecha concreta.
Durante mi visita anterior, el baño no había sido más que una colección de vigas y agujeros en el suelo, pero ahora era digno de ser destacado en la revista House Beautiful.
Estaba acumulando una larga lista de preguntas para Drew, y la primera de todas era ¿cómo?
Miré por la ventana del segundo piso.
—Win, Dios mío, ¡tu hábitat!
El jardín trasero habría podido ser parte de un jardín botánico, pero el entorno de Winston era lo más. Atravesé la casa a la carrera y salí por la puerta de atrás.
El hábitat era similar al que Win había tenido en casa de Drew, pero aún mejor.
Había configurado la fuente, la zona cálida, la de vaporización y la caja para dormir de forma que pudiera vivir con todas las comodidades, aun siendo una zona cerrada.
Además, había instalado una puerta corredera muy mona que imitaba la de un granero y que él podría abrir solo, para salir por su cuenta cuando quisiera, aunque también se podía cerrar con pestillo para que no se escapara.
Dejé a Winston en el hábitat y él comenzó a explorarlo enseguida. Yo me dejé caer en una de las sillas nuevas y me quedé mirando al infinito, mientras intentaba decidir lo que le diría a Drew.
Darle las gracias no parecía suficiente. No solo me había devuelto mi casa, sino que lo había hecho de un modo que me resultara indoloro y, además de ahorrarme un montón de dinero, también me había evitado meses de retraso e infinitos dolores de cabeza. Era increíble.
Pero nada de eso cambiaba las cosas entre nosotros. Volví a llamarle, a pesar de que no sabía qué iba a decir.
—Hola, Emilia.
Su voz era cálida como un abrazo, y tuve que luchar contra la oleada de emociones que amenazaban con apoderarse de mí.
—Hola. ¿Qué has hecho?
Él se echó a reír, seguramente porque sonó como si estuviera regañando a un perro malo.
—¿No te gusta? —preguntó Drew.
—Es increíble. Estoy alucinada. ¿Cómo diablos has conseguido que esa cuadrilla de vagos trabajara tan rápido?
—Digamos tan solo que llamé a unos refuerzos.
Mi padre acababa de terminar un invernadero en su casa, y pedí a los obreros que se hicieran cargo de tu obra.
Vinieron desde Reino Unido, y resultó que a tus obreros no les hizo gracia recibir lecciones de un grupo de británicos con acento pijo.
Al final se convirtió en una competición para ver quién trabajaba de forma más eficiente, y el resultado ha sido mucho mejor de lo que esperaba.
Eso explicaba la bandera británica que había visto en el cojín de una de las sillas del patio.
—Es demasiado —dije, con los ojos llenos de lágrimas.
—Nunca. Nada será demasiado, en lo que se refiere a ti —dijo en voz baja.
Apreté los ojos con fuerza e intenté recordar todas las formas en que Drew me había decepcionado, para neutralizar la oleada de afecto que amenazaba con sobrepasarme.
—Ya has utilizado tu dinero dos veces para intentar arreglar las cosas conmigo —sollocé.
—Emilia, no —insistió—. No se trata de dinero. Solo trato de facilitarte la vida, para demostrarte cuánto te aprecio.
—El aprecio no se demuestra con dinero, y ni todo el oro del mundo puede cambiar lo que ocurrió. Lo entiendes, ¿verdad?
—Sí, lo sé —respondió Drew—. Solo había pensado que…
—¿Qué pensaste? ¿Que tu dinero se disculparía por ti?
En absoluto, Drew. Lo que has hecho por mí es muy bonito, pero no cambia nada, porque tú no has cambiado.
Yo necesito a alguien que se mantenga a mi lado, y se enfrente a los problemas de la vida junto a mí.
Alguien que esté presente en los buenos tiempos, pero también en los malos.
Que entienda y aprecie las cosas que me importan, y que comparta mi vida.
—Inspiré, de un modo que sonó como un respingo—.
Dedicar dinero a los problemas puede arreglar las cosas de un modo superficial, pero no resuelve lo que hay debajo.
La vida es complicada y rara, y muchas veces no va como esperamos, pero con la persona adecuada a tu lado, nada de eso importa.
Drew suspiró, como si por fin empezara a entenderme.
—¿Estás diciendo que yo no puedo ser esa persona para ti?
Al responderle, sentí como si se me hundiera una daga en el corazón.
—No lo eres, Drew. Me lo has demostrado una y otra vez.
Me has hecho un regalo increíble arreglando la casa y ofreciendo ocuparte de Winston, pero solo son gestos vacíos.
Estás acostumbrado a conseguir cosas soltando dinero, lo entiendo.
Pero yo necesito más que eso, y no creo que seas capaz de dármelo.
Oí cómo soltaba una exhalación temblorosa, y eso fue suficiente para rasgarme el corazón.
—Bien —dijo, después de una pausa tan larga que pensé que había colgado—. Si eso es lo que sientes, respetaré tus deseos. Cuídate, Emilia.
—Sí —sollocé—. Tú también.
Los dos hicimos una pausa, y me sentí como si estuviera al borde de un precipicio.
Una parte de mí quería lanzarse al vacío y decirle que lo echaba de menos, que debíamos intentarlo de nuevo.
Pero, en el fondo, sabía que eso solo prolongaría el dolor, porque en algún momento, aparecería otro problema y Drew Ashford volvería a alejarse, en lugar de hacer un esfuerzo por resolverlo.
Tenía que elegir entre sentir dolor ahora, o enfrentarme a un dolor aún mayor más adelante.
—Adiós, Drew.
Corté la llamada y dejé fluir las lágrimas. Me dejé caer al suelo de rodillas sin dejar de llorar. Al cabo de unos minutos, noté un golpecito familiar en un tobillo.
—Win, ¿me estás consolando? —pregunté entre lágrimas—. Gracias, amigo.
Le rasqué un poco la concha mientras pensaba en cómo iba a superar mis sentimientos por Drew, ahora que podía verlo en cada centímetro de mi casa.
—Solo estamos tú y yo —repetí a Winston, con la esperanza de que, en algún momento, yo también lo creería.