Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 31 Emilia
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31 Emilia

EMILIA

Estaba esperando ante el mostrador de recepción del veterinario, detrás de un perrito muy curioso que no dejaba de volver la cabeza para mirar la bolsa de viaje donde iba Winston.

—Nunca has olido nada igual, ¿verdad? —dije al cachorrito color café.

Su dueña, una chica joven, se dio la vuelta, me sonrió, e inclinó la cabeza hacia la bolsa.

—¿Llevas un gatito ahí dentro?

—No exactamente —reí—, pero mi amigo es muy simpático. ¿Quieres que se conozcan?

—Claro, he venido por mi perro, y estoy a favor de la socialización —dijo ella—. Cuantas más experiencias positivas, mejor.

Abrí la cremallera de la bolsa y dejé a Winston en el suelo delante del perrito, que dio un salto atrás, asombrado al ver a Win sacar la cabeza de su concha.

—Ay, Dios mío, ¡es una tortuga! ¿Qué te parece, Bailey?

No me molesté en explicar que era una tortuga de tierra. El perrito saltó y dio unas vueltas delante de Winston, que lo observó con su calma habitual, hasta que la recepcionista me llamó.

—Esos somos nosotros —dije, mientras metía a Win en su bolsa de nuevo—. Buena suerte, Bailey.

—Hola, Emilia. Solo quería darte una copia de tu factura —dijo la recepcionista, deslizando el papel hacia mí sobre el mostrador.

Al ver el sello de «pagado» en el papel, fruncí el ceño. No era yo quien había pagado los trescientos setenta y cinco dólares de esa factura. O, al menos, no creía haberlo hecho.

—Un momento, ¿tenéis mi tarjeta de crédito en el archivo, o algo así?

—No —negó ella—. Tu amigo dijo que se iba a hacer cargo del cuidado de Winston a partir de ahora, para que tú no tengas que preocuparte. También dijo que iba a contratar un seguro para Winston, pero aún no nos han llegado los datos.

El corazón me dio un vuelco en el pecho, aunque intenté no emocionarme demasiado al comprender lo que estaba diciendo.

—¿Mi amigo?

—Ajá. —Tecleó algo en el ordenador que tenía delante y miró la pantalla con atención—. ¿Un tal señor Ashford?

Me había quedado boquiabierta, pero intenté que no se notara.

—Ah, vale. Sí, eso está… muy bien. —¿Por qué lo había hecho?

—Ya lo creo. —Hizo una pausa y me miró—. Cuanto más viejo sea Winston, más costará su cuidado médico. Tu amigo parecía muy interesado en asegurarse de que este pequeño reciba los mejores cuidados el resto de su vida.

—Sí, eso es genial —dije, porque estaba tan sorprendida que no se me ocurrió nada más.

Al terminar, salí al exterior aún anonadada y me metí en el coche.

Dentro hacía mucho calor, pero no me molesté en poner el aire acondicionado, porque me parecía estar teniendo una experiencia extracorporal.

A Win le sentaría mejor el calor, de todos modos.

Antes de nada, debía llamar a Drew para darle las gracias por su generosidad, pero también para decirle que nada de eso era necesario, y que no cambiaba las cosas entre nosotros.

No iba a volver a entrar en mi vida a base de dinero.

Sí, ese intento había sido muy creativo, pero usar a Winston para llegar a mí no iba a salir bien.

—Deséame suerte —dije a Win mientras llamaba a Drew.

Él contestó la llamada inmediatamente.

—Hola, Emilia.

La calidez de su tono disparó una respuesta automática en mi interior, como una descarga de felicidad directa a mi corazón, y como si no hubiera ocurrido ninguna de aquellas tonterías entre nosotros.

Pero, aunque mi cuerpo estuviera dispuesto a traicionarme, mi cerebro era más listo.

Ofrecerse para cuidar de Winston era un gesto muy bonito, pero no cambiaba nuestra relación, o la ausencia de ella.

—Hola. Perdona que te moleste, pero quería agradecerte lo que has hecho por Winston. Es muy generoso; tanto, que no me siento cómoda aceptándolo.

—¿Qué? ¿Por qué no…?

—Puedo permitirme pagar su atención médica, gracias a mis nuevos clientes —respondí con rapidez.

Tenía que acabar la llamada cuanto antes, porque cuanto más tiempo pasaba hablando con él, menos decidida me sentía. Encendí el aire acondicionado.

—Emilia, no. No pretendía hacerte de menos. Sé que harías lo que fuera por Winston —dijo a trompicones—. Quería ayudar, ayudaros a los dos, para demostrar que me importa su bienestar.

—Te lo agradecemos, pero no es necesario.

—Lo entiendo —suspiró—, pero quería hacerlo de verdad. Ese pequeñín me importa mucho, así que, si no se me permite participar en su vida, lo menos que puedo hacer es asegurarme de que tenga lo necesario para estar cómodo. Por favor, Emilia, déjame hacer esto por él.

—¿Qué quieres decir con que «no se te permite»? —pregunté con aspereza—. ¿Estás intentando distorsionar lo ocurrido para que yo sea la mala?

Drew suspiró aún más fuerte.

—No, en absoluto, me he explicado mal. Es solo que estoy muy nervioso en este momento, hablando contigo.

Di un respingo. Drew Ashford, ¿nervioso?

—Sé que me odias —dijo con suavidad—. Lo pillo.

—Para. Yo no odio a nadie.

—¿Ni a Dorian?

Me reí a pesar de mí misma.

—Ni siquiera a él. Me cae muy mal, pero eso es todo. Sobre todo, porque el programa estuvo muy bien.

—Sí, nunca tuvimos ocasión de hablar de ello —respondió Drew—. Estuvo bien, ¿verdad? Hizo que el hotel pareciera increíble. —Hizo una pausa—. Y nosotros también.

Me aclaré la garganta. No. No iba a permitirle comentar el programa conmigo, como si todo fuera normal.

—Estuvo bien —dije—. Bueno, gracias por ofrecerte para cuidar de Winston, pero yo me encargo a partir de ahora.

—¿Estás segura?

—Lo estoy. Gracias por lo de hoy, pero este será el último de los favores Ashford.

—El seguro que he contratado para él está en trámite —dijo.

—Cancélalo —pedí—. No pasa nada, Drew, no es necesario que te presentes como un caballero salvador.

—Espera un momento —dijo él—. Me cuesta decírtelo, pero hay algo más.

Me dejé caer contra el asiento del coche.

—¿Qué significa eso?

—¿Tienes previsto volver pronto a tu casa?

—¿Y a ti qué te importa? —repliqué.

—Eh, calma —respondió Drew con rapidez—. Solo era curiosidad.

Estaba siendo muy desagradable con él, necesitaba parar.

—De hecho, pensaba pasarme por allí mañana para que el contratista me indique cuándo piensa terminar. Creo que Nora está empezando a cansarse de tenernos en medio.

—Ah, de acuerdo —la voz de Drew sonó algo más relajada.

—¿Tengo que preocuparme? —pregunté con cautela—. ¿Te ha llamado Arlo para contarte a ti algún problema, en lugar de a mí?

—No, en absoluto.

Nos quedamos callados y, aunque el aire acondicionado estaba al máximo, aún me sentía acalorada.

—¿Vas a contarme lo que está pasando? —pregunté por fin.

—Lo sabrás pronto —respondió de forma enigmática—. Supongo que ya hablaremos en algún momento.

Eso sí que sonó preocupante de la leche.

—Muy bien, si no quieres decirme qué está pasando, me acercaré ahora y lo averiguaré por mí misma.

Con un bufido, corté la llamada, puse el coche en marcha y salí a la carretera. Notaba que cada vez tenía el ceño más fruncido.

—¿Qué diablos habrá hecho ahora? —murmuré a Winston, mi muy atento y fiel compañero—. No puede pretender volver a mi vida pagando, ¿sabes? Sí, es un detalle que se haya ofrecido a ser tu héroe, pero no lo necesitamos. Estamos tú y yo solos, amigo.

Pero, mientras decía aquellas palabras, sabía que yo misma no las creía.

—Sí, echo de menos a Drew, y oír su voz ha vuelto a abrir una herida que ya se estaba cerrando. —Sacudí la cabeza—. No, eso no es verdad, porque ni siquiera había empezado a cerrarse. Pero cada día que paso lejos de él estoy más cerca de sentirme mejor, y en algún momento empezaré a creérmelo.

Su intento de meterse por la fuerza en mi vida me estaba haciendo hablar conmigo misma y gesticular enloquecida con una mano, mientras conducía con la otra. No, estaba hablando con Winston.

—Hablar con una mascota es totalmente normal, no solo lo hacen las viejas locas, ¿verdad, Win?

Para cuando llegamos a mi barrio, se me había pasado el estrés ocasionado por Drew y me encontraba mucho mejor. Hasta que llegué a la casa.

—Pero qué…

Era la casa de mi abuelo, pero casi no la reconocí por la lona azul que cubría la mitad del tejado, y las pilas de madera y bloques de cemento distribuidas por el jardín.

El camino hasta la casa estaba despejado, por suerte, y no había ninguna camioneta vieja o furgón de carga a la vista.

Eso me permitió acercar el coche hasta la puerta trasera y salir, sin tener que sortear una mesa de serrar o un montón de clavos.

La casa no solo estaba libre de cuadrillas de obreros, sino que parecía…

perfecta. Como lista para una fiesta, con un césped inmaculado color esmeralda, en lugar de tierra, y arbustos nuevos bajo las ventanas.

En el porche había un macetero que no había visto antes, lleno de flores naranjas y violetas.

Los escalones delanteros estaban arreglados, y ya no tendría que preocuparme por atravesar uno de ellos con el pie.

La fachada trasera de ladrillo había sido limpiada a presión y restaurada a su estado original.

—Tío, tienes que ver esto —dije a Winston, al que saqué de su bolsa a toda prisa y levanté para que viera el jardín—. ¿Puedes creerlo?

A juzgar por la llamada de teléfono, sabía exactamente a quién debía agradecer aquellas mejoras alucinantes, pero necesitaba tiempo para asimilarlo todo, antes de volver a hablar con él.

Porque aquel gesto ya era demasiado.

Sujeté a Win contra mi pecho, saqué la llave y abrí la puerta principal.

—Ay, mi madre —suspiré al ver aquel espacio reluciente—. ¿Cómo ha hecho todo esto?

Parecía una casa de revista. El suelo que había instalado era aún más bonito de lo que yo había imaginado, y las paredes no solo estaban intactas, sino que estaban pintadas del color verde pálido más perfecto.

—Qué pasada, ¿no? —dije cuando me fijé en que Winston movía la cabecita para ver la habitación—. ¡Es preciosa!