30 Drew #2
—Bueno, parece que tienes la vida resuelta. Qué suerte —comenté, consciente de que se me notaba la envidia, pero no pude evitarlo.
Volví la cabeza de nuevo hacia la gran expansión de agua, desesperado por alejarme, pero la Madre Naturaleza seguía sin estar de mi parte.
—Venga, Drew. Para nosotros no ha sido nada fácil. He pasado por lo mismo que estás pasando tú ahora. Rompí con ella, ¿recuerdas? Yo también lo he vivido, y sé que es un asco.
—No es para tanto —insistí débilmente—. Tengo mi trabajo.
—Ah, sí, eso ya lo veo —rio, en ese tono tan desagradable de hermano mayor sabelotodo—.
Vamos, es evidente que estás deprimido. ¿Por qué no lo admites?
¿Por orgullo? Que se joda el orgullo, no es buena compañía.
¿Por miedo? Entiendo que te dé miedo mostrar tus sentimientos, buscar algo auténtico y arriesgarte al dolor que sentirás si todo se viene abajo, pero nunca has dejado que el miedo te impida hacer nada.
No seas idiota, no dejes que se te escape algo como lo que tenías con Emilia.
—Demasiado tarde. Se ha ido, y hemos terminado —le espeté.
Me sorprendería mucho que ella trajera a alguno de sus clientes al hotel, y me lo merecía. Mi hermano me dirigió una sonrisa compasiva.
—Sí, eso es lo mismo que yo pensé de Gwen.
—Tuviste suerte.
—Para nada. Me lo curré para que volviera conmigo. Espabilé e hice todo lo que pude para convencerla de que me diera una segunda oportunidad. —Harrison hizo una pausa cuando una ola pasó a nuestro lado—. Tú podrías hacer algo parecido, ¿sabes?
—Lo dudo. —Miré mi tabla color madera pálida.
—Venga ya, deja de ser tan negativo. ¿Emilia te importa, o no?
—Pues claro que sí —repliqué, antes de poder controlar mis emociones.
Me pregunté si sería muy difícil conseguir que Dorian me diera una copia de la grabación con todas las escenas de Emilia, pero deseché la idea.
No quería tener que contestar ninguna de sus malditas preguntas.
Igual podía pedirle las escenas que mostraran el hotel, porque ella salía en bastantes y, tal vez, eso sería suficiente.
—¿Y crees que tú le importabas a ella? —preguntó Harrison, lo que me devolvió a una conversación que había intentado ignorar.
Suspiré mientras lo pensaba. Salvo que fuera una actriz increíble, sí, creía que yo le importaba. Lo que habíamos compartido fue real, aunque breve. Eso era lo mejor que podía esperar, ¿no?
—Eso creo —logré decir—. Pero lo que teníamos se ha acabado. Estaba destinado a terminar antes o después, solo que… ocurrió antes.
—Y una mierda —dijo Harrison con convicción—.
Mereces ser feliz, y mereces que te quieran.
Y si dejas de impedírtelo a ti mismo, descubrirás que el amor de verdad puede durar, si inviertes en él.
No, si lo alimentas, porque mientras se aprende a vivir juntos, el amor es muy vulnerable.
Y tú, mi terco hermano, tienes que aprender a hacerlo.
—¿Qué clase de libros de autoayuda has estado leyendo?
La conversación estaba dando en el blanco, pero me negaba a aceptar consejos sobre relaciones de mi hermano. Él había tenido mucha suerte con Gwen, pero yo, no tanta. De hecho, no creía en la suerte, ni en el destino. Ni en ser felices para siempre.
Harrison soltó un resoplido.
—Me estoy muriendo de ganas de mandarte a paseo ahora mismo, pero no te voy a dar esa satisfacción. —Inspiró hondo—. Mira, sé que los Ashford nos esforzamos mucho por no abrirnos a los demás. Todos nos hemos llevado decepciones, pero yo soy la prueba andante de que merece la pena jugársela.
—Ni hablar. —Negué con la cabeza—. Aunque quisiera hacerlo, y eso ya es una condición importante, no va a volver conmigo. La he cagado.
—¡Ese es el primer paso! —exclamó mi hermano, enfatizando sus palabras con un golpe en mi tabla—. Admitir que eres un idiota. Eso hará que te escuche, al menos, para que puedas pedirle perdón.
—Te digo que no volverá conmigo —resoplé.
No se trataba solo de una discusión. Yo le había hecho daño, mucho, y era consciente de ello. Y no era la clase de daño del que uno se recupera con facilidad.
—Pues por eso tendrás que arrepentirte. Un montón.
Y puede que al principio no funcione, y a lo mejor tienes que seguir insistiendo, sin saber si lograrás que cambie de opinión.
Será una mierda y lo pasarás mal, pero tu vida ya es una mierda, y ya lo estás pasando mal sin ella, así que, ¿qué tienes que perder?
Si hay la menor oportunidad de que te perdone, ¿no merece la pena intentarlo al menos?
Los dos nos quedamos callados, mientras yo pensaba si lo que decía era verdad.
—Puede ser —dije por fin.
En realidad, no creía que eso fuera posible para mí.
¿Cuánto tiempo tendría que ponerme a sus pies, solo para que ella me rechazara cada vez?
Sí, lo estaba pasando mal y, de hecho, estaba deprimido, como decía Harrison.
Pero no estaba seguro de ser capaz de recuperarme si ella me rechazaba una y otra vez.
Pero ¿y si no lo hacía?
Harrison no me respondió y, cuando lo miré, estaba señalando a la distancia.
—Ahí viene —dijo, y empezó a remar con los brazos para situar su tabla en el camino de la enorme ola que se acercaba.
Por fin.
Yo me situé también en posición y esperé a que llegara la ola.
Todas mis preocupaciones se desvanecieron en cuanto mis músculos entraron en acción y me dejé llevar por el agua.
Unos segundos más tarde, estaba de pie sobre la tabla, y Harrison y yo volvimos a ser unos adolescentes, riendo y haciendo gestos con las manos mientras nos dejábamos llevar por la ola hasta la orilla.
Joder, qué bien sentaba estar de vuelta, en más de un sentido.
—Ya era hora de tener un poco de acción —rio Harrison cuando bajamos de las tablas en la orilla.
—Parece que ya se ha despertado —dije, señalando la serie de olas que se habían levantado.
Después de un comienzo lento y de la dolorosa conversación, parecía que tendríamos una buena sesión de surf.
Me adentré en el agua detrás de mi hermano, pero aunque estaba ansioso por coger otra ola, no podía olvidar la conversación que acabábamos de tener.
Por mucho que me desagradara admitirlo, sabía que Harrison tenía razón.
Él se la había jugado en el amor, y ahora tenía la vida de sus sueños.
Yo ni siquiera me había permitido pensar en la clase de vida que podría tener con Emilia a mi lado, porque no me había parecido posible.
Pero eso solo había sido la voz del miedo.
Miedo al rechazo, a perder algo que me importaba más a mí que a la otra persona.
Joder, estaba permitiendo que el miedo dirigiera mi vida. ¿Cuándo me había convertido en esa persona?
—Puedes hacerlo —dijo Harrison, como si me hubiera leído el pensamiento.
Aunque, tal vez, se refería a la ola gigantesca que se acercaba a toda velocidad.
—Y empieza con una disculpa decente, a ver hasta dónde te lleva —continuó Harrison, que no se refería a la ola—. Te prometo que merece la pena luchar por ella.
Saltó sobre su tabla y empezó a remar hacia donde se formaban las olas. Esa era la actitud que necesitaba si de verdad quería intentar recuperar a Emilia. Tendría que lanzarme de cabeza, dejarme llevar por la corriente y encontrar el equilibrio adecuado para no caer.
Emilia aún no lo sabía, pero yo sería como una ola implacable, directo hacia ella, y no pensaba dejar que se ahogara.