30 Drew
DREW
Estaba seguro de que la invitación por sorpresa de Harrison para ir a hacer surf juntos no era solo por diversión.
El instinto me decía que tenía algún motivo ulterior, pero me hice el tonto y acepté, porque necesitaba distraerme.
Lo que fuera, para no quedarme pensando, después de la noche anterior.
Había cometido el error de ver Un amor de cine porque no podía dormir.
Había estado preparado para que Dorian nos sacrificara a mí y al hotel, y tenía a los abogados listos para actuar con solo pulsar un botón de mi teléfono.
Bueno, en realidad no, porque no sabía cómo programar un número para llamar con un solo botón.
Tendría que pedir a Shelby que lo hiciera por mí, pero después tendría que aprender a usarlo.
En lugar de todo eso, volví a poner Un amor de cine, no para tratar de encontrar pegas, sino para volver a ver lo que me había gustado, que eran todas las escenas en las que salía Emilia.
Cada vez que se reía, intentaba recordar qué había dicho o hecho para provocar su risa.
Su sonrisa confiada; la forma en que sus ojos se iluminaban cuando algo le parecía gracioso; las expresiones de su cara cuando la tocaba, besaba o abrazaba; lo guapa que era; la forma en que todo parecía más sencillo con su ayuda.
De hecho, todo era más sencillo con ella allí.
Joder, cómo la echaba de menos.
Cuando llegué a la playa, el McLaren de Harrison ya estaba esperando en el aparcamiento vacío, y se las había apañado para ocupar dos plazas, lo que solo sirvió para recordarme la conversación con Emilia el día que fuimos a visitar a su abuelo.
—Hola —dije al salir del coche—. ¿Logan no viene?
—Hoy está con Noah —repuso Harrison—. Tendrás que conformarte conmigo.
Sacamos nuestras cosas y nos dirigimos hacia la orilla, caminando sobre la arena caliente con las tablas bajo el brazo, como en los viejos tiempos.
—¿Qué tal está Gwen?
Harrison me miró con una mueca.
—Muy fastidiada. Todo se le ha hinchado y le duele. Está harta del embarazo.
—Ya falta poco, ¿no?
—Y no podemos esperar mucho más —confirmó él—. Pobre Gwen. Me encantaría poder hacer algo más por ella. He organizado masajes cada dos días, y comemos todo lo que ella quiere, por muy raro que sea. Anoche tocó aguacates fritos, que ni siquiera sabía que se pudieran hacer.
—¿Estás nervioso?
Lo pregunté con intención. Si luego íbamos a analizar mi vida, era justo que yo hiciera lo propio con la suya antes.
—Joder, claro —rio él—. Es el primero y será una niña. Estoy aterrado, tío.
Yo reí también.
—Pero ¿sabes qué? No pasa nada, porque sé que Gwen y yo podremos con todo a lo que nos tengamos que enfrentar. No hay nada que no podamos conseguir juntos. Así que, sí, estoy nervioso, pero sé que contamos el uno con el otro, y eso es lo mejor. Somos compañeros de por vida.
—Pero ¿tú quién eres? —pregunté con una risa ahogada.
—¿Yo? Un pedazo de adulto sin miedo al compromiso —me espetó.
Fue como un derechazo a la mandíbula, y él lo sabía. Yo había dado por hecho que, en algún momento, terminaríamos hablando de mis «problemas», aunque realmente no lo eran, pero parecía que Harrison prefería ir directo al grano desde el principio.
Dejamos nuestras cosas en una zona medio oculta, y me quité la camiseta.
—Me voy al agua, no tiene sentido esperar —dije.
Tenía la impresión de que mi hermano esperaba ir directo a una conversación profunda, pero no pensaba dejarme enredar en una sesión de terapia antes de tener la oportunidad de encontrar la calma entre las olas.
Sabía que a Harrison le fastidió un poco que me metiera en el agua tan rápido, pero si lo único que quería era hablar, debería haber propuesto que nos viéramos en un restaurante.
Si me había sacado de mi cueva para hacer surf, eso es lo que haría, joder.
La sensación del agua en mis tobillos fue como un golpe de frío ártico, pero me acostumbré al cabo de unos minutos.
Harrison no estaba lejos de mí. Y, por supuesto, las olas que habíamos visto desde la orilla desaparecieron tan pronto como nos metimos en el mar.
Nos balanceamos sobre nuestras tablas, uno junto al otro, mirando el horizonte infinito y azul.
—Di lo que tengas que decir —pedí, lanzando una mirada a Harrison—. Sé que me has traído aquí por un motivo ulterior.
—Vale, sí —rio él—. Me has pillado. Estoy preocupado por ti.
—Estoy bien —insistí—. Solo que ando muy liado.
—Bueno, como dijo Logan el otro día, siempre lo estás. Lo que te está pasando ahora es otra cosa.
Me encogí de hombros y miré al horizonte con ojos entornados, deseando que llegara una ola para tener una excusa para abandonar la conversación.
—Tú escúchame un momento, ¿vale? —dijo Harrison—.
Yo he estado justo en tu lugar. Sé cómo piensas, probablemente te conozco mejor que nadie.
Ese impulso de ser el mejor, de ponerte a prueba a través de tu trabajo, que no te deja mucho tiempo para hacer nada más, pero eso es lo que te gusta.
Joder, esa forma de vida es la única que nos ha enseñado nuestro intrépido líder desde que nacimos.
Pero hasta papá se ha dado cuenta de lo equivocado que estaba.
Por eso se está precipitando a jubilarse, para compensar el tiempo perdido y corregir errores.
—Sí, pero nada de eso se me aplica a mí. Yo no estoy para jubilarme aún —insistí—. Y soy feliz, me gusta mi vida.
Ni siquiera yo mismo me creía lo que estaba diciendo.
—Ah, ¿sí? No olvides que yo te he visto con Emilia. Sonreías y te divertías de verdad. En cambio, ahora estás muy jodido, y la única explicación que le encuentro es la ruptura.
Por mucho que hubiera esperado olvidar mis penas con el surf, el océano se había vuelto contra mí y me mantenía atrapado en la conversación con mi hermano. No había ni media ola en muchos kilómetros, así que no había nada más que hacer.
—Estoy bien —repetí.
Harrison soltó un bufido irritado.
—Somos todos tan parecidos que es una maldición. No tiene sentido intentar superar las malas rachas solo, sobre todo cuando tienes gente aquí mismo, dispuesta a ayudarte.
—Ah, ¿sí? —No pude evitar darle la réplica—. Pues no olvidemos todos esos años en los que pasábamos meses sin hablar. Aún no me he acostumbrado a toda esta mierda de la familia feliz Ashford, así que perdóname si no eres la primera persona a la que se me ocurre llamar cuando me pasa algo.
En otros tiempos, mi hermano me habría mandado a la mierda, y me lo habría merecido.
—El problema es que no llamas a nadie —señaló Harrison—.
Y lo entiendo, en serio. Todos somos un poco así.
Yo me cierro cuando las cosas se ponen más emotivas de lo que puedo manejar; Logan se dedica a microgestionarlo todo para sentirse mejor, y papá se aísla, y lo justifica diciendo que así no es una «carga» para nadie, lo que acaba en desastres como cuando nos ocultó que creía tener un cáncer.
—Dios, eso sí que fue un desastre —gruñí.
—Ya lo creo, pero ha aprendido la lección y ahora, al menos, lo intenta. Se ha dado cuenta de sus limitaciones y está haciendo lo que puede por compensarlas.
Miré por encima del hombro a una ola que se acercaba a nosotros.
—Ahí viene.
—No, esa no va a romper. Aquí nos quedamos.
Como había predicho, lo que parecía una ola decente se allanó y apenas nos levantó un poco.
—Bueno, como te decía, papá ha reconocido por fin los errores que ha cometido, y ahora no solo está intentando compensarlos, sino que quiere asegurarse de que nosotros no cometamos los mismos.
—Ya, gracias a Candace —dije, aunque era muy consciente de que sonaba como un adolescente enfurruñado.
—A mí tampoco me gusta la idea de que esté con ella, pero últimamente hablamos más, y me ha dado más información.
No sabía cuánto tiempo llevaba viviendo con los remordimientos.
No estoy seguro de estar de acuerdo con todas las decisiones que está tomando, pero creo que enfrentarse a los errores de frente es la decisión correcta.
Es más, es una decisión valiente. No hay mucha gente dispuesta a admitir que ha ido por el camino equivocado.
—Hizo una pausa—. Lo sé de primera mano.
—¿A qué te refieres?
Harrison miraba hacia la orilla, como si no quisiera que yo lo viera enfrentarse a sus demonios.
—Yo estuve a punto de cometer el error más grande de mi vida por culpa de mi opinión distorsionada de las relaciones. Casi dejé escapar a Gwen.
—Harrison —suspiré—. Sé lo que intentas hacer. Déjalo.
Él giró su tabla para ponerse frente a mí. Estuve seguro de que había planeado la sesión de surf para el peor momento posible, porque el agua parecía una balsa de aceite. No tenía escapatoria de la regañina fraternal que me esperaba.
—No, no lo voy a dejar, porque hay muy pocas personas en el mundo que te puedan hacer entrar en razón, y quiero pensar que yo soy una de ellas.
No dejas de decirte a ti mismo que es más fácil estar solo, y eso es lo mismo que pensaba yo, hasta que Gwen apareció en mi vida y me demostró lo equivocado que estaba.
Y sí, tenemos nuestros momentos difíciles y discutimos bastante, ya has visto cómo es.
Me reí, a pesar de lo irritado que me sentía.
No se podía negar que Gwen tenía carácter, y esa era una de las cosas que más me gustaban de ella.
Tampoco aguantaba las tonterías de Harrison.
La única mujer similar a la que conocía era Emilia, que no me había pasado ni una tontería desde que nos conocimos.
De hecho, me acusó de odiar a los perros, lo que no era cierto, en realidad.
Y me hizo descubrir que me gustaban más las tortugas. Bueno, una tortuga en particular.
—Pero ninguna de esas peleas tiene importancia, Drew.
Ella es todo mi mundo, y me hace más feliz de lo que nunca pude imaginar.
Y ahora que vamos a tener una niña… —Apretó los labios y sacudió la cabeza, incrédulo, como si intentara contener sus emociones—.
Y también tenemos el mejor perro del mundo.
No sé cómo he podido tener tanta suerte.