Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 27 Emilia #2
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27 Emilia #2

No había pasado mucho tiempo en aquel despacho, así que no sabía dónde podrían estar. Alguien se había encargado de proporcionarme el material de oficina, y yo no había podido reorganizar las cosas a mi manera. Claro, que ya no tendría ocasión de hacerlo.

La luz se encendió, y me detuve en seco.

—Ahí estás.

Era la última persona a la que habría querido ver.

Hice un gesto con la cabeza hacia Drew y volví a rebuscar en el cajón, porque solo ver su atractiva cara me hacía daño. Incluso después de trabajar durante un día que había parecido interminable, Drew estaba perfecto e inalterable. ¿Cómo era posible que su traje no tuviera ni una arruga?

—¿Qué buscas? —preguntó.

—Ya nada —suspiré y, por segunda vez en veinticuatro horas, me quité el anillo y se lo tendí—. Esto es tuyo.

Pretendía obligarle a cruzar el despacho para recogerlo, como un pequeño desafío, una muestra de poder, aunque los dos sabíamos que yo no tenía ninguno en aquella situación. Él no se movió de la puerta, y permaneció quieto con una expresión tensa.

—Pedí a Ethan que te enviara hoy tu contrato de trabajo. ¿Lo has recibido?

—No he mirado el correo electrónico —respondí—. He estado muy ocupada toda la noche, y no quería desviar mi atención del gran acontecimiento.

—¿Y si te has perdido algo importante?

¿En serio estaba intentando ejercer de jefe en ese momento?

—Si es importante, la gente sabe que puede llamarme o enviarme un mensaje de texto. —No pude resistir burlarme un poco de su fobia a la tecnología.

Él frunció un poco el ceño, lo que me pareció la victoria más pequeña del mundo.

Yo seguía sujetando el anillo, pero hacía rato que había perdido las ganas de tirárselo a la cara.

El enfado que había sentido toda la noche se había convertido en tristeza.

No me gustó tener que asimilar el cambio en mis sentimientos, porque prefería estar enfadada con Drew a deprimirme por lo que habíamos perdido.

La ira me daba ganas de fabricar una muñeca de vudú con su aspecto para clavarle un millón de alfileres.

En cambio, la tristeza me haría pasar una semana entera acurrucada en el sofá.

Él cambió de postura, pero era evidente que no iba a acercarse hasta mí, como un vampiro al que no habían invitado a entrar.

—Bueno, lo dejo aquí. —Puse el anillo sobre la mesa, y los dos nos quedamos mirándolo.

Si estaba enfadada con alguien, era conmigo misma porque, en el fondo, aún esperaba que Drew recuperase el sentido común e hiciera algo valiente y romántico para recuperarme. Para demostrar que creía que valía la pena luchar por nuestro amor y luchar por nosotros.

—Me marcho mañana por la mañana —dijo—. Es evidente que, a partir de ahora, ya no trabajarás directamente para mí, y Ethan podrá responder cualquier pregunta que tengas.

—¿A dónde vas?

—He pensado en hacer varias paradas —dijo en tono esquivo—. Shelby también puede comunicarse conmigo, si fuera necesario.

Yo asentí. Se marchaba, ya me había dejado atrás. Comprenderlo me provocó una especie de picor en los ojos, pero me negué a sucumbir a las lágrimas. No pensaba hacerlo delante de él.

—Quiero darte las gracias por todo lo que has hecho para que este evento haya sido un éxito —continuó—. Sabías lo esencial que era, y has estado a la altura.

El tono formal de Drew me resultaba muy doloroso; era frustrante que hubiera trazado una línea tan clara entre él y yo para demostrar que no éramos más que un jefe y una empleada. Pero yo también podía cambiar el registro y actuar como una trabajadora eficiente.

—Me alegro de que todo haya sido un éxito. —El anillo seguía sobre mi mesa, y lo señalé—. ¿Quieres que lo deje en la caja de seguridad, o…?

—No hace falta. —Negó con la cabeza—. Me lo llevo yo.

Por fin, Drew entró en el despacho, cogió el anillo y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta sin siquiera mirarlo. Después, se quedó al otro lado de la mesa, con los ojos bajos. Ninguno de los dos dijo nada.

Había muchos asuntos sin resolver entre nosotros dos.

Aunque habíamos empezado fingiendo, los dos habíamos permitido que nuestra relación llegara a un punto que no habíamos previsto.

Yo me había convertido en parte de su vida, y su familia me había recibido con los brazos abiertos.

Me habría gustado saber más sobre lo que estaba ocurriendo entre Oliver y Candace, o asistir a la baby shower de Gwen.

Habría querido conocer un poco mejor al pequeño Noah, pero ahora ya no ocurriría nada de eso.

¿Por qué no había salido él del despacho todavía? Ya tenía el anillo y habíamos hablado de mis papeles. No quedaba nada más que decir, y no tenía sentido prolongar la agonía. Si él no iba a cortar por lo sano, lo haría yo.

—Se acabó —dije por fin, mientras metía el portátil en el bolso—. Me marcho y no voy a volver. Enviaré mi dimisión a recursos humanos por la mañana. Ahora estoy demasiado cansada para hacerlo.

—¿Qué? ¿Por qué? Te has ganado este trabajo. Si se trata de dinero, puedo…

—No sigas. Después de todo lo que ha pasado, aún no lo entiendes.

Recogí el resto de mis cosas y pasé por su lado en dirección a la puerta, pero le escuché caminar detrás de mí.

—Tenemos que aclarar esto. Emilia, ¿qué…?

—Creo que ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir, ¿no te parece? —le interrumpí.

¿Por qué narices no dejaba de esperar un momento de película? Era obvio que no iba a ocurrir, salvo que se tratara del momento en que yo me echaba a llorar como un bebé con dolor de tripa, y él se quedaba mirándome atónito. No, eso no iba a ocurrir.

Seguí andando, y saludé con la cabeza a los compañeros de trabajo con los que me iba cruzando, sabiendo que no los volvería a ver, a menos que encontrara un cliente que quisiera celebrar su boda en ese hotel.

Drew me siguió hasta que salí del edificio.

Era tan tarde, que no quedaba nadie en el aparcamiento.

La noche estaba clara, y la luna lanzaba una luz azulada sobre nosotros.

Me mantuve alejada de él, porque ya no había nada entre nosotros.

—Muchas gracias por todo tu trabajo —dijo Drew.

—Me alegro de que haya salido bien —respondí.

Esperaba poder ocultar bien lo afectada que estaba. Drew parecía no tener el menor problema con el fin de nuestra charada, así que yo debía hacer lo mismo. Sería mentira, pero podía fingir un poco más.

Me volví para marcharme, esperando contra toda esperanza que Drew entrara en razón y se diera cuenta de su error. Notaba su mirada sobre mí, pero no dejé de caminar.

—Emilia.

El corazón empezó a latirme con fuerza en el pecho, como si acabara de terminar una carrera. Me di la vuelta despacio, tan esperanzada como inquieta.

—¿Sí?

El alma se me cayó a los pies en cuanto vi su expresión, tan dura como siempre.

—Cuida de Winston. Y, por favor, da mis recuerdos a tu abuelo.

Me mordí el interior de la mejilla, esperando que el dolor físico anulase el dolor emocional.

—Sí, entendido.

No había hecho ninguna referencia a perderme a mí, salvo en lo referente al trabajo, y yo había recibido el mensaje con claridad.

Me alejé, agradeciendo que la oscuridad ocultara las lágrimas cuando, por fin, se derramaron por mis mejillas.