26 Drew
DREW
No se trataba solo de que hubiera dejado de hablarme, sino que me había ignorado por completo. Emilia se negó incluso a mirarme durante todo el trayecto a casa.
Al llegar, entró sin decir una palabra y desapareció, y me dejó intentando imaginar lo que ocurriría después. ¿Seguiría ignorándome, o tendríamos una pelea? No estaba seguro de cómo interpretar la situación, pero pasara lo que pasara, sabía que no sería nada bueno.
Aún nos quedaba un día entero por delante, y yo había esperado que, después, todo iría mucho mejor.
El estrés y la tensión desaparecerían, y la boda del infierno quedaría en el pasado.
Podríamos relajarnos de una vez, y disfrutar como no lo habíamos hecho en todo el tiempo que nos habíamos conocido, pero parecía que aquel plan había quedado descartado o, al menos, se había modificado considerablemente.
Aunque la boda terminara y el peso desapareciera de nuestros hombros, ya no podríamos relajarnos ni disfrutar. O, al menos, ya no lo haríamos juntos.
Sentía un latido desconcertante detrás de los ojos que me dio la sensación de que iba a ponerme enfermo. Me negaba a pensar que fuera algo distinto a una enfermedad incipiente. Lo que no podían ser era remordimientos.
¿Había sido demasiado brusco con Emilia?
Puede que sí, pero, en ese momento, había estado intentando mantener el control de la situación, y no necesitaba que nadie añadiera leña al fuego que amenazaba con arrasarlo todo.
Me había esforzado muchísimo por conservar el hotel, y no podía dejarlo arder.
Que ella se quitara el anillo y montara toda aquella escena era lo último que había necesitado aquella noche.
La situación había sido una prueba, como si me hiciera falta alguna más, de que las relaciones siempre se fastidiaban en el peor momento posible.
Tampoco era que nuestra relación fuera real.
Sí, nos habíamos divertido, y hecho otras cosas en las que no estaba dispuesto a profundizar, pero siempre habíamos sabido que teníamos fecha de caducidad.
Y si yo había sido tan tonto como para permitirme olvidarlo…
bueno, peor para mí. Debí ser más listo, pero me había dejado llevar por las circunstancias.
Por una vez, no le había dado demasiadas vueltas a nada. Había estado satisfecho.
No. Había sido feliz.
Aun así, en lo más profundo de mi ser, sabía que el reciente golpe de realidad que nos habíamos llevado era de esperar.
Una parte de mí lo había previsto. Para lo que no me había preparado era para lo que había sentido.
Me serví una copa y salí al jardín para hablar con mi confidente.
Como siempre, Winston vino derecho a mí en cuanto entré en su recinto.
—Hola, tú —dije con suavidad. Me senté en la hierba, sin importarme el traje que aún llevaba puesto—. ¿Qué tal tu vida?
Winston se acercó y movió la cabeza de un lado a otro delante de mí, como si tratara de averiguar dónde había estado.
—Qué nochecita —le expliqué, y me incliné hacia él para hablarle en voz baja—. Tu dueña me odia.
Escuché la puerta abrirse detrás de mí y, al volverme, vi a Emilia, ahora vestida con una camiseta y unos pantalones cortos, cargando con el mismo contenedor de plástico en el que había llegado Winston.
—Nos marchamos —anunció.
Un momento, ¿qué?
Entró en el recinto, dejó el contenedor en el suelo para meter en él algunos objetos, y luego fue a recoger a Winston. Me puse en pie delante de ella.
—No te preocupes, solo me llevaré lo que trajimos —dijo, sin dejar de recoger cosas que situó en el contenedor junto a la tortuga.
—¿Y a dónde vas a ir? Es evidente que no puedes volver a tu casa, aún le falta medio tejado.
—Sí, y muchas gracias por tu ayuda con eso —respondió ella, lanzándome una mirada severa.
Me costó un instante recordar de qué estaba hablando.
Había estado haciendo malabares con tantas antorchas, que ya confundía los problemas, pero recordé vagamente una llamada de teléfono de la que me había pedido que me encargara.
Una llamada que había esquivado, aunque no a propósito, sino porque la antorcha más grande y ardiente estaba a punto de caer sobre mi cabeza y había tenido que ocuparme de ella.
—Oh, venga ya —respondí—. Carter estaba teniendo una crisis, y te pedí disculpas. Y, de todas formas, había que reparar el tejado.
—Sí, pero para cuando hablaste con Arlo, ya había empezado el trabajo. Qué gran ayuda, Ashford. Te agradezco el apoyo.
—Entonces, ¿a dónde vas a ir? —pregunté, ignorando el sarcasmo.
—¿Por qué te importa?
—Me importa porque…
Dejé la frase en el aire, porque no estaba seguro de cómo responder a su pregunta. Apenas había admitido lo que pensaba sobre nuestra situación, así que me resultaba imposible expresar lo indefinible con palabras.
Ella me miró con el ceño fruncido, mientras yo intentaba pensar en una razón para que se quedara.
—Porque Winston tiene que estar en su hábitat.
Emilia metió la mano en el contenedor, y rascó un poco a Winston.
—Qué suerte tienes, amigo. ¡Tú sí le importas! Es una pena que yo no.
—Venga, déjalo ya. —El dolor detrás de mis ojos empeoraba por momentos.
—Nos quedaremos en casa de Nora —dijo ella—.
No tiene sentido que sigamos aquí. La boda es mañana y, cuando se acabe, mis obligaciones contigo habrán terminado oficialmente.
Mientras estemos en el hotel, con las cámaras grabando, seguiré representando el papel, pero aquí no hay cámaras.
Y, por lo que has dicho antes, es evidente que entre tú y yo no hay una relación, así que no tiene sentido que me quede.
Lo último que esperaba era que se marchara. Solo de pensarlo sentía un profundo vacío en el estómago, como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies.
—Es una estupidez que te marches ahora —dije—. No hagas sufrir a Winston.
—No le pasará nada.
¿Por qué tenía que ser tan cabezota?
—Emilia, no seas ridícula —suspiré.
—Lo ridículo sería quedarme aquí —respondió con dureza—. Este no es mi sitio.
¡Esta mañana lo era! quise gritarle.
—¿Y todo esto es porque hemos tenido una diferencia de opinión? —pregunté—. ¿Una sola discusión, y ya está? ¿Se acabó?
—Se acabó ¿qué? —exigió—. ¿Qué era lo que teníamos?
Porque me has dejado muy claro que no estás buscando nada serio, ni un compromiso.
—Se puso en pie—. Yo no quiero una aventura y, por lo que has dicho, parece que eso es lo único que eres capaz de ofrecer.
Visto lo visto, no quiero seguir perdiendo el tiempo.
Fue como si me hubiera dado una bofetada en la cara.
Durante un largo rato, no nos movimos ninguno de los dos. El único sonido era el de las patas de la tortuga sobre el plástico, pues Winston estaba dando vueltas por el contenedor. Seguramente el pobre también estaba confuso.
—¿Estás seguro de que no quieres que te devuelva ya el anillo? —preguntó Emilia—. Parece más sencillo dártelo ahora para que puedas guardarlo en un lugar seguro. Créeme, nadie se dará cuenta de si lo llevo.
Miré su dedo, donde el anillo de compromiso original de mi madre lanzaba destellos hacia mí. Quedaba muy natural en su mano. En varias ocasiones, había pillado a Emilia mirándolo con una leve sonrisa, como si ella pensara lo mismo.
—En absoluto —respondí con rapidez, y con demasiada convicción—. A Dorian no se le escapa nada, y si capta el menor indicio de un escándalo, no parará hasta enterarse de todo. Yo quiero esas cámaras fuera de mi hotel. Puedes dármelo mañana por la noche, cuando acabe todo.
Aunque intenté parecer indiferente, el corazón se me encogió al pensar en el día siguiente.
Durante el evento, tendríamos que fingir que todo iba bien y, en teoría, no sería demasiado difícil, porque estaríamos muy ocupados.
Pero yo me había acostumbrado a buscar a Emilia cuando necesitaba que me levantaran el ánimo.
Un solo beso suyo bastaba para animarme a hacer frente a cualquier tontería que se presentara.
La miré con detenimiento, intentando averiguar lo que sentía. Para ser alguien que no ocultaba sus sentimientos, solo irradiaba una determinación resuelta, como si marcharse no le importara nada. Como si fuera ella la que nunca se había implicado en todo aquello.
Muy bien, de acuerdo. Así sería mejor. Un corte limpio y, después, cauterización.
No estaba seguro de cómo reaccionaría si ella se venía abajo, porque odiaba verla sufrir.
Pero el hecho de que ni siquiera pareciera estar pasándolo mal fue todo lo que necesitaba para convencerme de que ella también pensaba que sería mejor romper.
Yo no había esperado terminar las cosas de un modo tan abrupto, y era chocante que todo se hubiera venido abajo tan rápido.
Pero, aunque en ese momento me sintiera muy descolocado, estaba seguro de que lo superaría.
Siempre lo hacía. El amor no duraba, eso lo había sabido siempre.
Emilia tenía razón al decir que no tenía sentido alargar las cosas. Si había acabado, había acabado.
Pero… ¿por qué debía acabar esa noche?
—De acuerdo —dijo con sencillez—. Lo llevaré puesto hasta que acabe el evento. Supongo que no puedo arriesgarme a cabrear a mi benefactor.
—Déjalo ya.
—No estamos en el trabajo, no tengo que obedecerte, jefe.
Ahí estaba. La mujer insolente, que no aguantaba las tonterías y se había estado enfrentando a mí desde que nos habíamos conocido.
Algo oscuro se despertó en mi interior mientras ella me miraba con los brazos cruzados.
Frustración, porque me estaba echando todo aquello encima en el peor momento posible; y también dolor porque fuera a salir de mi vida sin un motivo válido, aunque tuve cuidado de ocultarlo.
Pero bueno, si tantas ganas tenía de pasar página, que así fuera.
—De acuerdo —dije—. Vete.
Ella dejó caer un poco los hombros, como si hubiera esperado un resultado diferente.
—Sí, gracias. Eso pensaba hacer. —Señaló el contenedor de Winston—. Evidentemente.
Emilia volvió a mirar el hábitat, recogió el contenedor y se alejó sin decir una palabra más.
No hubo lágrimas, ni palabras ácidas de despedida.
Solo una retirada silenciosa que dio la sensación de dejar las cosas a medias, como si se me hubiera pasado alguna pista, o lo hubiera fastidiado todo, aunque sabía que no era así.
Aquello no era culpa mía, era ella quien había decidido marcharse.
A pesar del tamaño de mi casa, no había ningún lugar en el que pudiera evitarla mientras recogía sus cosas, así que opté por sentarme en una de las tumbonas junto a la piscina.
No recordaba la última vez que lo había hecho.
Y cuando Winston ya no estuviera, ni siquiera estaba seguro de si volvería a salir al jardín.
Me enfrentaría a su marcha de la misma forma en que lo hacía a cualquier otro problema: trabajando.
Había invertido demasiado tiempo en el hotel de Carmel, pero cuando terminara la boda y se hubiera roto la «maldición», ya no necesitaría supervisarlo personalmente y podría centrarme en otras zonas.
Estar en otro lugar me ayudaría a olvidarla.
Siempre había mucho que hacer en Manhattan, o en Washington.
También había pensado abrir un hotel en Hilton Head, y tal vez había llegado el momento de dedicar mis esfuerzos a hacerlo realidad.
Me sorprendió encontrarme pensando en ir a trabajar a la Costa Este, como si necesitara poner el país entero entre nosotros para olvidar el tiempo que pasamos juntos.
Por los sonidos que me llegaban en la casa, deduje que Emilia debía de estar terminando las maletas.
No estaba seguro del protocolo de despedida.
Ella tenía la clave para entrar a la casa, así que necesitaría cambiarla cuando se fuera.
Al momento, estuve a punto de echarme a reír ante lo absurdo de esa idea.
Emilia era una de las personas más honestas a las que había conocido nunca y, en el fondo, sabía que podía confiar en que no volvería en otro momento para destrozar mi casa.
Nuestra relación terminaría con un susurro, no con un estallido, como debía ser. Lo que habíamos compartido había llegado a su conclusión inevitable, y eso era lo mejor, aunque doliera.
Me recliné en la hamaca y cerré los ojos.
En cuanto se marchase, cogería el teléfono y empezaría a buscar terrenos disponibles en Hilton Head.
Sería la distracción perfecta. Cerraría la casa y volaría hasta allí esa misma semana.
No me fijaría en el espacio vacío en la encimera del baño, donde ella había dejado su secador y sus gomas del pelo, si no estaba allí para verlo.
Me reí sin ganas. Como si hubiera algo que me permitiera olvidarla.
Escuché sus pasos acercarse a donde estaba sentado, lo que me hizo preguntarme si estaría haciendo ruido a propósito.
Como si tratara de indicar que me daba una última oportunidad de detenerla.
No, no estaba dispuesto. Habíamos llegado al punto en el que sabía que acabaríamos.
Tanto si se debía a un cambio en los sentimientos mutuos o a la muerte, el amor estaba destinado a terminar, y lo único que dejaba tras de sí era dolor.
—Me marcho.
Había estado tan absorto en mis pensamientos que no había notado que se había detenido. Me incorporé.
—Muy bien. —Asentí una vez—. ¿Necesitas ayuda con algo?
—No, solo quería avisarte. Mañana estaré en el hotel a primera hora.
Volví a asentir, porque ¿qué más podía decir?
Emilia hizo una pausa y me miró con atención.
Su expresión seguía siendo estoica, pero, durante un breve instante, me pareció ver un destello de dolor.
Cuando me fijé mejor, había desaparecido, y me pregunté si lo habría imaginado.
Sin decir una palabra más, ella se marchó y yo lancé una exhalación entrecortada.
El golpe de la puerta principal al cerrarse sonó como un signo de exclamación. Un final abrupto.
Cerré los ojos y respiré hondo, hasta que pasó el momento. Después, los abrí y cogí mi teléfono. Era hora de volver al trabajo.