25 Emilia
EMILIA
—No lo dices en serio —afirmé con voz tensa.
No podía ir en serio, porque si de verdad creía que el amor no tenía la más mínima oportunidad, ¿qué estábamos haciendo juntos?
—¿No es así como van siempre las cosas? —resopló él—. Al principio, todo es increíble. Empiezas a conocerte, hay montones de sexo, y la única preocupación es elegir restaurante para cenar. Pero luego la vida empieza a crear obstáculos y hay que ver si se pueden superar juntos.
—Pero eso no es malo, ¿no? ¿Lo de resolver problemas juntos?
Por favor, que diga que sí.
—Claro, salvo que uno de los dos no esté dispuesto a hacer el esfuerzo, o insista en hacer las cosas a su manera.
—En ese caso, hay que hablarlo, identificar lo importante, y llegar a un acuerdo.
—Y después, ¿qué? Un día, te despiertas y ves que la persona que duerme a tu lado no es más que un ser humano normal, con sus problemas y defectos. La fantasía que has construido se derrumba, y la vida se apodera de lo demás.
—Cielos —exhalé con suavidad—. ¿Es así como ves las relaciones? ¿Crees que solo son una fantasía, y hay que romper cuando todo se vuelve demasiado real? ¿Crees que eres Leonardo DiCaprio, o algo así?
—No sé qué quieres decir con eso —respondió, encogiéndose de hombros—.
El primer matrimonio de mi hermano Harrison fue catastrófico, y eso representó una advertencia.
No tengo la menor intención de pasar por lo mismo que él, y he conseguido evitar cualquier desastre a base de no tener relaciones que lleguen a ese punto.
—¿Cuándo tuviste la última relación seria? —pregunté.
—La última fue… —Lo pensó un momento—. Bueno, supongo que fue Kristen. Seguimos el patrón habitual. Empezamos a salir hace unos cinco años y, al principio, todo fue perfecto.
—¿Y qué pasó?
—La vida es lo que pasó, como siempre. Mi madre se puso enferma, y mis prioridades cambiaron por completo.
Mientras tanto, la carrera de Kristen estaba empezando a despegar, y ella quería disfrutarlo, salir y pasarlo bien.
Ella no podía darme lo que yo necesitaba en ese momento, y todo acabó por venirse abajo.
Por suerte, ninguno de los dos estábamos demasiado implicados, y a nadie se le rompió el corazón.
Simplemente, nos dimos cuenta de que lo nuestro no funcionaba.
No habíamos construido una relación lo bastante fuerte como para sobrevivir bajo presión. Siempre pasa lo mismo. El amor no dura.
¡Eso no es cierto! quise gritar, pero no arreglaría nada a gritos.
Necesitaba hacerle cambiar de opinión, hacer que comprendiera que el amor podía funcionar, durar, merecer la pena.
Había creído que estábamos construyendo algo juntos, algo que nos llevara a ese punto, y no quería admitir que me había equivocado.
No quería creer que yo era la única que había estado trabajando para lograrlo.
—Pues diles eso a Harrison y Gwen —dije—. Tú y yo sabemos que son una pareja increíble, y parece que tus padres también tuvieron una relación muy sólida, según he oído. Y también están mis abuelos.
Drew no parecía impresionado.
—Sí, y también hay gente a la que le caen rayos encima.
Es posible, pero muy poco probable. Mira, no digo que nadie deba tener una relación.
Creo que hay que disfrutar los buenos tiempos mientras duren, pero a todo el mundo le iría mejor si aceptaran lo que pueden ser sus relaciones y lo que no, y no se mataran por construir algo donde no hay nada, cuando es mejor dejarlo estar.
—¿Y qué hay de nosotros? —pregunté por fin.
Él tuvo la desfachatez de parecer sobresaltado.
—¿Nosotros? —repitió.
—¿Crees que nuestra relación también está destinada al fracaso? ¿Estás sacando todo el partido del sexo y la compañía mientras la tienes, mientras esperas a que todo se venga abajo?
—No estaba hablando de nosotros —explicó.
—Yo sí estoy hablando de nosotros —le espeté—. ¿Estamos tratando de tener algo real, o he estado perdiendo el tiempo contigo?
Se escucharon unas voces más altas al otro lado de la puerta.
¿Habría habido una pelea? Parecía posible, de hecho, casi inevitable, vista la determinación con que Dorian había estado agitando los ánimos.
Yo habría preferido ignorarlo, pero los ojos de Drew se volvieron hacia la puerta al momento, como si no importara nada más.
—Mira, ya seguiremos hablando de esto después —decretó Drew—. Ahí fuera hay muchas cosas de las que preocuparse.
Ahí tenía mi respuesta. Yo no era importante.
Nuestra relación no era importante. Lo único que le importaba a Drew en ese momento era la boda de otras personas, y no estaba dispuesto a molestarse en resolver nada más.
Eso significaba que me tocaba a mí resolver las cosas entre nosotros, pero lo haría de una forma que no había previsto él.
Di un tirón al anillo que llevaba en el dedo, solo para descubrir que iba a costarme mucho quitármelo, como si las pocas semanas que lo había llevado puesto lo hubieran anclado a mi dedo.
Por fin, conseguí sacarlo y, aunque me hubiera encantado tirárselo a la cara, se trataba del anillo de su madre.
Había perdido todo el respeto por él, pero decidí respetar la joya al menos. Levanté el anillo delante de mí.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Drew, sin comprender.
Todas las emociones que había intentado controlar se apoderaron de mí al ver su expresión confusa. ¿Cómo podía no entender mi dolor y mi disgusto? ¿De verdad creía que podía hacer de menos toda nuestra relación y yo no diría nada?
—Si nuestra relación te importa tan poco, creo que es mejor que te devuelva esto —dije.
—Emilia, vamos —resopló, mirando del anillo a mi cara—. No seas estúpida.
Bajé la mano, sin soltar el anillo.
—Perdona, ¿qué me acabas de llamar?
Él volvió a suspirar, como si la conversación le aburriera.
—Vuelve a ponerte el anillo.
—¿Para qué? —insistí—. Si no importa nada de esto, no tiene sentido molestarse en seguir fingiendo un compromiso.
Contuve la respiración, con la esperanza de que recobrase el sentido y admitiera que, a pesar de la farsa, lo nuestro se había convertido en algo que merecía la pena salvar. Pero, aunque su expresión pareció mostrar algo casi parecido a la tristeza, enseguida volvió a la mirada fulminante anterior.
—Teníamos un acuerdo —enunció despacio—. Tienes que llevar ese anillo un día más, si quieres recibir ese salario que tanto necesitas.
¿Qué diablos quería decir con eso? Me sonrojé al oír que me ponía en evidencia de una forma tan despiadada. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero me obligué a mantenerme firme. Él no merecía ni una sola de ellas.
—¿Y si no lo hago? —repliqué—. ¿Vas a cancelar la oferta de trabajo después de todo el esfuerzo que he hecho para ganármelo? ¿O me vas a hacer devolverte el dinero que has pagado por el veterinario de Winston y mi tejado?
Él parpadeó en silencio, como si le sorprendiera que lo hubiese sugerido siquiera. Habría jurado que podía ver funcionar los engranajes de su cerebro mientras pensaba su respuesta, y supe, por la expresión firme de su mandíbula, que no iba a gustarme nada.
—Puede que no sea mala idea, si tú vas a terminar ahora lo que habíamos acordado.
Sentí que me invadía una furia al rojo vivo.
—¿Estás…? ¿En serio crees…? ¿Por qué ibas a…? —No fui capaz de encontrar las palabras adecuadas, y me sentí frustrada por sonar como una idiota.
—Emilia, cálmate, vuelve a ponerte el maldito anillo, y salgamos ahí fuera.
—Estoy muy calmada —chillé.
—Ya lo veo —respondió, frunciendo los labios.
Nos miramos en silencio. El almacén me parecía más claustrofóbico que nunca y, aunque habría querido alejarme lo más posible de Andrew Ashford, Capullo Redomado, una parte de mí seguía esperando que reaccionara y me dijera que merecía la pena luchar por nosotros.
Que yo no había imaginado nuestra conexión.
Todavía sujetaba el anillo con tanta fuerza entre los dedos, que me debía de estar dejando hendiduras en ellos. Él miró mis manos un momento, y luego levantó la vista a mis ojos.
—¿Y bien? —exigió.
Enderecé la espalda y levanté la mano izquierda en el aire. Volví a ponerme el anillo en el dedo y se lo mostré un momento, tan rápido, que seguramente pensó que lo habría imaginado.
—Bien —respondió asintiendo—. Esta puta pesadilla de boda ya casi ha terminado. Después de mañana, ya no tendrás que preocuparte por mí, pero por ahora, hay que seguir con la farsa.
Me miró un instante más y yo hice lo que pude para expulsar cualquier resquicio de esperanza de mi mente. Cuando por fin se dirigió a la puerta y la cerró tras de sí, supe, sin la menor duda, que habíamos terminado.