Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 24 Drew
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24 Drew

DREW

Yo no me había apuntado a nada de aquello.

Se suponía que yo me limitaría a ser una presencia silenciosa, en segundo plano, solo para asegurarme de que todo fuera bien.

No tenía ni idea de por qué debía ser yo quien se enfrentara a un Carter muy enfadado en un pequeño cuarto de almacenamiento.

Bueno, en realidad sí la tenía. Nadie más se había atrevido a intervenir para detener al desastre andante que era Carter borracho, así que tuve que hacerlo yo.

Aquel cuarto estaba lleno de materiales para la boda del día siguiente pero, por supuesto, ese no era el único espacio de almacenamiento del que se había apoderado el evento, porque Carter se había salido con la suya en lo referente a la pista de patinaje para la fiesta, y aquella estupidez había requerido cerrar otro salón entero.

—¿Estás buscando pelea? —preguntó Carter, arrastrando las palabras.

Me froté las sienes un instante para tratar de calmarme y no decir algo que terminara por lamentar.

—Carter, me parece que has bebido bastante hoy, y he pensado que te vendría bien tomarte un descanso.

—Tío, tú no eres mi puta niñera —me espetó—. Así que lárgate echando hostias y déjame salir.

Me había plantado delante de la puerta como un muro de ladrillo, lo que tenía dos ventajas: Carter no podía salir, y el de la cámara no podía entrar. Este último estaba golpeando la puerta desde el otro lado, pero yo me había apoyado en ella desde dentro para bloquearla.

—¿Por qué no nos calmamos un momento? —dije, con toda la calma que fui capaz de reunir ante ese cliente borracho y rabioso que echaba chispas delante de mí—. Creo que a Kristen le vendrá bien un respiro, después de ese… panegírico tuyo.

—¡Jódete! —Carter se abalanzó contra mí con un puño alzado—. ¡No te atrevas a hablar de mi mujer!

—Eh, cálmate un momento. —Di un paso hacia él.

—No, cálmate tú —bufó él—. Dorian dice que vosotros dos no paráis de reíros juntos, como si os contarais secretitos.

—Carter, eso no es verdad —respondí.

De hecho, me había asegurado de mantenerme alejado de ella, para evitar que a Carter le diera otro ataque de celos. El puto Dorian. Aquel hombre era un peligro.

—Eso no es lo que me cuenta Dorian —gruñó—. Dice que me asegure al cien por cien de que Kristen no me engañe y, hasta que llegaste tú, estaba completamente seguro. Pero no, el señor Rico y Guapo tiene que meterse en todos nuestros asuntos. Estoy empezando a pensar que deberíamos cancelar todo esto.

Me quedé helado al pensar que podía hacerlo.

Por muchas ganas que tuviera de librarme de ellos, no podía permitirme crear la clase de problemas a los que se había enfrentado Harrison cuando cabreó a los fans de Scarlet Rush.

Mi hermano había sobrevivido gracias a Gwen, pero yo no lo tendría tan fácil contra los veinte millones de seguidores de Carten.

—Carter, te doy mi palabra. No hay nada.

—Dorian dice que no te quite la vista de encima —respondió él, levantando un hombro.

Estallé para mis adentros contra aquel capullo de director que había sembrado en él las dudas.

—¿No me crees? Muy bien, pues veamos todos los vídeos —le reté—. Cada maldita palabra que hemos intercambiado Kristen y yo ha quedado grabada, así que ahí tendrás todas las pruebas que quieras de que no hay nada entre nosotros.

Él se enderezó un poco, pero eso le hizo tambalearse.

—¡Ella apagó el micrófono cuando estabais en el laberinto!

—Sí, pero yo no lo hice, ¿recuerdas? Podrás escuchar todo lo que dijimos, si eso te ayuda.

Y ya sabes que Kristen apagó el micrófono para que no la oyeran llorar.

Venga ya, Carter, no seas así —insistí—.

Ella y yo éramos dos personas muy diferentes cuando salíamos juntos.

Eso fue hace siglos, y ahora estoy comprometido con Emilia. Ella es el amor de mi vida.

Me resultó muy sencillo decir esas palabras en voz alta, como si las hubiera tenido en la punta de la lengua, y resultaron convincentes sin intentarlo siquiera.

Pero no tuve tiempo de asimilar la alegría que sentí en el alma al pensar que amaba a Emilia.

En ese momento, necesitaba centrarme en evitar un puñetazo en la cara; ya pensaría en mis sentimientos después.

Carter empezó a andar en círculos, saltando sobre las puntas de los pies, como si estuviera calentando para un combate.

—Dorian dice que, durante unos segundos, cuando estabais en el laberinto, el sonido no se escucha con claridad. Dice que no está seguro de lo que ocurrió entre vosotros.

Seguía apretando los puños.

—¿Qué pasó en el laberinto, tío? —quiso saber Carter—. ¿Estás tratando de follarte a mi mujer? ¿Eh?

—Tu prometida —corregí, antes de poder evitarlo.

Carter se puso tan rojo, que pensé que le estallaría la cabeza.

—Vale, eso ya es el puto colmo.

Escuché una puerta abrirse tras de mí y, al mirar por encima del hombro, vi asomar a Emilia y Kristen. Me volví hacia Carter con el tiempo justo de esquivarlo cuando se lanzó sobre mí, de modo que aterrizó boca abajo sobre un montón de cajas, que se aplastaron bajo su peso.

—Mierda —murmuré al ver que Carter no se movía—. ¿Estás bien?

Emilia corrió a mi lado y me cogió del brazo.

—¡Carter! —chilló Kristen sorprendida, corriendo hacia él—. Oh, ¡no!

Él se dio la vuelta con un gruñido, pero no se levantó de las cajas.

—Ay.

Ya no sonaba enfadado sino, más bien, avergonzado, como si por fin hubiera comprendido hasta qué punto se había puesto en ridículo. Ya era hora.

—Cariño, ¿te has hecho daño? —preguntó Kristen, arrodillada junto a él.

—No —dijo él, con una sonrisa débil—. Estás… esto… ¿te has enfadado?

Ella dejó caer los hombros cuando comprendió lo que él intentaba decir.

—Sí. Ha sido horrible. ¿Por qué has hecho eso?

No lo dijo en tono agresivo o cortante. Parecía dolida y decepcionada, como si le costara entender por qué había hecho referencias al sexo delante de todos sus amigos y familiares.

Miré tras de mí y vi que el de la cámara había entrado en el almacén detrás de Emilia y Kristen.

Supuse que aquello sería bueno para el programa, porque lo que estaba ocurriendo parecía otro momento hecho para la televisión.

Su gran momento de redención.

—He sido un imbécil —insistió Carter—. Pero bueno, no me ha oído nadie.

—Carter, estabas prácticamente gritando. Te ha oído todo el mundo. Creo que te han oído hasta algunas de las personas que paseaban por la playa.

Él hizo un puchero y miró a Kristen con ojos tristes.

—He sido un chico malo.

Me pregunté si el asco se me notaría en la cara. Por suerte, la única cámara presente estaba enfocando a la pareja, no a mí. Por alguna razón, la actitud infantil de Carter surtió efecto en Kristen, quien le sonrió por fin.

—Has sido muy, muy malo.

—Ped-dón —respondió él.

—Uf, qué horror —murmuré entre dientes, y Emilia me dio un golpe en la tripa.

—Deja que intenten arreglarlo —me advirtió en un susurro sibilante.

Asentí.

—Cari, te quiero muchísimo —insistió Carter—. Estoy muy orgulloso de convertirme en tu marido.

—¿En serio? —preguntó Kristen, sonriendo despacio.

Carter extendió una mano para acariciarle la mejilla.

—Joder, sí. Para mí, eres todo. Eres mi sol y mi luna.

Esa frase me recordó vagamente a Juego de tronos, y no me habría extrañado que Carter copiara su declaración de una serie de televisión.

Lo sorprendente habría sido que tuviera paciencia para seguir una historia tan complicada, pero era posible que se hubiera centrado solo en los dragones y el sexo y hubiera ignorado todo lo demás.

—Yo también te quiero —respondió Kristen con voz temblorosa—. He tenido mucha suerte.

—Y ese estúpido acuerdo prenupcial que mi abogado ha dicho que firmemos, deberíamos romperlo en pedazos.

—¿Estás seguro? Creía que habías dicho que debíamos tomar precauciones.

—Y así es, pero redactaremos uno que tenga sentido, no uno para la televisión. Ahora somos nosotros contra el mundo, mi vida.

Carter y Kristen se miraron durante otro momento, y después se dieron un beso de película. Sentí náuseas, pero una mirada de advertencia de Emilia me hizo apretar los labios.

—Volvamos ahí fuera —dijo Carter, mientras se levantaba con cuidado—. Aún no he comido, y Dios sabe que hemos pagado un dineral por la cena.

Rodeó los hombros de Kristen con el brazo y los dos se dirigieron a la puerta. Al pasar por mi lado, se detuvo.

—¿Todo bien? Sin malos rollos, tío.

A decir verdad, estaba bastante enfadado con aquel influencer idiota que me había tomado por la clase de hombre que se liaría con la prometida de otro, pero, por supuesto, me debía a mis clientes. Me obligué a sonreír a la pareja.

—Todo perfecto. Ahora, id a disfrutar de la fiesta.

Me ofreció un choque de puños y, con la cámara sin perder un instante, no tuve más opción que hacerlo, aunque hubiera preferido chocar mi puño contra otra parte de su cuerpo.

—Ay, Dios mío —suspiró Emilia tan pronto como la pareja salió del almacén, con la cámara a la zaga—. ¡Es como si acabaras de desactivar una bomba!

—Sí, a mí también me lo parece —confirmé—. Espero que seamos capaces de superar las próximas veinticuatro horas.

—Bueno, habrá que valorar los daños colaterales —dijo ella, acercándose a las cajas sobre las que había caído Carter—. No sé qué había aquí dentro, pero espero que fueran servilletas, o algo así.

—Siento decírtelo —repuse, acercándome a ella—, pero estoy seguro de que he oído algo romperse ahí dentro.

—Mierda, mierda, mierda —murmuró por lo bajo, e intentó quitar el precinto de una de las cajas—. ¿No llevarás una navaja encima?

—Me hubiera gustado llevar una —reí—, como protección. Pero no la tengo. Déjame a mí.

Me situé delante de ella, arranqué el precinto de la caja aplastada y me aparté para que ella viera lo que había dentro, porque no me sentía capaz de enfrentarme al problema que nos esperase en la caja.

—¡No! —gritó Emilia—. ¡No puede ser!

Al acercarme, vi el color verde de un traje de captura de movimiento.

—Ah, ¿esto era para el vídeo con el abuelo que habías preparado? —le pregunté.

—Sí —respondió, en un tono que traicionaba el pánico que sentía—. La empresa de producción que contrataron me pidió que guardáramos aquí el equipo.

Ella sacó el traje y lo examinó con detenimiento.

—Ay, Dios mío, ¡los sensores están destrozados! —Miró en el interior de la caja—. Y parece que dos de las cámaras también están dañadas. ¡No!

—No es culpa tuya —le dije—. Aquí dentro hay cámaras de seguridad, así que podrás demostrar que Carter es responsable de los daños. Y supongo que todo este equipo estará asegurado. No pasa nada.

Ella dejó escapar un suspiro cansado.

—A Kristen le hacía muchísima ilusión. Maldita sea, esto le va a doler. Era el detalle que haría que su boda fuera perfecta, y ahora se ha echado a perder.

—¿Esta boda? ¿Perfecta? —resoplé—. Ni de puta coña.

¿Es que no has visto los mismos desastres que yo?

Al infierno con la perfección. Yo solo espero sobrevivir las próximas veinticuatro horas sin que apuñalen a nadie, o sin que prendan fuego al hotel.

Todo lo demás son detalles. Llevamos a la pareja al altar, y luego podremos mandarles a paseo a ellos, sus cámaras, sus gilipolleces y su endeble historia de amor, para que se divorcien en seis meses, si no antes.

Sí, yo ya no podía más y estaba a punto de perder la cabeza. Emilia sacudió la suya e hizo una mueca de reprobación.

—No seas así. Desde luego que pueden ser un poco… demasiado, y Carter necesita madurar un montón, pero se quieren de verdad. Lo acabas de ver.

—Como si eso fuera a suponer una diferencia —respondí con una carcajada—. Venga ya, tú sabes tan bien como yo que el amor no dura. Ni para ellos, ni para nadie. Siempre pasa alguna cosa.

Ella me miró con los ojos muy abiertos, como si hubiera dicho algo sorprendente. Algo chocante. Pero yo había sido muy claro acerca de mis opiniones desde que habíamos empezado a trabajar en aquella boda. ¿Qué diablos había cambiado?