23 Drew
DREW
Si lo que un programa de telerrealidad necesitaba para ser increíble era una situación real de mierda, Dorian estaba a punto de romper todos los récords. Lo que ocurrió durante la cena de ensayo estuvo a punto de llevarme a abandonarlo todo: la boda, el hotel, y hasta la vida misma.
La única palabra que podía describir la escena que se desarrollaba en el salón era caos.
Kristen nos había informado de que la madre y la madrastra de Carter no se llevaban bien.
Eso no era de extrañar, puesto que el padre de Carter se había liado con su futura segunda esposa cuando aún estaba casado con la primera.
Por esa razón, durante el divorcio, dicha primera esposa procedió a arrasar con todo lo que tenía él, de modo que la segunda esposa nunca tuvo acceso al nivel de vida que esperaba tener al casarse.
Yo había esperado que la enemistad entre ellas se limitara a unas cuantas sonrisas falsas y silencios incómodos, pero no.
Empezaron lanzándose algunas pullas increíbles, de las que Dorian grabó cada detalle con la expresión maníaca de siempre.
Después, resultó que los amigos del novio habían pasado el día en una destilería mientras las chicas estaban en el spa.
Era evidente que habían vaciado toneles enteros de whiskey, y se habían puesto a practicar movimientos de lucha libre delante de las cámaras, que Carter miraba con pinta de estar pasándoselo en grande.
Nadie parecía interesado en seguir el programa del evento, que habíamos planeado al milímetro.
Intenté captar la atención de Emilia para comunicarle que necesitábamos controlar aquella catástrofe, pero estaba demasiado ocupada haciendo de escudo humano entre las dos madres enfrentadas. Entonces, recibí una llamada de mi padre.
Era el peor momento posible para hablar con él, pero, después del susto que nos había dado con su salud, no pensaba rechazar ni una sola de sus llamadas. Me encaminé a una sala delantera, donde el silencio me rodeó como una bendición, para hablar lejos de aquel circo.
—¿Qué pasa? —dije al contestar.
—Vaya, hola a ti también —bromeó él—. ¿Qué tal estás, hijo?
Cerré los ojos y exhalé un suspiro cansado.
—He estado mejor. ¿Tú estás bien?
—¡Estoy de miedo! —Notaba la sonrisa en su voz, y eso ayudó a aliviar un poco mi estrés. Me alegraba oírlo de buen humor, y saber que uno de nosotros, al menos, disfrutaba de la vida—. Tengo noticias.
El estómago se me encogió, y deseé no haber dejado las pastillas para la acidez en mi despacho. Las noticias, aunque fueran buenas, significaban cambios y, en ese momento, yo ansiaba la seguridad de una rutina.
—Cuéntame —pedí, aunque no quería saberlo.
Escuché un estrépito en la otra sala y tuve que contenerme para no correr a ver qué había ocurrido. Emilia tendría que hacerse cargo hasta que yo volviera. Me dirigí a la ventana, para poner algo más de espacio entre el caos y yo.
—Bien, después de pensarlo mucho, he decidido que es hora de simplificar las cosas. Voy a vender la casa.
Me costó unos segundos asimilar lo que decía.
—¿Cuál? ¿La de Palm Island?
—No, esa no… Aunque, ahora que lo dices, tal vez debería vender también la de Florida.
El corazón se me había disparado en el pecho. ¿A qué venía esa idea de venderlo todo de repente?
—Espera un momento, ¿estás hablando de nuestra casa? ¿La de Halcyon Drive?
Me pareció que el suelo desaparecía bajo mis pies.
¿La casa donde mis hermanos y yo habíamos aprendido a montar en bici en el jardín, donde las rosas de mi madre perfumaban el aire?
¿El lugar en el que habíamos celebrado todas las fiestas durante casi tres décadas de mi vida?
Esa casa era el corazón de nuestra familia y, lo que era aún más importante, representaba la idea que tenía mi madre de un hogar feliz.
Sus huellas estaban por todas partes, y no podía imaginar viviendo allí a nadie que no fuera un Ashford.
—Sí, esa —respondió mi padre—. Creo que ya es hora.
Empecé a caminar de un lado a otro. Tenía que disuadirle de esa idea, pero debía ir con cuidado. El corazón me pedía que empezara a gritarle que se estaba comportando de un modo muy extraño y que, cuando recobrara el sentido, se daría cuenta de que había cometido un error monumental.
—Papá, esto hay que hablarlo con calma, pero ahora mismo estoy en mitad de una crisis. Por ahora, dime solo por qué quieres hacerlo. ¿Qué te ha podido llevar a semejante decisión?
—Bueno, han sido varias cosas. Las señales habían sido evidentes, pero cuando Candace y yo empezamos a hablar de las etapas de la vida, se nos…
—Un momento, ¿esa maldita Candace te ha animado a hacerlo? ¿Es ella el motivo?
—No, en absoluto —insistió él—. La decisión es mía, pero ella es una ayuda excelente para aclararme las ideas. Ella también se ha mudado a una casa más pequeña no hace mucho, así que su opinión resulta muy útil.
Miré por la ventana, sin ver nada. En ese momento, no tenía la capacidad de procesar lo que me estaba contando. Solo sabía que mis hermanos y yo tendríamos que unirnos para convencerle de que iba a echar su vida por tierra. Primero se jubilaba, y ahora, ¿esto?
—Papá —suspiré—. Esto tenemos que hablarlo juntos, en familia. Ahora mismo no puedo discutirlo en detalle, ¿de acuerdo?
—Tienes razón, tienes razón —respondió con rapidez—. Perdona que te haya interrumpido. Es solo que me alegraba haber tomado la decisión por fin y quería contártelo.
—Te agradezco mucho que hayas pensado en mí, pero, como te decía, creo que debemos hablarlo entre todos, y este no es el mejor momento. Por favor, no te precipites, ¿vale?
—No lo haré —confirmó—. Anda, ve a ocuparte de ese asunto, y mucha suerte, hijo.
¿Por qué sonaba tan tranquilo y contento al hablar de aquello?
—Gracias. Me vendrá bien.
Hostias.
Me armé de valor para volver a enfrentarme al drama cuando escuché los ruidos que llegaban hasta el pasillo.
Al entrar en la sala, vi a Emilia situada entre las dos madres del novio, ambas vestidas en tonos pastel, y en actitud de árbitro de boxeo, con los brazos extendidos para evitar que se acercaran.
El momento era tan surrealista que estuve seguro de que, de algún modo, habría sido obra de Dorian; sin embargo, en lugar de descubrirlo oculto entre las sombras agitando los ánimos, solo vi a un camarógrafo a unos pocos metros.
Sí, el momento estaba siendo grabado, pero no era tan dramático como lo habría sido si el provocador número uno estuviera alentando a los participantes.
Maldita sea, ¿por qué no podían guardarse los dramas para los momentos principales de la grabación, en lugar de convertir cada instante en uno?
Emilia estaba tan concentrada en evitar una pelea que no se fijó en mí cuando me acerqué.
—Eh, un momento, señoras —grité para hacerme oír—. ¿Qué está pasando aquí?
Emilia me miró con los ojos muy abiertos, pero sin que nadie más se diera cuenta.
—Brenda cree que Linda ha cambiado algunas de las tarjetas con nombres de las mesas, para estar más cerca de los novios durante la cena.
—¡Yo no he tocado nada! —Linda intentó abalanzarse sobre su enemiga, situada al otro lado de Emilia—. ¿Cómo te atreves a acusarme de eso?
Una pequeña parte de mí quería saber qué pasaría si Emilia dejaba de interponerse, pero esa era justo la clase de impulso que había convertido la telerrealidad en un éxito. Lancé una mirada rápida a la cámara y volví la vista a la pelea.
—Bien, creo que podemos resolverlo sacando el esquema de las mesas que ha preparado Emilia, y comparándolo con la disposición de las tarjetas en las mesas. Eso nos dirá si se han cambiado.
—Eso es justo lo que iba a hacer antes de que estas dos empezaran a tirarse del pelo —observó Emilia.
Maldición, me había perdido esa parte. Emilia me miraba con el ceño fruncido y aspecto de estar a solo un insulto más de acabar con las dos ella misma.
—Muy bien. —Linda se apartó un poco—. Ve a por el esquema, y así demostraré que yo no he cambiado nada.
—Bien, de acuerdo. Que todo el mundo se tranquilice un poco.
Miré a las dos mujeres y esperé a que cada una de ellas hiciera un gesto de asentimiento. Las dos se cruzaron de brazos y se miraron como si estuvieran esperando que la otra diera un paso en falso.
—¿Dónde está Carter? —pregunté a Emilia cuando nos alejamos—. Es él quien debería estar haciéndose cargo de este asunto, ya que son sus madres.
Además, Carter siempre se las apañaba para encontrarse en el centro de los problemas. Me sorprendía que su sexto sentido no le hubiera alertado de que se había presentado la oportunidad de presumir de músculos delante de la cámara. Un momento, ¿estaba pensando como un productor de telerrealidad?
—Hace un buen rato que no lo veo. Me ayudaría mucho si pudieras encontrarlo, porque tiene responsabilidades que atender —dijo Emilia, enfatizando la palabra—. ¡Voy a perder la paciencia! Esta gente está desquiciada, y no estoy exagerando lo más mínimo.
Señaló a las damas de honor, que estaban sacando flores de las bonitas, y muy caras, decoraciones de las mesas para hacerse fotos con ellas en el pelo.
Estábamos muy cerca del final y, aun así, parecía que nos quedaba muchísimo por superar. Todavía había montones de cosas que podían salir mal.
Después de buscar por las salas circundantes, por fin encontré a Dorian y Carter hablando en el jardín. Los miré con detenimiento y me pareció que, a juzgar por la postura de Carter y la forma en que gesticulaba Dorian, ellos dos iban a ser mi siguiente problema. Carter no parecía nada contento.
Uno de los camareros se me acercó para decirme que estábamos a punto de quedarnos sin champán Veuve, lo que me pareció imposible, porque habíamos pedido media docena de cajas para los cócteles y la cena de ensayo.
Fantástico. Una sala llena de borrachos a punto de estallar, y cámaras dispuestas a grabar cada instante. Nos esperaba una noche muy difícil.