21 Drew
DREW
—Primeros en llegar y últimos en marcharnos —dije a Harrison mientras nos despedíamos con una palmada en la espalda en la escalera delante de su casa—. Debe ser un nuevo récord.
—Bueno, ha sido una noche interesante. Y vosotros dos habéis salvado la fiesta. Muchas gracias.
—No es para tanto —rio Emilia—, pero me alegro de que haya salido todo bien.
Nos habíamos despedido de Gwen antes, porque ella había terminado agotada después de toda la emoción y se había ido ya a dormir.
—¿Quieres que conduzca? —preguntó Emilia, subiendo y bajando las cejas.
—No. Nunca jamás en la vida —bromeé—. Además, tampoco sabes a dónde vamos.
El viaje de vuelta a Carmel era demasiado largo como para hacerlo dos veces en un día, así que había previsto que pasáramos la noche en mi piso de Los Ángeles. Harrison miró mi coche por encima de mi hombro.
—Vaya, bonito coche. ¿Y te ha dejado conducirlo, Emilia? Qué sorpresa.
—Fue bajo presión —explicó ella—, y siendo sincera, iba muy tensa. Esa cosa es como una nave espacial por dentro.
Me di cuenta de que todos parecíamos reacios a despedirnos. A pesar del mal rato con Candace, habíamos conseguido pasarlo bien, pero me preguntaba si esa nueva mujer en la vida de mi padre afectaría a nuestros esfuerzos por mejorar nuestra relación como familia.
Pedí a Emilia su opinión en cuanto nos sentamos en el coche. Aunque no estuviéramos de acuerdo en todo, sabía que su punto de vista sería interesante.
—Me cae bien —respondió ella sin ambages—. Es una mujer increíble. Es una cirujana oncológica jubilada, y ahora se dedica a la consultoría médica, así que es alguien muy brillante y motivada. Ah, y además es muy guapa.
Eso era justo lo que no quería oír, aunque sabía que tenía razón. Habría resultado mucho más fácil disuadir a mi padre de tener una nueva relación si la mujer en cuestión fuera detrás de su dinero de forma evidente, o fuera una vaga.
—Pero ¿cuál es su objetivo? —pregunté.
Emilia se echó a reír y, aunque parecía que se reía de mí, el sonido de su risa me gustaba mucho.
—¿Y quién dice que tenga un objetivo? Son adultos y están disfrutando de su compañía mutua. Es así de sencillo.
—Pero tengo que preguntarme si lo que busca es casarse con él. ¿Y si quiere mudarse a su casa y adueñarse de su vida?
—¿Buscar? —Emilia se giró para ver mejor mi cara—. ¿Qué estás insinuando?
—No me fío de ella —confesé.
—¿Y por qué no? —preguntó Emilia.
Fui a contestar, pero me detuve para poner en orden mis pensamientos. Apreciaba que Emilia mantuviera la calma, a pesar de que me hacía parecer más desquiciado cada vez que abría la boca.
—No soy capaz de definirlo, es solo una sensación. Es demasiado… perfecta. Como si se hubiera modelado para ser justo lo que necesita mi padre.
Emilia volvió a reírse de mí.
—Ya entiendo. Estás tratando de decir que encajan muy bien. Tienen cosas en común, los dos son grandes triunfadores que han llegado a su edad dorada y, además, con un aspecto estupendo. Sí, todo eso es muy sospechoso.
—Oh, venga ya —le reprendí—. Ya sabes cómo son los hombres. El sexo aniquila el sentido común.
—Caray, ¿es eso lo que piensas de tu padre?
¿Lo pensaba?
—Hombres mejores que él se han dejado llevar por sus pollas.
Escucha, no digo que me parezca mal que se divierta.
—Bueno, en realidad, sí que me parecía mal, pero se debía, sobre todo, a que pensar en mi padre con una vida sexual activa resultaba objetivamente asqueroso—.
Es que no quiero que esta relación le absorba tanto que se olvide de todo lo demás porque, de ese modo, acabará quedándose sin nada.
Si las cosas van mal con Candace, se encontrará jubilado y solo.
Su vida estará aún más vacía que antes de conocerla.
—También podrían seguir juntos. Sabes que también cabe esa posibilidad.
—No, no cabe —resoplé.
El amor no duraba nunca, y esperar que lo hiciera suponía exponerse al dolor. En mis hoteles, lo había visto más veces de las que podía contar. Historias de amor que parecían perfectas y excitantes al principio, y luego reventaban como un cristal en cuanto se aplicaba algo de presión.
—Qué cínico eres —reprochó ella.
—¿Y tú no? —pregunté.
Entré en el camino hacia mi apartamento y, después de aparcar, me volví hacia ella.
—Me dijiste que el cincuenta por ciento de tus parejas felices terminan divorciadas —le recordé—. Tú eres tan cínica como yo en lo referente al amor.
—Te dije que soy cínica respecto del matrimonio —suspiró ella—, pero no el amor en general, y eso es porque creo que muchas de las parejas que se apresuran a pasar por el altar, en realidad no están enamoradas.
Solo les gusta la idea del matrimonio, pero hace falta mucho esfuerzo para mantener una relación viva y que vaya bien.
No se puede confiar en la química para siempre.
—Pero dejarse llevar por la química es muy divertido —respondí con una sonrisa—. ¿No crees?
Ella puso los ojos en blanco. Yo me solté el cinturón de seguridad y me incliné hacia ella para darle besos en el cuello.
—Creo que nuestra química es muy divertida —añadí.
Ella inclinó un poco la cabeza para darme más acceso, y yo me acerqué más y le mordisqueé la curva de la mandíbula, antes de subir al lóbulo de su oreja.
—Pero creo que nos divertiríamos más dentro —sugerí—. Hay muchas cosas que quiero hacerte, y la mayor parte de ellas requieren más espacio para maniobrar del que hay en este coche.
—Ah, ¿sí? —ronroneó ella—. Cuéntame más.
—Prefiero enseñártelo.
Me separé de ella para salir del coche, y ella me siguió con rapidez. Entramos en casa a toda prisa y, en cuanto se cerró la puerta, nos fundimos en un beso apasionado.
—Llevo esperando esto toda la noche —murmuró Emilia.
—¿Tú también? —La besé más a fondo y la apreté fuerte contra mí.
En lugar de responder, ella me desabrochó el cinturón a tientas y, en cuanto se libró de él, metió la mano en mis pantalones. Cuando me rodeó la polla con la mano y empezó a apretarla, emití un suspiro estrangulado.
—Demasiada ropa —susurró ella.
Emilia bajó de un tirón la cremallera y luego me bajó los pantalones y los calzoncillos.
—¿Aquí? ¿En la entrada? —pregunté—. Tengo una cama, ¿sabes?
—No aguanto más —respondió ella, antes de dejarse caer de rodillas ante mí.
Me dio un beso en la punta, y solo con eso, me derretí. Un segundo más tarde, me introdujo en su boca hasta el fondo.
—Joder —exclamé en tono ahogado.
Ella me introdujo aún más a fondo y luego se apartó.
—Mírame.
Abrí los ojos para mirarla. Ver a Emilia de rodillas, a unos centímetros de mi polla y mirándome con el deseo en los ojos era casi más de lo que podía soportar.
—No dejes de mirarme —ordenó.
Sin siquiera parpadear, volvió a meterme en su boca, y la combinación de su mirada intensa y la forma en que sus labios me rodeaban hizo que me temblaran las rodillas. Ver cómo hacía desaparecer mi polla en su boca me pareció el truco de magia más sexi que hubiera visto jamás.
—No puedo… —conseguí decir, en un murmullo estrangulado.
Pero aún podía aguantar. Debía hacerlo, porque no quería dejar de sentir aquello, aunque tampoco podía esperar a lo que vendría después.
De algún modo, conseguí mantener la cordura y no me permití dejarme llevar mientras ella me daba placer.
Pero cuando levantó una mano para agarrarme las pelotas, estuve a punto de estallar.
—Un momento —dije, y tiré de ella para ponerla en pie, aunque me resultó tremendamente doloroso—. Me niego a correrme antes que tú.
—Eres todo un caballero —murmuró ella.
Me subí los pantalones de cualquier modo con una mano y la conduje por el pasillo hasta mi dormitorio, que me pareció estar a varios kilómetros de la puerta de entrada.
Al entrar, Emilia se volvió hacia mí y se quitó el vestido por la cabeza. Me quedé boquiabierto al ver lo que me había ocultado bajo la ropa.
—Pero ¿qué…?
—¿Te gusta?
Se mordió el dedo como una coqueta, y se dio media vuelta para dejarme admirar el conjunto de liguero negro y sujetador de media copa a juego.
—No te quites los tacones —gruñí, acercándome a ella.
Chilló cuando la levanté en brazos y la dejé caer en la cama. Me quedé admirándola un momento, a pesar de que mi polla estaba a punto de reventarme los pantalones.
—¿Qué? —preguntó.
—Me fascinas —dije en voz baja—. Solo estoy admirándote.
Me incliné para deslizar un dedo por su estómago, hasta llegar a la calidez que esperaba encontrar entre sus piernas. Eso fue suficiente para hacer que se retorciera.
—Drew… —suspiró, arqueándose hacia mí—. No me tortures, por favor.
Me desnudé con rapidez, saqué un condón de la mesilla y me situé sobre ella en la cama.
—Déjame a mí —dijo, incorporándose sobre los hombros.
Emilia cogió con cuidado el condón de mis manos, abrió el paquete de un tirón y me lo puso. Su contacto bastó para que me sintiera aún más cerca del orgasmo.
¿Qué me daba aquella mujer? ¿Cómo era posible que se hubiera apoderado de mis pensamientos tan completamente?
Nunca me había sentido tan abrumado por ninguna otra mujer a la que hubiera conocido.
La conexión emocional que compartíamos habría sido suficiente para hacerme salir huyendo en otras circunstancias pero, en lugar de eso, no hacía más que seguir adelante, sin apartar la vista del objetivo, que no era otro que Emilia Marino.
Ella se dejó caer de espaldas y me miró con un brillo travieso en los ojos.
—Tengo otra sorpresa para ti —susurró—. Me sorprende que no la hayas descubierto aún.
Levanté una ceja.
—¿Por qué no exploras un poco? —Bajó la vista hacia su cuerpo.
Acepté su oferta al instante y, cuando deslicé una mano entre sus piernas, descubrí que los zapatos de tacón no serían lo único que se dejaría puesto mientras follábamos.
—¿Bragas sin entrepierna?
—No del todo, pero hay una abertura para dar acceso —explicó entre risas.
—Pequeña seductora —dije, antes de cubrir su cuerpo con el mío.
Ella me rodeó con sus sedosas piernas y, cuando me introduje en su interior, supe que no íbamos a dormir mucho esa noche.