20 Emilia
EMILIA
Me arrodillé delante de un niño pequeño encantador, rubito y muy elegante, con su pajarita de cuadros y sus brillantes zapatos negros.
—¿Has comido tarta?
Él asintió con timidez.
—¡Yo también! —Le guiñé un ojo—. Estaba tan rica, que creo que quiero otro trozo. ¿Y tú?
Sus ojos se animaron, y miró a su padre, en una pregunta silenciosa.
—No sé qué decirte, colega —dijo Logan con seriedad fingida—. ¿Dos trozos de tarta en un día? No sé si podrás comer tanto.
—Papá, sí que puedo —insistió él, dando saltos de emoción.
—¿Qué puedes hacer, pequeño? —preguntó Oliver, que se había acercado a nuestro grupo.
—Está pidiendo otro trozo de tarta, gracias a esta mujer —dijo Drew, señalándome.
—Bueno, es una fiesta, así que yo también voto que sí. —Oliver sonrió a su nieto—. Vamos a ver si conseguimos un poco más. ¿Te parece bien, Logan?
Cuando él asintió, Oliver llamó a un camarero que pasaba y le pidió un trozo de tarta. Después, lo siguió, con Noah saltando de alegría a su lado.
—Voy a tener que hablar con ese niño sobre los desconocidos que ofrecen caramelos desde una furgoneta —dijo Logan, mientras miraba alejarse a su hijo—. Es un blanco fácil. Le ofreces cualquier dulce, y se va detrás.
Una mujer muy guapa, con pelo gris y vestida con un traje vaporoso color naranja, se acercó a nosotros, y me fijé en que Oliver le sonreía con cierta timidez.
No era de extrañar, porque ella era impresionante, con su silueta esbelta, ojos de un azul brillante y la postura regia de una modelo de pasarela jubilada.
—Creo que aún no he tenido ocasión de presentaros a mi amiga Candace Fremont —dijo Oliver—. Candace, estos son mis hijos Logan y Drew, y Emilia, la prometida de Drew.
Le sonreímos y nos estrechamos las manos, pero me pareció detectar una cierta frialdad procedente de Drew y Logan.
—¿Eres de aquí? —le preguntó Drew.
Su voz sonó cortante, como si hablara con un empleado con el que tenía un problema. Me sentí un tanto avergonzada, porque creí comprender lo que estaba pasando.
—¿Yo? No, vivo en Manhattan —respondió Candace con una sonrisa amble, a pesar de la actitud de poli malo que había adoptado Drew—.
Venir a la Costa Oeste supone un cambio de ritmo maravilloso, me encanta estar aquí.
Hemos tenido una temporada larga de mal tiempo en Nueva York, así que estoy disfrutando del sol.
—Con protección, por supuesto —añadió Oliver con una risa.
Se acercó un poco más a Candace, y no se me escapó la forma en que sus brazos se rozaban. Logan también se dio cuenta, y su mirada intensa no dejó lugar a dudas.
—¿Así que es ella quien hace que te pongas protección solar cuando juegas al golf? —preguntó Logan, en un tono que casi sonaba acusador—. Candace, ¿te lo tenemos que agradecer a ti?
Drew tampoco quitaba los ojos de la pareja, con una intensidad similar. Por su parte, Candace no pareció inmutarse por su desaprobación. Si acaso, parecía divertida.
—Oh, no, yo no soy la responsable. Vuestro padre sabe cuidar bien de su propia salud. Es él quien me recordó a mí que me pusiera protección solar la última vez que jugamos al golf.
—¿Y cuándo fue eso? —preguntó Drew.
Caray. En aquella situación no había un poli bueno, solo dos hermanos muy antipáticos tratando a una desconocida de un modo intencionadamente grosero.
—Pues… —Candace miró a Oliver—. ¿Fue hace unas semanas? No lo recuerdo bien, los dos estamos muy ocupados. ¿Y qué es eso de jubilarse?
Ambos se echaron a reír, a pesar de las malas caras de los hermanos.
—Así que estáis pasando mucho tiempo juntos —comentó Logan.
Aquello estaba empezando a parecer un interrogatorio de la Inquisición, pero ni Oliver ni Candace parecían sentirse molestos.
—Cuando podemos —explicó Oliver—, pero vivimos en costas opuestas y, como ha dicho Candace, los dos tenemos mucho que hacer.
—Interesante —dijo Drew, que había cruzado los brazos y miraba a Candace con intensidad—. ¿Y cuánto tiempo piensas quedarte, Candace?
Uf, las palabras parecían neutras, pero el tono era letal. Pobre mujer.
—Me iré mañana temprano.
—Supongo que te alojas en alguno de nuestros hoteles —dijo Drew.
—En absoluto —intervino Oliver—. En casa hay sitio de sobra, se queda conmigo.
El silencio resultó muy incómodo. Yo estaba a punto de decir algo, lo que fuera, para romper la tensión, pero en cuanto abrí la boca, alguien chocó con mi espalda y me hizo tambalearme unos cuantos pasos hacia delante.
—Lo siento mucho —me dijo un tío sudoroso, que sujetaba una copa medio llena delante de sí—. ¿Te he dado?
Miré por encima de mi hombro la mancha color vino que se extendía por mi cadera.
—Un poco.
—Ay, mierda. ¿Las manchas de vino salen? —preguntó con una mueca el tío sudoroso.
—Sí, si me dejas hacer a mí —intervino Candace, que se me había acercado—. Ven, vamos a ocuparnos de ese desastre.
Me cogió del brazo con delicadeza y me apartó del grupo.
—Caray —dijo en voz baja.
No estuve muy segura de si lo decía por lo de la mancha de vino, o por el drama del que nos estábamos alejando, así que contesté de una forma igual de ambigua, porque no nos conocíamos lo bastante como para comentar lo ocurrido.
Entramos en un baño tan grande que podría haber encajado en un hotel y, al momento, Candace se inclinó para mirar la mancha.
—No te preocupes, estás en buenas manos. Nadie como una antigua cirujana para quitar manchas complicadas —me aseguró con confianza.
—Oh, vaya —exhalé—. ¿Ese era tu trabajo?
Ella cogió un montón de papel higiénico y lo humedeció en el lavabo.
—Era cirujana oncológica.
—¿En serio? Es increíble —me admiré.
—Gracias. Dejé la cirugía hace un año, pero aún no estoy preparada para abandonarlo por completo, así que ahora soy consultora médica. Es un modo muy gratificante de continuar con mi trabajo.
Empezó a dar toquecitos a la mancha con el papel, y yo me puse a pensar en cómo abordar lo que acababa de ocurrir con los chicos.
—Siento que Drew se haya puesto en un plan tan…
—¿Comprensiblemente receloso? —terminó Candace por mí, y su acertada observación me hizo reír.
—Es muy generoso por tu parte considerarlo justificado —observé.
—Lo puedo comprender —insistió ella—. Nunca han visto a su padre con nadie que no sea su madre.
Pero la cuestión es que no estamos saliendo.
Al menos, aún no. Lo pasamos bien juntos, pero no hemos definido nuestra relación, creo que esa es la razón de que los chicos se hayan sorprendido tanto al conocerme.
Yo misma estoy sorprendida de encontrarme en una fiesta familiar, pero tenía mucho que hacer en este viaje, y la fiesta ha coincidido con un momento en que estaba libre.
—Qué suerte —comenté.
—Es posible —sonrió Candace—. Ha salido bien. Por ahora, solo estamos disfrutando de las ocasiones en que nos vemos. Se ha convertido en uno de mis mejores amigos.
—Ay, así deberían ser las cosas.
Mis abuelos habían sido así, y su relación siempre fue la que yo consideré un modelo.
Mis abuelos se adoraban, se hacían reír el uno al otro y disfrutaron de cada instante que estuvieron juntos, hasta los últimos días de mi abuela.
Yo siempre había deseado encontrar a alguien así para mí, pero nunca había tenido una relación tan firme y cómoda como la suya.
No tenía un gran historial en lo referente a encontrar hombres con los que lo pasara bien fuera del dormitorio, y mucho menos en relaciones a largo plazo.
Cuando intentaba imaginar una relación así, siempre me venía a la mente estar acurrucada con Drew en su sala de cine, viendo programas de telerrealidad y metiéndonos con la gente de la pantalla.
O pasar un rato con Drew y Winston en el jardín, haciendo crucigramas juntos y fingiendo que Winston nos sugería toda clase de respuestas absurdas.
Incluso cuando estaba trabajando, como durante las horas que había pasado seleccionando vídeos de Kristen con su abuelo, Drew me había puesto las cosas fáciles, haciéndome compañía y proporcionándome bebida y algo de comer.
Me hacía reír, era tremendamente considerado, y a los dos nos preocupaban las mismas cosas.
Sí, además de querer follármelo a cada momento, también me gustaba Drew Ashford, de verdad.
Candace se apartó para valorar el resultado de su trabajo.
—Vale, no está mal.
Me volví para mirarme en el espejo y, en efecto, lo único que quedaba de la mancha era una zona húmeda, sin ningún color.
—¡Muchas gracias! —Le di un abrazo rápido y ella se echó a reír.
—Deberíamos volver, o los hombres acabarán por venir a buscarnos —observó ella.
Volvimos a la fiesta, y busqué a Drew entre la gente, hasta divisarlo cerca de las ventanas, hablando con Harrison.
No me vieron acercarme, así que reduje el paso para intentar escuchar su conversación antes de llegar hasta ellos.
Cuando escuché a Harrison decir mi nombre, me detuve y me oculté tras una esquina.
—Sí, Emilia no deja de sorprenderme —dijo Drew, en un tono que delataba una sonrisa.
—Me cae bien —afirmó Harrison—. Te está espabilando bastante.
Esa vez me tocó sonreír a mí. Tener el apoyo del hermano mayor debería contar para algo.
—Ya lo creo —respondió Drew—. Es superinteligente, y no te digo nada de su capacidad para resolver problemas.
—Eso es evidente —dijo Harrison—. Veo todos los platos de postre llenos de restos de color rosa, y ha sido gracias a ella.
—¿Ves? A eso me refiero.
—Cuéntame lo del anillo —pidió Harrison.
Miré la piedra que llevaba en la mano. Era una joya verdaderamente bonita; sencilla pero sin imperfecciones, y tan brillante que parecía encerrar fuegos artificiales, incluso con poca luz ambiente.
—Me pareció lo apropiado —dijo Drew.
No entendía a qué se refería. Apropiado ¿para qué?
—Debo admitir que me ha sorprendido bastante ver el anillo —repuso Harrison—. No en el mal sentido, sino que… Bueno, que pensaras que era la decisión correcta. Pero me fío de ti, así que lo respeto.
Agucé el oído, porque la conversación se estaba volviendo seria.
—En parte fue por conveniencia, al menos, al principio. Aún tenía el primer anillo de mamá en la caja fuerte de casa, y necesitábamos uno para que el compromiso pareciera real, así que…
Un momento. ¿Me había dado el anillo de su madre?
Hubiera esperado que el de ella fuera más grandioso, pero, por otro lado, Drew se había referido al «primer anillo», así que era posible que Oliver le hubiera regalado otro mejor en algún momento.
Era Oliver quien había convertido la empresa familiar en una marca global, y transformado en un imperio la cadena hotelera que había heredado, pero el éxito había llegado mucho después de que se casaran.
—Le encaja a la perfección —continuó Drew—, como el zapato de cristal de Cenicienta.
Me rodeé el cuerpo con los brazos al escuchar la comparación.
—No creo en las señales, pero me da la sensación de que todo esto significa algo —sugirió Harrison.
—Sí, tal vez. —Sacudió la cabeza—. No lo sé. Lo de tener cámaras grabándonos sin parar a causa de Carter y Kristen hace que sea difícil distinguir lo verdadero de lo fingido.
—No siempre estáis delante de las cámaras.
—Eso es verdad, y esos son los momentos que importan. Habrá que ver qué ocurre después de la boda de Carten, pero debo admitir que… —Hizo una pausa, y sonrió—, ya no me parece estar fingiendo.
Tampoco me lo parecía a mí o, más bien, no me había permitido pensar en ello, porque vivir el momento estaba resultando maravilloso.
Pero, a juzgar por lo que decía Drew, parecía que veía la posibilidad de un futuro juntos.
Y si él lo quería, yo también. Aunque, al mismo tiempo, me parecía oír una vocecita en mi interior que me recomendaba ir más despacio y me hacía pensar en el comentario de Drew sobre no saber qué era real y qué no.
¿Sentiríamos tanta pasión el uno por el otro cuando las cámaras y los micrófonos desaparecieran definitivamente?
¿Sería la telerrealidad la mejor manera de encontrar el amor?
Hacía dos semanas, mi respuesta a esas preguntas habría sido un no rotundo, pero ¿seguía siendo la misma?