19 Drew #2
Tan pronto como se cerró la puerta, volví a abrazar a Emilia, y nos besamos como adolescentes excitados hasta que volvimos a oír pasos, unos minutos después.
—¡Ya está lista! —anunció Jeanie en tono triunfante—. Metida en su caja, y preparada para llevar. He puesto cobertura también en el trozo que se había cortado, para que no se vea el color del interior.
Salimos a recoger la tarta reparada y, cuando Jeanie abrió la caja para enseñárnosla, solté un silbido de admiración.
—Ha quedado como nueva —me admiré—. ¿Qué te debemos?
—Ni un centavo —respondió Jeanie con rapidez—. Emilia me ha traído tantos clientes, que esto es lo menos que puedo hacer para darle las gracias.
—No me parece bien —protestó Emilia—. ¿Aceptarías al menos una propina por un trabajo tan excelente?
—Estoy segura al cien por cien. Me alegro de haber podido ayudaros. Ahora, largaos de aquí y volved a la fiesta.
Emilia dio un abrazo a Jeanie, y procedimos a deshacer el trayecto recorrido, aunque esa vez, conduje yo. Para cuando llegamos a casa de Harrison, la fiesta estaba en su apogeo. Gwen volvió a echarse a llorar cuando vio la tarta, y Harrison me dio unas palmadas en la espalda.
—Te lo agradezco mucho, hermano —dijo en voz baja.
—Sabes que puedes contar conmigo.
Ese siempre había sido el caso, en teoría, pero el antiguo Harrison nunca habría pedido ayuda, y al antiguo Drew no se le habría ocurrido ofrecérsela.
Todos nosotros estábamos cambiando para mejor y, aunque eso tenía algo que ver con el susto que nos había dado nuestro padre al creer que tenía cáncer, en buena parte se debía a las mujeres en nuestras vidas.
Tomé a Emilia de la mano y la conduje a donde estaban el resto de los invitados. La mitad de ellos estaban reunidos en el salón, y los demás habían salido al patio, donde había un DJ. Aquello no parecía solo una pequeña reunión de amigos, tenía pinta de que lo íbamos a pasar bien.
No me sorprendió que hubiera tanta gente.
Desde su boda, Harrison y Gwen se habían vuelto muy caseros y les gustaba tener el control de la diversión.
Solían organizar veladas para ver partidos o películas, lo que significaba que mi hasta entonces solitario hermano mayor, ahora socializaba más que nunca en su vida, gracias a su encantadora mujer.
Lancé una mirada a Emilia y me pregunté si ella también me estaría transformando a mí.
¿Había empezado a cambiarme sin que me diera cuenta?
Reí para mis adentros, y tuve que reconocer que permitirle conducir mi coche había supuesto una importante ruptura de mis propias reglas.
Y, en general, debía admitir que estar con Emilia mejoraba mucho mi estado de ánimo en general.
Me encontraba riendo más, cosa que seguramente también podía atribuirse a nuestro otro compañero de piso, el que vivía en el jardín.
Me sentía más… animado, como si ella fuera mi rayo de sol personal.
—Atención, todos —anunció Harrison en voz alta—. Ha llegado el gran momento.
Las conversaciones se detuvieron al instante, lo que no me extrañó, porque mi hermano tenía un don para atraer la atención. Miré a Logan, al otro lado de la sala, y pensé en que él también era así. Formábamos un trío formidable.
Gwen se situó junto a Harrison y sonrió de oreja a oreja cuando un fotógrafo empezó a hacer fotografías.
—Antes de averiguar qué será el bebé —dijo, situando una mano con cariño sobre la tripa de Gwen—, queremos daros a todos las gracias por venir.
Tenemos mucha suerte de contar con un grupo como vosotros.
Nuestras familias. —Hizo una pausa para mirar a su alrededor y reconocer nuestra presencia—.
Nuestros queridos amigos. Muchas gracias a todos por compartir este momento con nosotros.
Cogió el cuchillo de plata y se lo entregó a Gwen. Emilia se inclinó hacia mí.
—¡Qué nerviosa estoy!
—¿Por qué? —pregunté con una risa.
—¡Porque esto es muy importante! Ahora podrán decorar el cuarto del bebé y comprar toda esa ropita tan mona en colores que no sean verde o amarillo.
Miré cómo sonreía a mi hermano y mi cuñada. Me resultaba adorable ver a Emilia tan contenta por ellos.
Alguien inició una cuenta atrás, y los futuros padres sujetaron el cuchillo entre los dos y cortaron con él la tarta. Al terminar, Harrison levantó una porción en cuyo centro había dos capas de color rosa brillante, con una expresión que era mezcla de sorpresa y alegría.
—¡Vamos a tener una niña!
Todo el mundo rompió en vítores, y el DJ puso una canción alegre.
—Es de Scarlet Rush —me informó Emilia—. ¡Esta canción se llama Todo para ella! Resulta adorable.
Me pregunté si conocería la historia de mi hermano con esa cantante, y lo esencial que había sido Gwen para resolver el problema. Me pareció que incluir la canción en el momento de la revelación era una forma divertida de hacer referencia a esa historia.
—Una niña —suspiró Emilia—. ¿Qué te parece?
Observé cómo se abrazaban mi hermano y Gwen.
—En esta familia ya hay mucha testosterona. Nos vendrá bien un cambio.
Ninguno de nosotros sabría qué diablos hacer con una niña pequeña, pero sería muy divertido averiguarlo, y a mí ya me estaban dando ganas de malcriar a mi futura sobrina.