Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 19 Drew
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19 Drew

DREW

—¿Estás nerviosa? —pregunté a Emilia al acercarnos a la puerta de la casa de Harrison y Gwen.

—Quién, ¿yo? ¿Nerviosa porque voy a conocer a la familia y amigos cercanos de mi prometido falso? ¡Qué va! ¡Para nada! —respondió riendo—. Pero, para que quede claro, los únicos que saben que no somos pareja son tus hermanos y tu padre, ¿no?

—Correcto —respondí—. Si alguien más pregunta algo, tú sigue el plan. No podemos permitirnos que se corra la voz.

—Entendido —asintió—. Entonces, ¿va a haber demostraciones de afecto?

Me detuve antes de llamar al timbre.

—Ya lo creo que sí. No te sorprendas si hago esto. —La estreché en mis brazos y la acerqué a mí—. O esto. —Puse un dedo bajo su barbilla para levantarla—. O esto.

Me incliné para besarla con dulzura. Hasta el menor contacto de nuestros labios era suficiente para despertar mi cuerpo a un universo de posibilidades, y la solté a desgana.

Aquella mujer me consumía de tal modo que apenas hacía falta gran cosa para ponerme a mil, y no quería plantarme en la fiesta con una erección.

Cuando me aparté, Emilia seguía inmóvil, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.

—¿Qué estabas diciendo? —bromeó al recuperarse—. Me he quedado en blanco un momento.

No pude contenerme y la besé de nuevo antes de llamar a la puerta. A duras penas, conseguimos separarnos al oír pasos que se acercaban desde el interior de la casa.

—Un momento, ¿llegas pronto? —preguntó mi hermano al abrir la puerta—. ¿Cómo es posible?

Le dediqué una sonrisa ladeada al pasar a su lado para entrar.

—¿Ya empiezas a meterte conmigo? Que sepas que mi preciosa prometida es la versión humana de Google Maps. Me ha traído por atajos que no sabía que existían, y nos hemos ahorrado al menos veinte minutos.

Harrison tendió la mano para saludar.

—Soy Harrison Ashford. Encantado de conocerla, señorita Mapa.

—Emilia —sonrió ella—. Qué casa tan bonita, gracias por invitarme.

—¿Y dónde está el mejor perro del mundo? —pregunté, mirando a mi alrededor, por si veía a Monty.

—Se toma su papel de anfitrión muy en serio, y habría insistido en besar a todos los invitados en la boca, así que va a pasar la noche con su paseador.

En ese momento se oyó una voz de mujer, que sonaba muy preocupada, desde otra habitación. Harrison hizo una mueca de simpatía.

—Lo siento, habéis llegado justo en medio de una crisis.

Hemos tenido un problema. Habíamos previsto hacer la revelación con una tarta con dos capas de relleno, de forma que, al cortarla, se vería si es rosa o azul.

Pero el pastelero entendió mal nuestras instrucciones, aunque eran muy claras.

Habíamos pedido una tarta pequeña para cortar y mostrar el color, y otra grande que será la que nos comamos y que debería tener el relleno del mismo color, pero el pastelero ha hecho el relleno de la tarta grande de color blanco.

El personal se ha dado cuenta al cortarla para preparar las porciones individuales, y Gwen se ha enfadado mucho.

—Oh, no —se lamentó Emilia—. Ese es un error bastante serio. ¿Os puedo ayudar en algo?

—Como no seas maga… —comentó Harrison con una sonrisa triste—.

No se me ocurre qué podríamos hacer. El pastelero tenía que ir a entregar una tarta nupcial y no está disponible hoy.

Gwen es maravillosa con la repostería, pero no tiene ni los recursos ni el tiempo de arreglar la tarta antes de que empiece la fiesta.

—Se me ha ocurrido una idea —explicó Emilia—. ¿Podría hablar con Gwen un momento?

—Creo que sí —respondió Harrison—. Es por aquí.

Seguimos a mi hermano a través de su bonita casa, y me maravillé de lo mucho que había cambiado su vida. Las sombras que lo habían atormentado durante años habían desaparecido, y parecía más relajado y feliz. Claro, que, ¿cómo no iba a serlo, con su preciosa mujer y un bebé en camino?

Al entrar en la cocina, encontramos a Gwen, encantadora en el esplendor de su embarazo, con los codos apoyados en la encimera y la cabeza inclinada. Detrás de ella había tres camareros con aspecto nervioso.

—¿Tan difícil era…? —estaba diciendo, pero se detuvo al ver que tenía público—. Ay, Dios mío, hola. Lo siento, estoy hecha un desastre, hemos tenido un problema con la tarta.

Se acercó a nosotros, haciendo un esfuerzo por sonreír.

—Gwen, esta es Emilia Marino —expliqué— y se le ha ocurrido una solución para ti.

Ellas se abrazaron, como si el trauma creado por la tarta las hubiera unido sin necesidad de intercambiar palabra. Cuando se separaron, Gwen puso las manos sobre los hombros de Emilia.

—¡Me alegro mucho de conocerte! ¿No habrás traído medio kilo de crema de mantequilla y colorante alimentario, verdad?

—La verdad es que no —rio Emilia—, pero conozco a alguien que tiene todo eso.

No sé si Drew te ha contado que soy organizadora de bodas.

El caso es que trabajo con un montón de pasteleros, y hay una en concreto que me debe un favor.

Su tienda está a solo quince minutos de aquí.

Podemos llevarle la tarta, pedirle que quiten el relleno y lo cambien por uno del color adecuado, y luego la vuelvan a montar y a decorar. Así de fácil. ¿Qué te parece?

A Gwen le temblaba el labio inferior.

—Sé que es una estupidez ponerse así por una tarta, pero es que quería que todo fuera perfecto.

—Y lo será, te lo prometo —le aseguró Emilia.

Me daba cuenta de que había activado el protocolo de gestión de novias nerviosas, que también parecía funcionar para las anfitrionas embarazadas agobiadas.

—¿Qué opinas? —volvió a preguntar.

Harrison se acercó a ellas.

—Creo que es una solución estupenda, si no os importa perderos parte de la fiesta.

—Pues claro que no —aseguré yo—. Vosotros ocupaos de vuestros invitados, y nosotros nos encargaremos del postre.

Emilia hizo una llamada rápida a la pastelera para confirmar que estaba en la tienda y disponible para ocuparse de la tarta.

Gwen le entregó entonces un sobre con una nota que indicaba el sexo del bebé y nos hizo prometer que no lo miraríamos, para no estropear la revelación y descubrirlo al mismo tiempo que los demás.

Después de volver a empaquetar la tarta y prepararla para el transporte, Emilia y yo nos dirigimos a mi coche y la situamos en el diminuto asiento trasero.

—Yo conduzco —dijo ella, y me tendió la mano para que le diera la llave.

—¿Perdona?

—Llegar hasta allí es bastante complicado, y vamos mal de tiempo. Es más fácil que conduzca yo, en lugar de tratar de darte indicaciones.

Hice una pausa, porque permitirle coger el volante de mi Bugatti La Voiture Noire personalizado era mucho pedir.

—Sabes que este coche se ha fabricado siguiendo mis especificaciones exactas, ¿verdad? No existe otro igual en el mundo.

—Yo también soy única en el mundo, así que es una combinación perfecta. Además, esto es una emergencia. —Hizo un gesto de impaciencia con la mano—. Suéltala.

Suspiré. Tenía razón.

—De acuerdo. —Le entregué la llave.

—¡Voy a conducir el Batmóvil, sí! —vitoreó ella—. ¿Cuánto cuesta este cacharro? ¿Un millón?

—Como diez veces más, más o menos —respondí con un resoplido.

Emilia se quedó helada.

—¿Cómo dices?

—No pasa nada, me fío de ti.

Le expliqué cómo funcionaba el coche, porque era muy diferente de uno normal, y nos pusimos en marcha.

Veinte minutos después, llegamos a la pastelería con la tarta, tras recorrer un camino que, sin duda, a mí me habría costado al menos media hora.

Al verla conducir, se diría que Emilia había nacido tras el volante. Era realmente increíble.

Sacamos la tarta del coche con cuidado y entramos en el establecimiento.

—Eso ha sido la hostia de excitante, ¿sabes? —le dije en voz baja, justo antes de pasar bajo el toldo de rayas blancas y negras.

—¿El qué?

—Tú, conduciendo mi coche. Te has hecho con él muy rápido, y lo has llevado como una profesional. ¡Y eso que es manual!

Ella me guiñó un ojo y abrió la puerta.

—Sé muy bien cómo manejar una cosa dura.

Maldición. Resultaba imposible follar en mi coche, pero ¿tal vez podríamos colarnos en alguna habitación vacía en casa de Harrison?

Jeanie, la pastelera, nos estaba esperando con un enorme cuenco plateado de crema de mantequilla junto a varios tarros de colorante alimentario.

Emilia y yo nos apartamos para dejarla trabajar.

Al ver que no había nadie en la antesala entre la cocina y la zona pública del local, empujé a Emilia contra la pared.

—¿Qué…? —gritó ella, sorprendida.

—Shh —le advertí—. Solo necesito un poco de ti. Me has excitado de cojones.

—¿Por lo de conducir? —rio ella.

—Por todo —respondí, mientras me acercaba un poco para morderle el cuello—. La forma en que has resuelto el problema de la tarta, cómo has conducido mi coche, el aspecto que tenías conduciendo, este vestido tan sexi… —Deslicé la mano bajo su falda para acariciarle un muslo.

—Drew —me reprendió ella, aunque no se apartó—. No podemos.

Continué besándola y mordisqueándole el cuello, mientras subía la mano por su muslo. Tenía razón: allí no podíamos hacer nada más que tontear un poco, pero si hubiera tenido la certeza de que nadie nos interrumpiría, la habría sujetado contra la pared para tomarla allí mismo.

Nos separamos de un salto al escuchar unos ruidos procedentes de la parte posterior, y nos recompusimos un poco. No me sorprendió comprobar que estaba duro como una piedra, y Emilia tenía la cara muy sonrosada.

—Cuando lleguemos a casa esta noche… —le advertí, con una sonrisa.

Casa. Sí, saber que ella volvería a casa conmigo me parecía lo más natural del mundo.

—¿Qué vas a hacerme? —me provocó Emilia.

—Todo. Te voy a desnudar, y te voy a venerar de formas que ni te imaginas. Voy a tomarme mi…

Jeanie asomó entonces la cabeza por la puerta.

—Es vuestra última oportunidad. ¿Queréis saber el color del relleno?

Me situé detrás de una estantería llena de moldes para ocultar mi erección descontrolada.

—Mi cuñada nos ha pedido que no estropeemos la sorpresa.

—De acuerdo —respondió ella con una sonrisa ladeada—. Me vuelvo al trabajo.