18 Emilia
EMILIA
—De acuerdo, pareja, vamos a hacerlo bien y con calma —indicó Dorian—.
Ahora que formáis parte de la historia de Carten, el público tiene que saber más de vuestra relación.
Esta será la entrevista en la que lo contaréis todo, para dar a conocer vuestras historias y el tipo de relación que tenéis.
Estoy pensando que empezaremos haciendo que parezca que Drew y Kristen tontean un poco, para captar el interés de la gente desde el principio y sugerir la posibilidad de que todo se vaya al traste, y luego revelaremos que vosotros dos estáis juntos. ¿Tiene sentido?
Lancé una mirada a Drew mientras soltaba una larga exhalación.
Hasta ese momento, no me había importado formar parte del equipo de rodaje, pero esto era someternos a un interrogatorio, entrevista, con mi prometido falso.
Lo habíamos hablado por adelantado, incluyendo las posibles complicaciones, pero eso no me había hecho sentir mejor.
Uno de los dos acabaría metiendo la pata, era inevitable.
—Entendido —respondió Drew—. Será divertido. Nuestra historia es bastante subida de tono.
Él me cogió la mano y la besó, lo que me sacó de mi espiral de preocupación con un sobresalto.
—Sí, muy divertido —conseguí decir al fin.
Nos situaron en una terraza sombreada que daba a la playa.
Era un bonito telón de fondo para contar mentiras sobre nuestro romance falso, pero mi nivel de estrés no dejaba de aumentar.
No se me daba bien mentir en serio, solo contar alguna mentirijilla, pero no creía que eso fuera suficiente a la hora de enfrentarme a las cámaras. Seguro que la acabaría fastidiando.
—Contadme cómo empezasteis —nos instruyó Dorian—, pero que sea divertido. Exagerad los aspectos positivos y negativos. Drew, empiezas tú y, Emilia, tú intervienes para añadir algún aspecto cómico.
Comedia, ¿yo? Iba de cabeza al desastre.
Inspiré hondo, y solté aire mientras Drew comenzaba a contar la historia inventada de nuestro romance que, en ese momento, ya me empezaba a parecer auténtica de verdad.
Cuando él se alteró un poco al relatar lo molestos que habían sido los perros, intervine yo y, enseguida, todo el mundo empezó a reírse. Volví a sentirme esperanzada.
—¿Con qué frecuencia trabajáis juntos? —preguntó Dorian.
Nos miramos a los ojos.
—No lo bastante —empezó Drew con suavidad—.
Yo tengo que ausentarme para atender otras cuestiones en el hotel y, como sabes, esta no es la única propiedad de nuestra marca.
Yo soy responsable de todas ellas, así que no tengo ocasión de participar mucho en los eventos aquí, en Carmel.
Aunque, cuando trabajamos juntos, ella hace que me resulte muy difícil concentrarme.
Digamos simplemente que me cuesta mucho mantenerme alejado de mi encantadora prometida —dijo Drew, mientras me cogía la mano para darle un apretón, más para mí que para los espectadores del programa—. Nuestra química supone un problema.
—Más —exigió Dorian—. Vamos, Emilia, cuéntanos tu punto de vista. No dejes que él sea el único centro de atención. ¿Tú también crees que vuestra atracción mutua supone un problema?
Drew captó mi atención.
—No pasa nada —dijo en voz baja.
—Yo no lo llamaría un problema —enuncié despacio, mirando nuestras manos unidas—. De vez en cuando, resulta complicado gestionarlo, porque me cuesta mucho quitarle las manos de encima, y eso no es muy profesional.
Era una sensación nueva para mí, y era cierto al cien por cien.
—¿Alguna vez os han sorprendido teniendo un momento de intimidad en el hotel? —preguntó Dorian.
—Sí, aunque nunca han sido los clientes o huéspedes —añadí con rapidez—. Alguien del personal sí nos ha pillado en… bueno, en un momento íntimo.
—Oh, vamos, Em —animó Drew en tono juguetón—. ¿Puedo contar la historia de lo que pasó?
Asentí, agradecida por que él se estuviera haciendo cargo de la entrevista, y esperé que no nos hiciera parecer demasiado insaciables.
—Nos escabullimos para encontrarnos en un cuarto de la limpieza. —Hizo una pausa para guiñar un ojo a la cámara—. Yo me estaba muriendo por hacerlo, ¿sabes? Ella me había estado provocando, mirándome con esos enormes ojos tan bonitos, y yo estaba a punto de explotar.
Mientras Drew hablaba, se me ocurrió que estaba describiendo, de un modo muy sutil y discreto, lo que ocurrió la última vez que le hice una mamada.
Me sentí acalorada solo con recordarlo, sobre todo cuando él empezó a describir lo atractiva que me encontraba y las sensaciones increíbles que le hice sentir.
Sí, estaba exagerando un poco para las cámaras, pero me miraba a los ojos de un modo que hacía imposible apartar los míos, y daba la impresión de que todo era real.
Era como si de verdad me viera del modo en que me describía, como una especie de diosa sexual, y no la mujer que se quedaba siempre en segundo plano.
Como si, al mirarme, me viera de verdad, y eso fuera suficiente para excitarlo.
—Em estaba solo a unos centímetros de mí y, de repente, la puerta se abrió de golpe y entró la responsable del servicio de habitaciones, Maritza.
A esa mujer no se le escapa nada. Ni la menor mota de polvo.
Nos quedamos paralizados pero, por alguna razón, Maritza estaba tan ocupada buscando algo, que ni siquiera volvió la cabeza para ver qué más había en aquel cuarto.
—Eh, ¡eso me gusta! —exclamó Dorian—. ¿Maritza está buena? ¿Podríais haber organizado un trío?
Drew y yo nos reímos al unísono.
—Maritza lleva veinticinco años en el hotel. Está felizmente casada y tiene tres nietos —dijo Drew.
—Entiendo —dijo Dorian—. Bueno, sigue contando.
—Bueno, tuvimos suerte de que no se diera cuenta. Pero sí, creo que esa fue la vez que estuvimos más cerca de que nos pillaran. Al menos, hasta ahora.
—Entonces, después de que casi os pillaran, ¿seguís escapándoos para tener «reuniones privadas» en el trabajo?
Drew volvió a reír.
—¿Alguien esperaría en serio que mantenga las manos quietas, estando comprometido con la mujer más tentadora del mundo? Además, tengo que admitir que la posibilidad de que nos pillen hace que sea más excitante.
Yo me había sonrojado tanto que estaba convencida de que iba a entrar en combustión espontánea delante de todo el mundo.
Pero las llamas… ¿serían de las buenas? ¿Las llamas alegres, resultantes de aunar un ego reforzado y una libido incendiaria?
Era la leche de excitante que te desearan de la forma en que lo hacía Drew…
Aunque habría preferido no tener aquel momento delante de un montón de cámaras.
—¿Cómo describiríais vuestra química en tres palabras? —preguntó Dorian.
—Empiezo yo —dije con rapidez, porque no quería tener que recuperarme lo suficiente para hablar después de lo que fuera a decir Drew—. Diría que nuestra química es abrumadora, intensa y… rara.
—¿Rara? —preguntó Dorian—. Explícalo.
—Creo que es fácil encontrar atracción sexual, pero lo raro es tenerla con alguien que satisfaga todas tus necesidades, no solo las sexuales. —Sonreí a Drew—. Soy consciente de lo afortunada que soy.
La expresión de Drew pasó de tener un barniz adecuado para la televisión, a algo más cálido, como si mis palabras le hubieran conmovido. Dorian se volvió hacia él.
—¿Y qué opinas tú? ¿Con qué tres palabras describirías tu química con Emilia?
Él me miró a los ojos, y la intensidad de su mirada lanzó una punzada de calidez a través de mi pecho.
—Uf, eso es difícil. No porque no se me ocurra nada, sino porque tengo demasiadas palabras. Nuestra química es… trascendental, creativa, infinita, ardiente, inigualable, intuitiva, emocional, artística.
—Guau —exclamó Dorian—. ¿Pero qué diablos hacéis entre las sábanas, exactamente?
Los dos nos echamos a reír, pero no pude evitar preguntarme si aquella conversación estaría teniendo el mismo efecto en Drew que tenía en mí.
Solo pensar en la sensación de sus manos sobre mi cuerpo me estaba provocando temblores por todo el cuerpo.
¿Creativa? Oh, sí, algunas de las posiciones que habíamos probado parecían demasiado avanzadas hasta para el Kama Sutra.
Necesitaba más. Ya.
Me resultó cada vez más difícil centrarme en el resto de la entrevista, porque los dos no dejábamos de encontrar formas diferentes de provocarnos con sutileza.
Drew acariciaba el dorso de mi mano con el pulgar, lo que me obligó a ponerla sobre su muslo, para luego deslizarla despacio hacia arriba.
Cada vez que nos mirábamos, nuestros ojos se quedaban enganchados, y yo me humedecía los labios de un modo que solo pudiera notar Drew.
Supe que el gesto surtió el efecto deseado cuando vi cómo se aclaraba la garganta y cambiaba de postura, para que la chaqueta le tapara el regazo.
Iba a resultar imposible esperar hasta llegar a casa. A pesar de la historia que habíamos inventado, no estábamos tan desesperados como para meternos en un cuarto de la limpieza, pero su despacho se podía cerrar con llave.
Claro, que, un momento. Estábamos en un maldito hotel. Había más de seiscientas habitaciones a nuestra disposición para darnos un revolcón. Si al menos lográsemos terminar la dichosa entrevista sin que se nos notara mucho la desesperación…
—Muy bien, chicos, creo que eso es todo —dijo por fin Dorian—, salvo que tengáis algo más que añadir.
Drew ya se había puesto en pie y daba tirones al micrófono que llevaba en la solapa. Era obvio que pensaba lo mismo que yo.
—No, ya está bien. Tenemos que marcharnos, así que nos vendría bien un poco de ayuda para desenchufar todo esto.
Intenté no echarme a reír al ver cómo se apresuraba a intentar librarse del aparato.
Alguien de la producción se acercó a hacernos algunas preguntas más, y estuve segura de que a Drew se le agotó la paciencia de forma visible.
Para cuando me cogió de la mano y empezó a atravesar el hotel conmigo, el resto de su fachada tranquila había desaparecido por completo.
Me llevó hasta los ascensores, aunque los despachos del personal estaban en la planta baja.
—Un momento, ¿qué vamos…?
—No te hagas la tonta —respondió con una sonrisa arrogante—. Sabes muy bien lo que vamos a hacer.
Las puertas del ascensor se abrieron, y pensé que la diversión podría comenzar en cuanto entráramos, pero se nos unió una pareja con un bebé.
Drew se dedicó a mirar el teléfono mientras subíamos pero, en cuanto la familia salió del ascensor, presionó una tarjeta contra el panel de control y seleccionó uno de los pisos.
Salimos en silencio al pasillo y supuse que él intentaba mantener una imagen profesional, teniendo en cuenta el montón de cámaras que había por todas partes. Corrí para mantenerme a su lado.
—¿Tienes una llave maestra?
Él me mostró una tarjeta blanca en la que no había signos ni letras.
—Acceso a cualquier habitación, en cualquier momento. Soy el único que la tiene.
Aplicó la tarjeta al lector de una puerta, que se abrió al momento. Yo no había hecho más que atravesar el umbral, cuando me levantó del suelo.
—Me estaba muriendo por ti —gruñó, mientras me colocaba sobre su hombro.
Me eché a reír y fingí golpearle la espalda con los puños. Él me dejó en la cama y se me quedó mirando.
—Es nuevecita. —Señaló la cama.
—¿Perdona? —pregunté, confundida por el cambio de tema.
—Estamos cambiando todas las camas del hotel, y esta no la ha usado nadie aún. La vamos a estrenar.
Me recliné hasta tumbarme en el colchón.
—Pues la inversión merece la pena. Es tremendamente cómoda. Deberías tumbarte aquí conmigo y probarla —le provoqué.
Él aflojó la corbata y se la quitó de un tirón. Yo me incorporé para mirarlo.
—¿Vas a atarme? —pregunté, casi sin aliento.
—Eso, y mucho más —gruñó Drew, mientras se desabrochaba la camisa—. Pero antes, necesito probarte a ti.
Se dejó caer de rodillas y me separó las piernas.
—¡Drew!
Se acercó a mi cuerpo y deslizó las manos por la piel desnuda de mis muslos. Hasta entonces, mi falda negra con vuelo ocultaba el hecho de que no me había puesto ropa interior.
—Esa es mi chica —suspiró cuando lo descubrió—. Si llego a saber que estabas casi desnuda cuando estábamos haciendo la entrevista, habría encontrado la forma de excitarte, aun con las cámaras rodando. ¿Te lo imaginas? Habría deslizado la mano debajo de tu falda, te habría hecho cosquillas…
Recorrió mi piel con la punta de los dedos, y mi cuerpo entero se estremeció de deseo.
—Habrías tenido que seguir hablando mientras jugaba contigo, para que no se dieran cuenta.
Drew se acercó aún más y me dio un beso rápido entre las piernas.
—Por favor —pedí, con la respiración acelerada.
—¿Me estás suplicando?
Volvió a besarme y, esa vez, presionó mi clítoris con la lengua.
—Sí —gemí—. Te lo suplico.
Drew hundió la lengua en mí, y estuve a punto de saltar hasta el techo.
Mi cuerpo entero se paralizó y, a la vez, sintió una descarga eléctrica, mientras él me hacía el amor con la boca.
Una mezcla de sensaciones se apoderó de mí cuando me sujetó un tobillo con una mano para mantenerme quieta, mientras me excitaba con la otra.
Le bastaron unos minutos para llevarme al límite.
Debí gritar su nombre porque, cuando abrí los ojos, se reía suavemente.
—Me gusta cómo ha sonado eso —dijo—, así que voy a hacer que lo repitas.
Me quedé mirando cómo se desnudaba, mientras mi cuerpo parecía de gelatina. Sus ojos no se apartaron de mí pero, cuando cogió un condón, me incorporé.
—Un momento. Quiero…
—No, ahora no. —Sacudió la cabeza—. No puedo esperar más.
A decir verdad, yo tampoco podía. Aquel hombre era perfecto, una obra maestra esculpida en piel, que daba la casualidad de tener la polla más increíble del mundo. Él se acercó a mí y me dedicó una sonrisa maligna.
—¿Qué era eso que habías dicho sobre atarte?