Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 16 Drew
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16 Drew

DREW

—Drew.

Abrí los ojos, tratando de comprender dónde estaba.

¿Lo había soñado, o alguien acababa de decir mi nombre?

Me senté, y me costó un momento orientarme. Era tarde, la televisión estaba apagada, había una caja de pizza en el suelo y yo estaba sentado en el sofá junto a…

Miré a un lado, y al ver a la bella durmiente recostada a mi lado, lo recordé todo de golpe.

Emilia. Y ¿estaba gimiendo mi nombre?

—¿Drew?

Lo había dicho en un susurro. Me incliné hacia ella y me fijé en que su expresión era tensa.

—Drew.

Esa vez, sonó como un suspiro.

La respiración de Emilia se aceleró.

—Drew… no…

Oh, oh.

—Por favor, no pares —gimió.

Se me puso dura inmediatamente.

Ella no dejaba de apretar su cuerpo contra mí, como si esperase que me situara en la posición de la cuchara grande. Joder, cómo deseaba rodearla con mis brazos y dejar que se apretara contra mi polla durísima.

—Ahí —dijo en un tono más agudo—. Ay, Dios, justo ahí.

Tranquilo, chico. Al ver cómo agitaba su cuerpo, se me aceleró la respiración pero, por mucho que quisiera tocarla, ese era un límite que no podía cruzar sin su consentimiento.

La camiseta se le había subido y me dejaba ver el borde inferior de su sujetador negro.

La tentación empezaba a ser demasiado fuerte, así que decidí bajársela.

Con mucho cuidado, acerqué la mano y tiré de la camiseta, pero no debí hacerlo con la sutileza suficiente, porque Emilia abrió los ojos un instante y los volvió a cerrar.

—Drew —suspiró—. Bésame.

Vale, eso era justo lo que me moría por hacer, pero ni en broma iba a besarla como a la Bella Durmiente. Me incliné un poco hacia ella.

—Emilia, me estoy muriendo por besarte, pero no lo haré si no eres consciente de lo que dices.

Ella apretó su cuerpo aún más contra mí y noté que me fallaban las fuerzas. No, no pensaba hacerlo.

—¡Emilia! —Lo dije más fuerte y con más intensidad de lo que había querido, pero logré el efecto deseado, porque ella abrió los ojos y parpadeó varias veces—. ¿Estás ya despierta?

Ella asintió de modo imperceptible.

—Bien, porque me estoy muriendo por besarte, pero jamás lo haría contigo medio dormida, por muy apetecible que estés en este momento —afirmé.

Se quedó mirándome, mientras yo esperaba su decisión. Lo que ocurriera en ese momento podría cambiarlo todo entre nosotros.

Ella levantó la cabeza, en una clara invitación. Yo bajé la mía hacia su cara, pero me detuve a un milímetro de sus labios.

—¿Estás segura? —susurré.

En lugar de contestar, ella apretó su boca contra la mía, emitiendo un pequeño sonido desesperado que hizo que mi polla se tensara aún más contra mis pantalones. En un instante, el beso se volvió ardiente.

Me situé entre sus piernas, y solo eso fue suficiente para hacerla temblar.

—¿Crees que esto es una mala idea? —preguntó entre un beso y otro.

—Ni lo sé, ni me importa. Lo único que me importa ahora mismo es desnudarte.

—Esto va a empeorarlo todo —dijo ella, y no era una pregunta.

—Casi seguro —confirmé.

Ella rio un poco, pero su risa se volvió un respingo de sorpresa cuando le quité la camiseta y la dejé con solo el sujetador negro.

—Perfectos de cojones —exhalé, admirando sus increíbles pechos.

Ella no contestó, al menos con palabras. Respondió intentando quitarme la camiseta, a lo que la ayudé con una mano. Cuando se unieron nuestros cuerpos, piel contra piel, la increíble sensación nos hizo suspirar a los dos. Emilia bajó las manos para agarrarme el culo.

—Uf —rio—. Duro como una roca.

—Eso no es lo único que está duro —le susurré al oído.

Ella deslizó la mano y agarró mi polla por encima del pantalón.

—Enséñamela —dijo, en una exhalación.

Me aparté de Emilia a desgana, y ella se incorporó.

Se desabrochó el sujetador con un solo movimiento ágil y lo lanzó a un lado, para quedarse desnuda de cintura para arriba.

Me pareció que no podía respirar. Debían ser los pechos más bonitos que había visto en mi vida: redondos y llenos, con pezones perfectos como pétalos de rosa.

Me incliné para meterme uno en la boca. Emilia arqueó la espalda y yo la rodeé con mis brazos mientras lamía y besaba su pezón. Estaba tan loco por ella que me pareció que corría el riesgo de correrme en los calzoncillos, sobre todo si ella seguía soltando aquellos gemidos de excitación.

—Pantalones —gimió ella—. Fuera.

Sin dejar de besarla, tiré de la cintura de los suyos.

—No, los tuyos —aclaró ella—. Ya.

Sin saber cómo, conseguí quitármelos junto con los calzoncillos, y me quedé desnudo.

Me agarré la polla desde la base y tuve que contenerme para no empezar a masajearla.

Estaba tan a punto que no tardaría mucho.

Antes de que pudiera darme cuenta, Emilia se había puesto encima de mí y se la había metido en la boca.

—Espera —pedí sin mucha convicción.

Tenía que detenerla, si quería mantener mi autocontrol, pero su boca era mágica y dejé de pensar al momento.

Emilia no debía sufrir arcadas con facilidad, porque me introdujo hasta el fondo de su garganta sin apartar sus ojos de los míos en ningún momento.

No supe definir qué me excitaba más, si la sensación de su boca cálida y húmeda en mi polla, o su mirada perversa mientras lo hacía.

Y el ritmo. Primero me introducía hasta el fondo despacio, provocándome; y luego aumentaba la velocidad un momento.

En cuanto notaba que yo me estremecía, a punto de correrme, volvía a ir más despacio.

—Me estás torturando —susurré con voz ronca.

—Lo sé, y te encanta —murmuró ella.

En eso no se equivocaba. La dejé continuar unos minutos más, hasta que fui capaz de apartarla un poco.

—Me toca —gruñí, y me puse encima de ella—. Te voy a hacer suplicar.

—¿Tú crees? —rio Emilia.

Su risa cesó en cuanto le quité los pantalones cortos y, tan pronto como los bajé más allá de sus rodillas, me lancé entre sus piernas y la acaricié con mi lengua.

—Dios mío —gimió ella cuando apliqué un poco de presión.

La torturé del mismo modo que ella había hecho conmigo, cambiando el ritmo y la intensidad de mi lengua, mis dedos y mi boca. Cuando lamí su punto más sensible, prácticamente saltó del sofá, y yo casi perdí la cabeza cuando ella enredó los dedos en mi pelo y me acercó aún más a su cuerpo.

Contra toda lógica, recordé el momento en que dijo que lo había fingido con otros hombres, y decidí no permitir que eso ocurriera conmigo. Me centré aún más en su clítoris hasta que fui recompensado con un grito digno de una ópera.

Era imposible que lo hubiera fingido. Noté cómo su cuerpo se tensaba, pulsaba y ardía antes de alcanzar el éxtasis.

A mí tampoco me faltaba mucho, pero no pensaba parar hasta oírla gritar mi nombre.

Unos segundos más tarde, me recompensó como esperaba.

Su estómago se contrajo y noté una serie de latidos mientras el orgasmo recorría su cuerpo.

Su cara adoptó una expresión angelical cuando se disiparon los efectos.

—¿Qué diablos ha sido eso? —susurró Emilia.

—La introducción —dije, poniéndome en pie—. Vamos, es hora de la sesión principal.

Ella me tendió una mano, pero yo me incliné para cogerla en mis brazos. Cuando se apretó contra mi pecho, aún relajada por su orgasmo, me pregunté si habría alguna sensación más agradable en el mundo. Estaba a punto de averiguarlo.

Cuando me golpeé con la puerta de mi dormitorio, Emilia apenas abrió los ojos.

—Oye, ¿estás bien? —Levanté un hombro para acomodarla mejor.

—Intento conservar las fuerzas para lo que me vas a hacer ahora —respondió con una risa suave.

—Entonces, ¿puedo confiar en que esta vez no lo has fingido? —susurré.

Emilia rio y me dio un golpe en el pecho.

—¡Para!

La dejé caer en la cama con cuidado y me dirigí al baño.

—Ahora mismo vuelvo.

Condones. Había pasado un tiempo desde que había pensado siquiera en el sexo, pero, tras rebuscar un poco, encontré una caja al fondo de un cajón. Cuando entré en el dormitorio, Emilia estaba tumbada boca abajo, mirándome de forma muy sugestiva por encima del hombro.

—Ese culo —exclamé al acercarme—. Es perfecto, joder.

Me subí a la cama y le di una palmada juguetona.

Ella soltó un gemido y se mordió el labio.

Sí, ya estaba bien de esperar. Abrí el condón de un tirón, me lo puse a toda velocidad y me situé entre sus piernas.

Emilia se alzó sobre las rodillas y yo la sujeté por la cintura.

Deslicé mi polla por su abertura, excitándonos a los dos durante unos instantes.

—Drew —protestó ella, echándose hacia atrás contra mí.

—Siempre tan mandona —reí con suavidad.

—Bueno, alguien debe mantenerte a raya —replicó ella.

Hice una pausa antes de dar el siguiente paso, porque si no tenía cuidado, aquello duraría mucho menos de lo que quería. Cuando me hube calmado un poco, entré en ella despacio, centímetro a centímetro.

—Oh —suspiró Emilia—. Dios mío, eres perfecto.

No pude contestar. Me incliné hacia delante para apoyar la frente en su espalda y tomarme un instante.

Enseguida, mi polla exigió que me pusiera a trabajar.

Le sujeté los muslos con fuerza y empecé a entrar y salir, despacio.

Emilia arqueó la espalda, emitiendo unos gemidos que me estaban dificultando mucho aguantar.

Quería que se corriera otra vez, así que extendí una mano para acariciarla con la punta de los dedos, mientras ella se sacudía contra mí.

Me estaba costando mucho concentrarme en su placer, porque el mío propio me estaba abrumando, y mi polla estaba a unos cuatro segundos de estallar.

Pero me negaba a ser la clase de hombre que hacía creer a Emilia que necesitaba fingir.

No, cuando estuviera conmigo, tendría tantos orgasmos como pudiera darle.

Si era capaz de aguantar unos pocos minutos más, esa noche tendría dos.

Reduje el ritmo de mis empujones cuando ella se acercó al precipicio y, enseguida, su gemido de placer resonó por la habitación.

Entonces, cogí su largo pelo, lo enrollé en una mano y di un pequeño tirón, mientras mi cuerpo alcanzaba el clímax con un estremecimiento que me hizo gemir.

El orgasmo recorrió mi cuerpo durante un largo rato y, cuando por fin recuperé el aliento, los dos nos desplomamos sobre la cama, jadeantes.

—Descanse, caballero. —Emilia me dio unos golpecitos en la cadera—. Esto solo ha sido la primera ronda.