Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 15 Emilia #2
49%

15 Emilia #2

Durante el viaje hasta casa, mantuve la vista en la ventanilla para que Drew no me viera la cara, porque no me fiaba de lo que notaría en ella.

Mi abuelo tenía un don para entender a la gente, y no se cortaba a la hora de expresar sus opiniones sobre nadie.

No había esperado que se riera con las bromas de Drew, ni que le hiciera preguntas.

Lo peor fue que, por primera vez en meses, había parecido pasarlo bien de verdad.

Me habría resultado más sencillo si hubiera puesto pegas a Drew, porque a mí me estaba costando encontrar alguna en su comportamiento.

Cuando llegamos a casa, Drew fue directo al hábitat de la parte posterior.

—Win, colega, ¿a que no adivinas a quién acabo de conocer?

Reí para mis adentros, mientras él entraba en el recinto.

—Anda, te estás comiendo una flor —comentó Drew—. ¿Estás cenando? ¿Eso es tu ensalada?

Para ser alguien a quien la idea de tener una tortuga como mascota le había confundido tanto, le había cogido cariño a Winston muy rápido. Drew se sentó en el suelo delante de él.

—Bueno, como te decía, he conocido a Charlie, y me ha contado cómo eras cuando acababas de salir del huevo. Me ha dicho que no eras más grande que un dólar de plata. ¡Y mírate ahora! En qué tío tan grande y fuerte te has convertido, ¿verdad?

Aquella escena me alegró el corazón. ¿Quién hubiera dicho que Drew pudiera ser tan dulce?

Y ese era justo el problema. Habría sido mucho más sencillo si se hubiera limitado a mirar a Winston y comentar que era raro, o feo.

Yo había elaborado un sistema muy complejo de razones por las que no debía gustarme Drew Ashford.

Un hombre que mostraba auténtico interés por una tortuga representaba una amenaza importante para ese sistema.

—¿Cómo tienes la cicatriz de la operación? Parece que te encuentras mejor.

Drew empezó a rascar a Winston como yo le había enseñado, pero debió de notar mi mirada sobre él, porque se volvió con brusquedad.

—¿Qué?

—Nada. Estoy disfrutando de vuestra relación.

—Dice que deberías unirte a nosotros —observó Drew.

—Vale, de acuerdo.

Salté la valla del hábitat, me dejé caer junto a Drew, y durante los treinta minutos siguientes, nos estuvimos riendo de todo lo que hacía Winston.

—Creo que deberíamos comer algo —dijo Drew—. Con toda la emoción, se me había olvidado la cena. ¿Qué te apetece?

—Me da igual. No me había dado cuenta del hambre que tengo. ¿Algo rápido? ¿Pizza?

—Pensamos igual. Marchando.

Drew se ocupó de pedir una pizza, y yo me disculpé para ir a cambiarme de ropa.

Mi habitación era increíble, y cada vez que entraba en ella, no podía creer que fuera mía durante…

bueno, durante el tiempo que durase aquella farsa.

No era demasiado ornamentada, pero eso no debería haberme sorprendido, considerando lo elegantes que eran sus hoteles.

Era amplia, con detalles en color azul claro y blanco, y con un pequeño balcón en el que me había prometido a mí misma que me tomaría el café cada mañana.

Me puse unos pantalones cortos y una camiseta blanca amplia, y seguí el sonido de la voz de Drew que resonaba por aquella casa enorme. Me hizo gracia que hubiera llamado para pedir la cena, en lugar de hacer el pedido por internet.

—Bien, ya está pedida la pizza. ¿Nos ponemos cómodos?

Un momento, yo no había previsto que cenar juntos significara pasar juntos toda la velada. Pero claro, así debía ser. Tampoco podía coger un trozo de pizza y encerrarme en mi habitación el resto de la noche. Además, era consciente de que quería seguir pasando el rato con él.

—Claro. ¿Cuál es el mejor sitio de tu palacio para relajarse? —pregunté.

—Qué graciosa. —Me miró sacudiendo la cabeza—. La sala de cine, claro. Es por aquí.

Caminé tras él, admirándolo todo. Si hubiera podido diseñar la casa de mis sueños, sería igual que esa.

Era impresionante, pero no en plan ostentoso, sino como resultado de combinar el buen gusto con mucho dinero.

Cada elemento encajaba a la perfección con los demás, y el efecto era de una serenidad tranquila, como en un spa.

Mis hombros se relajaron por sí solos, lo que sin duda era el efecto deseado: volver a casa, y olvidarse del caos del mundo.

Hasta la sala de cine parecía un oasis. Había visto fotos de algunas que parecían auténticos cines de los antiguos, pero Drew había mantenido el ambiente zen con tonos neutros, muebles cómodos color crema que incluían chaises longues, un gran sofá, y un techo que centelleaba con lucecitas como estrellas diminutas.

—Increíble —suspiré.

—Gracias. No la uso tanto como me gustaría. Supongo que debo darte las gracias por hacerme disfrutar de mi casa y del jardín.

—Es un placer —dije, sentándome en el sofá—. ¿Qué vamos a ver?

—He pensado que podríamos ver la última temporada de Locos por las bodas, a ver si conseguimos más información sobre Dorian.

Es la última serie que hizo antes de producir el programa de Carter.

Creo que verlo nos dará una idea de su estilo.

Es como todo eso que dijo Sun Tzu sobre conocer a tu enemigo.

Me eché a reír.

—¿Estás aplicando a un programa de telerrealidad la sabiduría de un estratega militar chino?

—Eh, ¡ya has visto lo despiadado que es ese tío! Para mí, ver esa serie es como prepararse para la batalla y que no nos pille desprevenidos. Aunque en el programa esté tras las cámaras, todo lleva su huella personal. Podemos verlo para buscar patrones y triquiñuelas.

—De acuerdo —acepté—. Buena idea.

Drew estaba delante de mí con un iPad en las manos.

—Dame un segundo.

Dio unos toques a la tableta, y luego miró la pantalla que ocupaba toda una pared.

—Mierda.

Dio unos toques más fuertes a la tableta, pero siguió sin pasar nada.

—Nunca sé cómo… —dijo Drew sin dejar de tocar la pantalla del iPad— conseguir que esta maldita…

—¿Quieres que lo intente yo? —pregunté.

—Un momento —dijo en tono molesto—. Creo que ya casi lo tengo.

Seguí mirándolo, mientras él se irritaba cada vez más.

Se había cambiado también y llevaba unos pantalones negros de algodón y una camiseta descolorida con el logotipo de una tienda de surf.

Por supuesto, estaba increíble con traje, pero me gustaba mucho verlo con aspecto más relajado.

También ayudaba el hecho de que aquel pantalón le destacaba el culo de un modo que el del traje no lograba hacer, y la camiseta estaba tan vieja y gastada que se pegaba a su pecho.

Y, por lo que podía ver, hacía ejercicio. Un montón.

Drew se dio la vuelta de repente y me pilló mirando.

—De acuerdo, me rindo. ¿Puedes probar tú? Puede que esté roto.

Me contuve para no decir, al coger el iPad, que el problema seguramente estaba relacionado con el manejo del sistema.

—Caray, esto parece la consola de control de una misión espacial —me admiré.

—¿Ves? Es absurdo lo complicado que es.

Drew se había metido en la página de configuración, en lugar de acceder a los controles de los aparatos. Salí de allí y, en unos segundos, la música de cabecera de Locos por las bodas resonó por la sala.

—¿Cómo lo has hecho?

—No es difícil —empecé—. Solo hay que buscar la sección que dice «control del dispositivo principal» y luego abrir el menú que te ofrece las diferentes opciones de entrada…

—Para, por favor. —Drew cerró los ojos como si le doliera—. Hablas igual que el hombre que vino a hacer la instalación. No dejaba de decir lo fácil que era, pero yo no consigo hacerme con ese maldito trasto, por mucho que lo intente.

—Bueno, si me das una oportunidad, te puedo enseñar cómo hacerlo —propuse.

—Ni hablar. —Negó con la cabeza—. A partir de ahora, te designo como mi servicio de soporte técnico personal.

—No pasa nada —reí, mientras me sentaba y subía los pies a mi lado—. ¿Bueno, listo para un montón de realidad totalmente falsa?

—Listo y preparado —confirmó.

Nos acomodamos y, aunque aquella serie era como una especie de accidente de coche que era imposible no mirar, yo no podía dejar de pensar en el enigma sentado a mi lado.