Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 15 Emilia
47%

15 Emilia

EMILIA

Después del beso, me resultó muy difícil mantener la concentración durante el resto del día pero, por suerte, estuve muy ocupada.

Cuando hube completado por fin la última tarea de mi lista, tuve que apresurarme para no llegar tarde a visitar a mi abuelo.

Para entonces, el restaurante del hotel, Clementine’s, sabía que debía tener preparadas para mí unas porciones de tarta de chocolate para llevar.

Pasar tanto tiempo allí tenía la ventaja de que me permitía convertirme en una clienta regular que acudía dos veces por semana.

Cuando sonó mi teléfono, me sorprendió ver que era Drew quien llamaba.

—¿Nunca envías mensajes? —pregunté al contestar.

—Odio los mensajes. Tengo los dedos gordos.

Dudaba de que tuviera nada gordo. Bueno, tal vez tenía una cosa que sí lo fuera.

—¿Dónde estás? —preguntó—. Yo me marcho ya. ¿O debería decir que nos marchamos los dos?

Me sentí confusa durante el instante que me costó recordar que habíamos llegado juntos en coche, y eso significaba que también debía llevarme a casa.

—Ay, se me había olvidado por completo avisarte de que esta tarde voy a ver a mi abuelo. Puedo pedir un Uber para ir hasta allí y otro para volver a casa, así que no me esperes.

—Eh, un momento. ¿Vas a visitar al padre de Winston?

No pude contener una risa.

—Sí, supongo que sí.

—Entonces, te acompaño.

—¿Cómo? ¿Por qué? —pregunté extrañada.

—Su hijo vive conmigo ahora, así que lo menos que puedo hacer es ir a presentarme —respondió Drew—. Nos encontramos en la entrada.

Cortó la llamada antes de que yo pudiera decir nada. No estaba muy segura de cómo reaccionaría mi abuelo ante un visitante inesperado, pero la idea de que Drew le asegurase en persona que Winston estaba en buenas manos me parecía tan encantadora, que no pude resistirme.

Salí a la calle cargada con una bolsa con las preciadas porciones de tarta, y encontré a Drew esperándome con su ridículo deportivo ya en marcha.

Tras abrir la puerta, casi tuve que doblarme por la mitad para poder instalarme en el asiento de cuero.

Aquel coche se parecía más a un vehículo de carreras que a uno para recorridos normales.

—No vayas a estrellarnos, ¿eh? —pedí mientras me abrochaba el cinturón.

Drew rio un poco, pisó el acelerador y salimos disparados, aunque solo lo hizo por el efecto.

Antes de coger la autopista, ya había reducido la marcha a una velocidad razonable.

Llegamos a la residencia en tiempo récord, y Drew aparcó con habilidad aquel coche tan absurdamente caro en una sola plaza, en lugar de ocupar dos o tres, lo que me sorprendió bastante.

Comprendía que no quisiera ser una de esas personas, pero me pregunté cómo me las apañaría para salir del coche y volver a entrar sin golpear con la puerta el coche de al lado.

—Esto…

—¿Qué?

—Nada. Yo solo… —Abrí la puerta y salí con mucho cuidado, para no arañar el coche aparcado a unos centímetros—. Supongo que esperaba que ocuparas dos plazas para proteger el coche.

Al decirlo, me di cuenta de lo ridículo que sonaba eso, y Drew me miró como si le costara comprender de qué diablos estaba hablando.

—¿Sabes qué? —pregunté, con las mejillas ardiendo—. Eso ha sido una tontería. Olvida lo que he dicho.

Metí la mano en el coche para coger la bolsa de la tarta, y fue entonces cuando la puerta del coche golpeó al de al lado.

—Mierda —dije con una mueca.

Me incliné para mirar los coches, pero solo conseguí dar otro golpe. ¡Por el amor de Dios! Lo había hecho dos veces. ¿Cuánto costaría quitar los arañazos? ¿Mil cada uno? Debería haber venido por mi cuenta. Me empezó a entrar el pánico, pero debía controlarme antes de ver a mi abuelo.

Drew me puso una mano en el brazo, me ayudó a salir de entre los dos coches y me situó en la parte posterior del suyo, para ocuparse de sacar la bolsa y mi bolso, y cerrar la puerta del coche.

Me fijé en que no dedicó ni una mirada a lo que yo estaba segura de que debían ser dos arañazos enormes en su coche.

Me entregó el bolso, pero se quedó la bolsa blanca con las porciones de tarta de chocolate.

—¿Dónde hay que ir? —preguntó, y yo señalé la entrada principal, a la que nos dirigimos—.

Y, para que lo sepas, los coches se rayan de vez en cuando y el mío está asegurado.

En cambio, no puedo decir lo mismo de mi hermano y su McLaren.

Ocuparía el aparcamiento entero, si pensara que eso protegería su precioso coche de cualquier daño.

—Oh. —No supe qué más decir, porque aquel coche estaba muy por encima de mi salario. Señalé el otro coche—. ¿Le dejamos una nota, o se lo decimos a alguien?

—Lo he mirado, y no le has hecho nada. Si tiene alguna raya, es de las que se quitan con un trapo. Bueno, ¿cómo se llama tu abuelo? —preguntó Drew, mientras entrábamos en el edificio.

—Charles Randolph Marino, pero todo el mundo le llama Charlie.

—Charlie —repitió Drew con suavidad—. Me gusta.

Firmé por los dos en el registro de entrada, pero antes de que pudiera guiarlo por el laberinto de pasillos hasta la habitación de mi abuelo, él deslizó lo que parecía ser su tarjeta de visita por el mostrador.

—Disculpe, pero hemos dado un golpe con la puerta del coche al vehículo aparcado junto al nuestro. Es el Acura MDX gris. No he visto ningún arañazo, pero si usted sabe de quién es, le agradecería que le diera mi tarjeta, y me haré cargo de los retoques que necesite.

La recepcionista casi se desmayó cuando él le sonrió.

—Ya sé a qué coche se refiere. Se lo haré saber.

Lanzó una mirada rápida a la tarjeta, antes de situarla junto a su teclado.

Con otra posible crisis evitada gracias a la varita mágica de Drew, le cogí de la mano y tiré de él hacia el pasillo.

—¿Abuelo? ¿Estás despierto? —Abrí la puerta con cuidado.

—¡Pues claro que estoy despierto! Me estoy cociendo al sol como una tortuga sobre un tronco. No llego a la cuerda de la persiana, y me da mucha pereza levantar el culo de esta maldita silla.

Me eché a reír antes de que terminara su diatriba. Mi abuelo era muy gruñón y, si uno no lo conocía, podía pensar que era un auténtico cascarrabias. Por suerte, yo siempre lo había conocido bien.

—Yo me encargo —dijo Drew, adelantándose.

Fue directo a la ventana y bajó la persiana.

—¿Y tú quién diablos eres? Demasiado elegante para ser un enfermero o asistente, y demasiado joven para ser otro residente.

—Abuelo, este es mi…

No supe seguir. Mi abuelo ya no veía muy bien, y si giraba el diamante del anillo para que quedara situado en el interior de la mano, no se daría cuenta. Pensé que toda aquella historia del compromiso falso y el programa de telerrealidad le parecería muy confusa, así que decidí simplificarlo todo.

—Es Drew, un compañero de trabajo. Estamos trabajando juntos en, eh, un proyecto.

—Encantado de conocerle, señor Marino. —Drew le tendió una mano.

—Charlie. —Mi abuelo miró la mano con desconfianza, antes de estrecharla por fin.

Nos quedamos callados un momento, porque la situación parecía un tanto extraña.

—¡Te he traído tarta! —exclamé, en un tono más alegre de lo que había querido. Y también más fuerte.

—Más te vale —respondió mi abuelo, fingiendo un gruñido—. Déjala ahí, me la comeré después. Ahora no tengo hambre, porque nos han obligado a terminarnos todo el rancho que han servido en la cena. ¿Y por qué lo llaman cena? ¡Si la sirven a las seis! Eso es la merienda.

Lancé una mirada a Drew, y vi que estaba intentando no reírse de los comentarios.

—¿Y bien? ¿Vais a sentaros, o vais a quedaros ahí mirándome, como si fuera un maldito animal del zoo?

Los dos acercamos sillas inmediatamente.

—He tenido la suerte de conocer a Winston —dijo Drew—. Es alguien muy especial.

Esperé que no se le ocurriera mencionar la operación. Intenté captar su atención para transmitirle por telepatía que no lo hiciera.

—¿Te gusta? —La cara de mi abuelo se transformaba cuando sonreía—. Mi Winston es un tipo fantástico. Emilia lo cuida muy bien.

Eso, sin contar la vez que no pude impedir que se comiera los escombros de la obra.

—Ya lo creo —corroboró Drew—. Creo que Winston la adora.

—¿Cómo no iba a hacerlo? Mi nieta tiene un corazón enorme. —Se inclinó hacia Drew—. Y también es preciosa, en caso de que estés buscando novia.

—¿Sí? —Drew me lanzó una mirada rápida—. No me había dado cuenta.

—Perdona, muchacho, pero ¿cómo te atreves…? —Se detuvo cuando vio que Drew se estaba riendo.

—Pues claro que me he dado cuenta —aclaró Drew—. Y disculpe que lo diga, pero parece que ha heredado esos ojos tan bonitos de usted.

Si no se hubiera metido ya a mi abuelo en el bolsillo con su amabilidad, aquello habría sido el golpe definitivo. Nuestros ojos idénticos siempre habían sido una fuente de orgullo y de conexión entre nosotros dos.

—¡Así es! —exclamó él—. ¿Y sabes qué otra cosa ha heredado de mí?

Drew negó con la cabeza.

—¡La terquedad!

Los dos se echaron a reír, como si fuera lo más gracioso del mundo, mientras yo fingía sentirme ofendida.

A partir de ese momento, la tarde se convirtió en El show de Charlie y Drew.

Casi me fastidiaba lo bien que se llevaban.

Cuando llegó el momento de marcharse, los dos protestaron un montón, y no quisieron despedirse hasta que prometí que volveríamos pronto a visitarlo los dos.

Tanto melodrama me hizo poner los ojos en blanco.

Se comportaban como si estuviéramos en el siglo diecinueve y Drew se estuviera despidiendo de su familia para marcharse a la guerra.