Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 11 Emilia
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11 Emilia

EMILIA

Iba a toda prisa por la casa, tratando de limpiar lo que pudiera.

Ya estaba acostumbrada a moverme por el escombrero al que llamaba hogar, pero al considerarlo desde el punto de vista de un extraño, uno muy rico y criticón, me di cuenta de hasta qué punto todo estaba patas arriba.

¿Sería de muy mala educación no dejarle pasar de los escalones del porche?

No, eso tampoco era posible, porque la fachada estaba igual de destrozada. ¿Por qué había aceptado encontrarme con él en mi casa para que me diera el anillo? Claro, que era posible que ni siquiera apareciera él. Podía haber contratado a un mensajero para entregarlo. Aún había esperanza…

Miré alrededor de la casa. ¿Me daba tiempo de apilar las cajas de baldosas para la cocina que bloqueaban la entrada? Yo había estado saltando por encima de ellas para acceder a la zona improvisada donde preparaba mis comidas. Me incliné e intenté levantar una caja.

No. Ni en broma.

Suspiré. Bueno, no tenía sentido tratar de hacer que mi casi inhabitable casa estuviera más presentable porque, hasta que terminara la obra, seguiría estando igual de mal. A mí no me importaba, así que el jefe tendría que fijarse bien por dónde pisaba con sus mocasines Gucci.

En ese momento, escuché un golpe en la puerta principal. Asomé la cabeza por una ventana lateral.

Demonios, no era un mensajero. Era un hombre tremendamente atractivo y malhumorado, que llevaba una caja para un anillo.

—Hola. —Abrí la puerta con tanta brusquedad que él dio un salto.

—¿Vives en una zona de combate, o qué?

—Esto… —Lo miré con el ceño fruncido—. ¿Quieres pasar?

Él pasó por mi lado avanzando con cuidado, como si intentara evitar charcos de barro.

—Lo digo en serio. ¿Qué está pasando aquí?

—¿Nunca has visto una obra? ¿O es que te mudas a una de tus casas cuando necesitas arreglar otra?

Drew miró a su alrededor con desconfianza, y luego señaló el panel eléctrico que estaba al aire.

—Eso no cumple la normativa, y corres el riesgo de que se incendie.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Él se detuvo para mirarme enfadado.

—Cualquiera que tenga ojos se daría cuenta de que es un riesgo. Mi pregunta es: ¿por qué estás viviendo así?

Suspiré. Mi irritación con el proceso de renovación era más fuerte que la necesidad de seguir fingiendo que todo estaba bien, y que allí no había nada que ver.

—Tengo que supervisar absolutamente todo aquello en lo que trabajo.

Ya lo has comprobado por ti mismo —expliqué, pues me pareció importante dejarlo claro—.

No se me pasa nada. Pero ¿esto? —Hice un gesto a mi alrededor—.

Supongo que lo mío no es la gestión de proyectos, porque no consigo motivar a estos tíos.

Ven una gota de lluvia, y paran hasta el día siguiente.

O se equivocan con un perfil y ya no pueden seguir instalando baldosas en ningún otro sitio.

Es ridículo. Podrían aprender algo más sobre atención al cliente.

—Las obras siempre son muy complicadas —confirmó él—. Pero todo este lugar no es más que una enorme infracción urbanística. ¿Cómo puedes siquiera vivir aquí?

—Tampoco es que tenga muchas opciones para alojarme con Winston —protesté—. Necesita su hábitat y, además, cuando todo acabe, será perfecto. Me encanta esta casa.

Drew asintió con la cabeza.

—La estructura es buena, desde luego. Es un ejemplo fantástico del estilo Craftsman, pero no puedes vivir aquí en estas condiciones.

Sin esperar respuesta, sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta e hizo una llamada.

—Soy Drew Ashford, pregunto por Winston. Soy su persona o, bueno, una de sus personas.

Tuve que contener una risilla ante su incapacidad para identificarse como su cuidador, pero ¿a quién llamaba para preguntar por mi tortuga?

—Ah, ¿sí? Excelente, es una noticia estupenda. Solo quería que supieran que lo recogeremos hoy a última hora. ¿Les parece bien? —Escuchó durante un momento—. Perfecto, nos vemos más tarde.

Cortó la llamada y dio unos toques en la pantalla del teléfono.

—Un momento, ¿has llamado al veterinario? —Me acerqué a él, molesta por su atrevimiento—. ¿Por qué has organizado la recogida? Yo quería ir esta mañana. ¿De qué diablos vas?

Él levantó un dedo para pedirme silencio y llamó a otra persona.

—Hola, Shelby. Necesito pedirte un favor.

Averigua qué hace falta para crear un hábitat para una tortuga del desierto.

Cuál es el tamaño que debe tener, y qué clase de cosas necesita; si hace falta tener agua corriente de algún modo, y qué plantas les gustan.

Consulta qué se necesita para construir un hábitat idéntico a uno natural, compra lo que sea, y que lo instalen en mi casa hoy mismo.

—Se quedó callado un momento—. Es evidente que el coste no importa, pero tiene que estar terminado hoy, cuanto antes.

¿Entendido? —Otra pausa—. Te lo agradezco mucho.

Me había puesto delante de él y lo miraba boquiabierta.

—Pero ¿qué estás haciendo? ¿Vas a secuestrar a mi tortuga?

Él levantó una comisura de la boca.

—No me atrevería a separaros. Voy a secuestraros a los dos.

Pasó por mi lado para mirar mi jardín trasero.

—¿Disculpa?

—Vale, ahora lo entiendo —murmuró mientras observaba el hogar de Winston—. Está muy bien, pero el mío será mejor. Te lo garantizo.

Agarré el tirador de la persiana, pensando que bajarla en su cara sería una forma dramática de llamar su atención, pero se soltó del marco y la persiana entera cayó al suelo a sus pies, con un estruendo.

—Eso es justo a lo que me refiero —dijo él, señalándola—. Por esa razón, Winston y tú os vais a instalar en mi casa mientras dure lo del compromiso falso.

Se alejó de mí, como si pensara que la conversación había terminado; como si lo que había dicho tuviera todo el sentido del mundo y yo no fuera a tener preguntas. Aunque también era posible que quisiera poner distancia entre nosotros, porque sabía que yo estaba a punto de explotar.

—¿Qué? —chillé.

Se volvió hacia mí con una sonrisa arrogante.

—Ya me has oído. Haz las maletas.

—Perdona, pero ¿por qué crees que ese plan es razonable? —espeté.

—Puede no ser razonable, pero es lógico —replicó él—. Ya has visto cómo es Dorian. ¿Te imaginas lo que pasaría si empezara a pedir detalles sobre nosotros y se diera cuenta de que he permitido que sigas viviendo aquí, en medio de todo este desastre?

Aquello me dolió, pero por mucho que quisiera replicarle, no pude hacerlo, porque tenía razón. Era un desastre. Tal vez, si se tratara solo de mí, yo habría podido vivir con ello, pero ¿de verdad quería traer a Winston a casa y arriesgarme a que volviera a tener otro problema?

—Piénsalo. ¿Qué clase de prometido sería yo si permitiera que mi amor verdadero se enfrentara sola a una tarea tan enorme como renovar una casa entera sin ayuda?

¿Si te dejara vivir sola en una casa en obras, en lugar de conmigo?

Mi prometida se merece todo el respeto y cariño posibles, y yo quiero que esté cómoda y poder cuidarla.

Eso significa que tienes que salir de este antro y mudarte a mi casa. Tengo sitio de sobra.

Por poco que me gustara darle la razón, su propuesta tenía sentido. Sin embargo, mudarme a su casa seguía siendo una medida extrema. Ya me iba a costar trabajar con él, pero ¿ir a su casa cada noche? Eso suponía estar demasiado tiempo juntos, para dos personas que no se caían nada bien.

Pero, al mismo tiempo, la forma en que su expresión se había dulcificado al hablar de cuidar a su prometida…

Sí, sabía que todo era mentira, pero había tenido la impresión de que, detrás de todo, había una pizca de verdad.

Me había hecho creer que así sería justo como actuaría si se encontrara en una situación similar con alguien que le importara de verdad. No yo, por supuesto, sino otra persona…

Instalarme en su casa. Vivir con él, comer su comida, dormir a seis metros de él…

Todo mi instinto me gritaba que así era como empezaban las cosas: era muy sencillo dejarse llevar por algo parecido a una vida en común, hasta que, de repente, un día ya no estabas fingiendo y, sin darte cuenta, habías permitido a alguien ejercer su poder sobre ti.

Eso era justo lo que había visto hacer a mi madre, y había terminado siendo invisible durante treinta años.

Tendría que ir con mucho, pero que mucho cuidado.

—Vale.

—¿Y ya está? —rio él—. ¿«Vale»?

—Bueno, no es que me haga mucha gracia.

—Oh, ya te la hará cuando veas mi casa, créeme.

—La casa no me preocupa —resoplé—. Lo que me preocupa es aguantarte a ti.

—Venga ya —bromeó él—. Eres mi prometida, a la que adoro. Estarás genial, cariño.

—Hablando de… —Tendí mi mano hacia él.

—El anillo, claro. —Se metió una mano en el bolsillo y sacó la pequeña caja azul que llevaba en la mano cuando lo había visto en la entrada. Fue a entregármela, pero se detuvo—. ¿Quieres que me ponga de rodillas?

Estaba a punto de negarme, pero lo pensé de nuevo. ¿Por qué no hacer que se lo currara un poco?

—Pues la verdad es que sí. Sí que quiero. Seguramente acabaré contándole al mundo entero cómo me pediste matrimonio, así que… —Me crucé de brazos y lo miré con una ceja levantada—. Adelante.

—Será un gran honor, señorita —dijo con una reverencia elegante.

Drew hizo una pausa para asegurarse de que no hubiera clavos o tornillos sueltos en el suelo delante de él, y luego se dejó caer sobre una rodilla, con los ojos puestos en los míos. Por mucho que quisiera apartar la mirada, no pude hacerlo. Él alzó la caja hacia mí, cerrada.

—Queridísima Emilia —empezó, exagerando el tono—. Te he amado desde el momento en que te conocí.

—Lo dudo —dije con una risotada.

Drew sonrió, orgulloso de haberme hecho reír.

—Tu belleza no tiene rival. Tu sonrisa es como la luz del sol, tus ojos parecen chocolate y tu cuerpo… —Sus ojos me miraron de arriba abajo, y su sonrisa se volvió algo más traviesa—. Tu cuerpo es un espectáculo.

—Me alegro de saberlo. Continúa —respondí con una sonrisa de suficiencia, haciendo un esfuerzo por no sonrojarme.

—Podría pasarme el día recitando tus encantos, pero tenemos otras cosas que hacer.

—Siempre tan práctico —bromeé, con un suspiro exagerado—. ¿Tendrías tanta prisa si fuera yo quien estuviera de rodillas ante ti?

—Desde luego que no —respondió, con la vista algo desenfocada y en un tono que sonó ahogado.

Se aclaró la garganta y volvió a la representación—.

Mi amor por ti solo ha aumentado con el tiempo, y he aprendido a valorar tu pasión, tu iniciativa, tu capacidad de compaginar tres conversaciones simultáneas por teléfono, la forma en que cierras los ojos y sonríes cuando hueles las hortensias.

Me puse un poco tensa. ¿Seguíamos... bromeando? Porque aquello ya no sonaba a broma. Sonaba a cómo era yo. A lo que hubiera querido que alguien me dijera al pedirme matrimonio de verdad. Es decir, si fuera real. Y aquello no lo era.

—Mi único objetivo es hacerte feliz —continuó él—, y haré todo lo posible por asegurarme de que cada día de tu vida sea mejor que el anterior. Emilia Marino, ¿me harás el gran honor de ser mi esposa?

Abrió la caja para mostrar el anillo, pero yo no pude apartar la vista de su cara.

—¿Y bien?

Caí en la cuenta de que me había quedado allí de pie, mirándolo sin decir nada. Intenté que no se notara lo mucho que me había sorprendido y conmovido su petición de mano.

—Ay, sí, claro. Por supuesto, sí. Me casaré contigo de mentira.

Él jugueteó con el anillo.

—Bueno, ya puedes ponerte en pie —sugerí.

—No, tú querías una pedida de mano de verdad, y la vas a tener, hasta el final.

Sacó el anillo de la caja y me lo ofreció. Yo extendí la mano y él me lo puso en el dedo.

Había esperado que no me encajara bien pero, de algún modo, el señor Sabelotodo había calculado la talla adecuada. El anillo quedaba perfecto en mi dedo, un brillante engarzado en un simple aro de platino.

No era en absoluto lo que habría esperado que comprara si hubiera querido demostrar algo. El diamante no era enorme, ni estaba recargado con un montón de detalles. Era el modelo característico de Tiffany: elegante y minimalista.

—Es precioso —dije, mientras movía la mano de un lado a otro—. Cómo brilla.

—Cierto —se limitó a decir él—. Bueno, ahora que es oficial, ¿podemos ponernos en marcha?

Me llevé las manos al corazón y lo miré parpadeando.

—Por supuesto, mi amor. Lo que tú quieras.

—Así me gusta, corazoncito —respondió con una sonrisa ladeada—. Y ahora, ve a por la maleta.

—Ponte cómodo —dije por encima del hombro, al dirigirme a mi dormitorio.

—¿Dónde? —gritó Drew tras de mí.

Qué hombre más insoportable.

Eché un vistazo a mi dormitorio, la única habitación ordenada en el torbellino que era mi casa. ¿Dónde estaba mi maleta? Hacía siglos que no viajaba, ni siquiera por trabajo, así que me llevó unos minutos recordar que la guardaba debajo de la cama.

Llené la maleta despacio, porque no tenía ni idea de qué se ponían los multimillonarios para estar en casa.

¿Se reiría de mí si me atrevía a bajar a desayunar con mis mallas raídas?

Sopesé mis opciones con cuidado mientras metía la ropa doblada en la maleta.

Tenía pijamas bonitos, pero eran más adecuados para la diversión nocturna que para dormir.

Una prenda de seda roja, guardada en el fondo de un cajón, me estaba llamando. ¿Me atrevía? Saqué aquella prenda arrebatadora por uno de los tirantes y la levanté delante de mí. A ese hombre le daría algo si me veía con ella puesta, y eso fue suficiente para convencerme de que debía llevarla.