Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 10 Drew #2
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10 Drew #2

Los dos jugueteamos un momento con los pies de nuestras copas. De algún modo, nos habíamos saltado las preguntas básicas para conocer a alguien, y nos habíamos adentrado en temas muy profundos. Pero había resultado muy natural y sencillo. Demasiado sencillo.

—Bueno, ¿y cómo te declaraste? —preguntó Emilia.

—Declarar ¿el qué?

Ella tendió una mano y agitó el dedo anular.

—A mí, el amor de tu vida.

—Claro —reí—. Eso.

—Tenemos que pensar en algo grande y llamativo. Muy estereotípico. Un cuarteto de cuerda bajo una luna llena, una declaración de amor eterno, lágrimas, y ¡corten!

Sonaba justo como algo preparado para un programa de telerrealidad.

—¿Es así como querrías que se te declarase el hombre de tus sueños?

Ella hizo un mohín, como si la hubiera insultado.

—Ni en broma, pero es lo que esperarían Dorian y el público, así que se lo daremos. Las bodas son un teatro.

El camarero vino a rellenar nuestras copas, y me pregunté cuántas botellas nos beberíamos antes de terminar los planes.

—Es un punto de vista muy cínico, para ser una organizadora de bodas.

—Soy realista —rebatió ella con rapidez—. Doy a mis clientes lo que quieren.

—Pues durante tu entrevista con Dorian, no paraste de hablar de la belleza del amor verdadero y lo mágicas que eran las bodas. ¿Era todo mentira?

Ella soltó un bufido.

—¿Querías que le contara al productor de un programa de telerrealidad dedicado a las bodas, que son un montón de mierda y que, probablemente, la mitad de las parejas con las que trabajo acabarán divorciándose en cinco años?

Durante un segundo, no pude hacer más que parpadear, descolocado por completo.

—¿En serio?

—Ya lo creo —respondió, antes de beber un poco de vino—.

Me sorprende que algunas parejas consigan durar toda la ceremonia.

Las cenas de ensayo pueden ponerse muy feas.

Uno pensaría que más gente lo consideraría una señal para tomárselo con calma y decir: «Oye, ¿de verdad esto es buena idea?

». Pero cuando llegan a ese punto, todo el mundo está ya tan implicado que casi nadie se echa atrás, aunque debieran hacerlo.

Sí, comerse los costes de cancelación puede ser muy caro, pero ¿sabes lo que cuesta un divorcio?

A decir verdad, sí que lo sabía. Mi hermano Harrison había pasado por uno horrible con su primera esposa, Miranda.

—Un momento —pregunté—. ¿Por qué te dedicas a esto? Eso que has dicho no parece propio de una persona realista, sino de un cascarrabias. ¿Lo haces solo por dinero?

Me fijé en que dudaba, como si le costara decidir qué contestar.

—Si te soy sincera, el dinero es una parte. Hay que pagar las facturas, pero no se trata solo de eso. Lo cierto es que sí me encantan las bodas, aunque no tenga mucha fe en los matrimonios.

—Muy bien —enuncié despacio, esperando a que se explicara.

—Las bodas son una celebración. Son alegres, divertidas, llenas de buena comida, música, familias y amigos reunidos.

¡Todo eso me encanta! Pueden ser fantásticas para todos los que participan, no solo para la pareja en cuestión.

Pero un matrimonio es mucho más que el gran día.

A muchas parejas les vendría bien dedicar a su relación el mismo nivel de cuidado y atención que dedican a la celebración.

Pero a mí me contratan para que les dé su gran día, así que eso es lo que hago.

—Parece justo —admití.

A decir verdad, su respuesta había sido mucho más compleja de lo que esperaba. Había creído que nuestras opiniones sobre el romance serían completamente distintas, pero empezaba a pensar que, tal vez, éramos de la misma opinión en ese aspecto.

—Lo que yo opine sobre si los matrimonios funcionan no importa —continuó—.

Mi trabajo es asegurarme de que sea un día maravilloso para todos.

La vida puede ser dura y triste en ocasiones, y siempre va a presentar retos que pueden separar a una pareja, o acercarlos más.

Pero los momentos bonitos que les hacen felices pueden servir para recordarles que deben aferrarse a los buenos momentos cuando todo parece horrible.

Era una dicotomía extraña: una planificadora de bodas a la que le encantaba la fiesta, pero no la razón para celebrarla. El contraste me gustaba, y hacía que me pareciera más interesante.

—En cualquier caso —empezó ella en tono definitivo—, da igual lo que yo piense, porque nuestro compromiso es solo una fachada. Volvamos al plan. A ver, ¿dónde está ese anillo enorme?

—Claro, por supuesto. —Hice una mueca al caer en la omisión—. Tenemos que pensar en la razón por la que no lo estabas llevando.

—Eso es fácil. Lo compraste de la talla equivocada y lo están ajustando.

—Ni hablar. —La miré con ojos entornados—. Yo nunca cometería un error como ese. Es muy sencillo asegurarse de comprar la talla correcta.

El camarero nos trajo una cesta de pan, y Emilia cogió un trozo incluso antes de que la dejara en la mesa.

—Lo siento, estoy muerta de hambre —dijo ella cuando hubo tragado el mordisco—. Con todo eso del compromiso falso y salvar la vida de Winston, se me ha abierto el apetito. ¿Qué era eso que decías sobre que lo haces todo bien?

—No he dicho eso —respondí con una sonrisa ladeada—. Lo que quería decir es que comprar un anillo de la talla equivocada no es propio de mí. Soy muy concienzudo.

Emilia me observó durante un momento con una sonrisa perpleja.

—Estoy segura de que lo eres, y es un detalle que, en la realidad, te preocuparas por averiguar la talla correcta del anillo de tu chica. Pero la versión ficticia de ti la ha fastidiado porque, si no, ¿cómo vamos a explicar que no lleve el anillo?

Intenté pensar en otra razón que justificara la ausencia de anillo… y no se me ocurrió nada.

—De acuerdo —suspiré—. Tú ganas.

—Anima esa cara. Podemos convertirlo en una historia simpática, y luego dar un montón de importancia al momento en que me lo ponga.

—Creo que deberíamos hablar de lo que nos gusta hacer juntos. Aficiones, y cosas así. Por si alguien saca el tema.

Emilia deslizó sus dedos por el pie de su copa, y bajó los párpados de un modo muy seductor. Me encontré tragando saliva con dificultad.

—Si queremos que esto sea digno de la telerrealidad, solo necesitamos tener una afición —explicó en voz baja—. Follar.

Me aclaré la garganta que, por alguna razón misteriosa, se me había contraído.

—Venga ya. ¿Cómo vamos a decir eso en la televisión?

—¡Qué cara has puesto! —Lanzó la cabeza hacia atrás y se echó a reír con ganas.

Le costó unos segundos calmarse—. Se trata de sugerirlo, no de decirlo a las claras.

Podemos afirmar que tenemos una química increíble, que nuestra relación es muy magnética o que saltan chispas cuando estamos juntos. Algo así, ¿sabes?

Me había pillado desprevenido, pero había llegado el momento de darle la vuelta a la tortilla.

—Si te he entendido bien —repuse, mirándola a los ojos sin parpadear—, eso quiere decir que también tenemos que representar el papel. A ver, no podemos alegar que tenemos una química increíble y no tocarnos, ¿no?

—¿Eh?

Su voz tembló en aquella única sílaba. Victoria.

Me di unos golpecitos en la barbilla, fingiendo que lo pensaba.

—Si no estás de acuerdo, avisa, pero creo que es de esperar que te ponga la mano en la parte inferior de la espalda, justo encima del culo, cuando te deje pasar delante de mí.

Justo encima de la curva. El contacto será agradable y cariñoso, pero lo bastante firme como para que lo notes a través de la ropa.

Ella carraspeó y agarró la copa de vino.

—De acuerdo. Tie-tienes razón, seguramente la gente esperará algo así. Está bien.

Me incliné hacia ella y bajé la voz.

—En ocasiones, me acercaré a ti y te pondré la mano en la mejilla con dulzura.

Te miraré a los ojos durante unos instantes y te acercaré despacio, para darte un beso.

Será dulce y rápido, un beso robado, pero lo bastante intenso como para que todo el mundo crea que estás desesperada por recibir más.

Por supuesto, tú me mirarás como si te estuvieras conteniendo para no arrastrarme a la habitación vacía más cercana.

Emilia sostenía la copa de vino en el aire, como si hubiera olvidado que la tenía en la mano.

—Ajá… —Se había sonrojado, y yo sabía que no era solo por el vino.

—Y cuando quiera dar la impresión de que tengo ganas de ti, puede que me acerque a susurrarte cosas excitantes, en voz lo bastante alta como para que lo oiga alguien. Cosas, como lo que me gustaría hacerte.

Cambié de postura. Mi pequeña fantasía estaba empezando a parecer muy real, y Emilia comenzaba a respirar más rápido.

—¿Como qué? —Su voz no era más que un susurro.

No tuve que pensar mucho en lo que me gustaría hacerle, porque ya se me había ocurrido hacía un tiempo.

—Como… desabrocharte con los dientes esa blusa de mujer de negocios que llevas.

Ella asintió en silencio, con los ojos muy abiertos.

—Apartaría la seda muy despacio, para admirar tus pechos perfectos.

—Suena bien —murmuró ella, mientras sus ojos bajaban a mis labios.

Joder, iba a lanzarme.

—Acariciaría despacio tu pez…

—¿Una alcachofa Castroville? —preguntó el camarero, que evidentemente no se había dado cuenta de lo que había interrumpido.

Emilia se enderezó al momento.

—Para mí.

—Y un carpaccio de vieiras para usted, señor. —Situó el plato delante de mí.

—Gracias —respondimos los dos a la vez.

Nos quedamos mirando nuestros platos en silencio.

Cuando lo había pedido, había estado hambriento, pero ahora, lo único que me apetecía devorar me estaba prohibido.

Aunque, en realidad, tampoco era así, gracias a lo que había dado en llamar «la cláusula de la pasión».

¿Me sentiría satisfecho con solo fingir intimidad con ella?

Emilia cortó una de las hojas de la alcachofa, se la metió en la boca y la masticó despacio, con los ojos cerrados por el placer. Maldita sea, podía hacer que comer una alcachofa resultara sexi. Sacudí la cabeza.

No me quedaba más remedio que conseguir que aquello funcionara. De ello dependían nuestras respectivas reputaciones, y la del hotel.