Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 10 Drew
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DREW

Comer en Dieci siempre era una buena idea.

Di una buena propina al maître para que nos sentara en una mesa imposible de pasar por alto, gracias a su ubicación y una iluminación estratégica, pero lo bastante alejada de los demás comensales como para permitirnos debatir nuestra estrategia de ataque sin preocuparnos porque nos escucharan.

Era el lugar perfecto para resolver dos de los objetivos de nuestra lista: que nos vieran en público y acordar los criterios de nuestro compromiso falso.

Sin embargo, nuestro plan tuvo que esperar, porque el teléfono de Emilia empezó a dar timbrazos en cuanto nos sentamos, al parecer debido a otra novia infernal a la que le estaba dando un ataque. Ella lo miró con una mueca.

—Lo siento, ¿te importa si…? —Levantó el teléfono y yo hice un gesto para que contestara.

En los diez minutos siguientes, me hizo una exhibición de la coordinación más competente que había visto en toda mi vida, incluyendo varias representaciones del Circo del Sol.

Después de ponerse un auricular, y sin levantar la voz por encima de un susurro, consiguió calmar a una novia a la que habían hecho un corte de pelo espantoso, y envió una docena de mensajes de texto para organizar una cita de emergencia con otra estilista, acompañados de fotografías de referencia para el nuevo peinado.

Entre medias, consiguió pedir su cena, al tiempo que dirigía al joven camarero una sonrisa que lo hizo enrojecer como un camión de bomberos.

Lo resolvió todo con tanta soltura que fue como ver una danza, hasta que guardó el teléfono con una floritura y me miró a los ojos por primera vez desde que nos habíamos sentado.

En ese momento, caí en la cuenta de algo sorprendente.

No había hecho toda aquella exhibición por mí, ni se había esforzado en especial porque yo fuera su público.

De hecho, parecía haber olvidado que yo estaba allí.

La situación me resultaba extraña, pues era habitual que las chicas hicieran el pino y cualquier otra monería para impresionarme.

Era evidente que a ella no le importaba en absoluto impresionarme o no, pero desde luego que lo hacía.

Emilia era impresionante por sí misma, sin necesidad de montar un espectáculo. Me incliné hacia ella.

—Deberíamos utilizar este rato para acordar nuestra historia, sabes que Dorian nos va a presionar sobre eso.

—Tienes razón, está bien pensarlo. Yo diría que llevamos saliendo… esto…

Me miró de arriba abajo, como si me estuviera viendo por primera vez.

—Seis meses —dijo con convicción.

—¿Y ya estamos comprometidos? —La miré, nada convencido—. Parece un periodo la mar de corto para una decisión tan seria.

—Sí, pero fíjate en nuestros referentes para esta relación.

¡Kristen y Carter llevan juntos como un milisegundo!

Organizar su boda les está costando más tiempo del que llevan saliendo —señaló, y tuve que admitir que tenía razón—.

Además, me gusta la idea de que nos hayamos dejado llevar por la pasión.

Lo único que deseamos es que el resto de nuestras vidas empiece ya mismo.

Sus ojos brillaban mientras lo decía, como una romántica de verdad. Por lo general, yo tenía poca paciencia con los románticos… pero podía admitir, aunque solo a mí mismo, que le sentaba bien.

—De acuerdo, muy bien. Me has convencido. Seis meses, entonces. Y en cuanto a cómo nos conocimos, ¿qué tal un encuentro encantador en el hotel?

Nos detuvimos cuando el camarero se acercó con la botella de vino que había pedido. Nos quedamos callados mientras nos servía, hasta que nos dejó solos de nuevo.

—Eso tendría sentido, porque he organizado varias bodas allí. Pero ¿qué es lo que haría que nuestro encuentro fuera encantador? No podemos decir que pensamos que el otro era totalmente follable, y bum, nos hemos comprometido.

—¿Tú crees que soy totalmente follable? —pregunté, con una ceja levantada.

—¿He dicho yo eso? —resopló.

Oh, qué encantadora resultaba cuando se irritaba.

—Lo has dado a entender, pero vale. —Le guiñé un ojo, y ella puso los suyos en blanco—. Pasemos a otra cosa. ¿Cómo nos conocimos?

Durante unos segundos, ella miró al infinito con los ojos entornados.

—La forma en que nos conocimos en realidad serviría. El tropiezo con los perros, los teléfonos cambiados… Funcionaría, si podemos hacer que parezca una situación divertida y agradable, y no que te pillaste un cabreo monumental con unos cachorritos adorables.

—Un momento. Me enfadé porque hacía tiempo que eran un problema, y no tenía casi nada que ver con los perros.

—Ya hemos hablado de esto. —Me detuvo levantando una mano—. Vamos a dejarlo estar y no pasará nada. Encuentro resuelto. Y ahora, ¿qué?

Eso, ¿qué venía después? Yo nunca había estado comprometido, ni siquiera había estado cerca de hacerlo.

Mi único referente era mi hermano, y eso no me ayudaba.

Él había tenido una historia de amor entre un millón con Gwen, y yo no podía aspirar a una igual, porque no esperaba poder encontrar algo que se le pareciera ni de lejos.

A falta de una respuesta mejor, le solté:

—Creo que deberíamos aprender lo que nos gusta o no nos gusta a cada uno. Las cosas básicas.

—Perfecto —asintió ella—. Ronda rápida, empiezo yo. ¿Cómo tomas el café?

—Solo —respondí—. ¿Y tú?

—Con tanta leche y azúcar que no se debería llamar café.

—Qué horror. —Hice una mueca—. Pero bueno, supongo que eso significa que no hay riesgo de que ninguno se confunda con la taza del otro. ¿Eres ave nocturna, o madrugadora?

—Como si tuviera elección. Mi profesión me obliga a ser las dos cosas. Desde una reunión a primera hora con un proveedor, hasta el último baile en una fiesta. No duermo nada.

—Sí, lo entiendo —confirmé—. Para mí es parecido. ¿Mar o montaña?

—Mar, por siempre y para siempre —respondió con convicción.

—Bien. Igual que yo. ¿Ves? Somos la pareja perfecta.

Ella volvió a poner los ojos en blanco.

—¿Qué opinas de las relaciones familiares? —preguntó Emilia, tras apurar su copa de vino—. ¿Son positivas o problemáticas?

—Uf —empecé, pero me interrumpí porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro del todo—. Después de que muriera mi madre, las cosas fueron un poco complicadas.

—Oh, lo siento mucho —dijo Emilia.

Tendió una mano para ponerla encima de la mía, y aquel gesto tan sencillo me reconfortó de un modo sorprendente.

—Sí, gracias. Ella nos mantenía unidos. Tampoco es que las cosas fueran perfectas antes porque, con tres hijos y un negocio familiar, era de esperar que hubiera rivalidades, pero todos la adorábamos, y ella tenía un don para calmar las cosas antes de que se descontrolaran.

Cuando la perdimos, todo se vino abajo, y ahora estamos tratando de reconstruir nuestra relación.

Mi padre se ha planteado como objetivo que nos llevemos mejor.

Nunca me había sincerado tanto con nadie acerca de mi familia, y me resultó chocante que aquella mujer, a la que apenas conocía, me llevara a abrirme tanto.

—Bueno, eso es muy positivo, para haber surgido de una situación tan horrible. Me alegro mucho por vosotros.

Luché contra las emociones contradictorias que se acumularon en mi interior cuando me apretó la mano. Hablar con ella me estaba resultando muy liberador, y eso me sorprendía. Apenas le había dado una impresión general de los problemas que había en mi vida, pero tenía ganas de continuar.

Pero aquella cena no trataba sobre mí y mis problemas. Teníamos que seguir delineando nuestro plan. Ella retiró su mano de la mía, y yo me centré en nuestra tarea.

—Te toca. ¿Cuál es tu situación familiar? —pregunté.

Observé mientras ella lo consideraba: irguió ligeramente los hombros, su expresión se volvió profesional y neutra, y yo reconocí esos cambios de un modo que me hizo sentir incómodo, porque sabía que yo hacía lo mismo.

Reconstruía mis defensas tan pronto como creía haber permitido a alguien traspasarlas.

No necesitaba saber que Emilia y yo compartíamos el mismo mecanismo de defensa, pero eso me decía más que cualquier palabra.

—¿Tan mala es? —pregunté con una mueca—. Lo lamento.

Ella me dedicó una sonrisa cansada, como si el dolor fuera tan antiguo que ya hubiera generado cicatrices.

—Sí, no tengo una buena relación con mis padres.

Nuestros puntos de vista son muy diferentes.

Mi padre es supertradicional. La clase de hombre básico que es el rey de su casa y se hace lo que él diga.

Eligió una mujer que estaba de acuerdo con todo eso.

Mi madre se sometió a él y hacía todo lo que él decía. Y entonces nací yo.

—¿Y viniste con tus propias opiniones?

—Oh, ya lo creo que sí —respondió riendo—.

Y eso no le gustaba nada a mi padre. Su forma de ver el mundo hizo que fuera totalmente imposible tener nada en común, así que me distancié de ellos.

Mi abuelo se ocupó de mí desde que era pequeña.

Yo no vivía con él, pero su casa se convirtió en un lugar seguro para mí cuando necesitaba irme de la mía.

Es allí donde vivo ahora, desde que él se trasladó a una residencia.

Me dejó la casa, y a su amigo de la concha.

Ahora me parece que Winston es el símbolo de nuestra relación.

—Se sonrojó y agitó la cabeza—. Da igual, es una tontería.

—No, por favor, explícame lo que quieres decir —insistí—. He invertido dinero en esa tortuga, así que quiero saber más.

—Winston es como… —Se encogió de hombros—.

Es como mi abuelo, en versión animal. Es un superviviente arrugado que vive en mi jardín.

Cuando él está bien, tengo la impresión de que mi abuelo está bien.

Cuando no lo está, me preocupo por los dos, incluso aunque veo a mi abuelo todo el tiempo y sé que está bien. ¿Lo ves? Es ridículo.

—En absoluto —insistí—. Eso demuestra la clase de persona que eres.