Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 9 Emilia #2
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9 Emilia #2

—Sí, pero hablabas de él de un modo que me hizo pensar que era una mascota de verdad. Como un perro.

—Pues menos mal que no es un perro, porque si no, no estarías aquí. Odias a los perros.

—No, para nada —resopló él—. Solo odio a esos perros salchicha escandalosos porque son una amenaza.

—¿Ya estás otra vez? —suspiré.

—Me gustan los perros —protestó él—. Si tuviera tiempo, adoptaría uno, como ha hecho mi hermano. Mira.

Miré cómo buscaba algo en su teléfono, que giró para mostrarme una foto en la que rodeaba con el brazo a un perro encantador, pero de aspecto muy raro.

—Muy mono —dije—. Quiero decir que es un perro muy mono.

—No es mono, para nada. Es un desastre, al menos en su aspecto externo, pero es muy simpático y divertido. La familia entera lo adora.

—Bueno, si te van las mascotas de apariencia no tradicional, siéntate aquí para conocer a Win. Es increíble.

Drew dio la vuelta para situarse delante de Winston.

—Desde luego que es… diferente.

Yo le di los datos básicos de mi amigo.

—Tiene quince años, que es joven para una tortuga y, al margen de la obstrucción intestinal que tiene ahora, está muy sano. Tiene un hábitat especial en mi jardín trasero, y es mucho más sociable de lo que parece. Le encanta conocer gente, comer flores y echarse siestas.

—Aparte de lo de «conocer gente», parece una vida bastante buena —rio Drew—. ¿Muerde?

—No, pero tal vez debería enseñarle a hacerlo. La verdad es que tener una tortuga guardiana suena muy bien. Seguro que nadie se lo esperaría.

Oculté mi sorpresa cuando Drew se sentó en el suelo junto a mí.

Resultaba desconcertante tener a Drew Ashford, presidente de un imperio hotelero internacional, sentado en el suelo de linóleo con las piernas cruzadas y hablando con ternura a una tortuga.

Aquello no me encajaba con nada. Su hombro casi rozaba el mío, y fui muy consciente de su cercanía, de un modo que me hizo volverme un poco hacia él, que no se dio cuenta. Eso estaba bien, no pasaba nada.

Winston se acercó a echarle un vistazo.

—¿Puedo tocarlo? —preguntó Drew.

—Claro. Su concha tiene terminaciones nerviosas, así que puedes rascarle ahí, o debajo del cuello. Eso le gusta.

Intenté no mirar embelesada cómo Drew se inclinaba para mirar a Win a la cara.

—Hola, colega. Todo saldrá bien, ¿de acuerdo? No te preocupes.

Acarició la concha de Winston con una mano. Enseguida, la puerta se abrió para dar paso a la veterinaria.

—Hola, mamá y papá. Soy la doctora Patel. ¿Cómo lo ven?

—Oh, no somos…

—Estamos algo preocupados —me interrumpió Drew, al tiempo que me lanzaba una mirada.

Supuse que nuestra farsa se había puesto en marcha oficialmente.

—Por supuesto —respondió la doctora, asintiendo—. Les explicaré la operación y lo que pueden esperar después.

Describió la operación, que escuché con una mueca, y explicó lo que tendría que hacer después para asegurarme de que se recuperase bien. Cuanto más hablaba, más asustada me sentía.

—¿Alguna pregunta?

—Yo tengo una —dijo Drew—. ¿Hay alguna señal de la que debamos estar pendientes? ¿Alguna indicación de que no se esté recuperando bien?

—Buena observación, gracias por recordármelo —respondió ella—.

Deben observar si hay inflamación o enrojecimiento en el lugar de la incisión, falta de apetito, letargo, o si evita los contactos habituales.

Si notan algo así, pónganse en contacto con nosotros.

Por lo demás, debería estar bien hasta la fecha de la revisión planificada.

—Hizo una pausa para sonreírnos—. Resultan encantadores los tres juntos, son la familia ideal.

—Gracias. —Drew le sonrió con calidez.

—Si les parece bien, me voy a llevar ya al paciente para irlo preparando.

—Te quiero, Winnie —le dije, mientras ella lo cogía.

—Tú puedes —añadió Drew—. Nos vemos al otro lado, amigo.

Su preocupación sonaba tan convincente que mi corazón se descongeló un poco. Después de pagar en el mostrador de recepción, salimos de la clínica y nos miramos un momento con ojos entornados a la luz del atardecer.

—¿Estás bien? —preguntó Drew.

Parecía sincero, pero tal vez formaba parte de su representación. ¿Nos estaba observando alguien? Intenté mirar a mi alrededor con discreción, pero él me pilló, sacudió la cabeza y suspiró.

—No estoy fingiendo. Me interesa de verdad.

—De acuerdo. Estoy bien.

No era mentira: «bien» podía significar un montón de cosas distintas. Drew me miró, dudoso.

—Pareces estar a punto de llorar.

—Estoy preocupada, ¿vale? Tampoco es que operen a mi tortuga todos los días.

—Y que lo digas —musitó él—. Necesitas olvidar todo eso por ahora. Te llevo a cenar.

A pesar de haber estado todo el día picando de la mesa de catering, estaba muerta de hambre, pero también ansiosa y tensa. Estar en una compañía desagradable empeoraría las cosas.

—Venga ya —me animó él—. Me portaré bien y, además, que nos vean juntos en público seguramente dará credibilidad a nuestra historia.

Pensé en cómo Drew había plantado su tarjeta de crédito platino sobre el mostrador de la clínica hacía tan solo unos minutos. Yo tenía que cumplir mi parte del trato, y había más dinero en perspectiva.

—Muy bien. Invítame a cenar… cariño.

Su hermosa cara se iluminó con una gran sonrisa, que casi me hizo pensar que tenía el poder de hacer feliz al hombre más gruñón de América.

A ver, los hoyuelos no mienten, ¿verdad?