9 Emilia
EMILIA
Le estaba dando la mano al mismísimo diablo.
Al menos, esa fue mi sensación mientras Drew y yo volvíamos juntos al edificio principal de Longwood.
Notaba las cámaras de Dorian apuntándonos a la espalda, así que hice lo que pude para lanzar un par de miradas cariñosas a Drew, e intentar que aquella farsa pareciera real, sabiendo que ninguno de los dos podíamos permitirnos montar una escena. O, al menos, una escena aún mayor.
Atravesamos el vestíbulo juntos, hasta llegar al salón donde habíamos dejado nuestras cosas. Por suerte, estaba vacío, así que, en cuanto cruzamos el umbral, solté mi mano, cerré la puerta de golpe y me encaré con él, hablando de manera atropellada.
—¿Por qué has pensado…? ¿Cómo te atreves a asumir…?
Me detuve en seco cuando caí en que nuestros micrófonos seguían encendidos.
Me llevé un dedo a los labios, señalé el trasto sujeto al cuello de mi vestido, saqué la batería de mi bolsillo y, muy despacio, demostré cómo apagar ese trasto.
Drew asintió e hizo lo mismo y, cuando estuvimos a salvo, volví a enfurecerme.
—¿Pero qué cojones, Drew?
Él levantó las manos en el aire, como si intentara aplacarme.
—Lo siento mucho, ¿vale? Estaba acorralado y no me quedaba otra elección. ¿Has visto lo cabreado que estaba Carter? No podemos permitirnos que estalle ante las cámaras.
—¿Y has decidido sacrificarme para salvarte el culo? —Mi voz resonó en aquel espacio vacío.
—Ah, ¿piensas que fingir un compromiso conmigo es un sacrificio? —preguntó Drew.
—¡Sí! —exclamé—. Por supuesto. ¿Es que no te conoces?
Hubiera jurado que estaba a punto de echarse a reír, lo que me enfadó aún más. ¿Cómo podía alguien estar tan bueno, y ser tan horriblemente petulante, al mismo tiempo?
—¿Y cómo vas a decirles ahora que es mentira? —exigí—. Porque tu idea brillante te va a hacer quedar como un idiota cuando tengas que confesar.
—¿Y quién dice que vaya a hacerlo?
—Pues yo —le recordé—. ¡Yo no he dado mi consentimiento!
—Puedo compensártelo.
Acercó una silla e hizo un gesto para que me sentara, como si estuviéramos a punto de negociar un acuerdo. Me crucé de brazos y me mantuve firme. No pensaba sentarme para hacer tratos con él.
—No puedes dedicarte a lanzar dinero a los problemas y esperar que eso los resuelva. El mundo no funciona así y, desde luego, yo no funciono así —afirmé.
Me daba igual el tamaño de su cartera, aquel hombre no tenía nada que me atrajera lo más mínimo.
Bueno, excepto sus brazos. Y su tamaño de guardaespaldas gigante.
A ver, ¿de dónde sacaba tiempo para hacer ejercicio?
Porque era obvio que pasaba tiempo en el gimnasio, a juzgar por las venas prominentes que recorrían sus fuertes antebrazos.
Y esos hombros, tan anchos como los de un defensa de rugby.
Vale, podía admitir que, desde un punto de vista estético, había mucho que admirar.
No pensaba negar lo bueno que estaba, porque eso era evidente.
Cualquiera con un par de ojos pensaría igual, pero eso no importaba nada.
Su personalidad lo anulaba todo, y me volvía inmune al tío bueno con la cuenta corriente enorme.
Al menos, eso era lo que no dejaba de repetirme a mí misma.
Drew me observaba con atención, y parecía estar analizándome.
—¿Y qué hay de ese gasto de cuatro mil dólares con el que te han sorprendido hoy?
Al principio me sorprendí, pero enseguida me sentí indignada.
—¡Estabas escuchando mi llamada! Lo sabía.
Él suspiró y pareció ligeramente arrepentido.
—Te escuché sin querer, pero teniendo en cuenta la forma en que has gritado la cantidad, creo que te ha debido escuchar todo el mundo.
—Tampoco he gritado tanto —gruñí.
—¿Y si me hago cargo de ese coste, a cambio de que finjas lo del compromiso?
Había estado tan liada que aún no había pensado en cómo iba a pagar la operación de Winston, y ahora, el capullo de mi jefe me estaba ofreciendo una solución. Pero venía con tantas condiciones que me sentía como una marioneta en sus manos.
—Como si quisiera pasar más tiempo contigo. —Puse los ojos en blanco, lo que hube de reconocer que era una respuesta infantil pero, en esa situación, resultaba muy adecuada.
—Venga ya, tampoco es que tengas que vivir conmigo.
No tendrías que hacer casi nada. Tú solo finge que te gusto mientras resolvemos todo este lío.
—Hizo un gesto hacia el equipamiento de producción esparcido por el suelo—.
Podrías venir en mi coche al trabajo algún día, para que parezca que pasamos las noches juntos.
Y podemos tontear un poco delante de otros, para que crean que estamos lo bastante enamorados como para casarnos.
No pude evitar sentirme perpleja. ¿Cómo iba a fingir que le tenía cariño?
—Y puede que finjamos una o dos citas, para que resulte más creíble.
—Tortura por cuatro mil pavos. —Lo miré suspicaz.
—Sí, pero no tendrás que preocuparte por el pequeño Fido.
—¿Fido? —reí.
—Teniendo en cuenta lo que te gustan los perros, me he imaginado que tenías uno. ¿O se trata de un gato?
—Algo así —repliqué.
—Sea lo que sea, me gustaría conocerlo —insistió Drew—. Si lo estoy pagando, al menos quiero ver mi inversión.
—Todavía no he aceptado tu propuesta. —Me alejé de él.
—Pero vas a hacerlo, lo sé —repuso Drew, siguiéndome.
Yo solté un bufido y seguí andando. Su arrogancia me estaba dando muchas ganas de negarme, solo para fastidiarle, pero no podía permitirme el lujo de ser petulante, por tentador que resultara.
Me gustara o no, su dinero era una opción mucho mejor que cualquier otra solución que se me ocurriera.
Aún estaba pagando la nueva puerta trasera de la casa, la misma que había ocasionado el problema de Winston.
La factura del veterinario, sumada al resto de los gastos de la obra, me hacía sentir mareada.
Me volví a mirarlo.
—Multiplícalo por cuatro y lo haré.
—¿Dieciséis mil? ¿Lo dices en serio? ¿Cuántos perros tienes?
—No tengo ningún perro.
Y había hecho mal las cuentas, quería pedirle veinte mil, maldita sea.
—Eso es chantaje —dijo él, mirándome con desconfianza.
—Eres tú quien ha anunciado ante las cámaras que estábamos comprometidos, guapo. Asúmelo.
Ya estaba calculando lo rápido que podría terminar algunas partes de la obra con ese dinero adicional.
—Cinco mil.
—Veinte —respondí.
—No puedes aumentar la cantidad por encima de la que has pedido inicialmente, las negociaciones no van así —protestó él.
—Así que admites que estamos negociando? Me alegro de saberlo.
Él frunció el ceño y yo no pude evitar sonreírle con suficiencia. Como mínimo, le estaba poniendo nervioso, y eso me gustaba.
—Ocho.
—Doce.
—Diez.
—Hecho. —Le tendí la mano para estrechar la suya—. Pero los necesito hoy o, mejor dicho, los necesita el veterinario. No quiero pagar con mi tarjeta de crédito para que luego te eches atrás diciendo que no te he hecho bastantes mimos. Hazme un bizum.
—Caray, está claro que no te fías de mí —observó él.
—¿Me has dado razón para hacerlo?
—De acuerdo, vamos ahora mismo y yo pagaré directamente al veterinario y te daré un cheque por el resto. Están terminando la grabación y tengo un par de horas libres esta tarde, porque no sabía cuánto duraría esto. Tengo que conocer a ese bicho… lo que sea.
—Oh, ya verás qué sorpresa. —Le dirigí una sonrisa falsa—. Winston te va a encantar.
Más le valía. No estaba segura de cómo reaccionaría al conocer al mejor amigo del abuelo, pero su comportamiento me diría mucho de él. Cualquiera que lo llamase raro o feo quedaba excluido de mi vida sin más.
La puerta se abrió y una asistente asomó la cabeza.
—Hola. ¿Os importa que me lleve los micrófonos?
Nos desconectamos todos los cables y nos dirigimos al aparcamiento. Drew señaló un deportivo negro, aparcado en la primera línea, por supuesto, tan brillante que parecía de juguete.
—¿Quieres que te lleve?
—No, gracias. Prefiero vivir —repliqué, aunque me daba cierta curiosidad la velocidad que alcanzaría ese coche.
Le envié la dirección en un mensaje de texto y me dirigí al rincón más alejado del aparcamiento, donde nadie podía ver mi Toyota polvoriento. Cuando llegué a la clínica, no me sorprendió encontrar a Drew esperando en el banco junto a la puerta.
—Me preocupaba que hubieras tenido una avería por el camino. Es evidente que tu coche no está en su mejor momento.
—No te preocupes por mí —le solté, pasando por delante de él.
—Pero cielo —dijo él detrás de mí—. Eres mi prometida, me preocupo por ti.
Me volví para mirarlo, intentando ocultar con irritación la sorprendente punzada cálida que había sentido.
—Tú piensa en la factura, ¿de acuerdo? Eso es lo único que importa ahora mismo. Además, aquí no necesitamos fingir nada.
Él me alcanzó y caminó a mi lado.
—Estaba practicando. Tenemos que conseguir que sea creíble.
—No te preocupes. Cuando llegue el momento, seré tan encantadora que empezarás a creerlo tú mismo. Me dedico a las bodas y soy una actriz excelente; pero, por ahora, cálmate un poco, jefe.
—Maldita sea —murmuró él por lo bajo.
Había asumido que solo sería necesaria una gestión rápida en el mostrador y que, tal vez, pudiera ver a Winston por una ventana, pero la recepcionista nos llevó a una sala de observación.
—Aún no están listos para él, así que, ¿por qué no van a ver a su niño un momento y lo animan un poco? Enseguida irá un técnico a ver al señor Winston.
—¿Niño? —repitió Drew, en tono escéptico y un poco despectivo, antes de sentarse en una silla de plástico.
—Sí, algunas personas aprecian la compañía de las mascotas —repliqué.
Él fue a contestar, pero la puerta se abrió en ese momento, y entró un técnico veterinario vestido de azul que llevaba a Winston.
—Aquí está el hombre del momento. —Lo soltó en el suelo y él se dirigió hacia mí al instante—. Se lo dejo unos minutos para que le hagan mimos y luego nos lo llevaremos para prepararlo.
—¡Gracias! —Me dejé caer al suelo—. ¡Hola, amigo! ¿Cómo estás?
—Un momento —dijo Drew—. ¿Winston es una tortuga?
Lo miré por encima del hombro.
—Es una tortuga del desierto, la distinción es importante.