8 Drew
DREW
—No, lo digo en serio, tío. —Carter señaló con un gesto el seto que tenía delante—. Quiero esto, pero en tu hotel.
Mantuve mi expresión neutra, aunque lo que Carter estaba pidiendo era prácticamente imposible.
Después de todo, estábamos en un jardín botánico, donde el cultivo creativo de plantas era una forma de arte.
Intentar recrear un laberinto de setos en el hotel, donde no teníamos nada que se pareciera lo más mínimo, requeriría una barbaridad de dinero y, lo que era más importante, de tiempo.
—Recuerda que nuestra boda va a sentar precedente —dijo Carter—.
¡Será un cambio, tío! Y un laberinto como este sería la leche, ¿sabes?
Subes de la playa y ¡bum! Te pierdes en un puto laberinto de camino al bar.
Igual podríamos esconder otro bar en el laberinto, para la gente que no consiga encontrar la salida, o para los que quieran seguir perdidos más rato. Una idea brillante, ¿no?
Lanzó una mirada a Kristen, y ella asintió con la cabeza a desgana.
—Claro. Me gusta.
Había estado muy desanimada desde la conversación sobre los girasoles, y esa no era la actitud que necesitábamos. Se suponía que los preparativos debían ser divertidos y alegres.
Emilia y yo intercambiamos una mirada que no necesitó palabras.
Los dos éramos muy conscientes de la satisfacción del cliente, o la falta de ella, en todo momento, y ahora formábamos un frente unido, porque a los dos nos interesaba que todo fuera bien.
Necesitábamos que los novios estuvieran delirantes de alegría y emoción por el acontecimiento durante todo el tiempo que estuvieran con nosotros.
Y, sobre todo, durante todo el tiempo que estuvieran ante las cámaras.
Aquello suponía una prueba para el hotel, y no se permitían caras tristes.
Fui muy consciente de las dos cámaras que tenía detrás mientras formulaba mi respuesta.
—Admiro tu creatividad, Carter, es una idea fantástica.
Pero construir un laberinto de setos en el tiempo que falta hasta la boda sería muy complicado.
Podemos intentar hacerlo, pero creo que deberíamos considerar uno falso, con plantas artificiales.
Haría el mismo efecto, pero la ejecución sería más sencilla, y tendrías mucho más control —señalé, tratando de convencerle—.
No tendrías las limitaciones de las plantas vivas, podrías elegir las formas que quisieras, los colores, las estructuras.
Carter no lo veía claro, y soltó un resoplido de disgusto.
—¿Plantas falsas? Ni hablar, qué horterada.
—Bueno, hay que tener en cuenta la comodidad del resto de los huéspedes del hotel. Por ejemplo, una pareja que se aloje con nosotros para celebrar su cincuenta aniversario tal vez no quiera atravesar un laberinto para llegar hasta el mar.
—Reservaremos todo el hotel —insistió Carter—. Problema resuelto.
Forcé una sonrisa, aunque sabía que las reservas para su boda supondrían que el hotel estuviera casi lleno ese fin de semana.
—Veré si es una opción viable.
—Entonces, ¿estás de acuerdo? ¿Todo bien?
Todo el mundo se volvió a mirarme. No tenía modo de oponerme a su petición sin dar mala imagen en el programa. Sería el capullo que se había negado en redondo a darle a la pareja lo que querían para ser felices, o el bobo inútil que no hacía más que hablar, sin resolver nada.
¿Por qué diablos había aceptado meterme en aquello?
—Creo que el siguiente paso es hablar con los floristas, a ver si pueden hacerse cargo del laberinto —dije con soltura, ansioso por pasar la pelota a otros.
La competición, al estilo Supervivientes, por la que habían hecho pasar a los floristas había sido difícil de presenciar, pero Dorian había insistido en que quedaría genial en la televisión.
Habían elegido al ganador en función de los centros de mesa que habían hecho preparar a los floristas, después de una breve conversación sobre su visión para la boda.
No era de extrañar que todos los arreglos florales hubieran sido preciosos, pero uno de ellos había tenido la suerte de incluir girasoles en su diseño, lo que le aseguró la victoria.
—Claro, lo pillo. Oye, E, ¿puedes apuntar eso? Tendremos que hablar con nuestro florista, a ver si puede encargarse —dijo Carter a Emilia—. ¿Cómo se llamaba?
—Bradley —respondió Emilia, mientras sacaba el teléfono.
El pobre Bradley estaba a punto de llevarse la sorpresa de su vida con esa pareja. Claro, que todos tendríamos que superar una cantidad ridícula de obstáculos hasta que llegaran al altar.
—¿Podemos tomarnos un minuto para repasar mi lista? —propuso Emilia mientras escribía—. Quiero asegurarme de que no se me ha olvidado nada.
—Sí, hagámoslo —respondió Carter—. ¿Cariño?
—Disculpad, ¿me perdonáis un momento? —pidió Kristen, en voz baja y tensa—. Ahora vuelvo.
—Claro, cari —respondió Carter.
Yo fui el único que se fijó en Kristen, mientras Carter y Emilia procedían a revisar los puntos de su interminable lista de tareas.
Había dado por hecho que Kristen iría a los aseos, pero la vi girar a la izquierda en el laberinto y ocultarse a la vista de los demás.
Era evidente que estaba disgustada por algo, y yo no quería permitirlo.
Cuando estuve seguro de que el resto del grupo estaba pendiente de Carter, fui detrás de ella.
Al acercarme a donde se ocultaba, escuché un sollozo y, al doblar una esquina, la encontré con la cabeza apoyada en las manos y llorando con ganas.
—Eh, eh, ¿qué te pasa? —pregunté al acercarme.
Ella dio un salto, y empezó a llorar más fuerte.
—Lo siento, no quería fastidiarlo todo con tonterías. Solo necesito unos minutos para… —Hizo un gesto hacia su cara llorosa.
—Kristen, por favor, no te disculpes por sentirte abrumada. Las bodas desatan un montón de emociones, tanto buenas como malas. ¿Se trata de tu abuelo? —pregunté con suavidad.
Ella asintió con la barbilla temblorosa. Estaba haciendo un esfuerzo enorme por no venirse abajo del todo.
—Lo echo muchísimo de menos. Tendría que estar aquí conmigo.
—Ven aquí.
Abrí los brazos y ella se dejó caer sobre mi pecho, llorando con desesperación. No me habría imaginado que necesitaría dos pañuelos en un mismo día.
Mientras lloraba, le acaricié la espalda, sin decir nada y sin presionarla para que hablara.
No se me daba muy bien lidiar con emociones, ni las mías ni las de otros, pero sí sabía una cosa sobre la pena.
A veces, uno solo necesitaba darle rienda suelta durante un momento, dejarse llevar por ella, permitirle ganar.
Y después, cuando pasara la oleada, se reconstruían las defensas y se podía volver a ser fuerte.
Yo podía darle a Kristen ese momento, ser alguien en quien apoyarse hasta que pasara.
No podía decir nada para hacerla sentir mejor, pero sabía que ella no quería escuchar a nadie en ese momento.
Solo quería darse un respiro. Aunque no resultara fácil dejarse llevar por la pena, la mayor parte de las veces era eso lo que hacía falta para superar el duelo.
Cuando se recompuso por fin, Kristen se apartó de mí y se pasó los dedos por debajo de los ojos.
—Gracias. Me ha venido muy bien.
—Tu abuelo era un hombre muy especial, y me alegro de haberlo conocido. —Sonreí al recordar la primera vez que lo conocí—. Vaya sermón me echó cuando empecé a salir contigo. Me amenazó con la muerte y todo eso, ¿sabes? Me preguntó si mis intenciones eran honorables.
—¿Eso dijo? —preguntó, con expresión más animada.
—Eso, y mucho más —le aseguré—. Me contó historias sobre tu abuela, y lo mucho que la cortejó, a pesar de que, al principio, su padre le odiaba. Yo intenté no sentirme aludido por la insinuación.
—No lo decía en serio, yo sabía que le caías bien —insistió Kristen.
—Y él te quería muchísimo. Te adoraba.
Vaya, parecía que iba a echarse a llorar de nuevo. Me acerqué a ella, dispuesto a darle otro abrazo, pero me quedé helado con una mano en su hombro cuando un grupo de gente dobló la esquina del seto, un poco más allá de donde nos encontrábamos.
—¡Ha sido increíble de cojones! Una mina de oro —exclamó Dorian, acercándose a toda prisa—.
Pero ¿podríais repetirlo? Al principio no se escuchaba muy bien, supongo que habéis tapado los micros al abrazaros.
¿Y podríais contar algo más de vuestra historia?
Si salisteis juntos en el pasado, el público va a necesitar contexto.
El estómago se me cayó a los pies.
—¿Los micros?
Mierda, ¿había tenido el micrófono encendido todo ese tiempo? Vaya, eso sí era un problema.
—Sí, estaban conectados —explicó Dorian—. Error de novato. Lo hemos oído todo, o casi todo. ¿Quién sabe lo que ha pasado cuando no os escuchábamos bien? —Dio unos golpecitos a sus auriculares.
Emilia me miraba con el ceño fruncido, como si pudiera prever todas las formas en las que aquel descuido nos iba a pasar factura.
—Yo he apagado el mío —dijo Kristen con una mueca—. ¿No se te ha ocurrido apagar el tuyo? —preguntó.
—Un momento, ¿qué es eso que habéis dicho de salir juntos? —Carter se situó delante de Dorian con aspecto de estar alucinando—. No han, es decir… —Vi cómo su expresión cambiaba cuando cayó en la cuenta—. Un momento, espera. ¿Éste es tu Drew?
La sorpresa había dado paso al enfado, y las cámaras estaban captando cada segundo. Todo el mundo mantuvo un silencio absoluto mientras esperaba a que Kristen dijera algo. Nadie se atrevió ni a respirar.
—Sí, salimos juntos —admitió con un hilo de voz—. Pero fue hace mucho tiempo. No pensé que fuera importante.
Joder. Yo no lo habría dicho así. Durante un instante, Carter se encogió, pero luego se enderezó como si se preparase para una pelea.
—¿Que no es importante? ¿Estás de coña? ¿Quieres que nos casemos en el hotel pijo de tu exnovio?
Eso no mejoraba las cosas.
Carter se me acercó, furioso, con los puños apretados.
—¿En qué más me has mentido? ¿Estáis follando? ¿Me has estado engañando todo este tiempo?
Vaya, estábamos a una chispa de una detonación completa.
No se trataba solo de la mala publicidad que recibiría el hotel si se cancelaba la boda, sino que aquella situación podía destruir mi reputación por completo y para siempre.
Se me conocería como el tío que acabó con Carten, y esa mierda me perseguiría hasta el fin de mis días.
Yo había visto de cerca lo peligroso que podía ser enzarzarse en una disputa con un famoso popular.
Mi hermano se había enfrentado a las iras de los fans de Scarlet Rush cuando había insultado a su ídolo sin querer, y apenas había sobrevivido para contarlo.
Si me consideraban responsable de arruinar la historia de amor que había capturado los corazones de medio mundo, no podría volver a aparecer en público nunca más. Tenía que hacer algo.
Miré a Emilia, que se había quedado helada por la sorpresa.
—Carter, ¡para nada! —exclamó Kristen, que corrió hacia él y se interpuso entre nosotros como si fuera una defensa—. En absoluto, yo te quiero. Lo que había entre Drew y yo terminó hace años.
Era obvio que Carter no se lo tragaba.
—¿Y todo eso de los abrazos? —exigió.
Miré a Dorian con la esperanza de que interviniera, pero estaba sonriendo, como uno de esos abogados picapleitos ante la escena de un accidente. Tendría que ser yo quien detuviera la hemorragia. Me aclaré la garganta.
—El abrazo solo ha sido un gesto de apoyo. Estaba pasando un mal rato y he intentado ayudarla.
Y no pensaba volver a hacer algo así en la vida.
A partir de ese momento, si alguien necesitaba que le reconfortaran, le soltaría unos gruñidos de apoyo desde la otra puta esquina de la sala.
O, mejor aún, me largaría a toda prisa y dejaría que se ocupara otro.
En lo referente a tratar con emociones fuertes, yo era la última persona que se consideraría cualificada para ayudar.
—No hay nada entre nosotros —intenté asegurar a Carter.
Carter se volvió para mirarme con los puños aún apretados. Lo último que yo quería era pelear con un tío que se ganaba la vida mostrando los músculos a la cámara desde el gimnasio de su casa.
—Como si me fuera a creer algo de lo que digas tú, tío. ¿Te has estado riendo de mí todo este tiempo? ¿Te tirabas a mi chica a mis espaldas y te reías de mí, pensando que era demasiado imbécil como para darme cuenta?
Estaba a punto de hacer un agujero en el suelo con el pie, como un toro enfadado.
—En absoluto —dije para calmarlo—. Ni se me ocurriría mirar a Kristen de ese modo ahora.
Por alguna razón, eso lo cabreó aún más.
—Ah, así que ¿ya no es lo bastante buena para ti? ¿El muy importante señor Ashford ahora cree que está por encima de todos nosotros?
Estaba buscando pelea, e iba a hacer falta algo muy radical para evitarlo. Algo dramático. Algo que diera la vuelta a la situación por completo y lo pillara desprevenido. De lo contrario, las cosas se iban a poner muy feas, muy rápido. Miré a mi alrededor, buscando algo que pudiera utilizar…
Capté la mirada de Emilia y me fijé en que abría mucho los ojos y daba una sacudida no muy sutil con la cabeza para decirme que olvidara lo que estuviera pensando. No podía. Le devolví una mirada de súplica, y ella vocalizó en silencio la palabra «no».
Me imaginaba que pensaría algo así como que ese no era su problema y allí no se le había perdido nada, pero ella también estaba metida en el lío.
Los dos nos jugábamos la reputación si Carter decidía celebrar la boda en otro sitio o, peor, si se quejaba de nosotros a sus veinte millones de seguidores.
Eso sería mucho peor que el problema que tuvo Harrison con los fans de Scarlet Rush.
La decisión estaba tomada.
—Carter, jamás se me ocurriría empezar algo con Kristen porque no soy un hombre libre.
Me acerqué a Emilia y le cogí una mano. Ella me miró boquiabierta, con los ojos muy redondos, y esperó a que me explicara.
—Emilia y yo estamos enamorados. Nos hemos comprometido.