Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 7 Emilia
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EMILIA

No era yo quien había tenido la idea de ir a los invernaderos Longwood, pero ojalá se me hubiera ocurrido a mí, porque era un lugar precioso.

Dorian, el productor, había insistido en que era necesario mostrar distintas ubicaciones en el programa para que siguiera siendo visualmente interesante, y por eso nos habíamos desplazado hasta los invernaderos.

Kristen y Carter aún no habían elegido un florista, así que ese escenario iba a servir de fondo para decidir entre tres floristas locales interesados en el trabajo.

Suspiré aliviada al pensar que, a diferencia de esa pobre gente, a mí no me habían obligado a ganar una competición digna de la telerrealidad para conseguir el trabajo.

—Quiero algunas imágenes secundarias en las que se os vea pasear y admirar las flores, ¿estamos? —instruyó Dorian—. Mirad todas las opciones, mostraos enamorados, oled las rosas, y todo eso. Cuando lleguen los floristas, empezaremos la sesión de preguntas y respuestas.

Miré a donde estaba Drew, que se mantenía en un segundo plano.

¿Por qué había venido? Me estaba distrayendo muchísimo, de pie en un rincón con los brazos cruzados, para que se notaran bien esos bíceps absurdos suyos.

Había venido vestido con su chaqueta habitual, pero el calor del invernadero le había obligado a quitársela y quedarse con el polo que llevaba debajo.

Yo hubiera jurado que el tiempo se ralentizó mientras se la quitaba, de modo que cada movimiento pareció una coreografía de poses y exhibición muscular.

Bueno, no había hecho más que quitarse la chaqueta y colgársela de un brazo, pero a mí me había parecido toda una exhibición.

—Esto es demasiado —observó Kristen, que se paseaba por el lugar con los ojos muy abiertos—. No quiero tomar una decisión equivocada.

—Cari —rio Carter—, si elegir flores te parece difícil, estamos jodidos. Esta decisión debería ser muy sencilla.

Se acercó a ella y le rodeó los hombros con un brazo.

Me fijé en que iban vestidos de forma coordinada, pero de un modo casual, no como dos abuelos de vacaciones.

Los dos llevaban tonos beiges y cremas, que sugerían la boda que se aproximaba, pero también eran el fondo neutro perfecto para las auténticas estrellas del día, las flores.

Supuse que eso era parte de ser famoso: alguien se lo curraba para asegurarse de que el mundo encajaba bien con uno.

Me uní a ellos, muy consciente de que las cámaras grabarían cada instante.

—¿Sabes? Carter tiene razón. ¿Has visto algún ramo de novia que sea feo?

Kristen se echó a reír.

—La verdad es que no, tienes razón. Ya me siento mejor, pero me está costando mucho imaginar qué poner en el ramo. A ver, ¿sería raro si llevara girasoles? Es que son mis flores preferidas.

—¡Un momento! —La voz de Dorian resonó por el invernadero y todo el mundo se quedó paralizado—. ¿Tenemos girasoles? Quiero volver a grabar eso, pero justo al lado de unos girasoles.

Una mujer nerviosa, vestida con una camiseta con el logo de Longwood, apareció de la nada.

—Lo siento mucho, pero no tenemos ninguno en este momento. Y, debido a su tamaño, son una planta de exterior.

—Manda cojones —protestó Dorian, que se volvió hacia Kristen—. ¿No puedes elegir otra flor favorita?

Ella pareció entristecerse.

—Pues no. Los girasoles son importantes para mí.

Eran… —Sollozó un poco—. Eran las flores favoritas de mi abuelo, y las plantábamos juntos en el jardín de su casa.

Utilizábamos semillas de las plantas del año anterior, y él conocía muy bien todo el proceso.

Me enseñó todo lo que sabía sobre ellos.

La clase de tierra que necesitaban, la mejor luz, las variedades que crecen mejor en este clima…

La barbilla le temblaba al hablar, y parecía que necesitaba un abrazo, pero Carter se había alejado y no se daba cuenta de que estaba pasando un mal rato. Me acerqué a ella y le apreté un brazo.

—Parece que era una persona muy especial, qué bonito legado te dejó —le dije.

—Él lo era todo para mí —dijo Kristen, asintiendo—.

Perdí a mis padres en un accidente de coche cuando tenía siete años, y él se ofreció a criarme.

Siempre creyó en mí. Me decía que si creía en algo, podía conseguirlo, y ese lema ha guiado toda mi vida.

Gracias a él, conseguí mi primer papel importante.

Yo ni siquiera pensaba acudir al proceso de selección, pero él me dijo que lo intentara, por diversión.

—Los ojos se le llenaron de lágrimas, y se mordió un labio—.

Nunca llegó a verme actuar. Tuvo un derrame cerebral y murió mientras dormía.

Carter apareció en el momento en que Kristen bajó la cabeza y se echó a llorar.

—Cari, ¿estás bien? —La estrechó entre sus brazos—. ¿Estás pensando en tu abuelo?

—Oh, esto es perfecto —dijo Dorian por lo bajo, pero lo bastante fuerte como para que todo el mundo lo escuchara.

Me alejé de ellos, para que tuvieran su momento en paz, y Dorian, el suyo.

—Pobre Kristen —dijo una voz detrás de mí.

Me volví para encontrar a Drew quien, en ese momento, parecía más agradable de lo que habría esperado. ¿Sería posible que ese cabrón sintiera empatía?

—Sí —respondí.

A decir verdad, yo entendía lo que sentía Kristen de un modo muy profundo, pero no podía admitirlo ante Drew. Cuanto menos supiera de mí, mejor. Sólo éramos compañeros de trabajo, nada más; y, considerando lo distante que era siempre, no parecíamos ni eso.

Observé cómo Carter levantaba la barbilla de Kristen con un dedo para darle un beso cariñoso. Se miraron a los ojos, y comprendí que quedaría genial en la televisión. Caramba.

—Muy bonito, me encanta —exclamó Dorian.

Carter y Kristen parecieron descolocados durante unos instantes, como si hubieran olvidado que los estaban observando. ¿Sería esa la consecuencia de pasarse la vida ante el público? ¿Se dedicaban a vivir sin pensarlo todo dos veces? Eso debía de ser agradable.

Y, a pesar de lo exagerados que estaban siendo los dos con los preparativos, parecían amarse de verdad y querer que su relación funcionara.

—¿Emilia? —llamó Kristen—. ¿Crees que los girasoles quedarían raros en el ramo? Como tributo a mi abuelo.

—¡Los girasoles quedarían preciosos! —respondí, acercándome a la pareja.

—Pero no consigo imaginármelo, porque nunca los he visto en un ramo.

—Espera un segundo. —Saqué el teléfono de mi bolsillo y abrí una de mis aplicaciones favoritas, que permitía crear ramos y decoraciones con cualquier clase de flor—.

Mira esto. ¿Qué más querrías, además de los girasoles?

Yo creo que las hortensias quedarían preciosas, pero es que me gustan mucho. Son mis favoritas.

—Ay, ya lo creo. Y también ranúnculos, y algo de verde.

Añadí las flores en la aplicación. Estaba haciendo el trabajo de los floristas, pero bueno, yo ofrecía un servicio completo y, hasta que seleccionara a alguien que se ocupara de los ramos y las decoraciones, me alegraba poder ayudarle y darle ideas.

Giré mi teléfono para mostrarle los resultados y me fijé en que Drew se había acercado también a nosotros. No había ninguna razón para que se implicara en ese tema, así que lo miré con desconfianza, pero él no pareció notarlo.

—Ay, por Dios, ¡es perfecto! —chilló Kristen—. Cariño, ¿te gusta?

O bien Carter estaba muy al tanto de cómo quedaría todo aquello ante las cámaras, o también le hacían ilusión las flores.

—¡Sí, amor! Eso es justo lo que querías.

A decir verdad, yo no estaba muy segura de que él tuviera la menor idea de las preferencias de estilo de Kristen, ni de que supiera mucho de ella en general.

Se habían comprometido a las pocas semanas de conocerse y, aunque sus fans habían enloquecido con el rápido romance, en mi experiencia, un «romance rápido» era sinónimo de «precipitarse».

Estaba segura de que se querían de verdad, pero no estaba convencida de que fuera un amor duradero.

Aunque, demonios, ningún amor tenía garantías de durar, ni siquiera con un anillo de boda.

Había conocido a novios que habían engañado a la novia durante la despedida de soltero, y novias que se habían dado de bofetadas con sus suegras.

Yo podía hacer que el gran día pareciera precioso, pero nada podía arreglar lo que estaba roto desde el principio.

Aun así, seguí sonriendo, porque estaba de parte de aquellos dos.

Era posible que todo fuera en serio, y que sintieran auténtico amor, de la clase que podía durar.

—Muy bien, fantástico. Esto nos da un punto de partida para cuando lleguen los floristas. Me alegro.

Mi teléfono empezó a sonar, así que apagué el micrófono y me alejé para responder la llamada. Era el veterinario de Winston, y yo llevaba toda la mañana ocultando lo estresada que me sentía por lo que le estaba pasando.

—¿Cómo está Winston? —pregunté al contestar.

Había estado intentando no pensar en él desde que lo había dejado en la clínica de camino al trabajo.

Estaba muy aletargado desde el día anterior y, cuando inspeccioné el jardín con cuidado, me fijé en que cerca del lugar donde dormía había trocitos de tubería de PVC de la obra.

Me entró el pánico, pensando que podía habérselos comido.

Encontré un lugar bajo un platanero donde no me verían las cámaras, pero estaría lo bastante cerca si me necesitaban.

—Le hemos hecho una radiografía y hemos visto una obstrucción en el intestino —contestó el veterinario—. Lamentablemente, no podrá expulsarla solo, así que habrá que operarlo. Necesito que me confirme que está de acuerdo con el coste de la operación.

—Haré lo que haga falta —respondí con un largo suspiro—. ¿De cuánto estamos hablando? Es para hacer los cálculos.

Escuché el sonido de un teclado, y crucé los dedos mientras esperaba la cantidad.

—Estamos hablando de la preparación para la operación, anestesia, retirada de un cuerpo extraño, recuperación, una noche en la clínica para observación, analgésicos para el dolor y una cita de seguimiento posterior. Nuestra estimación es de cuatro mil, además del coste de la radiografía.

—¿Cuatro mil dólares? —grité, más fuerte de lo que había querido.

—Sí, esa es la estimación.

—Un momento. ¿Eso quiere decir que podría ser más? —pregunté.

—Por desgracia, no podemos predecir cuánto durará la operación, así que el coste de la anestesia podría variar. Y Winston es una mascota exótica, así que todo es algo más caro.

Empecé a caminar en círculos, pensando que no tenía elección. Winston necesitaba atención médica y yo debía asegurarme de que la recibiera. Después de todo, tenía la sensación de que la culpa era mía, por no haber puesto más cuidado en vigilar dónde acababan los escombros de la obra.

—De acuerdo, adelante. Asegúrese de que tenga todo lo que necesite. Es el mejor amigo de mi abuelo.

—Debo advertirle de que hay algunos riesgos —añadió el veterinario—. No es un procedimiento sencillo.

El corazón se me paró un momento.

—¿Sí?

—Tiene mi palabra de que le proporcionaremos todos los cuidados necesarios.

—Se lo agradezco mucho. Por favor, dele un beso de mi parte.

El veterinario me aseguró que lo haría y colgamos.

Con los ojos cerrados, dediqué unos instantes a pensar en mi pequeñín.

Si le pasaba algo, a mi abuelo se le rompería el corazón.

No importaba lo que costase, debía asegurarme de que Winston sobreviviera a aquello.

Solo con imaginar decirle a mi abuelo que a Win le había pasado algo, me entró el pánico, y me di cuenta de que estaba punto de echarme a llorar. No. No tenía tiempo para las lágrimas.

Inspiré por la nariz, me limpié los ojos y me dirigí a donde estaban los demás, solo para casi chocar con Drew.

¿Por qué se había acercado tanto? ¿Habría oído mi conversación?

—Disculpa —dijo, haciéndose a un lado para que pudiera pasar—. Yo también tenía que contestar una llamada.

—Este invernadero es enorme —respondí, mirándolo con suspicacia.

—No me había fijado en que estabas ahí.

¿Me lo estaba imaginando, o su voz sonaba como un diez por ciento más amable de lo habitual?

—¿Va todo bien?

Drew me miraba con interés, y no pude evitar preguntarme qué vería.

¿Se daría cuenta de que estaba preocupada?

No, seguro que no. Mi cara de póquer no tenía rival.

O al menos, no solía tenerlo. Después de todo, mi trabajo me obligaba a mantener la calma, por muy mal que fueran las cosas, así que, ¿cómo era posible que se hubiera fijado en que yo no estaba bien?

—Estoy bien, no te preocupes por mí —respondí, ignorando su preocupación—. Preocúpate por el retraso de los floristas.

Él negó con la cabeza.

—No se retrasan, están esperando en la entrada. Dorian quiere que tú los presentes ante las cámaras, pero…

—Pero ¿qué? —exigí.

¿Por qué seguía teniendo ganas de llorar? Debía parecer firme, no una llorona, pero la llamada me había descolocado más de lo que quería admitir. Él me miró durante un instante más.

—No te preocupes por las presentaciones, yo me encargo.

Su oferta me vino como un regalo del cielo, porque no estaba en condiciones para actuar ante las cámaras, pero ¿no era raro que Drew se comportara así?

—¿En serio? —pregunté.

—Por supuesto, no es ningún problema. Ya conozco a dos de ellos, y al hotel le vendría bien un poco más de espacio en el programa. Lo hago por mí propio beneficio.

Sabía que ese no era el caso, porque al menos el noventa y cinco por ciento del contenido sobre la boda se grabaría en el hotel, pero si necesitaba una excusa para ser amable conmigo, no iba a protestar.

Maldición, ¿por qué notaba aquella sensación en la nariz? Winston estaba en buenas manos, todo iría bien. Inspiré más fuerte por la nariz.

—De acuerdo, te lo agradezco.

Mi voz sonó un poco temblona, y me hubiera dado de puñetazos por ello.

—Toma. —Drew me entregó un pañuelo de lino y se alejó.

Miré el cuadrado de tela que tenía en la mano, y que aún conservaba el calor de su bolsillo.

No supe por qué ese detalle me afectó de aquel modo, porque solo era un pañuelo, no una declaración.

Pero había algo en ese gesto tan concreto, en el hecho de que hubiera llevado un pañuelo y se hubiera dado cuenta de que lo necesitaba antes de que yo lo pidiera, que se me clavó en el pecho y se negó a moverse.

Por supuesto, el pañuelo tenía sus iniciales. Por mucho que hubiera querido usarlo para vaciar el contenido de mi nariz y devolvérselo luego, opté por utilizarlo para secarme lo ojos con delicadeza.

No creía que tuviera ni un solo átomo decente en su cuerpo, pero me había sorprendido ese detalle. Lo atribuí a que, por una vez en la vida, había dejado de lado su temperamento antipático habitual.

No te acostumbres a que sea amable, me dije. La gilipollez no tiene cura.