Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 6 Drew
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DREW

Volver a la casa en la que crecí era ahora una experiencia muy distinta.

Como siempre, los recuerdos alegres y los tristes empezaron a luchar en mi interior tan pronto como tomé el camino hacia la casa y el elegante edificio blanco apareció ante mi vista. Estaba tan bonita como siempre, pero parecía más una maqueta que el hogar de nuestra familia.

Era nuestra madre quien había llenado de amor aquel lugar. Y sí, aunque fuera una mansión, se las había apañado para que resultara acogedora. Su ausencia era palpable y, aunque ya habían pasado varios años, todos la seguíamos echando muchísimo de menos.

El corazón se me encogió por la tormenta de sentimientos que amenazó con apoderarse de mí.

Seguía doliendo el hecho de saber que no me estaría esperando al otro lado de la puerta, con los brazos abiertos y lista para un abrazo, con una sonrisa en su bonita cara.

A pesar de que mi padre era un adicto al trabajo, su relación con mi madre había sido muy sólida, aunque, en comparación, también era una entre un millón.

De hecho, podía contar con una sola mano el número de matrimonios con éxito en mi círculo social, lo cual era bastante revelador, y también me quitaba las ganas de casarme yo mismo.

Carraspeé un poco y luché contra una sensación de picor en la nariz, mientras me obligaba a pensar en el presente. Aún no sabía cuál era el motivo de esa comida sorpresa y, conociendo a mi padre, debería estar preparado para todo.

Había llegado antes que mis hermanos, lo que no era de extrañar.

Por supuesto, ellos dos tenían mucho de lo que ocuparse al margen de los negocios.

Mi hermano mayor, Harrison estaba centrado en su matrimonio y el bebé que esperaba; por su parte, Logan, mi hermano pequeño, tenía a su hijo Noah consigo ese fin de semana, así que, antes de venir, tendría que acompañarlo al avión para que volviera con su madre.

Yo me sentía satisfecho con dedicar todo mi tiempo a los hoteles, sobre todo teniendo en cuenta los problemas en Carmel.

La decisión repentina de contratar a Emilia me tenía preocupado y aliviado a la vez.

¿Sería capaz de aguantarla durante toda la boda?

Y, la pregunta más importante, ¿sería capaz de resistirme a ella?

Resultaba exasperante de muchos modos diferentes; entre ellos, que era la mujer más sexi que había conocido.

Ninguna mujer me había afectado tanto como ella.

Aquella discusión estúpida sobre los caracoles me había dado la impresión de ser unos preliminares.

Era evidente que no le asustaba defender sus ideas, aunque fuera contra mí.

Y si añadíamos que era… inteligente, si me atrevía a reconocerlo, el conjunto resultaba la hostia de sexi.

Estaba tan absorto pensando en ella mientras me dirigía a la puerta principal, que tardé un momento en darme cuenta de que mi padre me esperaba en las escaleras.

—Qué cara más seria —observó con una sonrisa—. ¿Por qué estás tan preocupado hoy?

¿Tan evidente era que Emilia se me había metido en la cabeza?

—Son cosas del trabajo, nada serio —mentí, corriendo escaleras arriba.

Mi padre me sorprendió dándome un fuerte abrazo. Pero claro, esa era la nueva versión de mi padre, después del susto con el cáncer. Haberse enfrentado a su propia mortalidad le había cambiado de la mejor forma posible. Esa nueva versión de él me gustaba mucho más.

Cuando nos apartamos, le eché un vistazo de arriba abajo.

—Estás estupendo. Me gusta ese corte de pelo, es diferente.

Él se pasó la mano por el pelo plateado, aún espeso, que ahora llevaba mucho más arreglado.

—¿Tú crees?

—Y también tienes buen color —respondí, asintiendo—. ¿Te acuerdas de ponerte protección solar para jugar al golf?

—Ay, Dios mío, eres igual que tu madre —rio él—. Siempre tan observador. Sí, hijo, en cuanto salgo, me pongo protección solar. Pero bueno, entra. Tus hermanos llegarán de un momento a otro.

—¿Cómo va la construcción del invernadero? —pregunté mientras entrábamos.

La construcción de un invernadero había sido uno de los proyectos favoritos de mi madre, antes de ponerse enferma.

Al principio, había descrito lo que quería como un «cobertizo» pero, a medida que iba dando forma a su sueño, resultó evidente que la construcción supondría una gran mejora para la propiedad.

Mi padre había estado de acuerdo, por supuesto.

Si ella se lo hubiera pedido, le habría bajado la luna.

—Ahí vamos. Ya sabes cómo son las obras. Un día vas avanzando a buen ritmo y, al siguiente, hay que pararlo todo porque el constructor no encuentra los tornillos adecuados.

El sonido del timbre interrumpió la conversación.

Harrison y Logan llegaron al mismo tiempo, e intercambiamos abrazos y palmadas en la espalda.

Tanto mis hermanos como yo nos sentíamos algo recelosos, y era evidente que los tres estábamos tratando de averiguar por qué nuestro padre había organizado una reunión familiar en persona.

—Vamos fuera —dijo mi padre—. Comeremos allí.

Celebrar una comida familiar en el patio que tanto había gustado a mi madre, rodeados de rosas, era nuestra forma de honrar su memoria.

Mi padre alzó la vista a su ama de llaves, Ana, cuando vino a traernos los platos.

—Muchas gracias, tiene muy buena pinta.

Su chef se había superado a sí mismo con unas ensaladas César coronadas con gambas del tamaño de un puño. Aun así, mi apetito brillaba por su ausencia y, al mirar a mis hermanos, me fijé en que tampoco comían. Todos estábamos pendientes de la bomba que fuera a soltarnos nuestro padre.

—Me hago cargo de que estáis ansiosos por saber qué pasa, así que, en lugar de haceros esperar hasta el postre para contaros lo que está pasando, iré directo al grano —empezó, y nos miró a cada uno de nosotros antes de continuar—.

Después de pensarlo mucho, he decidido que ha llegado el momento de dejar Ashford Enterprises. Voy a jubilarme.

Los tres nos quedamos en silencio, incapaces de asumir aquello.

Durante toda la vida, había parecido que nada le importaba más que el negocio heredado de su padre, que había ampliado hasta convertirlo en una gran empresa internacional.

Pero su pasión por el trabajo desapareció en cuanto enfermó nuestra madre, así que no debería habernos sorprendido tanto que el último susto médico le hubiera obligado a pensar en la vida que podría llevar al margen de su carrera.

Aun así, ¿por qué iba a jubilarse ahora? ¿Qué estaba pasando?

Harrison fue el primero en reaccionar.

—Papá… ¿Ocurre algo que debamos saber?

—Nada en absoluto —se apresuró a responder él—. Estoy sano, dejad de preocuparos por eso. Aunque el susto con el cáncer me ha hecho reconsiderar mi vida, ya llevaba un tiempo pensando en esto. He hablado con, esto, varios amigos, y creo que esta es la decisión correcta.

—Pero ¿qué harás? —preguntó Logan—. No es por fastidiar, pero el trabajo es toda tu vida.

—Cierto —rio mi padre—. Pero creo que, a estas alturas, no debería seguir siéndolo.

Me encanta mi trabajo, pero también me ha obligado a hacer muchos sacrificios, como mi relación con vosotros tres.

Me he perdido un montón de cosas durante vuestra infancia y, aunque siempre estaré agradecido a vuestra madre por haber estado a la altura y básicamente hacerse cargo del papel de los dos, no fue justo por mi parte imponérselo.

Así que, para estar presente, he decidido reducir mi implicación.

Después de todo, voy a tener dos nietos.

—Un momento —intervine—. ¿Vas a reducir tu implicación o a jubilarte? Porque eso son dos cosas distintas.

—Igual es que me cuesta decir la palabra —respondió, como hablando para sí—. Voy a jubilarme. Punto.

—¿Y quién va a…?

Harrison no terminó la frase, porque la sucesión podría ser un problema. Cada uno de nosotros tres se ocupaba de una división de la empresa, pero nuestro padre aún era el jefe de todos.

—Tenemos tiempo para decidir el quién y el cómo de esta situación, no lo hagamos ahora, ¿de acuerdo? Hoy solo quiero disfrutar de la comida con mis hijos.

Nos miró a todos, sin parecer en absoluto preocupado por el bombazo que nos acababa de soltar.

Cuando terminamos de comer, fuimos a dar un paseo por los terrenos y, aunque hablamos de todo un poco, noté que los tres seguíamos aún perplejos.

Por fin, nos despedimos y nos quedamos de pie ante la entrada de la casa, mirando cómo nuestro padre volvía a entrar.

Después, seguimos allí un momento, reacios a separarnos.

—¿Tenéis algo que hacer esta tarde? —preguntó Harrison.

Yo negué con la cabeza.

—No estaba seguro de lo importante que iba a ser su anuncio, así que he despejado mi agenda.

—Yo igual —añadió Logan.

—Vamos a nuestro sitio. Quiero hablar de esto —dijo Harrison.

Nuestro “sitio” era el lugar secreto al que íbamos a hacer surf de pequeños, cuando nuestras únicas preocupaciones habían sido la altura de las olas, las chicas y cómo conseguir alcohol. Parecía el lugar más adecuado para discutir el cambio que se avecinaba.

Llegamos en una procesión de coches de lujo pero, por suerte, en el aparcamiento no había nadie para acosarnos con preguntas sobre ellos. Como siempre, nos quitamos los zapatos, nos arremangamos los pantalones y nos dirigimos a las dunas.

Caminar por la arena con mis hermanos me resultaba muy familiar, a pesar de los años que habían transcurrido desde la última vez.

Los había echado de menos mucho más de lo que había creído.

Desde luego, habíamos tenido nuestras discusiones, como cualquier familia como la nuestra, llena de personalidades fuertes, pero, en el fondo, eran mi gente.

Los que mejor me conocían, y en los que confiaba para que me apoyaran en todo.

Logan rio un poco cuando nos sentamos en la arena.

—Parece que fuéramos a tener una reunión del consejo en la playa. ¿Por qué os habéis arreglado tanto para una comida de domingo en casa?