Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 5 Emilia #2
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5 Emilia #2

—Eso es muy bonito —respondí, y me obligué a sonreír cuando me enfocó la cámara—. Pero no hace falta apresurarse con las decisiones. Aún tenemos muchos platos que probar, así que, ¿por qué no dejamos este para luego?

—No, yo creo que hay que decidirlo todo ya —intervino Drew con mucha soltura—. Cada entrante afectará al resto de la comida. Vamos a crear una experiencia única de principio a fin. Por ejemplo, si eligen vieiras para los entrantes, no podemos ponerlas en el plato principal.

—Claro, por supuesto —mascullé con los dientes apretados—. Pero ¿cómo van a decidir eso sin probar cómo sería el plato principal de vieiras? ¿Y si les gusta más que el entrante? ¿Y si una de las damas de honor es alérgica al pescado? Es mejor no tomar todas las decisiones en este mismo momento.

Drew se acercó a mí.

—No queda mucho tiempo para el evento, y nuestros caracoles son salvajes y se recogen a mano en Francia. Necesitamos tiempo para organizar todo eso.

—Hala, qué pasada. Eso me mola —rio Carter.

Miré a Kristen y me fijé en que parecía bastante enfadada y no se estaba molestando en ocultarlo.

Yo no quería enfrentarme al novio directamente, pero podía gestionar a Drew.

Aparté con decisión de mi mente las imágenes de las partes de él que más me gustaría gestionar, y me centré en el problema que teníamos delante.

—Parece que todo eso sería muy complicado de planear —dije y, consciente de que debía de actuar como una especie de escudo humano para Kristen, me acerqué un poco más a Drew—. Y también sería un tanto inflexible, creo yo.

—No, en realidad es muy sencillo —respondió con voz tensa—. Dejamos que nuestros clientes decidan, y acatamos sus decisiones.

—Bien, pero quiero asegurarme de que la novia y el novio están de acuerdo y que todo el mundo sea feliz. Me parece que, en esta situación, lo mejor es dejar los caracoles de lado por el momento y reconsiderarlos más adelante.

—Te acabo de explicar por qué no podemos pasar a probar la siguiente parte del menú sin saber con exactitud qué aperitivos vamos a servir —insistió Drew—. ¿No estabas prestando atención?

¿Lo decía en serio? La única razón por la que se probaba el menú por adelantado era decidir lo que se iba a servir para comer, y eso requería probar todos los platos que se ofrecían.

—Pues claro que estoy prestando atención. Lo único que me importa es que mis clientes sean felices, y me refiero a los dos —protesté, mirándolo enfadada—. En todos los años que llevo organizando bodas, nunca había encontrado una política de menús tan inflexible.

Él se cruzó de brazos y me miró altanero desde su altura.

—Tal vez eso sea porque no estás acostumbrada a la clase de experiencia de lujo que ofrecemos en Ashford Resorts.

¿Acaso estaba insinuando que mis servicios eran de baja calidad? Ni de coña, colega. Eso significaba pelea.

—O, tal vez, elijo trabajar con hoteles que entienden que los organizadores de bodas trabajan por cuenta de sus clientes, y toman en consideración las opiniones de los organizadores, basadas en años de experiencia. Y tú, ¿de cuántas bodas te has encargado?

Me puse una mano detrás de la oreja, para fastidiar, mientras esperaba su respuesta. Él apretó los dientes un instante.

—Yo superviso cada aspecto de mis hoteles, así que me siento más que capacitado para opinar sobre este acontecimiento tan importante.

—Pero tú no eres un organizador de bodas —repliqué, porque me negaba a ceder ni un milímetro, y me preparé para dar el golpe de gracia—. Recuérdame, ¿tenéis uno en este hotel?

Los ojos de Drew centellearon. Le había dado de lleno.

—Tenemos un equipo de gente increíble, con mucha experiencia, que se ocupará de que Kristen y Carter tengan una boda que exceda incluso sus mejores expectativas.

—Esto, ¿chicos? ¿Podemos hacer un descanso rápido? Estoy empezando a agobiarme un poco —dijo Kristen.

Drew y yo nos desinflamos a la vez. ¿Qué demonios estábamos haciendo? Habíamos desviado la atención de la pareja hacia nosotros, y eso no era aceptable.

—Muy bien, gente, cinco minutos de descanso —dijo Dorian, molesto.

Ay, Dios mío. ¿Cómo era posible que me hubiera olvidado por completo de Dorian y todo el equipo de rodaje? Aquí venían mis quince humillantes minutos de fama. Mierda.

Todo mi trabajo dependía de mi capacidad para pasar desapercibida.

Se suponía que debía mantenerme en segundo plano, y dar prioridad a lo que importaba: la bonita pareja que celebraba su día especial.

En ningún momento debía tratarse de mí, pero Drew Ashford tenía algo que me hacía olvidarme de todo.

Me alejé, y Drew me siguió de cerca.

—Tenemos que hablar —dijo en voz baja.

—Estoy de acuerdo —confirmé, y dejé que pasara delante de mí, para conducirme a una sala privada más allá de la cocina.

—Tenemos… —empezó, pero yo levanté una mano para detenerlo.

—Apaga el micrófono.

—Pero si aquí no hay cámaras —dijo, confuso.

—Eso no impide que los micrófonos sigan grabando el sonido —señalé—. Apágalo.

Para unir los hechos a mis palabras, apagué mi propio micrófono.

Él me miró con el ceño fruncido.

—¿Cómo se…?

Con un esfuerzo hercúleo, conseguí no poner los ojos en blanco.

—El interruptor está en la batería.

—¿La batería? —repitió él, con aspecto aún más confuso.

Que Dios me librara de los alérgicos a la tecnología.

—A ver, déjame…

Me acerqué a él y tendí la mano hacia la batería que llevaba sujeta a la cintura. Él… Caray, qué bien olía. Pero que muy, muy bien. Como para olvidarse de todo lo demás, pero yo no me podía permitir ninguna distracción.

Clic.

Apagué el interruptor y me aparté a toda prisa, con la esperanza de no haberme sonrojado. Él se aclaró la garganta.

—Escucha, todo eso ha sido de muy mal gusto por nuestra parte.

—Estoy de acuerdo —respondí al momento.

Él me miró parpadeando un momento, como si lo último que hubiera esperado era que estuviera de acuerdo.

—Bien… vale. Tenemos que ponernos de acuerdo. No podemos dejar que nuestros problemas mutuos interfieran en el evento —continuó.

—Sí, por supuesto.