Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 5 Emilia
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EMILIA

Vale, estaba emocionadísima por haber conseguido la cuenta de Kristen y Carter y el circo de tres pistas que iba a ser su boda, pero no había decidido hasta qué punto estaba dispuesta a participar en su programa.

La serie de Carter solía centrarse en su vida diaria como gurú del ejercicio y entrenador personal de los famosos pero, al parecer, los productores habían decidido que la boda merecía una serie de episodios temáticos, y eso significaba que grabarían un montón de contenidos, muchos de los cuales me incluirían a mí.

Y a él, por desgracia.

Miré al otro lado de la mesa de preparación de acero, donde estaba el chef principal con Drew a su lado, tan atractivo como siempre e igual de antipático, a pesar de la docena de aperitivos perfectamente presentados delante de él.

A ver, ¿cómo podía uno estar de mal humor cuando el restaurante de su hotel le ofrecía delicias tales como ceviche de vieiras recogidas a mano, caracoles con mantequilla de ajo y tarta de cebolla caramelizada y queso de cabra en costra de hierbas?

Pero no, él se había cruzado de brazos y fruncía el ceño, como si estuviera supervisando el contenido de la bolsa de basura de la cocina.

Pobres de sus colegas, que tenían que aguantar esa actitud todos los días.

¿Cómo narices conservaba a sus empleados, con semejante mal rollo?

¿Tal vez ellos eran capaces de ignorar su mal humor a base de admirar el resto de su cuerpo?

Y había mucho que apreciar. Drew Ashford estaba tan bueno que la gente se paraba a mirarlo.

Su altura intimidaba un poco, en el buen sentido, como si pudiera envolverte por completo en sus brazos y hacer desaparecer al resto del mundo.

También parecía fuerte, no en plan musculoso como Carter, sino en plan «capaz de follarte contra la pared».

La clase de fuerza que resultaba excitante.

En aquel momento, tuve una imagen repentina, muy realista y nada apropiada, de sus manos en mi cintura, levantándome en el aire.

La reprimí tan rápido que casi noté un latigazo en el cuello.

Y sí, estaba empezando a excitarme un poco, lo que resultaba del todo inadecuado en aquel momento y lugar.

Era hora de mirarlo a la cara y utilizar su ceño fruncido como una especie de ducha fría.

Pero no, eso no funcionó tampoco, porque no pude evitar fijarme en que su elegante perfil resultaba prácticamente regio.

Y estaba segura de que se hacía tratamientos faciales, porque no sería justo que su piel fuera tan perfecta de un modo natural.

Y sus ojos… Sentía una especie de escalofrío en la espalda cada vez que me miraba, porque el efecto combinado de su mirada irritada y el azul intenso de sus ojos casi daba miedo, como si pudiera ver el interior de mi alma.

Cuando levantó la vista de la mesa para mirarme a los ojos, di un salto. Ostras, ¿me había quedado contemplándolo? Fingí estar ocupada con mi cuaderno, como si tuviera algo importante que escribir, aunque solo buscaba una excusa para no seguir mirándolo.

El chef indicó a la parejita que probara sus propuestas, y las cámaras se acercaron para enfocarlos más de cerca. Carter se frotó las manos.

—Esta mañana he hecho el doble de ejercicio, así que quitaos de mi camino, gente. ¡Allá voy! Me he ganado un día sin seguir la dieta.

Kristen se echó a reír, cogió una tarta de cebolla y le dio un mordisco tan diminuto, que dudé de que notara su sabor.

—Umm —se admiró, con los ojos muy abiertos—. Me encanta.

Carter pinchó una vieira, se la metió en la boca y asintió mientras masticaba.

—Ay, joder, está tremenda. Di que sí, colega. Di que sí. Estas van al menú, seguro.

El chef sonrió de oreja a oreja, pero Drew conservó su expresión impávida. Por el amor del cielo, estaban elogiando la comida. Lo menos que podría hacer sería sonreír un poco.

Carter y Kristen pasaron a los caracoles, o lo intentaron.

Como plato, resultaba impactante, pero comprendí que comerlos resultaría bastante incómodo.

Los caracoles eran demasiado resbaladizos, y por esa razón, yo solía sugerir a las parejas que los evitaran, pero Drew había insistido en incluirlos en la prueba, porque eran uno de los platos estrella del restaurante.

Me había dado la impresión de que los había incluido más por las cámaras, que por la pareja.

—Eh, ¿qué cojones hago con esto? —rio Carter, levantando uno de los caracoles—. ¿Me lo trago como si fuera un chupito?

Kristen rio aún más.

—Es un plato muy particular, ¿verdad? —observé, lanzando una mirada rápida a Drew—. Hay que sujetar la concha con estas pinzas para caracoles y utilizar ese tenedor diminuto para sacar la carne.

Dorian, el productor, se acercó un poco más a la mesa. Me había dado la impresión de que aquel hombre tenía tanta habilidad para pasar desapercibido en el grupo, como para convertirse en la persona más importante de una reunión, según su estado de ánimo.

—Esperad un momento —dijo—. Vamos a disfrutar de este momento, ¿de acuerdo? Divertíos un poco. Que resulte gracioso, ¿sabéis?

Ah, sí, la dirección escénica que, como estaba aprendiendo, constituía buena parte de la «realidad» del programa. Disfrutar el momento, puaf.

Dorian tenía una idea muy clara de cómo debía ser el programa, y no dudaba en detener la acción para manipularlo en la dirección que quería.

Era evidente que la pareja estaba muy dispuesta a cumplir, porque Carter hizo ademán de ir a sujetar la nariz de Kristen con las pinzas para caracoles, y los dos rieron la gracia con más ganas de las necesarias.

Estaba segura de que, más tarde, la edición y la música de fondo harían que el momento pareciera más divertido de lo que estaba siendo.

Kristen levantó el tenedor y las pinzas.

—Vale, estoy perdida. ¿Qué hay que hacer?

Abrí la boca para contestar, pero Drew empezó a hablar antes de que pudiera hacerlo yo.

—Me encantará enseñaros cómo disfrutar de nuestros Escargots à la Bourguignonne. Permitidme.

Por supuesto, su acento francés era impecable.

Tuve que imaginarme poniendo los ojos en blanco, para que la cámara no me pillara mostrando mi desdén, pero hacerlo en mi mente no era tan satisfactorio.

Drew procedió a demostrar con elegancia cómo sujetar el caracol con la pinza y sacar la carne de la concha.

Al terminar, levantó el diminuto tenedor en el aire.

—Voilà —dijo con una sonrisa que casi pareció natural.

—Yo primera —impuso Kristen, mientras se acercaba a Drew.

Abrió la boca y lo miró como si esperase que él la alimentara, lo que…

Un momento, ¿cómo? Sí, se trataría de un gesto muy dulce, si Drew fuera el tío con quien se iba a casar, pero ella ni siquiera había mirado a Carter.

Entre ella y Drew parecía haber una cierta familiaridad, casi intimidad, a la que yo no encontraba el sentido.

Drew optó por entregarle el tenedor y ella se lo metió en la boca con una floritura. Mientras masticaba, se cubrió la boca con la mano, para mostrar mejor su enorme anillo de compromiso.

—Oh, vaya. Um. ¡Es diferente!

—Déjame probar. —Carter no tenía la gracia de Drew, pero consiguió sacar otro caracol de su concha sin demasiados problemas ni salpicaduras de mantequilla—. Hala. Me flipa. Cantidad de ajo —observó mientras masticaba.

Maldición, iba a tener que hacer el papel de aguafiestas. Pero con diplomacia.

—Tienes razón —confirmé—. Resulta una opción muy aromática, y es una especialidad del hotel. Pero, siendo sincera, tengo que advertiros de que presentaría ciertos problemas para vuestra celebración, desde el punto de vista de la organización.

Drew se aclaró la garganta.

—Es un plato muy especial, y a la gente le encanta.

Ha recibido el premio Gault y Millau a la excelencia culinaria, lo que es extraordinario para un restaurante de Estados Unidos.

Me habían dicho que queríais organizar una celebración única, y este entrante hará saber a vuestros invitados que están asistiendo a una celebración totalmente distinta de cualquier otra en la que hayan estado.

—Decidido —declaró Carter con una palmada sobre la mesa—. Quiero que nuestra boda sea superdistinta de todo. La gente lo va a flipar.

—Pero… —Kristen levantó las pinzas—. Son bastante difíciles de comer. Y si vamos a pasar los entrantes en bandejas, van a resultar muy complicados para los invitados.

—Ese es justo el problema —corroboré con rapidez, aliviada de que uno de ellos, al menos, lo comprendiera.

—Deberíamos tener en cuenta lo que quiere la pareja y dejarles decidir a ellos —afirmó Drew con severidad, mientras me miraba con los ojos entornados para indicarme que cerrara el pico de una vez.

¿Se le había olvidado que yo no trabajaba para él?

—Eso estoy haciendo —le respondí, con una sonrisa encantadora—. A mí me parece que Kristen quiere ofrecer a sus invitados opciones que sean fáciles de comer si tienen un plato de aperitivos en una mano y una bebida en la otra.

—Así es —confirmó ella, mirándonos de uno al otro.

—Pero cari —protestó Carter—. Dijimos que queríamos desviarnos de todo lo que se hace siempre en el sector de las bodas.

La cámara se acercó un poco más a la pareja.

—¿Y nos vamos a desviar con caracoles? —preguntó Kristen, mirándole con el ceño fruncido.

—No se trata solo de pensar en lo que os guste a vosotros, sino también a vuestros invitados.

¿Tenéis una tía que se espantará si le cae una gota de mantequilla al vestido?

¿Un tío abuelo con artritis al que las pinzas le puedan dar problemas?

—sugerí, tratando de comunicar de un modo más profesional la idea de que «los caracoles son raros y manchan bastante».

—Yo haré lo que haga falta por mi niña —afirmó Carter.

Se inclinó para besarla. Cuando se separaron, Kristen pareció algo preocupada, aunque nadie más que yo pareció darse cuenta.