4 Drew #3
La miré con ojos entornados. Nos iba a costar una fortuna, pero podría vivir con ello.
Había que gastar dinero para ganar dinero, y ya estábamos perdiendo ingresos con cada boda que nos cancelaban, o que ni siquiera nos ofrecían.
El problema real era que yo odiaba permitir que alguien más tomara el control de la negociación de ese modo, pero ella sabía que me tenía justo donde me quería.
—¿Qué tarifas han ofrecido?
Ella sacó el teléfono, su maldito teléfono, de un bolsillo oculto y dio unos toques en la pantalla.
Cuando se acercó a mí, me vi rodeado por un aroma ligero y vaporoso, como si estuviera en la playa, pero con notas dulces como las de un helado.
Quise detener el tiempo e inclinarme hacia su nuca para inspirarlo.
—Mira —dijo ella, en tono insistente, porque se me había olvidado mirar a la pantalla.
Esos números debían de estar retocados, o no incluirlo todo, pero, una vez más, no tenía elección. Sería un pequeño sacrificio para lograr una gran recompensa. Podríamos asumir el golpe.
—De acuerdo.
—¿En serio? —Sus cejas habían salido disparadas hacia arriba.
—No estás acostumbrada a tratar directamente con el jefe, ¿verdad? —pregunté con una sonrisa altanera—. Ya no puedes ir más arriba. Si yo digo que sí, es que sí.
Ella parpadeó, como si no se lo hubiera esperado, pero se recuperó con rapidez.
—Muy bien, de acuerdo entonces. Esa oferta va a ser difícil de mejorar. Pelearé por ti, pero la decisión final es de ellos. Cruza todos los dedos, gran jefe.
La miré enfadado, pero mantuve la boca cerrada. Ella volvió a salir a la terraza, y me quedé admirando su trasero mientras se alejaba, porque ¿cómo iba a evitarlo?
Unos minutos más tarde, oí que se acercaba un estruendo y, al cabo de un momento, la pareja feliz volvió a entrar en la sala de reuniones.
—Oh, Dios mío, vaya suite —exclamó Kristen con los ojos brillantes—. ¡Quiero vivir allí! ¿Es verdad que la princesa Diana durmió en esa habitación?
—Sí, es cierto, y también Harry y Meghan. Es nuestra habitación más exclusiva —respondí.
Lancé una mirada a Emilia para recordarle que debía insistir en mi hotel.
—Tenemos que tomar una gran decisión —dijo ella, en voz más alta de lo necesario y mirando a las cámaras—. Vamos a repasar los detalles.
Me habría dado de bofetadas por haber olvidado decirle que no revelara el precio.
El programa se emitiría en todo el mundo, y no estaba dispuesto a volver a ofrecer esa misma tarifa jamás.
Por suerte, enseguida comprendí que pensaba igual que yo.
Emilia describió todos los beneficios que yo acababa de ofrecer, y luego les mostró el precio en su tableta, que situó de forma que las cámaras no pudieran verla.
—Oh —dijo Kristen, y se volvió hacia Carter—. ¿Qué te parece, cariño?
No estuve seguro de cómo interpretar la mirada que intercambiaron, y se me revolvió el estómago. Él fue a contestar…
—Un momento, un momento —interrumpió un tipo que llevaba una gorra de béisbol raída y se puso delante de ellos—. Esta luz es muy mala, vamos a salir a la terraza. Rápido, deprisa, vamos. Hay que capturar bien este momento.
Oh, qué asco me daba toda esa mierda manufacturada.
Siempre había sospechado que el noventa por ciento de los programas de telerrealidad era mentira, y lo estaba comprobando de primera mano en ese momento.
Seguí a la procesión de gente a la terraza y esperé a que todos estuvieran situados en las posiciones correctas.
—Empezad desde todo eso de la princesa —indicó el mismo tipo—. Adelante.
Kristen parpadeó con rapidez, forzó una sonrisa, miró con adoración a Carter, y repitió la frase con la misma emoción con la que lo había dicho la primera vez.
—Maldita sea, ¡el micrófono! Se oye ruido de fondo —gritó el de la gorra—. Arregladlo.
Kristen empezaba a parecer molesta, pero a Carter no parecían importarle todos los comienzos en falso. Esperaron mientras uno de los esbirros corría a ajustar el micrófono de su solapa y, al terminar, volvieron a mirarse con adoración.
—Otra vez —ordenó el de la gorra.
—¿Qué opinas, cariño?
De algún modo, Kristen conseguía clavar todas las veces el mismo tono de expectación, pero lo cierto es que era actriz. Supuse que representarse a sí misma no le supondría un gran esfuerzo.
Contuve la respiración mientras esperaba una nueva interrupción, pero pareció que, esa vez, el director estaba satisfecho. Tal vez, por fin conseguiría una respuesta. Porque necesitaba una, ya.
—Bueno, amor —dijo Carter, estrechando a Kristen en sus brazos—. Creo que acabamos de encontrar el lugar para nuestro final feliz.
Di un suspiro de alivio, mientras Kristen se lanzaba a besar a Carter. Joder, sí, lo habíamos conseguido.
—Eh, un momento, chicos. Eso de «final feliz» suena a masaje para adultos —intervino el de la gorra—. Repetidlo, pero esta vez, decid «felices para siempre».
Yo no necesitaba quedarme a ver cómo pulían los detalles de la grabación. El Carmel Luxe había avanzado un paso más hacia la redención.
Lancé una mirada a Emilia, y ella tuvo el valor de guiñarme un ojo. ¿Por qué ese gesto me pareció encantador?