4 Drew #2
Un hombre guapo y musculoso, vestido con una camisa ajustada, que debía ser su prometido, se unió a ella y le pasó el brazo por los hombros.
Me estudió con cierta desconfianza mientras las cámaras grababan cada instante del encuentro.
Emilia se había quedado más atrás y me miraba con mala cara, sin dejar de hablar con Ginny, nuestra directora de marketing, que había asistido para ocuparse de vender bien el hotel.
El novio me tendió una mano.
—Hola, colega. Soy Carter LeMonde. ¿Tú trabajas aquí?
—Se podría decir que sí —intervino Kristen, riendo—. Este es Andrew Ashford.
Hubo una pausa mientras Carter, con cara de concentración, procesaba lo que eso implicaba.
—Ah, vale, ya lo pillo. —Agitó el índice en el aire—. Bonita choza.
Me obligué a responder con humildad, porque necesitaba a aquellos dos.
—Vaya, gracias. Estamos muy orgullosos del hotel, y espero que podáis haceros una idea de cómo sería celebrar aquí vuestro gran día.
—Tiene potencial, desde luego —dijo Carter, frunciendo un poco los labios—, pero tenemos otros dos candidatos que estamos considerando.
Miré a la cámara un instante. No pensaba preguntar cuáles eran los dos competidores, para no darles publicidad en el programa.
La única opción para ellos tenía que ser el hotel donde se encontraban en ese momento.
Me limité a asentir y esperar transmitir la impresión de que lo entendía.
Joder, todo ese rollo de la telerrealidad me estaba agotando, y solo había participado durante tres minutos.
¿En serio quería someterme a todo eso si se casaban en mi hotel?
—Estamos pensando en dejar que nuestros fans voten el lugar de la celebración —continuó Carter—. Veinte millones de seguidores no pueden equivocarse.
Me obligué a mantener una expresión neutra. ¿Veinte millones? Bien, pasara lo que pasara, debía asegurarme de conseguir su boda, aunque vinera con esa estupidez de la telerrealidad. La publicidad no tendría precio.
Necesitaba hablar con Emilia y convencerla para que los convenciera a ellos de que no encontrarían un lugar mejor para celebrar su boda de segunda categoría. Claro que, a juzgar por cómo se endurecía su expresión cada vez que me miraba, parecía que no lo iba a tener fácil.
—Ginny —llamé—. ¿Por qué no enseñas a nuestros invitados la suite Vista?
Mi directora de marketing me miró con una ceja levantada, pero asintió para confirmar que lo entendía.
La suite estaba reservada de forma permanente para nuestros huéspedes de mayor nivel, ya que la mayoría se negaban a reservar con antelación y, aun así, esperaban que siempre estuviéramos preparados para recibirlos.
Habíamos alojado a la realeza, a presidentes y altos directivos en nuestra mejor suite, así que permitir a dos estrellas de la telerrealidad utilizarla transmitía lo importante que eran para mí.
—Maravilloso —asintió Ginny—. Kristen, Carter, ¿podéis acompañarme, por favor?
—Emilia —la llamé cuando se dispuso a unirse al grupo—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Ella dejó caer los hombros como una adolescente enfurruñada, y me resultó claro que, por un momento, había olvidado que la estaban grabando y que cualquier cosa que hiciera podría ser utilizada contra ella en la televisión nacional.
Se acercó a mí a desgana, esperó a que las cámaras hubieran salido de la terraza y cruzó los brazos en gesto desafiante.
—¿Vas a seguir bromeando con que soy una alcohólica, o esperamos a que vuelvan las cámaras para eso?
—Olvidemos todo eso —dije sin alterarme, con mi mejor voz de atención al cliente—. Deberíamos centrarnos en la pareja del momento, y no en los problemas que tengas conmigo.
—Ahora mismo es como que una cosa está relacionada con la otra —replicó ella con rapidez—, y por esa razón, me estoy inclinando a no sugerir este hotel como su mejor opción.
Noté que la tensión se acumulaba detrás de mis ojos.
—Emilia, por favor. Vamos a comportarnos como adultos. Los dos saldríamos ganando.
Ella soltó una risa burlona.
—Sí, me doy cuenta de lo que ganarías tú.
Todo el mundo piensa que este hotel está maldito desde que tu organizador de bodas se dio a la fuga.
Es increíble que se largara con el novio la noche antes casarse con esa pobre chica indefensa.
En el sector no se habla de otra cosa, deberías ver los memes.
Sí, ese era justo mi problema, y la razón por la que Carmel Luxe, el destino de bodas más exclusivo de toda la Costa Oeste durante décadas, ya no podía conseguir una boda ni por todo el oro del mundo.
Nadie quería implicarnos en ninguna cuestión relacionada con el romance.
Diablos, hasta una pareja había cancelado la celebración de su veinticinco aniversario la semana anterior, porque no querían atraer «malas vibraciones» sobre su matrimonio.
Las supersticiones me importaban una mierda, pero sí me importaban mucho nuestros resultados financieros, y no estaba dispuesto a permitir que nuestro negocio de bodas se esfumara en el aire.
Necesitábamos un éxito llamativo, una boda de gente famosa para demostrar al mundo que aún teníamos lo que hacía falta para ofrecer un final feliz de revista.
Necesitábamos a Carter y Kristen desesperadamente y, gracias a mi suerte, aquella mujer era lo único que se interponía en mi camino para hacerlo posible.
Fui directo al grano.
—¿Cuáles son los otros dos hoteles que están considerando?
—Océan Blu y Whispering Bay —respondió ella.
Era la respuesta que esperaba, tanto si era verdad como si no. Ella debía saber que eran nuestros mayores competidores.
—¿Cuál de los dos ha hecho la mejor oferta?
Ella hizo una mueca encantadora mientras lo pensaba.
—Desde el punto de vista financiero, Whispering, pero es evidente que a esos dos les da igual el coste.
Creo que se inclinan por Océan porque han ofrecido sesiones gratuitas en el spa para todos los asistentes.
Masajes, tratamientos faciales, de todo.
Y su playa no tiene comparación. Carter quiere que la ceremonia sea junto al mar, y eso no es posible aquí.
Apreté los dientes. Nuestra playa era mejor, pero nunca habíamos ofrecido eventos en ella debido, sobre todo, a las complicaciones logísticas.
El personal llevaba siglos pidiéndome que lo reconsiderase, y aunque, siendo sincero, no me hacía gracia la imagen que proyectaría una novia con el velo arrancado por el viento, o unas gaviotas invadiendo las fotos, si los novios estaban dispuestos a correr el riesgo, ¿por qué seguía negándome?
Tal vez había llegado el momento de hacer un cambio.
—Lo haremos por ellos —respondí—, igualaremos la oferta del spa, e incluiremos cestas de regalo con nuestros albornoces y artículos de aseo de lujo. Y ofreceremos desayuno gratis todos los días del evento.
—¿Y también para el personal de televisión?
Su presunción me hizo tartamudear.
—Para ellos habrá un bufé de desayuno, eso es todo.
—¿Y les ofrecerás las mismas tarifas que Whispering?