Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 4 Drew
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DREW

El teléfono de la oficina sonó al recibir una llamada.

Podía contar con una mano el número de personas que aún me llamaban a la oficina en lugar de al móvil, de las cuales, mi padre era el más importante.

Al igual que yo, él no era muy amigo de la tecnología y prefería llamarme al número que aún tenía grabado en la cabeza.

—Andrew Ashford —respondí al contestar.

—Hola, hijo, ¿cómo estás?

Pensé en mi respuesta un momento. Después del susto que nos había dado mi padre con su salud no hacía mucho, intentaba filtrar lo que le contaba para no añadir más estrés a su vida.

—Todo bien —respondí, y me recosté en la silla—. Tengo buenas perspectivas a la vista.

—¿Y cuáles son?

Pues no había servido de nada ser poco concreto y tratar de evitar los detalles cotidianos.

Pero era cierto que él estaba al tanto de mis problemas recientes en el hotel, y era comprensible que quisiera saber si ya tenía un plan para resolverlos.

Habíamos pasado por un problema de relaciones públicas que había empañado un tanto la imagen de la marca y nos había dejado muy preocupados a todos los Ashford y, en especial, al patriarca.

—Una pareja muy importante está pensando celebrar su boda con nosotros.

El novio tiene un programa de telerrealidad y la novia es actriz en esa serie de la que habla todo el mundo, Morir a fuego.

—No mencioné el hecho de que Kristen y yo salimos juntos una vez: no parecía relevante, hacía siglos de aquello y mi padre no había llegado a conocerla—.

Si organizan la boda en el hotel, la publicidad será increíble.

Ahora mismo están haciendo una visita con Ginny.

—¿Un programa de telerrealidad? ¿Y mostrarían la boda en él?

—Por lo que tengo entendido, esa es la idea —confirmé.

—Eso significa que, además del precio correspondiente, la productora tendría que pagar una tasa considerable por mostrar el hotel en la televisión —observó mi padre.

—Por supuesto, pero, como ya sabemos, no se trata solo del beneficio, sino de la impresión. La cobertura que nos darían esos dos incluiría diferentes medios de comunicación, y sería continua.

—De acuerdo, pero ¿crees que los problemas adicionales que te va a causar todo eso merecen la pena?

Era muy propio de él ir directo al grano del asunto. A mí también me preocupaba que aquel evento tan llamativo pudiera darnos problemas. Si todo iba bien, el mundo entero lo vería y quedaría impresionado, pero, si algo iba mal…

Bueno, tendría que asegurarme de que nada saliera mal.

—Sí, bueno, habrá que gestionar algunas complicaciones adicionales, como las cámaras, pero creo que valdrá la pena.

—¿Y no te harán peticiones raras?

Lo pensé un momento antes de contestar.

—Conozco a la novia, y no lo creo. Doy por hecho que su novio no será un problema.

Eso no era del todo cierto. Nadie que se dedicara a la telerrealidad querría pasar desapercibido.

No estaba seguro de cómo había terminado Kristen con un hombre como aquel.

Me hubiera gustado pensar que mi ex tenía mejor gusto, pero también era cierto que su futuro marido solo dejaba ver al mundo lo que la cámara quería mostrar.

—Bien. Estoy seguro de que tomarás la decisión correcta. Ya sabes lo mucho que significaba Carmel para tu madre y para mí.

Como si pudiera olvidarlo. Mis padres habían cogido un hotel muy básico y lo habían convertido en un resort de cinco estrellas, lo que cambió el futuro de las demás propiedades de su cartera.

El Carmel Luxe había llevado a lo que se esperaba de un hotel Ashford a otro nivel, y para mí era un gran honor continuar ese trabajo.

—Escucha, la razón por la que he llamado es que os invito a comer a tus hermanos y a ti el domingo en casa. Podrás venir, ¿verdad?

Eso también era típico de mi padre: hacer una invitación y asumir que los invitados no faltarían. Y después del susto que nos había dado con el cáncer, este tipo de convocatoria podría significar algo muy preocupante.

—Un momento, ¿estás bien? —pregunté con rapidez.

—Supongo que tendré que pasarme el resto de mis días haciendo aclaraciones antes de invitaros a nada —rio él—. Sí, Drew, estoy bien. Sano como una pera.

—De acuerdo —respondí, aún dudoso—. Pero no pensaba volver a Los Ángeles hasta la fiesta de revelación de género de Harrison, dentro de dos semanas. ¿Podemos vernos entonces?

—En las fiestas nunca se puede hablar. Tú solo ven a la comida, ¿vale? Te prometo que todo irá bien. Más que bien. Dejémoslo así por ahora.

—Muy bien, de acuerdo —respondí.

Sus intentos de calmarme no me hicieron sentir mejor.

—He de dejarte, tengo que hacer otra llamada —dijo él—. Te quiero.

Después de una vida entera de despedidas tensas y formales, aún me resultaba chocante oírselo decir. Pero era cierto que el último susto había obligado a mi padre a resolver un montón de cuestiones pendientes, como las grietas en nuestra familia, antes de que fuera demasiado tarde.

—Yo también te quiero. Nos vemos el domingo.

Al terminar la llamada, me forcé a no dar vueltas a lo que podría estar pasando, porque tenía mucho que hacer.

Lo primero de todo era congraciarme con Kristen y el atontado de su prometido, y darles un último empujón para que celebraran su boda con nosotros.

Solo esperaba que ese tío no aprovechara la oportunidad para intentar colocarme alguna bebida nutricional o un programa de ejercicio.

Los entrenadores personales eran lo peor.

Aún no tenía ni idea de qué había visto Kristen en Carter para pensar que podía ser un buen marido, pero lo más importante en ese momento era asegurarme de que la boda tuviera lugar en el hotel.

Atravesé el vestíbulo, saludando a nuestros clientes habituales con una inclinación de la cabeza. Casi había llegado a la sala de reuniones, cuando me detuve al ver algo que nunca habría creído posible.

La señora Barclay se dirigía a la puerta con tres perros muy comedidos caminando junto a ella. No había caos ni ladridos, solo cuatro seres avanzando juntos en una perfecta armonía silenciosa.

Maldición. Emilia había tenido razón.

Eso sí, no estaba dispuesto a admitirlo si alguna vez volvía a encontrarme con ella.

Me detuve ante la puerta de la sala de reuniones, para plantar una expresión agradable en mi cara, y entré. Una mujer joven que llevaba una tableta y un auricular se plantó delante de mí para impedirme el paso.

—Hoooola —me sonrió—. ¿Le estábamos esperando? Creía que ya estaban aquí todos los asistentes a esta reunión.

Luché por mantener mi sonrisa.

—Solo vengo a saludar. Soy el presidente de Ashford Resorts. Quería dar la bienvenida en persona a Kristen y Carter, y asegurarme de que se les proporciona todo lo que necesiten.

Y no pensaba marcharme hasta que decidieran celebrar su boda allí, pero no le dije eso.

—Estupendo, eso está genial —dijo ella—.

Pero antes de seguir, tengo que advertirle de que estamos grabando.

Para poder hablar con cualquiera de los presentes, necesito que firme un acuerdo que nos permita utilizar su imagen en el programa.

Si no está de acuerdo, tendrá que esperar fuera hasta que terminemos.

Al oír aquello, ya no pude conservar la sonrisa.

—¿No ha oído lo que le he dicho? Este es mi hotel.

—Sí, eso está muy bien —confirmó ella—. Firme aquí, por favor.

—Me entregó la tableta, y se me ocurrió que habían elegido a la persona adecuada para aquel trabajo, porque esa mujer no iba a ceder ni un milímetro—.

Esto no le garantiza salir en el programa, solo es una medida de protección —explicó—. Espero que lo entienda.

Había que reconocer que no se acobardaba con facilidad, y yo no quería montar un escándalo en ese momento tan importante, aunque podría haber insistido en que sería yo quien estaría al mando tan pronto como firmaran el contrato para celebrar la boda en el hotel.

—De acuerdo —acepté—. Dame un momento para que lo lea.

Eché un vistazo rápido al documento y lo firmé. El resto del grupo estaba en la terraza, admirando las vistas.

—Muchas gracias —me sonrió la mujer—. Que disfrute el espectáculo.

Me dirigí hacia las puertas de cristal, un tanto preocupado. No tenía la menor intención de aparecer en aquel ridículo programa, pero haría lo necesario para asegurarme de que nuestro hotel formara parte de su gran día.

Esperé en la puerta, observando cómo las cámaras grababan lo que fuera que otra mujer, seguramente la organizadora de la boda, estuviera describiendo.

Los novios se movieron con ella a medida que iba señalando las vistas, desde los terrenos más distantes del hotel hasta la propia terraza.

Aunque solo la veía de espaldas, aquella mujer vestida de rosa tenía algo que me resultaba familiar.

Cuando por fin se dio la vuelta, tuve que contener un respingo.

Hostia. Había estado tan ocupado admirando su trasero que ni siquiera se me había ocurrido pensar que me estaba vetado al cien por cien.

Emilia Marino. Otra vez.

Ella me miró durante un instante más de lo necesario.

—¡Andrew! —chilló Kristen al verme—. Aydiosmío, ¡hola!

Apreté los dientes cuando las cámaras me enfocaron.

Kristen corrió a acercarse a donde estaba yo, entre las sombras, seguida de un tío que llevaba un micrófono en el extremo de una larga vara.

Me pareció que ella iba más arreglada que cuando habíamos salido juntos, pero seguía siendo muy mona, con aquel pelo rubio corto que solo le quedaba bien a ella.

La fama había cambiado su aspecto pero, con suerte, no habría afectado a su dulce personalidad.

—Tenía la esperanza de verte —dijo con una sonrisa enorme, y me pareció que se estaba conteniendo para no abrazarme—. ¿Cómo te va?

—Todo igual —mentí con agilidad, mientras intentaba ignorar el micrófono situado sobre mi cabeza—. Me alegro mucho de que estés considerando el Ashford para tu boda. ¿Qué te ha parecido hasta ahora?